Categoría: Entrevistas

  • Una de las peores tragedias sanitarias de nuestra historia

    Una de las peores tragedias sanitarias de nuestra historia

    Un año y tres meses después de la denuncia que dio inicio a la causa, la investigación por el fentanilo contaminado exhibe un avance considerable y un vacío escandaloso. El avance está a la vista: 13 procesados, los hermanos Ariel y Diego García Furfaro presos, un dictamen fiscal de 191 fojas que el 3 de agosto pasado llevó a la detención de las dos máximas autoridades sanitarias del período —Nélida Agustina Bisio, extitular de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat), y Gabriela Mantecón Fumadó, exdirectora del Instituto Nacional del Medicamento (Iname)— y una acusación que ya no habla de desidia sino de algo mucho más grave: “una cobertura estatal a los laboratorios que les permitió continuar con su actividad productiva”.

    El vacío también está a la vista: la causa se ajustó a una partida mal fabricada y a dos funcionarias que no firmaron a tiempo. Eso es cierto, es horroroso y merece todo el peso de la ley. Pero es apenas la mitad de la historia, y la mitad menos incómoda para el poder.

    Conviene repasar las fechas, porque ninguna de ellas admite atenuantes. El 28 de noviembre de 2024, el Iname inspeccionó Laboratorios Ramallo y detectó deficiencias críticas. Un día antes, una jefa del organismo había avisado a un director de la empresa que la inspección se realizaría al día siguiente y le explicó el motivo; esa misma noche, según la fiscalía, el laboratorio ejecutó al menos 18 acciones de encubrimiento hasta las dos de la madrugada.

    El 3 de enero de 2025 los equipos técnicos elevaron el proyecto de carta de advertencia para frenar la producción en Ramallo. La norma vigente daba dos días para resolver, pero se firmó 38 días después. El 8 de enero se elevó la carta que prohibía comercializar todos los productos de HLB. Esa nunca se firmó. Mantecón Fumadó la devolvió el 12 de mayo de 2025, el mismo día en que la Anmat hacía la denuncia penal por los muertos del Hospital Italiano de La Plata.

    En el medio, el 14 de enero, las dos funcionarias recibieron en la sede de la Anmat a cuatro directivos de las empresas, entre ellos los hermanos García Furfaro. Al día siguiente hubo otra reunión en el Iname de la que no quedó registro. Según el dictamen, allí no solo se acordó demorar la advertencia: las funcionarias se comprometieron a ayudar al laboratorio a conseguir rótulos y prospectos de medicamentos que la propia empresa fabricaba sin tenerlos.

    La conclusión de los fiscales es determinante: si entre el 8 y el 31 de enero se hubiera firmado esa carta o adoptado cualquiera de las medidas disponibles, “ninguna muerte se hubiese producido”.

    Y hay una frase que define moralmente el expediente mejor que cien fojas. El 26 de febrero de 2025, una funcionaria del Iname le advirtió por chat a su directora que los productos de Ramallo eran peligrosos y que si alguien se moría la responsabilidad sería del organismo. La respuesta fue: “Es un montón de guita que está en la calle. Sí lo sé”.

    Ahora bien. Todo lo anterior explica cómo murieron. No explica cómo llegaron hasta ahí. Nadie ha explicado todavía —ni la Justicia, ni el Congreso, ni el Estado que se dice damnificado— cómo un hombre condenado en 2002 por tentativa de homicidio, que se recibió de abogado en la cárcel, terminó convertido en el principal proveedor de fentanilo de la Argentina. Cómo fue que compró laboratorios quebrados, atravesó incendios y explosiones, sospechas y se mantuvo en el mercado.

    Así y todo, consiguió contratos en una docena de provincias gobernadas por partidos de todos los colores. Como dueños de HLB Pharma integró, en octubre de 2020, la comitiva oficial que viajó a Moscú por la Sputnik V, junto a funcionarias y asesoras del Ministerio de Salud y de la Presidencia. Además, obtuvo autorizaciones exprés para importar y fraccionar fentanilo y terminó por comprar medios de comunicación.

    Nadie buscó respuestas a esas preguntas pese a que son el corazón de la tragedia. La contaminación fue el desenlace; la impunidad previa fue la causa. Un laboratorio que acumulaba alertas desde 2018, al que en 2023 se le recomendó una inspección integral que jamás se autorizó, no sobrevive 15 años por azar burocrático; sobrevive porque hubo un sostén que lo mantuvo a flote.

    Hay un dato que resume el desastre con crueldad administrativa: solo en 2026, después de más de 100 muertos, la Anmat dispuso que los titulares y directores técnicos de los laboratorios presenten certificado de antecedentes penales para operar.

    Mientras tanto, las dos exfuncionarias —una designada por el gobierno de Alberto Fernández, la otra por el actual, prueba elocuente de que la cobertura no reconoció banderías— se acusan mutuamente en tribunales. Bisio sostiene que era materialmente imposible controlar 1100 agentes; Mantecón Fumadó respondió 33 veces “no lo recuerdo” y declaró que la Anmat no decidía nada sin que pasara por el Ministerio.

    No ayuda que el ministro de Salud y la entonces titular de la Anmat hayan desoído las reiteradas invitaciones de la comisión investigadora de Diputados, que igual produjo un informe con 20 recomendaciones que el Congreso todavía no convirtió en leyes. No ayuda que el Poder Ejecutivo haya dedicado más energía a descalificar al juez de la causa que a auditar sus propios organismos. Y no puede quedar en el olvido una línea abierta y estremecedora: el faltante de unos 5kilos y medio de fentanilo puro, presuntamente amparado en reportes falsos de destrucción, que pudo haber ido a parar al mercado ilegal.

    La Justicia debería seguir el dinero, los contratos públicos, las compras provinciales, la trazabilidad patrimonial, los aportes y las designaciones. Debe determinar quién colocó y quién sostuvo a cada funcionario complaciente, y por qué. El Congreso debe reactivar la comisión y convertir en ley lo que hoy son buenas intenciones, empezando por una Anmat con jerarquía legal, presupuesto y blindaje frente al poder político de turno. El Gobierno tendría que abandonar el discurso de que el caso es una operación en su contra y llamarlo como lo que es: una de las peores tragedias sanitaria de la historia argentina.

    Más de 120 familias damnificadas esperan saber por qué el Estado le entregó una licencia para importar y producir fentanilo a quien nunca debió recibirla. Si esa pregunta no se responde, no habrá justicia: habrá apenas un castigo prolijo y una lección no aprendida.

    Fuente: La Nación

  • Algo debe cambiar en materia de patentes

    Algo debe cambiar en materia de patentes

    La Argentina está floja de papeles en materia de patentes y esto debe ser necesariamente parte del debate que el Congreso se apresta a continuar en la sesión prevista para hoy en la Cámara de Diputados.

    Se trata de un procedimiento destinado a estandarizar y simplificar en sus inicios la solicitud internacional de patentes, aunque cada país tendrá la última palabra a la hora de aceptar o rechazar el trámite. El tema patentes comenzó a tratarse en el Congreso en 1998 en nuestro país, con un enorme y por momentos desgastante debate en el que algunas posiciones resultaron irreductibles, por lo que nunca se pudo avanzar hasta hoy.

