El operativo reelección de Javier Milei es el objetivo principal para el que en apenas 10 días de cierta tranquilidad se puso en marcha la maquinaria del Gobierno y empezó a activarse la organización partidaria. Aún con sus disputas internas no saldadas. Pero ese punto de llegada tiene otras estaciones para las cuales la fuerza libertaria también ya está trabajando.
Karina Milei, en su rol de mariscala general de campo, atiende al mismo tiempo el diseño de las otras batallas electorales que el mileísmo piensa dar tanto como las que tratará de evitar en las 23 provincias y (sobre todo) en la ciudad de Buenos Aires. No es tiempo de pureza, sino de acumular poder.
El plan reeleccionista opera como un gran ordenador que demanda no dispersar esfuerzos, concentrar apoyos y evitar conflictos que puedan ponerlo en riesgo. El análisis del mapa y el calendario nacional se combina con la identificación de oportunidades y desafíos en el espacio subnacional. Esa es la teoría, que no siempre funciona en la práctica.
La oxigenación que produjo la salida del gobierno del increíble Manuel Adorni (por quien ya casi no hay quien suelte una lágrima por debajo de los hermanos gobernantes) disparó la nueva etapa. La cima mileísta tuvo la sensación casi inmediata no solo de haber soltado lastre que lo arrastraba hacia un lugar oscuro, sino de haberle quitado a sus desperdigados oponentes lo que era un blanco fácil y blando donde atacar, además de un punto de coincidencia. De los pocos que suelen encontrar.
El cambio reactivó, de esa manera, la ilusión oficialista de estar jugando solos en una cancha en la que, como dijo Milei, compite contra sí mismo, lo que también sería una forma de admitir que él suele ser su gran adversario, aunque no pueda ni quiera expresarlo así. A su lado, en cambio, son varios los que lo reconocen.
“Si no nos tiramos tiros en los pies, para lo que somos especialistas, ahora se nos abre el camino hacia 2027”, dijo una pieza importante del tablero oficialista que llega como pocos a la intimidad de los hermanos Milei. El ánimo libertario suele parecerse al electrocardiograma de un corazón arrítmico.
Con esa percepción, el renovado optimismo oficialista se dedica a jugar al TEG sobre el mapa del país para elegir hacia dónde avanzar y capturar territorios, aún a riesgo de sobreestimar capacidades propias y subestimar desafíos externos. Ya lo vivió en 2025, cuando estuvo al borde del abismo y lo rescató el binomio Trump-Bessent. Pero no lo incorporó. Impera siempre la convicción de que los éxitos son fruto de sus aciertos, antes que de ayudas exógenas o defecciones ajenas.
Diagonal presidencial
Al mismo tiempo, Javier Milei parece haber encontrado una diagonal que le permite unir sus pretensiones y obsesiones de teórico de la economía con el diseño político para la búsqueda de su permanencia en el poder.
Su proyecto para blindar a futuro el equilibrio fiscal y castigar penalmente a los que lo quieran vulnerar es un ejemplo de la combinación de la estrategia electoral con la nada modesta ambición de ser reconocido como el constructor de un modelo económico original y perdurable, con mensajes a los mercados y a los grandes decisores. Este es su campo de batalla preferido y lo que de verdad lo atrapa.
El descenso de dos indicadores estimuló la recuperación del ánimo así como la narrativa triunfalista, que nunca se fue, pero que el affaire Adorni y otros escándalos habían difuminado y bajado el volumen.
La baja del riesgo país, que al fin perforaría hoy el piso de los 400 puntos, así como otra desaceleración de la inflación, que volvería a estar por debajo del 2% después de 14 meses, son dos argumentos con lo que se buscará recuperar el signo positivo en la agenda pública, que le viene siendo esquiva desde febrero pasado, como refleja un estudio de la consultora Ad Hoc.
Con este envión el Gobierno se propone allanar el camino para algunos proyectos legislativos que esta semana lograría coronar, como la sanción de la reforma de la ley de zonas frías para reducir la carga de los subsidios a la energía y la ley de propiedad privada, que, además de ser parte de la batalla cultural y punto nodal del ya olvidado Pacto de Mayo, es otro mensaje más para inversores nacionales y extranjeros.
En la Casa Rosada pretenden que eso se interprete como una demostración de recuperación de la iniciativa tanto como del restablecimiento de los apoyos de los gobernadores dialoguistas para llegar a la sanción de reforma electoral, por ahora empantanada. Paso a paso, todo apunta a 2027.
A la caza de Macri
A la par del medular proyecto reeleccionista, aparece, con particular relevancia entre las aspiraciones del expansionismo mileísta, la ciudad de Buenos Aires. El distrito en el que el macrismo ha sido hegemónico durante dos décadas ahora asoma como una oportunidad para los libertarios. Más aún después del ascenso de Diego Santilli a la jefatura de Gabinete, que terminó de agravar la crisis de identidad que atraviesa a lo que queda de la tripulación del submarino amarillo.
