Categoría: Entrevistas

  • La Justicia y su necesaria despolitización

    La Justicia y su necesaria despolitización

    Salvo la fracasada propuesta para integrar la Corte Suprema de Justicia de la Nación y, pese a que las vacantes en los tribunales alcanzaban un tercio del total, el Gobierno viene intentando completarlas con candidaturas que, en no pocos casos, parecen más orientadas a criterios políticos que a cuestiones técnicas, de idoneidad y probidad.

    Esta premura y algunas reacciones absolutamente inaceptables como pretender coartar a la jueza María Verónica Michelli su ascenso en la Justicia sobre la base de su parentesco con un prestigioso periodista de este diario coinciden sugestivamente con el cambio de mando en el Ministerio de Justicia.

    Idéntica preocupación generan aspectos vinculados con las autorizaciones a jueces penales para seguir en sus cargos más allá de los 75 años. Mientras rápidamente se avaló la continuidad del camarista Carlos Mahiques, padre del cuestionado ministro de Justicia, Juan Bautista, no corrió la misma suerte el probo juez Martín Irurzun, uno de los magistrados que con más convicción condenó la corrupción política.

    Numerosas designaciones judiciales, que en teoría se intentaron despolitizar mediante concursos públicos, no han hecho más que llenarse de sospechas por influencia del poder político.

    En los últimos días se ha estado reuniendo la Comisión de Acuerdos sin que surgieran mayores escollos para que avanzaran las designaciones de jueces, como ha ocurrido con la gran mayoría de más de un centenar de pliegos remitidos este año por el Poder Ejecutivo.

    De hecho, ayer, casi sin oposiciones, los jueces Pablo Bertuzzi y Pablo Yadarola defendieron en el Congreso sus nominaciones para convertirse en vocales de la Cámara Federal porteña, tribunal judicial estratégico que tiene a su cargo la supervisión y revisión de lo actuado por los juzgados federales de Comodoro Py.

    Elegidos por el ministro de Justicia y avalados por el presidente Milei, ambos candidatos quedaron un paso más cerca de convertirse en camaristas.

    Yadarola, por ejemplo, no ha hecho el mejor de los recorridos y su postulación resulta controvertida, ya que en el concurso de oposición para competir por el cargo ocupó el puesto 16. Pero también por su criticada actuación en la causa en la que se investiga el ingreso al país de 15 bultos sin controles aduaneros en un avión del exagente de inteligencia Leonardo Scatturice. Esa investigación por presunto contrabando está sospechosamente empantanada hace más de un año sin que el juez se haya esforzado por determinar quién se comunicó con una agente aduanera para que no se revisaran las valijas que ingresó una estrecha colaboradora de Scatturice.

    Aparece más que claro el apuro del Gobierno para lograr su acuerdo, al igual que el de Bertuzzi. De integrarse a la Cámara Federal Penal, podrán intervenir como jueces de alzada en causas en las que se investigan maniobras de corrupción urticantes para la Casa Rosada como las del presunto pago de coimas en la Administración Nacional de Discapacidad (Andis), el caso $LIBRA y la denuncia por enriquecimiento ilícito contra el exjefe de Gabinete Manuel Adorni.

    Es cierto que las propuestas del Presidente surgen de una terna decidida por el Consejo de la Magistratura, pero este procedimiento no ha sido eficaz, lo que ha llevado a la Corte Suprema a realizar propuestas para intentar dotar de mayor objetividad y transparencia al sistema.


    El Poder Judicial no puede gestionarse como una simple dependencia administrativa del Estado


    En los últimos tiempos, las designaciones en la Justicia han sido objeto de aspiraciones por parte de casi todos los partidos políticos. Hoy parece normal que en la Justicia Federal de las provincias estas se negocien con los gobernadores, lo cual va en contra del objetivo de contar con poderes independientes. Lo mismo ocurre con las designaciones de fiscales que, desde la reforma de 1994, comparten con los jueces la responsabilidad de impartir justicia en el área penal. Baste recordar que, entre 2012 y 2017, cuando Alejandra Gils Carbó presidió la Procuración General de la Nación, se cubrieron innumerables cargos en los que privilegió la orientación política partidaria por sobre la idoneidad y la ética. Esos nefastos antecedentes deberían oficiar como una luz de alerta para la actual administración, que parece más dispuesta a replicar aquellas prácticas viciadas que a depurar el sistema.