    La oportunidad la brinda en bandeja la necesidad de aplicar en algún momento el acuerdo de comercio e inversiones que el presidente Javier Milei firmó este año con su colega de los Estados Unidos, Donald Trump. Ese entendimiento incluye entre sus reglas que el país adhiera al tratado internacional de cooperación en materia de patentes (PCT, por sus siglas en inglés). Se trata de un convenio que hasta aquí han ratificado 158 países incluyendo a potencias mundiales como los Estados Unidos, China, Japón y Alemania, y a vecinos como Chile y Uruguay.

    La renuencia de nuestro país a adherir al PCT se ha fundado en eslóganes tan falaces como populistas del tenor de “beneficiaría principalmente a empresas extranjeras de alta tecnología” y “podría fortalecer posiciones monopólicas en sectores como farmacia, biotecnología, química, y demás”. Hay, como se sabe, gente que ha trabajado con tanto esmero por el mantenimiento del statu quo que se ha jubilado en la Argentina en calidad de lobbystas de laboratorios privilegiados por aquellas consideraciones.

    La contracara de la posición ideológica dominante por larguísimo tiempo ha sido que, por el contrario, las empresas tecnológicas argentinas se beneficiarían enormemente con un cambio, mientras que se facilitaría la internacionalización de startups y la repercusión de la labor científica de nuestras universidades, y se haría más atractiva la inversión extranjera en nuevas tecnologías.

    Estar a esta altura fuera del PCT resulta más que llamativo como actitud nacional. Pero tampoco somos parte del Protocolo de Madrid sobre marcas, uno de cuyos propósitos esenciales es facilitar las solicitudes que se formulen sobre protección de derechos intelectuales. Y, de igual modo, todavía somos ajenos al Protocolo de La Haya, referido a diseños industriales, es decir, a las formas ornamentales que distinguirán a un producto respecto de otros.


    La renuencia de nuestro país a adherir al tratado internacional de cooperación en materia de patentes se ha fundado en eslóganes tan falaces como populistas


    La recidente entrevista publicada por LA NACION a la abogada chilena Loreto Bresky, especialista en patentes industriales, puso al desnudo para el público en general un tema que conocen al dedillo los expertos en estas cuestiones. Como una dejadez arrastra a otra, y a otra más, la Argentina ocupa en esta materia un puesto mediocre en relación con una cultura nacional sobresaliente en diferentes órdenes, en punto a patentamientos propios.

    Según el índice de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (la OMPI), la Argentina está en la posición 77 sobre 139 economías que participan de ese medidor de valor incuestionable respecto de las creatividades registradas anualmente de manera formal.

    Bresky no dejó de asombrarse por ese lugar tan distante de la vanguardia para un país que, como el nuestro, es reconocido por la relevancia de su capital humano, por sus universidades e investigación. Sin embargo, eso no ha derivado en ecos correlativos en el número de patentamientos anuales, rubro en el que nos superan con creces Chile, Brasil y México, a pesar, como bien dice la doctora Bresky, de que contamos con tres premios Nobel en ciencia.

    China es hoy el país con la mayor cifra de solicitudes de PCT y, con un 30% de requerimientos por debajo aparecen los Estados Unidos. A estos siguen Corea, Japón y Alemania. En el último registro con el que contamos, de 2024, China presentó 70.160 pedidos de patentes contra 54.087 de los Estados Unidos.

    En la Argentina, los principales pedidos de patentamiento anual que conocemos provinieron del Conicet (114), la Universidad de Buenos Aires (13) y de Laboratorios Bagó (6). Se trata de números manifiestamente bajos en el mundo y es del caso preguntarse en cuánto gravita de forma negativa el sistema de protección de derechos intelectuales y patentes que rige en la legislación argentina. Como señala la doctora Bresky, el 80/90% del valor de las empresas más importantes depende de sus “intangibles”.

    El sistema internacional de marcas regido por el Protocolo de Madrid engloba a 133 países que representan más del 80% del comercio mundial. ¿Por qué hemos rehuido entrar en ese sistema? En este caso ha sido por influencias corporativas: resistencia de estudios especializados en marcas y de agentes de propiedad intelectual, además de la discreta oposición de algunos empresarios argentinos.

    La verdad es que si estuviéramos dentro del sistema de Madrid la necesidad de contar con representes locales para la gestión de marcas extranjeras en la Argentina se evaporaría. Sería así por la simple razón de que muchos de los trámites se canalizarían en adelante directamente a través de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI).

    En defensa de la adhesión al sistema de Madrid se argumenta, en cambio, que las empresas argentinas podrían proteger marcas en decenas de países con un único trámite, se reducirían costos y las pyme se convertirían en las principales beneficiarias. En rigor, casi todos los socios comerciantes relevantes de la Argentina ya utilizan ese sistema.

    Uno de los capítulos de mayor debate sobre lo acordado por el gobierno actual con los Estados Unidos concierne a que nos sumemos al UPOV-91 sobre protección de nuevas variedades vegetales.

    La Argentina se mantiene todavía dentro de los lineamientos del UPOV-78, que deja un mayor margen a los fitomejoradores para introducir modificaciones en variedades protegidas por las normas en vigor. Se halla por igual en controversia entre los productores y los semilleros el llamado “uso propio” de las semillas, reconocido por la ley 20.247 y tema ajeno a los hábitos existentes en otros países: consiste en que el productor puede guardar parte de su cosecha para volver a sembrarla en su propia explotación.

    Los productores han considerado el “uso propio” un derecho histórico en la Argentina -lo cual es cierto-, pero las empresas semilleras denuncian que esa tradición disminuye el retorno de la inversión en mejoramiento genético, reduce el cobro de regalías y desalienta, por lo tanto, el desarrollo de nuevas variedades y eventos. ¿Y si las diferencias se zanjaran en que el “uso propio” no es admisible en las dos primeras siembras de una misma variedad, pero sí en las siguientes?

    Se trata de temas por demás delicados, pero el ensimismamiento del país por tiempo ya exasperante nos ha dejado en una situación de retraso objetivamente comprobable en relación con el desarrollo general de otros países. El balance de todo esto hace pensar en cuánto hemos perdido por olvido de los beneficios de la libertad en todos los órdenes, menos justamente allí donde hubiéramos debido respetar con menos vueltas el derecho de los obtentores extranjeros, aunque esto fuera en desmedro de hacer lo que quisiéramos de espaldas al orden internacional.

    Se trata de reconocer, con más amplitud que hasta aquí, la propiedad intelectual que se halla en el centro de las diversas cuestiones que abordamos en este espacio editorial.

    Fuente: La Nación

  • La quinta de Pilar: el laberinto que protege al poder

    La quinta de Pilar: el laberinto que protege al poder

    La investigación por la fastuosa propiedad de Villa Rosa, Pilar, ha dejado de ser un caso de presunto enriquecimiento ilícito para convertirse en una prueba de fuego para la independencia del sistema judicial argentino. Lo que comenzó en diciembre de 2025 como una denuncia por posible lavado de activos vinculado a la cúpula de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), hoy se ha transformado en algo más inquietante: un recorrido interminable por despachos que, paso a paso, se acerca a la instancia que los propios investigados venían reclamando desde el primer día.