Los inéditos gestos afables que le dedicó Milei a Jorge Macri en el ingreso a la catedral metropolitana para asistir al Tedeum por el Día de la Independencia podrían parecerse demasiado al saludo a los que se van a despedir (en todo sentido).
La realidad muestra que la vicaria distrital (y amiga íntima) de Karina Milei, Pilar Ramírez, trabaja con paciencia y constancia para ampliar la base de sustentación partidaria, horadar el poder macrista y limar las chances amarillas de sentarse a discutir, desde una posición de poder, un eventual armado electoral conjunto.
Desde la legislatura, el bloque de LLA, que lidera Ramírez, se propone darle viabilidad a su proyecto de eliminación de las PASO porteñas, en espejo con la iniciativa nacional, con el doble propósito de dificultar la construcción de alianzas de sus adversarios y diluir el peso del aparato macrista en la definición de las candidaturas del cuadrante de la centroderecha. El objetivo es obligar a Pro a aceptar una coalición cuya fórmula no esté encabezada por un macrista. Aunque sí podría ser un exmacrista.
A eso los libertarios suman la prédica y la presentación de otros proyectos que tienden a subrayar deficiencias del gobierno local y complicarlo, no solo porque lo expone y altera sus prioridades sino porque, aprovechando la fragmentación que hay en ese cuerpo, compite en la imposición de la agenda legislativa, a lo que el macrismo no está acostumbrado.
El problema para Macri (Jorge) es que Macri (Mauricio) tampoco es un gran defensor de su gestión, aunque el jefe de Gobierno sostiene que una mejora en su imagen y en la de la gestión (todavía con neto negativos) están cambiando la percepción interna. Optimismo y ganas de mantener el poder (sobre todo) no faltan. Para eso acelera la realización de algunas obras en zonas visibles, así como su difusión masiva.
También, algunos dirigentes empiezan a tender lazos con exmacristas que abandonaron el submarino amarillo. El indulto a Horacio Rodríguez Larreta, a quien le responde media docena de legisladores porteños, ya estaría redactado, aunque él dice no tener ningún interés ni motivo para que se lo expidan. Su punzante crítica a la gestión de Jorge Macri y el vínculo que aún conserva con algunos electores porteños de Pro lo convierten en un problema adicional.
Mientras tanto, los libertarios siguen apostando al desgaste del macrismo gobernante y postergan la definición de candidaturas con el objetivo de no dejar afuera a ninguno que tenga aspiraciones y pueda sumar. En primer lugar, porque están convencidos de que si Milei logra tener probabilidades ciertas de ser reelegido cualquiera (o casi) que lo represente en la Capital puede imponerse.
El caso (y el ocaso) del anterior jefe de Gabinete y primer candidato local en 2025 opera como referencia. “Adorni es Milei” fue el eslogan de campaña, del que recuerdan su eficacia, aunque pretenden que los porteños se olviden de su nombre, su postulación y, sobre todo, de la identificación con el Presidente, que lo sostuvo mucho más de lo que hasta los propios deseaban. Y aún no logran explicarse.
En segundo lugar, la decisión de posponer discusiones de nombres es producto de una realidad más complicada. Adorni era antes de todos los escándalos uno de los proyectos más firmes para ir por la jefatura de gobierno que se autodestruyó, mientras que la dirigente que mejor mide en el distrito no sería la candidata deseada de la Casa Rosada.
Patricia Bullrich no goza de la confianza karinista, lo que se agudizó con sus gestos diferenciadores en el caso Adorni y sobre la reforma electoral que incluye la eliminación de las PASO nacionales y la instauración de un sistema de listas colectoras.
Con diplomacia (o estratégica hipocresía) no es eso lo que esgrimen en el entorno de la amiga de Karina Milei para relativizar (o descartar) una candidatura a jefa de Gobierno de la actual senadora nacional. “Ella no tiene interés por las cuestiones municipales y a esta altura de su vida no va a jugar una de sus últimas fichas para ocuparse de los baches y la basura”, argumentan. Bullrich no lo desmiente, pero tampoco lo reconoce en público.
Fuera de la geografía porteña, el proyecto expansionista del mileísmo, de todas maneras, depende casi excluyentemente de la marcha de la economía en buena parte del país. En los grandes centros urbanos y, especialmente, en sus periferias habitan los más afectados por el impacto de las políticas económicas del Gobierno en la industria y en la construcción, mientras que algunas de las provincias más beneficiadas, como las del eje minero-energético andino, tienen gobernantes que han consolidado un poderío propio casi blindado. Dilemas complejos.
Por eso, el propósito es no afectar el objetivo principal de la reelección presidencial, que lejos se encuentra hoy de estar asegurado, con aventuras locales temerarias. Se trata de una operación de precisión que, además de logros económicos, requiere de pericia y experiencia, dos atributos en los que todavía el oficialismo necesita graduarse. Y no autoboicotearse.
Esas son las otras batallas que esperan a Milei y los suyos.
Fuente: La Nación

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