    La despolitización de la Justicia es una demanda imperiosa y fue uno de los pilares de la reforma constitucional de 1994. Con ese fin se creó el Consejo de la Magistratura, tomando como modelo las experiencias de España, Francia e Italia. La reforma siguió las grandes líneas de esta institución, conformada por un órgano colegiado, “integrado periódicamente de modo de que se procure el equilibrio entre la representación de los órganos políticos resultantes de la elección popular, de los jueces de todas las instancias y de los abogados de la matrícula federal”.

    Sin embargo, resulta evidente que el Consejo se ha convertido en un botín político. No fue casualidad que, en 2006, Cristina Kirchner lograra modificar la ley por la que había sido creado para reducir la cantidad de consejeros y priorizar al estamento político por sobre el resto, rompiendo así el equilibrio constitucional, y quitándole la presidencia del cuerpo a la Corte Suprema. Finalmente, en 2021, el máximo tribunal declaró inconstitucionales dos artículos clave de esa última reforma y exhortó al Congreso a dictar una nueva ley en un plazo razonable. Ante la omisión legislativa, se repuso la situación inicial.

    Tampoco resulta extraño ni extemporáneo que el actual gobierno intente ahora impulsar una nueva ley para reducir el número de consejeros y desplazar a la Corte de la presidencia. Podría caer en los mismos errores de la expresidenta e importaría otro grave retroceso. Tampoco se despolitizará la Justicia incorporando jueces con perfil político.

    En lo referido a la presidencia de la Magistratura, si se considera que la Constitución reconoce a la Corte Suprema como cabeza del Poder Judicial y al Consejo como un órgano importante, pero auxiliar de ese poder (en administración y selección), resulta lógico y justificado que su titular lo presida. Solo así se garantiza la jerarquía y la independencia de la Justicia frente a los constantes embates de la política.

    Los cambios que el Gobierno impulsa en las máximas instancias del área penal, especialmente en el fuero federal, con la excusa de disminuir la cantidad de magistrados, son preocupantes.

    Las demoras de nuestra Justicia no tienen parangón en el mundo. Aunque es justo decir que, en ciertas causas de alto voltaje político, estas demoras no siempre son por ineficiencia. Lo razonable sería aumentar la cantidad de jueces redistribuyendo eficientemente la gruesa planta de empleados.

    Bajar la cantidad de magistrados en las instancias superiores es un contrasentido. Siempre se ha cuestionado el enorme poder concentrado en los jueces de Comodoro Py, al extremo de haberse pensado en otros tiempos fusionar el fuero federal con el nacional para diluir ese poder. Su concentración genera fundadas sospechas sobre el verdadero objetivo: facilitar el control de las causas sensibles mediante la gestión de unos pocos magistrados afines.

    El Poder Judicial no puede gestionarse como una simple dependencia administrativa del Estado. Despolitizarlo y designar jueces probos e independientes es un objetivo agonal para la República. Quienes en el mejor de los casos buscan hoy despejar obstáculos para sus reformas y, en el peor, blindarse ante las investigaciones en su contra, cometen un grosero error de cálculo.

    No se puede contar con la lealtad eterna de quienes no la tienen consigo mismos ni con el alto cargo que ejercen.

    Debería el Gobierno orientar sus esfuerzos a fortalecer la independencia del Poder Judicial. No basta con declamarla, urge ponerla en práctica sin más demoras.

    Fuente: La Nación

  • El largo viaje de José Luis Manzano

    El largo viaje de José Luis Manzano

    José Luis Manzano pasó a la historia por haber pronunciado en los años 90 la frase “Yo robo para la corona”, que seguramente lo sobrevivirá. Pocas expresiones resumieron con semejante brutalidad una determinada concepción del poder. Tal vez pase a la historia, además, por haber demostrado que en la Argentina el desempeño de cargos públicos puede ser el capital inicial de algunas de las mayores fortunas privadas.