    Lo que debería haber avanzado con celeridad ha transitado, en largos ocho meses, por 14 despachos judiciales distintos sin llegar a una definición de fondo. El recorrido da cuenta de una inestabilidad procesal difícil de justificar: el juez Daniel Rafecas ordenó los primeros allanamientos y medidas de prueba; luego, la Cámara de San Martín lo derivó al Juzgado Federal de Campana, a cargo de Adrián González Charvay, y tras dilaciones y chicanas, pasó al fuero penal económico porteño, donde se avanzó con pericias y cruces financieros.

    Sin embargo, hace unos días, la Cámara Federal de Casación resolvió devolverlo nuevamente a Campana, que, curiosamente, se trata del juzgado por el que venía pidiendo, con insistencia, la defensa de los investigados.

    La decisión de Casación, del 14 de agosto, se adoptó con los votos de los camaristas Diego Barroetaveña y Mariano Borinsky, y la disidencia del juez Alejandro Slokar, quien advirtió sobre las falencias del desplazamiento. El argumento central del fallo se fundamenta en que el lavado de activos corresponde a la justicia federal y no al fuero especializado, pero choca contra una circunstancia llamativa: Barroetaveña fue, hasta noviembre de 2025, presidente del tribunal de ética de la propia AFA, entidad cuyas autoridades resultan involucradas en la pesquisa, además de haber asistido a la fiesta de cumpleaños de Carlos Mahiques en la citada quinta de Pilar. Debió haberse excusado de intervenir en la causa judicial, pero no lo hizo. El fiscal general Mario Villar apelará la decisión de la Cámara Federal de Casación ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

    El cuadro de Pablo Toviggino hallado en la quinta de Pilar
    El cuadro de Pablo Toviggino hallado en la quinta de Pilar

    El inmueble en cuestión supera las 10 hectáreas. Cuenta con helipuerto, haras, pistas deportivas, accesos biométricos y un galpón donde se secuestraron 54 vehículos de alta gama y colección, entre deportivos, clásicos y motos, valuados en conjunto en cerca de 4 millones de dólares. El peritaje oficial tasó el complejo completo en más de 20 millones de dólares, muy lejos de los 1,8 millones que declararon quienes figuran como dueños ficticios.

    Las personas que se presentan como propietarios son Ana Lucía Conte, jubilada, y su hijo Luciano Pantano, monotributista y exdirigente de una liga afiliada a la AFA. Ninguno de los dos dispone de ingresos declarados que permitan explicar semejante patrimonio y la sociedad que los representa, Real Central SRL, no refleja ninguna operación económica que justifique la adquisición.

    Además, las pruebas reunidas durante los allanamientos vinculan directamente al tesorero de la AFA, Pablo Toviggino, con la propiedad, dado que se hallaron objetos personales, reconocimientos institucionales a su nombre, pertenencias de su entorno familiar y documentación de vehículos a nombre de algunos familiares.

    No obstante, a partir de la nueva resolución, el juez Charvay, recibirá de regreso la causa que ya tuvo a su cargo por cinco meses, período en que el magistrado no citó a los principales involucrados ni avanzó sobre líneas de investigación.

    Los jueces de la Cámara de Casación Mariano Borinsky y Diego Barroetaveña
    Los jueces de la Cámara de Casación Mariano Borinsky y Diego BarroetaveñaEnrique García Medina

    A pesar de todos los numerosos indicios existentes, serios, graves y concordantes, la presunción de inocencia rige para todos los involucrados hasta que exista sentencia firme, pero el hecho de que una causa recorra 14 juzgados, que uno de ellos la tenga pisada por casi medio año y que el caso retorne a su ámbito, justamente, en consonancia con lo solicitado por la defensa de los acusados, despierta serias sospechas prácticamente irrefutables.

    Si los dirigentes de la AFA se han enriquecido de forma ilegal y poseen bienes que no pueden justificar, la sociedad tiene derecho a saberlo y la Justicia tiene la obligación de actuar con independencia, celeridad y transparencia.

    La Justicia fue instituida para investigar los hechos, no para distraerse durante meses investigando quién debe investigarlos. El paso del tiempo puede convertirse en una forma de impunidad, por cuanto la verdad se demora, la credibilidad de los magistrados se evapora y la República se deteriora.

    La quinta de Pilar es mucho más que una suntuosa propiedad llena de lujos inexplicables. Es el termómetro que medirá si, en la Argentina, la Justicia tiene los ojos vendados para fallar de forma ecuánime o, una vez más, para evitar sancionar a los que delinquen y están cerca del poder.

    Fuente: La Nación

  • Cuando la justicia no se cumple

    Cuando la justicia no se cumple

    El femicidio de Rocío Belén Gómez, en la ciudad cordobesa de Santa María de Punilla, conmovió a la sociedad. Fue asesinada a puñaladas por su expareja Maximiliano Baudraco, quien ya tenía una condena a dos años de “ejecución condicional” por amenazas en un contexto de violencia familiar.

    Este hecho puso de manifiesto la ineficacia de las medidas judiciales, puesto que, según indicó el Patronato del Liberado, Baudraco “no cumplía con las condiciones de su condena”, tal como la entidad informó al juez de ejecución, Facundo Moyano Centeno. Debía, además, abstenerse de consumir estupefacientes o abusar del alcohol, hacer un trabajo de cuatro horas semanales en una institución de beneficencia, terminar estudios, completar una psicoterapia por violencia y adicciones y respetar una medida de restricción recíproca con su víctima, que no respetó. La falta de control judicial sobre sus salidas y restricciones es inconcebible.

    El juez Moyano Centeno ya había protagonizado otra polémica similar por no haber hecho cumplir las condiciones de la prisión domiciliaria de Horacio Grasso, expolicía condenado en 2007 por el asesinato de un niño de seis años. Problemas de salud le valieron al victimario la prisión domiciliaria, revocada en dos ocasiones por violencia y por no haber respetado las normas. El Servicio Penitenciario reportó que infringió 250 veces las condiciones de su prisión. Moyano Centeno debió claramente haber revocado el beneficio de la prisión domiciliaria ante tantas advertencias, pero no lo hizo. El saldo habría sido trágico: Grasso está ahora imputado por la posible comisión de un homicidio calificado, agravado por violencia de género contra Milagros Basto, hallada muerta en el armario del departamento donde este hombre cumplía condena. En ese mismo inmueble también se habría registrado un abuso sexual con acceso carnal, agravado por el vínculo y el suministro de drogas y alcohol, contra una mujer de su círculo cercano, hecho por el que Grasso será juzgado.

    El Tribunal Superior de Justicia cordobés abrió un sumario contra el magistrado, pues claramente no podía pasar por alto las inconductas del condenado.

    No se trata de los únicos casos de incumplimiento de la justicia. Tras ser denunciado dos años antes, Esteban Delgado fue imputado en diciembre de 2024 por abuso sexual agravado por el vínculo contra dos de sus hijas, una de las cuales fue asesinada en octubre de ese año. El juez le había fijado una prisión preventiva hasta diciembre de 2026, pero en agosto de 2025 la Cámara de Apelaciones de Rosario acortó el plazo, fijando su vencimiento para seis meses antes, en junio de este año. Para que Delgado siguiera preso, el fiscal Maximiliano Nicosia Herrero-que había formulado la imputación y logrado su detención- debió haber pedido una prórroga antes del vencimiento. Pero no lo hizo y no hubo entonces margen legal para negarle a Delgado la excarcelación.

    Nicosia justificó que el 1° de junio el expediente ya había pasado al fiscal Javier Paz por cuestiones de reorganización interna y que la causa ya no era suya. Lo cierto es que la cuestión administrativa no exime de responsabilidades cuando el vencimiento de una prisión preventiva impone una obligación procesal indelegable.

    La falla, aun cuando fuera involuntaria, existió y la víctima de 15 años se enteró de que su padre estaba libre cuando un vecino le comentó que lo vio en el barrio. Una prohibición de acercamiento anteriormente dictada por un juzgado de Familia permitió que Delgado volviera a quedar detenido.

    La justicia no solo debe ser imparcial y oportuna, sino también correctamente ejecutada. Tan importante como la celeridad es la responsabilidad de los encargados de administrarla, ya que tienen en sus manos la confianza ciudadana. Cumplir con sus obligaciones, actuar con transparencia y evitar dilaciones innecesarias es parte esencial de su deber. Más allá de las responsabilidades individuales, un sistema judicial cuyos actores no honran sus compromisos erosiona la credibilidad institucional y deja a la sociedad desprotegida.

    Fuente: La Nación

  • La empatía, herramienta para ganar co

    La empatía, herramienta para ganar co

    La Argentina está a las puertas de una transformación radical que la pondrá entre los países ganadores en un complejo contexto mundial. Sin embargo, mientras llegue el aluvión de dólares, no se reactiva el consumo por desconfianza en la continuidad del programa. Y así como los dueños de una textil que debió cerrar arengaron a sus empleados “piensen la próxima vez que voten”, el titular de una famosa heladería que visitó el ministro Luis Caputo lo incomodó al pedirle: “Reactive un poco más la economía. A su vez, los mismos votantes de Milei se preguntan “¿cuándo llegará la baja de impuestos, cargas y burocracia para la competitividad de las Pyme que impulsarán el empleo y la generación de riqueza?”.

    No es el punto débil del programa, sino de la realidad argentina. Está fuera del control de Caputo lograr lo que pide el heladero, aunque el consumo se le derrita como un cono de pistacho en los dedos. Ni siquiera la dura admonición del fabricante de indumentaria puede alterar esa imposibilidad fáctica. Pues no depende de circulares, resoluciones o decretos, sino de la política. O sea, de las volátiles ideas y creencias de los argentinos. De los mismos argentinos que anularon los contratos petroleros en 1963, aplaudieron a Leopoldo Fortunato Galtieri por la invasión de las Islas Malvinas en 1982 y cuyos representantes votaron celebrando de pie el default de 2002. Y, al hacerlo, sumaron su aporte a la demolición de la credibilidad de nuestras instituciones y de la existencia de nuestra moneda sin imaginar que hipotecarían su futuro hasta 2026. ¿O más?

    El problema es que no se comprende el significado último de carecer de moneda. Todos los países que tomamos como ejemplo tienen moneda y en ellos el público piensa en pesos, quetzales o reales ignorando la cotización diaria del dólar. Y les parece normal mantener sus ahorros en la denominación que coincide con sus ingresos regulares. Si hay inflación buscarán mecanismos de ajuste, pero no saldrán corriendo a retirar sus dineros del banco, como ocurrió aquí cuando los bancos debieron ser rodeados con rejas para que sus puertas no fueran derribadas.

    Un costo elevadísimo de tantos desaciertos ha sido eliminar las herramientas fiscales y monetarias para inducir el consumo y expandir el crédito como lo proponía lord Keynes. Nada pueden hacer el ministro de Economía ni ningún otro que lo suceda, a menos que la gran mayoría de los 47 millones apoye la transformación y garantice un horizonte de estabilidad a las reformas. Quien ocupe el 5º. piso de Hipólito Yrigoyen 250 estará sujeto a una causalidad newtoniana cuyo rigor no es posible evitar hasta que ese horizonte no se perciba. Como un cinturón de castidad, la única forma de contener cualquier desborde inflacionario y recrear el peso es mediante un rígido equilibrio fiscal. Parece sencillo, pero no lo es, ya que todos son reclamos y críticas.

    Las universidades reivindican su autonomía y otros denuncian el desvío a rentas generales de fondos específicos o de fideicomisos variados. Ni qué hablar de los jubilados ni de la reducción de subsidios a la energía de las zonas frías, calientes o del boleto del transporte. Ni de las quejas de productores por la paralización de obras en provincias y municipios.

    La mayor parte de los gastos que debe atender la tesorería nacional o la Anses son derechos adquiridos o se destinan a situaciones que, por ahora, son irreversibles, como la tan tremenda como nefasta carga heredada del kirchnerismo, que acostumbró a gran parte de la población a vivir con tarifas subsidiadas, colectivos y trenes casi gratuitos, empleo estatal sin exigencias, pensiones de favor y jubilaciones sin aportes. La economía cerrada permitió la subsistencia de industrias no competitivas que podían trasladar a los precios costos propios y de terceros insostenibles, incluyendo los sindicales. Como no se ha inventado el movimiento perpetuo, esas distorsiones provocaron crisis cambiarias seguidas de devaluaciones y ajustes. Desde 1973 se registran cinco con quiebres institucionales (1975, 1982, 1989, 1990 y 2001) y cuatro muy profundas (1995, 2009, 2018 y 2023). Para no repetir esas tristes historias no queda otra alternativa más que intentar ajustar donde se pueda, licuar un poco de allí y otro de allá y sobre todo, impedir que esa bola de nieve crezca. A cualquier costo político.

    Tan habituados estamos a los parches y remiendos que nos parece normal alguna flexibilidad que permita cubrir desajustes fiscales con emisión monetaria, como era habitual en el pasado. No se advierte que ello impactaría de inmediato sobre el nivel de precios y enseguida sobre la cotización del dólar, madre del borrego. Para evitar que se desmorone la estantería, el Banco Central debe aumentar la tasa de interés como el año pasado, enfriando el nivel de actividad y profundizando las causas del reclamo del heladero, del textil y de tantos otros que no llegan a fin de mes. Un círculo vicioso que solo será superado cuando los argentinos comiencen a querer sus pesos.

    Por primera vez en 80 años, la regla fiscal es estricta. Antes de incurrir en un nuevo gasto se debe contar con recursos genuinos. Y, si no los hay, se atrasarán pagos, se desviarán fondos específicos o se dirá no a gobernadores. Se debe evitar cualquier parpadeo fiscal que haga caer la demanda de dinero y se reavive la inflación. Pues no tener moneda impone el costo de demorar la reactivación tan ansiada.