    Aquella frase no solo inmortalizó a su autor. Terminó convirtiéndose en el símbolo de una época en la que una parte de la dirigencia política dejó de ocultar la corrupción para empezar a justificarla. Ya no se trataba simplemente de admitir un acto ilícito. Se pretendía conferirle una suerte de legitimidad política. La corrupción dejaba de presentarse como una desviación individual para transformarse en un instrumento al servicio de un proyecto de poder.

    Sin embargo, el interés que hoy despierta Manzano no reside ahora en aquella declaración, sino en el extraordinario recorrido posterior de su vida pública, demostrativo de cómo la política, en la Argentina, se ha convertido, demasiadas veces, en una extraordinariamente productiva fábrica de empresarios.

    El joven dirigente que encabezó la renovación peronista y fue ministro del Interior del gobierno de Carlos Menem, el político que decidió alejarse del país cuando su imagen pública se había deteriorado profundamente, reapareció años después convertido en un empresario de enorme gravitación en sectores estratégicos de la economía argentina: medios de comunicación, energía, petróleo, minería e infraestructura. Horas atrás, se conoció que, a través de Edenor, empresa de la cual es accionista junto a Daniel Vila y Mauricio Filiberti, Manzano pasará a controlar Metrogas, la principal distribuidora de gas del país, tras su venta por YPF.

    ¿Qué nos dice sobre la Argentina el hecho de que uno de los protagonistas más controvertidos de la política de los años 90 haya llegado a convertirse, tres décadas después, en uno de los empresarios más influyentes del país?

    La respuesta excede ampliamente la figura de Manzano. Su trayectoria constituye el reflejo de una característica persistente de la vida pública argentina: la extraordinaria capacidad del poder político para transformarse, con el paso del tiempo, en poder económico.

    Cada tanto, la vida económica argentina ofrece imágenes que deberían invitarnos a reflexionar. No es la primera vez que un antiguo dirigente político aparece asociado a una gran operación empresarial; que años después participa en otra y más tarde interviene en un nuevo negocio estratégico.

    La reacción habitual consiste en discutir a esas personas, a poner los sucesivos y reiterados José Luis Manzanos de nuestra historia en la picota. Se recuerda su trayectoria política, las controversias que acompañaron su paso por la función pública o las sospechas de corrupción que gravitaron sobre ellas. Pero esa discusión suele dejar intacta la cuestión verdaderamente importante. ¿Por qué la política argentina produce tantos empresarios exitosos?

    En las economías desarrolladas suele hablarse de la llamada “puerta giratoria”. Funcionarios públicos pasan al sector privado y empresarios ingresan transitoriamente al Estado para regresar luego a sus actividades. El fenómeno plantea legítimos interrogantes éticos, pero normalmente supone el desplazamiento entre dos carreras previamente consolidadas.

    La experiencia argentina parece responder a una lógica diferente y opaca, bastante menos saludable.

    Aquí no son pocos los dirigentes cuya gravitación económica comienza precisamente cuando concluye su carrera política. No se trata simplemente de un cambio de profesión. Se trata de la transformación de un tipo de capital en otro. Porque el ejercicio del poder también produce patrimonio. A veces se trata de un patrimonio visible (que a veces aparece navegando en el Mediterráneo en barcos de nombre premonitorio, como Bandido): dinero que cambia de manos, cuentas abiertas lejos del país, sociedades opacas o patrimonios cuya titularidad se vuelve deliberadamente confusa. Otras veces, en cambio, se trata de un patrimonio mucho más sofisticado y, con frecuencia, mucho más valioso: relaciones personales, capacidad de influencia, conocimiento de los mecanismos del Estado, comprensión de los procesos regulatorios y una red de contactos, lealtades, afinidades y complicidades construida durante años de favores y prebendas otorgados en el ejercicio del poder.

    Ese capital no figura en ningún balance, pero abre oportunidades que muy pocos actores económicos poseen. Y, sobre todo, no desaparece cuando termina un mandato. Permanece y, con frecuencia, constituye el activo más valioso que un funcionario conserva al abandonar el poder.