    Hasta que las dos Argentinas converjan y la entrada de dólares se refleje también en la actividad económica de las grandes urbes, hay un tránsito que la desconfianza prolonga, más de lo deseado. Pero, así como está fuera del alcance del ministro de Economía disponer aumentos de salarios, líneas de crédito blandas, reducir cargas sociales o bajar la tasa del IVA, también es cierto que está a su alcance ganar la comprensión de los afectados, con buenas explicaciones y mejores modales. Los dueños de las empresas quejosas, quienes merecerían sus filípicas, son pocos con relación a la multitud de personas que tienen sus vidas ligadas a aquellas, como proveedores o contratistas. Y, dada la capilaridad del entramado productivo, son aún muchos más quienes brindan servicios o tienen comercios cuyos destinos están relacionados con los quehaceres locales.

    A ellos no les cabe, ni lo entenderían nunca, que se los señale como responsables del atraso tecnológico o de la falta de inversión que caracteriza a quienes sufren ante la apertura arancelaria cargando, además, con los elevados costos acumulados en el pasado. A esos millones de personas, padres y madres de familia que se levantan temprano para ir a trabajar debe hablárseles de otra manera para que comprendan. Bien decía el ex presidente Fernando Henrique Cardoso: “Gobernar es explicar”.

    Fuente: La Nación

  • Decoro

    Decoro

    Hay palabras que mueren dos veces: primero cuando dejan de orientar la conducta de los hombres y, mucho después, cuando desaparecen de su lenguaje. Decoro pertenece hoy, lamentablemente, a ambas categorías.

    El decoro no es un adorno del carácter ni una cortesía de las buenas maneras. Es una virtud cívica. Consiste en renunciar libremente a aquello que, aun siendo jurídicamente posible, puede comprometer la confianza que los demás depositan en nosotros. El derecho establece el límite de lo prohibido; el decoro señala el comienzo de lo debido.

    En ninguna actividad esa exigencia resulta más importante que en la función judicial. Los jueces administran un bien invisible y frágil: la confianza pública. Una sentencia puede estar impecablemente fundada en el derecho, pero puede perder buena parte de su autoridad si la sociedad sospecha que quien la dictó no gozaba de la independencia necesaria para hacerlo.

    Por esa razón, desde hace siglos la cultura jurídica occidental ha comprendido que la imparcialidad no basta. También debe existir la apariencia de imparcialidad. La Justicia no solo debe hacerse; debe verse que se hace. No se trata de una exigencia estética, sino institucional.

    El reciente nombramiento de la esposa del cuestionado juez federal Marcelo Martínez de Giorgi, -quien tiene a su cargo una investigación en la que podrían verse comprometidos intereses directos del poder- vuelve a poner en evidencia esa cuestión. No interesa aquí discutir la capacidad profesional de la magistrada designada ni atribuir intenciones al Poder Ejecutivo. Sí corresponde presumir que el juez ha perdido su independencia hace ya muchos años, razón por la cual es conocido como “el nuevo Oyarbide”. La ciudadanía tiene derecho a exigir que los jueces no solo sean independientes, sino que también se encuentren al abrigo de cualquier situación que pueda poner en duda esa independencia.


    La ciudadanía tiene derecho a exigir que los jueces no solo sean independientes, sino que también se encuentren al abrigo de cualquier circunstancia que pueda poner en duda esa independencia


    Ante semejantes circunstancias, la pregunta correcta es ¿qué exige el decoro? La respuesta parece sencilla: nadie podía obligar al juez a apartarse de esas causas. Precisamente por eso debía hacerlo. Si un juez necesita exclusivamente que una ley lo obligue a excusarse, entonces ya ha dejado de comprender el sentido mismo de la función judicial porque el decoro comienza exactamente dónde termina la ley.

    Otro magistrado que no parece comprender lo que significa la palabra decoro es Diego Barrotaveña, quien no solo integró el tribunal de ética de la AFA, sino que asistió a la tristemente célebre fiesta de cumpleaños del juez Carlos Mahiques en la mansión de Pilar. Barroetaveña no solo no se excusó de actuar en la causa que liga a esa propiedad con el tesorero de la AFA, Pablo Toviggino, sino que, como integrante de la Cámara de Casación aceptó la queja para que la fastuosa vivienda a nombre de presuntos testaferros quedara en el juzgado de Campana, tal como pedían los imputados, y como finalmente ocurrió.

    El juez federal de La Plata Ernesto Kreplak es otro caso para comentar. Ese magistrado está a cargo de la causa del fentanilo mortal, una de las mayores tragedias sanitarias de los últimos años. Kreplak, quien ordenó diligencias tardíamente, es hermano del ministro de Salud bonaerense, Nicolás Kreplak, provincia en la que murió la mayoría de las 90 víctimas documentadas hasta hoy y que además es compradora de ese producto a la droguería Alfarma, de los hermanos García Furfaro, hoy detenidos. No obstante ello, tampoco se excusó de seguir adelante con la investigación.

    Los códigos regulan incompatibilidades; la ética exige renuncias. La recusación protege a las partes. La excusación protege al juez. El decoro protege a la Justicia y a los ciudadanos.

    No es casual que una de las máximas más perdurables de la tradición occidental recuerde que la mujer del César no solo debía ser honesta, sino también parecerlo. La enseñanza no estaba dirigida a la esposa de César, sino a quien ejercía el poder. Hay responsabilidades públicas que obligan a evitar incluso la apariencia de un conflicto de intereses. Quien desempeña determinadas funciones debe aceptar restricciones que no se exigen al resto de los ciudadanos.


    La confianza pública no se destruye únicamente con los actos de corrupción; empieza a erosionarse cuando el propio sistema tolera situaciones que cualquier observador imparcial puede percibir como incompatibles con la independencia que se espera de un juez


    El conflicto de intereses no comienza cuando se demuestra una influencia indebida. Comienza cuando los ciudadanos tienen motivos razonables para preguntarse si esa influencia pudo haber existido. La confianza pública no se destruye únicamente con los actos de corrupción; empieza a erosionarse cuando el propio sistema tolera situaciones que cualquier observador imparcial puede percibir como incompatibles con la independencia que se espera de un magistrado.

    Las repúblicas no se sostienen únicamente sobre constituciones o leyes. También descansan sobre convenciones de conducta que nadie puede imponer y que, precisamente por ello, revelan la verdadera calidad institucional de una sociedad. Existen decisiones perfectamente legales que, sin embargo, resultan profundamente inconvenientes porque erosionan un capital mucho más difícil de reconstruir: la confianza.


    Existen decisiones perfectamente legales que, sin embargo, resultan profundamente inconvenientes porque erosionan un capital mucho más difícil de reconstruir: la confianza.


    El deterioro institucional argentino no ha consistido solamente en la violación de las normas. Comenzó antes, cuando dejamos de preguntarnos qué correspondía hacer y empezamos a preguntarnos únicamente qué era posible hacer sin infringir expresamente una ley. La diferencia entre ambas preguntas es la distancia que separa la ética de la legalidad.

    Lo verdaderamente preocupante no es que estas situaciones ocurran, sino que hayan dejado de sorprendernos. Como ya se ha señalado desde estas columnas, cuando una sociedad deja de escandalizarse frente a aquello que antes consideraba incompatible con la dignidad de la función pública, el deterioro institucional ya no constituye un riesgo: se ha convertido en una mala costumbre.

    Montesquieu escribió que ”la virtud política es una renuncia a sí mismo”. Tal vez esa sea la definición más precisa del decoro. Quien ejerce una función pública debe estar dispuesto a renunciar, no solo a aquello que la ley le prohíbe, sino también a aquello que, aun siendo legalmente posible, puede debilitar la confianza de los ciudadanos en las instituciones.


    Quien ejerce una función pública debe estar dispuesto a renunciar, no solo a aquello que la ley le prohíbe, sino también a aquello que, aun siendo legalmente posible, puede debilitar la confianza de los ciudadanos en las instituciones


    El decoro es, en definitiva, una forma de autocontención. Es la capacidad de renunciar a un derecho para preservar un valor superior. Es comprender que la autoridad no nace exclusivamente de la ley, sino también del ejemplo.

    Las instituciones no empiezan a morir cuando se viola la ley. Empiezan a morir cuando la falta de decoro deja de escandalizar.

    Fuente: La Nación

  • Universidades, cajas de la política

    Universidades, cajas de la política

    Los reclamos por el incumplimiento de la ley de financiamiento universitario condujeron a un nuevo paro que se extenderá hasta el 22 de este mes con adhesión acotada y dispar pues el mayor gremio docente, Aduba, no se sumó a la medida. Demandan la actualización de partidas presupuestarias para hospitales universitarios, becas estudiantiles y haberes de profesores en consonancia con el fallo de la Corte Suprema que rechazó el recurso extraordinario presentado por el Gobierno. Los docentes celebran el avance y la caída de argumentos que avalen una suspensión de la medida, aunque desde el Gobierno aún entiendan que hay margen para la discusión mientras califican de ilegítimas y politizadas las medidas. La ejecución de la cautelar volvió al juzgado de primera instancia, a cargo de Martín Cormick, quien convocó a una audiencia para mañana.

    El calendario de protestas se inició el miércoles de la semana última, convocado por el Frente Sindical de Universidades Nacionales, con impacto en todas las universidades públicas del país y prevé extenderse con medidas hasta fin de mes.

    Desde el Ministerio de Capital Humano se asegura que el Gobierno cumple sus obligaciones con el sistema universitario y se pone el foco en que la norma compromete el equilibrio fiscal al carecer de una previsión genuina de recursos.

    El presidente Javier Milei plantea que la gratuidad del sistema actual hace que los sectores más vulnerables sean los que financien los estudios a los hijos de los de mayores ingresos. El control y la transparencia con que se manejan los recursos públicos también en este terreno son claves. Mientras el Gobierno insiste con la necesidad de auditar los gastos y contar con presupuesto para un financiamiento genuino, las universidades siguen sin rendir cuentas.

    La Ley de Educación Superior fija que la Auditoria General de la Nación debe controlar las universidades, aunque no menciona con qué periodicidad. Pero este organismo, dependiente del Congreso, no cumple con su trabajo. Según Chequeado.com, para 2025, solo se auditaron tres facultades de la UBA (Medicina, Derecho y Ciencias Económicas) y el 89% de los fondos transferidos entre 2015 y 2022 no fueron rendidos.

    En 2022, la Procuración del Tesoro de la Nación, cuyo titular era Carlos Zannini, dictaminó que no correspondía aplicar los controles de la Sindicatura General de la Nación (Sigen) a las universidades pues, al hacerlo, se violaría la autonomía universitaria. A pesar de un cambio de criterio posterior, en 2024 la UBA reafirmó que la Sigen no tiene competencias para controlarla.

    Los auditores internos son así designados por el rectorado o el consejo superior de cada universidad, una maquinaria perfecta al servicio de la administración de turno que queda blindada por los propios. Plantear que puede haber transparencia real cuando solo se cuenta con mecanismos de auditoría interna y no una supervisión de organismos externos es cuando menos naïf. Un buen rector debería abrir la puerta a una auditoría independiente sin reparos para desactivar cualquier sospecha sobre el uso espurio de fondos como cajas de la política. Afirmar que una auditoría externa limitaría la autonomía es disparatado, toda vez que los ciudadanos, las personas físicas y jurídicas controladas por el fisco no pierden independencia.

    Quienes critican el accionar del oficialismo en este tema prefieren acusar a Milei de querer terminar con el formato actual de la educación universitaria pública antes que reconocer que la ausencia de mecanismos serios y confiables de control interno en el uso de bienes y recursos es un reclamo genuino que la ciudadanía debería apoyar. Establecer cuál sería la mejor conformación de los organismos de control para que no queden al arbitrio exclusivo del gobierno de turno constituiría un gesto de racionalidad.

    Fuente: La Naciión

  • Una reforma política a paso lento

    Una reforma política a paso lento

    El Poder Ejecutivo se propone, por segunda vez desde que La Libertad Avanza llegó al Gobierno, modificar las reglas de juego electorales.

    Desde este espacio editorial hemos venido reclamando con insistencia la incorporación de la llamada ley de ficha limpia para que se impida acceder a una candidatura electoral a condenados en segunda instancia judicial por delitos contra la administración pública y dolosos. También, que se regule el financiamiento partidario. Sin embargo, pareciera hasta el momento que esos temas no lideran las negociaciones que se están llevando a cabo entre oficialismo y oposición, lo cual representa un grueso error de cálculo de quienes en los discursos se jactan de la necesidad de terminar con la impunidad y de transparentar los procesos electorales, pero en los hechos siguen manteniendo un inaceptable statu quo.

    La indispensable sanción definitiva de la ficha limpia no debería quedar condicionada a la aprobación de otras cuestiones en materia electoral sobre las cuales no existe suficiente consenso entre las fuerzas, tales como el futuro de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), que el gobierno de Javier Milei aspira a derogar.

    Hemos insistido también en la necesidad de que cambios como este último se produzcan en años no electorales -como el que transcurre- y que comiencen a regir pasada la elección inmediata, de modo de no contaminar el debate con las urgencias político-partidarias.

    Ni el Congreso ni el Gobierno han sido pensados para oficiar como guaridas que garantizan fueros o protección política a delincuentes. Lamentablemente, es lo que se advierte en muchísimos casos que la ciudadanía hoy reconoce muy bien y deplora. Tampoco resulta admisible la “contabilidad creativa” que ejercen no pocas fuerzas políticas a la hora de rendir cuentas sobre su financiamiento. Las reglas deben ser claras y las sanciones, ejemplares.

    Han transcurrido ya demasiados meses desde la presentación del proyecto de reforma electoral en abril pasado y la discusión parece subsumirse hoy a cuál será la suerte de las PASO, comicios costosísimos para el erario público, cuya misión inicial se ha desvirtuado hasta convertirse en una encuesta preelectoral que, hecha con tanta anticipación a las elecciones generales, puede dar lugar, incluso, a la posibilidad de que un resultado favorable a un candidato opositor deje a un presidente en ejercicio en una prematura situación de vulnerabilidad, como sucedió en 2019.