    Ninguna de estas observaciones implica sospechar de la legalidad de las actividades desarrolladas por antiguos funcionarios. Sería absurdo sostener que quien ha ejercido un cargo público pierde, por ese solo hecho, el derecho a emprender actividades empresariales.


    Mientras la política siga siendo, para algunos, el camino más corto hacia las grandes fortunas, los argentinos seguirán sospechando que el verdadero negocio no consiste en competir en el mercado, sino en conquistar el poder


    El problema no reside en las personas. Reside en el sistema. Porque cuanto mayor es la presencia del Estado en la economía; cuanto más decisivas son las autorizaciones administrativas, las concesiones, las regulaciones, los subsidios, las tarifas o los permisos públicos, mayor es también el valor económico del conocimiento acumulado acerca del funcionamiento del propio Estado y de la capacidad de influir sobre él.

    No es casual, entonces, que muchos de los empresarios surgidos de la política desarrollen sus actividades precisamente en sectores intensamente regulados. Allí donde las decisiones públicas tienen mayor incidencia sobre la rentabilidad de las inversiones, el conocimiento del aparato estatal adquiere un valor comparable al del capital financiero, la tecnología o la innovación.

    Las instituciones no solo limitan el poder. También distribuyen incentivos. Un diseño institucional que convierte el conocimiento del Estado y la proximidad con el poder en uno de los activos económicos más valiosos termina estimulando la búsqueda de influencias antes que la creación de riqueza.

    Cuando ello ocurre, la política deja de ser exclusivamente un servicio público para transformarse, al menos para algunos, en una etapa particularmente rentable de la vida empresarial.

    Es esa una característica que debería preocuparnos. No porque impida el éxito de quienes recorrieron ese camino, sino porque altera la percepción social acerca del origen de la riqueza. En una economía competitiva, el éxito empresarial debería asociarse principalmente con la capacidad de innovar, producir mejor, administrar con mayor eficiencia o descubrir nuevas oportunidades de mercado.

    Cuando la sociedad comienza a creer que las grandes fortunas nacen, sobre todo, de la proximidad con el poder, de su manipulación o de su uso en propio beneficio, deja de confiar plenamente en el funcionamiento de las instituciones.

    Y esa desconfianza termina debilitando tanto al capitalismo como a la propia democracia y reforzando las prácticas corruptas. Manzano no constituye una excepción. Constituye un símbolo, pues su trayectoria resume mejor que muchas teorías la sorprendente facilidad con la que, en la Argentina, el poder político puede transformarse en poder económico.

    Pero el fenómeno no empieza ni termina en un solo nombre. Se repite, con distintas intensidades y bajo gobiernos de muy diverso signo político, desde hace décadas. Precisamente por eso, reducir el debate a una persona significaría perder de vista el verdadero problema.

    La pregunta relevante no es cómo determinados dirigentes llegaron a convertirse en importantes empresarios. La pregunta es por qué nuestro sistema institucional sigue ofreciendo incentivos para que el camino más corto hacia ciertos negocios estratégicos pase, con tanta frecuencia, por el ejercicio previo del poder político.

    Una democracia precisa políticos honestos y empresarios exitosos. Pero necesita, sobre todo, que unos y otros lleguen a serlo por caminos diferentes. Mientras la política siga siendo, para algunos, el camino más corto hacia las grandes fortunas, los argentinos seguirán sospechando que el verdadero negocio no consiste en competir en el mercado, sino en conquistar el poder.

    Fuente: La Nación

  • Una profunda reforma fisc

    Una profunda reforma fisc

    El gobierno nacional ha hecho esfuerzos significativos para bajar o eliminar una veintena de impuestos, como las retenciones, los impuestos internos y el impuesto PAIS, además de la inflación. Sin embargo, nuestro país sigue siendo uno de los más gravosos del mundo. La explicación es que tal ha sido el nivel de dislate fiscal a lo largo de este siglo que aquel esfuerzo nacional es por ahora insuficiente; sumado a que, salvo contadas excepciones, gobernadores e intendentes poco o nada han hecho para bajar sus tributos y gasto público. Informes recientes confirman que nuestro país persiste en ese deshonroso último lugar fiscal.