    Es sabida la intención del Gobierno de derogar las PASO. Hoy no cuenta con los votos suficientes. Deberá negociar con quienes quieren suspenderlas o mantenerlas, pero quitándoles la obligatoriedad de la concurrencia a las urnas. En todo caso, el debate no debería ser moneda de cambio para otras cuestiones que también requieren ajustes.

    Otro tema contenido en el proyecto oficial, que no puede soslayarse, es el endurecimiento de los requisitos para otorgar la personería jurídica a los partidos políticos. De sancionarse la reforma a su ley orgánica, las agrupaciones distritales deberán contar con afiliaciones no inferiores al 0,5% del padrón. Para ser reconocidas como partido nacional, deben lograr la personería en al menos diez distritos, lo que duplica la exigencia actual. Y aquella caducará si las agrupaciones no alcanzan el 3% del padrón en dos elecciones sucesivas. En la actualidad, pierden la personaría si no superan el 2% en iguales condiciones. Se persigue con esas medidas evitar que continúe la enorme proliferación de partidos que hoy existen en todo el país sosteniendo su vigencia no a fuerza de representación, sino por pasar a formar parte de alianzas circunstanciales o sobreviviendo como oportunistas “sellos de goma”.

    Ayer, liderada por el jefe de Gabinete, Diego Santilli, se reunía la mesa política del Gobierno con el fin, entre otros temas, de evaluar la reactivación de los contactos entre La Libertad Avanza y Pro con vistas a los próximos comicios. El Congreso oficiará seguramente como laboratorio principal de esos acercamientos retomados a partir de una conversación telefónica mantenida recientemente entre la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y el expresidente Mauricio Macri. Crece también la aproximación a gobernadores para que habiliten a sus legisladores nacionales a apoyar con su voto las iniciativas oficiales que trascienden la reforma electoral, como la ley de presupuesto, la de inocencia fiscal y la reforma del Banco Central.

    Estamos ante una nueva oportunidad para “fortalecer la democracia, aumentar la representatividad, transparentar el régimen de financiamiento de los partidos políticos y establecer un marco suficiente que asegure de forma efectiva el ejercicio de derechos electorales por parte de los argentinos”, tal como se afirma en la presentación del proyecto de reforma electoral. Un objetivo loable que demanda ser concretado sin más demora

    Fuente: La Nación

  • Ingresos brutos: el más distorsivo de los impuestos

    Ingresos brutos: el más distorsivo de los impuestos

    El Impuesto sobre los Ingresos Brutos es el recurso más importante con que cuentan las provincias, pero a su vez el más distorsivo de nuestro sistema tributario.

    Sus orígenes se remontan al siglo XX, en que las provincias y municipios aplicaban diversos gravámenes locales sobre la actividad comercial e industrial. En 1904, la provincia de Buenos Aires aprobó la ley del Impuesto al Comercio e Industria, que gravaba las ventas directas, tributos que convivían con distintas patentes y contribuciones. Pero se registra en 1948 su antecedente directo, bajo la denominación de Impuesto a las Actividades Lucrativas, que nació como un tributo provincial destinado a reemplazar viejos gravámenes comerciales. Finalmente, en 1977, fue modificado, adoptando la nueva denominación de Impuesto sobre los Ingresos Brutos, coincidente con la sanción del IVA.

    En los años 1993 y 1994 se firmaron sendos pactos fiscales, donde los gobiernos provinciales asumieron el compromiso de eliminar o reducir la imposición, situación que nunca se dio. En la actualidad, existe como impuesto provincial en 24 jurisdicciones, con diversos aspectos que afectan a las empresas y a su competitividad. En primer lugar, por el efecto “cascada”, pues se aplica sobre los ingresos brutos, reiterándose en cada etapa económica, sin permitir descontar el impuesto pagado en las etapas anteriores. En segundo lugar, encarece las exportaciones, pues si bien estas se encuentran exentas, el impuesto que recae en las etapas anteriores se traslada al costo del producto, afectando la competitividad internacional.

    Afecta también la inversión, pues grava los ingresos y no la rentabilidad, obstaculizando la llegada de nuevas inversiones.

    Por otra parte, genera una doble o múltiple imposición, ya que la misma actividad se grava en distintas jurisdicciones, con los conflictos de atribución de ingresos y gastos.

    También impone una alta complejidad administrativa, al existir impuestos en cada jurisdicción, con alícuotas, exenciones, regímenes de retención y percepción distintos.

    Produce también un efecto de incremento de la informalidad, al resultar la carga tributaria elevada y compleja.

    Además, reduce la competitividad interna, pues existen provincias con alícuotas más gravosas, generando situaciones de desventaja comercial frente a competidores de otras jurisdicciones, y disminuye la transparencia del sistema tributario por el efecto de traslación del impuesto en todo el circuito económico, desconociéndose la real incidencia del impuesto en el precio final.

    Organismos internacionales como la OCDE y el Banco Interamericano de Desarrollo, tienen dicho que los impuestos sobre el volumen o ingresos brutos generan mayores distorsiones que los del IVA, por lo que recomiendan su reemplazo gradual por tributos que graven el consumo o la renta.

    Por otra parte, la Corte Suprema de Justicia de la Nación no ha declarado la inconstitucionalidad del tributo en los casos de afectación al comercio interjurisdiccional, discriminación entre contribuyentes locales y los de extraña jurisdicción o los casos de vulneración de ciertos principios constitucionales, como los de igualdad, razonabilidad o libre circulación de bienes.

    Por todas estas razones la doctrina especializada mayoritaria sostiene que se trata de uno de los impuestos más distorsivos del sistema tributario argentino.

    Ante la posibilidad de una reforma impositiva integral, sería deseable la eliminación del impuesto sobre los ingresos brutos, a través de las distintas alternativas que brinda la legislación comparada. Los ejemplos de otros países federales, como Alemania, Brasil, Canadá, Australia e India, permiten analizar sistemas sustentables alternativos, sin necesidad de recurrir a un impuesto equivalente al de ingresos brutos.

    Fuente: La Nación

  • Cuando la Iglesia confunde su misión

    Cuando la Iglesia confunde su misión

    La Iglesia Católica tiene no solo el derecho sino también el deber de hacer oír su voz ante la pobreza, la exclusión, la injusticia y cualquier circunstancia que afecte la dignidad de las personas. Nadie razonablemente podría pretender que permaneciera indiferente ante el sufrimiento social ni que renunciara a proclamar la doctrina social de la Iglesia que, desde hace más de un siglo, procura iluminar desde el Evangelio los problemas de cada época.

    Una cuestión muy diferente aparece cuando, al ejercer ese magisterio moral, algunos de sus representantes ingresan en el terreno de los diagnósticos económicos y terminan presentando como verdades indiscutibles lo que son, en realidad, cuestiones técnicas controvertidas. Más preocupante todavía es cuando esas opiniones adoptan el lenguaje, las consignas y hasta los presupuestos ideológicos de sectores concretos de la política partidaria.