    En el informe de carga Fiscal sobre el sector formal de la Unión Industrial Argentina (UIA), se concluye que nuestro país tiene, en promedio, los impuestos más altos del mundo. En dicho reporte se realiza un análisis técnico de los ocho tributos más significativos en treinta países, incluidos los del G-20. La Argentina tiene el segundo impuesto a las ganancias más alto (luego de Colombia), el cuarto impuesto al valor agregado (después de Brasil, Italia y Uruguay), al tiempo que ocupa el primer lugar en lo referido al impuesto sobre débitos y créditos, al impuesto al patrimonio, a derechos de exportación, al impuesto de sellos, ingresos brutos y tasas municipales con base en ingresos totales.

    Nuestro país está entre los más gravosos no solo por el peso de los tributos, sino por su cantidad. Mientras que la regla es que los países no superan la decena de impuestos, según el vademécum del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf) la Argentina tiene 150 tributos. Respecto de 2025, los tributos nacionales pasaron de 45 a 40 por la derogación de distintos impuestos internos sancionada en la ley de modernización laboral, mientras que se mantuvieron los tributos provinciales en 28 y los municipales en 82. El Iaraf estima que el 85% de la recaudación total está concentrada en solo seis tributos, aportando un promedio de 14 puntos porcentuales cada uno; el restante 15% de la recaudación proviene de los otros 144 tributos, aportando apenas 0,1% cada uno. Obstaculizan más de lo que aportan.

    Hay otra razón por la cual nuestro país es de los más gravosos: la hiperregulación. Por caso, también según el Iaraf, las pymes, solo para cuestiones tributarias, están sujetas a treinta regímenes de retención, percepción e información, lo cual implica otra carga injustificada al contribuyente, al que se le exige cumplir funciones que le son ajenas. Los “saldos a favor”, en la práctica, son un impuesto adicional, sin ley, sin establecimiento en la provincia y con demoras de entre dos y ocho años para recuperarse. Son el ejemplo más patente de hasta dónde llega la máxima voracidad fiscal mundial.

    Todo lo anterior provoca una muy elevada informalidad que, según distintas estimaciones, ronda entre el 45% y el 50%. Aquel informe de UIA estima que la presión fiscal general es del 28%, pero que, si se pondera dicha informalidad, la presión fiscal en el sector formal de la economía trepa hasta el 56%, duplicando a aquella y resultando la máxima entre los 30 países. Es decir que, en la Argentina, las empresas formales trabajan más para el Estado que para sí mismas.

    De lo anterior resulta que en la Argentina tenemos un régimen fiscal tan pesado como injusto, lo cual exige una reforma urgente y profunda. Es tan grave tener los tributos más altos del mundo como que medio país opere y consuma sin pagar los respectivos impuestos, por lo que dicha reforma debe apuntar a reducir tanto impuestos como informalidad.

    La reforma tributaria puede hacerse por etapas, como se viene realizando hasta ahora a nivel nacional, como también en forma súbita. Este último es el camino que eligieron Irlanda, Paraguay y los países que vienen aplicando el denominado “Flat Tax”. Este es un régimen de muy pocos y muy bajos impuestos cuyo funcionamiento es inseparable de la curva de Laffer, aquella que busca el nivel óptimo de impuestos que asegura la máxima recaudación. En la Argentina lo viene promoviendo la Fundación Bases, que propone un régimen basado en un impuesto a las ganancias (15%) y un impuesto al valor agregado (13%).

    Se han instalado en nuestra sociedad dos sanas verdades indiscutibles de similar rango: “no podemos vivir más con déficit” y “no podemos vivir más con el actual nivel de impuestos e informalidad”. Es imperioso compatibilizarlas. Se viene solucionando la primera; pero la solución a la segunda aún está lejos, en especial por la reticencia general de gobernadores e intendentes a reducir los impuestos nacionales coparticipables y los gastos y tributos de sus provincias. Es meritoria la batalla cultural del oficialismo que instaló la idea de que el país debe funcionar con superávit. Pero, en el mismo nivel de importancia, debe grabarse que el país funcione con impuestos e informalidad en niveles lógicos. Es preciso enfrentar la “tragedia tributaria” como se lo viene haciendo ante la “tragedia deficitaria”.

    La reforma fiscal profunda deberá ser impulsada por el gobierno nacional, acompañada por los gobiernos provinciales, consenso fiscal mediante, y demandada y respaldada por la sociedad civil. Esta última a través de un sector empresario que cambie el modo supervivencia de las últimas dos décadas por el modo involucramiento y a través de una ciudadanía que haga valer la cuestión fiscal de todas las maneras posibles, especialmente con su voto en las elecciones en los tres niveles de gobierno. Todo sea para que finalmente nuestro país tenga un régimen de tributos lógicos pagados por casi todos y recordando que la política es el arte de hacer posible lo necesario.

    Fuente: La Nación

  • El costo actual de omisiones pasadas

    El costo actual de omisiones pasadas

    Misiones tiene más de 10.000 productores yerbateros que producen el 90% de la hoja verde, con explotaciones menores a 50 hectáreas. Es la provincia con más minifundios del país y ahora enfrenta una crisis, pues el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), creado hace 25 años, perdió la facultad de fijar el precio mínimo que las industrias deben pagar por su producción. Ese precio pretendía cubrir los costos y la subsistencia digna del productor y su familia. Ahora reclaman 500 pesos por kilo cuando el mercado no supera los 250 pesos. Una brecha infranqueable.

    No es el propósito analizar en detalle la estructura de esa economía regional ni sus posibles soluciones, sino señalar el parecido con muchas situaciones semejantes en el resto del país, de ahora y de siempre, cuando se ponen de manifiesto problemas que no fueron encarados a tiempo y que estallan cuando se hacen insostenibles.

    Los 10.000 productores misioneros, así como quienes se dedican a otros cultivos intensivos (frutales, vitivinícolas. horticultura, algodón, tabaco) más quienes trabajan en pequeñas industrias y comercios, son familias argentinas que deben ser -y debieron haber sido- cuidadas para poder vivir de su trabajo, sin quedar expulsadas del quehacer colectivo. Ello implica acceso al crédito, costos laborales razonables, carga fiscal sensata, incentivos para ser competitivos e infraestructura adecuada.

    Sin embargo, el populismo evitó transformaciones oportunas y transfirió los desajustes a los gobiernos siguientes como “papas calientes” de difícil digestión, que queman a quienes deben asumir el costo de corregirlos como es, precisamente, este caso.

    El obispo de Posadas, Juan Rubén Martínez, en ocasión de los reclamos, cuestionó al gobierno nacional, afirmando que “todo proyecto económico, si no incluye a la gente, no sirve para nada”. Y respecto de la inflación, acotó: “Queremos estabilidad, pero que se logre con la gente. Sin la gente, con números cerrando en lo macro, pero con pobreza y situaciones sociales que están muy mal, nos daña profundamente”. No es objetable que el prelado se exprese de esa manera, pues tiene contacto directo y cotidiano con quienes sufren por el cambio en las reglas de juego. El obispo no es economista y juzga conforme a su leal sabe y entender. Al bajar la inflación se sacó de la pobreza a un alto porcentaje de la población, aunque el enorme costo que cubría el impuesto inflacionario ahora se distribuye entre otros que piden devaluación para “devolverles la pelota”.

    Quizás piense que la economía es un juego de suma cero, donde el bienestar de quienes menos tienen requiere obligar a otros -en este caso, las empresas- a compensarles los ingresos faltantes. Pero ello no es así. Sin inflación, el bienestar sustentable solo es posible mediante crecimiento, con ahorro e inversión. Cuando se altera el sistema de precios con el loable propósito de lograr mayor equidad, se incentivan conductas opuestas, multiplicando miserias y retrayendo inversiones.