    Las recientes manifestaciones de algunos integrantes de la Conferencia Episcopal Argentina vuelven oportuno señalar esa diferencia. En su homilía en el día de San Cayetano, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, formuló consideraciones sobre la libertad económica, los salarios, las tarifas, los precios y el endeudamiento de las familias. El presidente de la Conferencia Episcopal, Marcelo Colombo, defendió a su vez la intervención de la Iglesia frente a situaciones que considera contrarias a los derechos y a la dignidad humana.

    Nada hay de objetable en esto último. El problema comienza cuando se pasa casi imperceptiblemente del juicio moral —la pobreza es un mal, el trabajo merece dignidad, el sufrimiento de una familia endeudada no puede resultar indiferente— al diagnóstico acerca de sus causas y, de allí, a la implícita preferencia por determinadas soluciones económicas. No son lo mismo.


    Las palabras pueden ser nobles. Sus resultados no necesariamente lo son


    Una autoridad religiosa puede recordar principios morales. Ellos pueden y deben interpelar por igual a gobernantes, empresarios, trabajadores y ciudadanos. Pero saber por qué aumentan determinados precios, cuáles son los efectos de una tarifa subsidiada, qué consecuencias produce el déficit fiscal, qué relación existe entre emisión monetaria e inflación, cuál debe ser el grado de libertad de los mercados o qué políticas permiten aumentar sostenidamente los salarios reales exige conocimientos y evidencia ajenos a la autoridad episcopal.

    Un oportuno artículo publicado ayer en LA NACION por el sacerdote y teólogo Gustavo Irrazábal permite llevar esta reflexión aun más lejos. Su análisis se refiere al magisterio social pontificio, pero la advertencia resulta particularmente pertinente para nuestro país. Irrazábal observa la tendencia a asumir sistemáticamente una determinada interpretación sobre la evolución de la pobreza y la desigualdad, mientras se presta menor atención a otras explicaciones igualmente respaldadas por especialistas. Y recuerda algo elemental pero frecuentemente olvidado: decidir cuál de esas interpretaciones económicas describe mejor la realidad constituye, precisamente, un debate para especialistas.

    El punto merece especial atención. La existencia de desigualdades injustas no explica por sí misma cuáles son sus causas. Tampoco demuestra que la redistribución sea siempre el remedio adecuado ni que el crecimiento económico sea secundario ni que una mayor intervención estatal produzca necesariamente mayor justicia social. Son cuestiones sobre las cuales economistas serios pueden discrepar. Irrazábal contrapone, precisamente, la preferencia por políticas redistributivas con las teorías que asignan un papel decisivo al crecimiento sostenido e inclusivo para superar la pobreza.

    La experiencia argentina debería aconsejar una prudencia todavía mayor.

    Durante décadas hemos escuchado un vocabulario político que hizo de la “justicia social”, la “redistribución”, los “derechos adquiridos” y la protección frente al mercado elementos centrales de su retórica. Las palabras pueden ser nobles. Sus resultados no necesariamente lo son. Una sociedad no se vuelve más justa porque proclame más enfáticamente su preocupación por los pobres. La pregunta decisiva es si las políticas adoptadas disminuyen efectivamente la pobreza o terminan multiplicándola. Allí reside uno de los riesgos de que la jerarquía eclesiástica haga suyas, quizás inadvertidamente, categorías procedentes de una determinada tradición política. La coincidencia entre una aspiración moral y una consigna partidaria no convierte a esta última en doctrina cristiana.


    La Iglesia engrandece su misión cuando ilumina la política desde sus principios. La empequeñece cuando permite que la política partidaria determine desde qué principios parece hablar


    Tampoco debería olvidarse que el crecimiento económico ha sido uno de los instrumentos más formidables de reducción de la pobreza conocidos por la humanidad. Irrazábal recuerda que desde la década de 1960 se han registrado enormes avances mundiales en la reducción de la pobreza extrema, la esperanza de vida, la educación y el acceso al agua potable, la electricidad, los medicamentos y la tecnología. Cientos de millones de personas, particularmente en Asia, abandonaron condiciones ancestrales de pobreza. Ignorar esos progresos para conservar una visión de permanente decadencia social no ayuda a comprender el mundo que se pretende mejorar. Mucho menos ayuda a comprender a la Argentina.

    Nuestro país ofrece una dolorosa demostración de que las buenas intenciones proclamadas no sustituyen las buenas políticas. Inflación, déficit crónico, gasto público insostenible, regulaciones asfixiantes y sucesivas distorsiones de precios relativos fueron defendidos demasiadas veces invocando precisamente a los pobres, que son quienes con mayor frecuencia padecieron sus consecuencias. Para colmo, muchos de los defensores de esas ideas –casi todos de un mismo partido político– han estado envueltos en sonados casos de corrupción, lo que constituye una clara evidencia de que su preocupación no iba más allá de la de llenarse sus bolsillos con dinero mal habido.

    Esto no significa que toda política de mercado sea acertada, que el Estado carezca de responsabilidades sociales ni que la libertad económica deba desconocer límites jurídicos y éticos. Significa algo más sencillo: entre un principio moral y una política económica existe un largo camino de conocimientos, experiencia, datos y decisiones técnicas que ninguna investidura religiosa permite recorrer por atajo.

    Existe además otra razón para la prudencia episcopal.

    La Iglesia no pertenece a un partido. Sus fieles tampoco. Entre ellos hay personas de las más diversas ideas políticas y económicas, todas igualmente merecedoras de atención pastoral. Cuando un obispo denuncia la corrupción, reclama respeto por la dignidad humana o recuerda la obligación de asistir a quien sufre, su palabra puede dirigirse a toda la sociedad. Cuando adopta el vocabulario característico de una facción o parece identificar la doctrina social con un programa económico determinado, inevitablemente reduce la universalidad de ese mensaje.

    La Iglesia debe hablar de política, si por política entendemos la preocupación por el bien común. Lo que debería evitar es descender a la política partidaria. Y esa frontera se vuelve particularmente difusa cuando pronunciamientos pastorales comienzan a parecerse demasiado a las declaraciones de dirigentes que disputan el poder.

    No se trata, entonces, de pedir silencio a los obispos. Muy por el contrario. Se trata de preservar y enaltecer el valor de su palabra.

    El propio Irrazábal encuentra una orientación saludable en la enseñanza pontificia: prestar atención a la investigación científica, fomentar un diálogo académico serio y aceptar la diversidad de opiniones. Cuanto más sólido sea el conocimiento sobre el cual se apoye un pronunciamiento social, mayor será su autoridad ética.

    También sería deseable recuperar una virtud que la tradición cristiana conoce desde mucho antes que la ciencia económica: la humildad. Humildad para distinguir entre aquello sobre lo cual la Iglesia tiene algo propio e insustituible que decir y aquello sobre lo cual sus ministros pueden tener opiniones tan respetables —y tan falibles— como las de cualquier ciudadano.

    La Iglesia engrandece su misión cuando ilumina la política desde sus principios. La empequeñece cuando permite que la política partidaria determine desde qué principios parece hablar.

    Fuente: La Nación