    En 1970 Fidel Castro lanzó su campaña de 10 millones de toneladas de azúcar que terminó en fracaso, ya que nadie se esfuerza cuando el resultado será ajeno. La zafra actual es solo 1% de ese objetivo (100.000 toneladas) a pesar de ser Cuba paradigma de un “Estado solidario” que suplantó al “egoísmo” del mercado. No debe interpretarse que el obispo misionero adhiere al marxismo cubano; más bien, sus palabras suenan parecidas a las de quienes, desde 2003 hasta 2023, hicieron en la Argentina bandera de una inclusión “sin dejar a nadie afuera”, utilizando el déficit fiscal y la emisión para ocultar con billetes sin valor los dramas estructurales que ahora se ponen de manifiesto.


    La economía no es un juego de suma cero donde el bienestar de quienes menos tienen requiere obligar a otros a compensarles los ingresos faltantes


    Al surgir el INYM en 2002 como respuesta apurada a un “tractorazo” yerbatero, además de crearse una tasa específica y la potestad de fijar precios sostén, debió haberse previsto la reconversión productiva de los minifundios para alcanzar economías de escala conforme a la evolución previsible del sector. No es solución trasladar ineficiencias al resto de la cadena productiva, como tampoco lo es, para otras actividades, otorgar subsidios o cerrar la economía limitando las importaciones. Esos mecanismos tienen patas cortas en un mundo acelerado por cambios tecnológicos y geopolíticos. Solo pueden dilatar crisis que crecerán de forma exponencial.

    Cuando la inflación baja y los subsidios desaparecen, también las empresas industriales deben responder a nuevos desafíos. Sin impuesto inflacionario los impuestos, tasas y contribuciones a tributar en los tres niveles explicitan la presión del gasto público. Sumados a la tasa de interés, los costos de logística, las tarifas de electricidad y gas, el precio de los combustibles, la falta de infraestructura, el aumento (en dólares) de la mano de obra e insumos que también inciden.

    La destrucción de la moneda y la desaparición del crédito por desborde del gasto público, que pasó del 26% al 46% del PBI durante el kirchnerismo, no han sido irrelevantes. Se duplicaron los empleados públicos, se agregaron millones de jubilados sin aportes, estallaron los subsidios, creció el déficit de las empresas públicas y se multiplicaron los cargos políticos. El gasto social, que durante la gestión de Raúl Alfonsín representaba el 52% del presupuesto, alcanzó el 70% en 2023 (aun en 2026); sin embargo, la pobreza llegó a sumergir a la mitad de la población. Todo eso se pagó con inflación y ahora, con cambios de precios relativos.

    No es solución continuar trasladando ineficiencias tapadas durante décadas por razones electoralistas mediante regímenes que fuerzan a las industrias a pagar precios mínimos por insumos de alto contenido social como la yerba mate, o al público a absorber los altos precios que permite una economía cerrada a las importaciones.


    No son la solución los regímenes que fuerzan a pagar precios mínimos por insumos de alto contenido social como la yerba mate


    El mundo ha cambiado y quien no evoluciona se mueve hacia atrás. Satisfacer las demandas populares será insostenible en economías de pequeños productores que solo logran crear valor por la mitad de los costos en que incurren para hacerlo. La energía es cara en todo el planeta y no basta declararla como “derecho humano”. Los medicamentos y tratamientos también lo son. Para construir viviendas, pavimentar calles, proveer agua potable y saneamiento, se necesita dinero contante y sonante. Las personas con discapacidad requieren acompañantes bien pagados, lo mismo que demandan los docentes y el personal de salud para educar y curar. Si no hay creación genuina de riqueza y solo hay acumulación de costos por ocupar mano de obra, no habrá posibilidad de tener energía, ni viviendas, ni medicamentos, ni educación, ni acompañantes.

    Cuanto más bienestar colectivo se pretenda, mayor debe ser la productividad para sostenerlo. Se trata de un equilibrio elemental que no puede ignorarse y que requiere, como aporte del gobierno nacional, las condiciones básicas para recuperar la moneda, expandir el crédito y multiplicar inversiones. Esto es, consolidar la elusiva confianza, demolida durante décadas de un patoterismo institucional que aún amenaza la reactivación.

    A su vez, los gobiernos provinciales deben acompañar proyectos de transformación, como los minifundios yerbateros, que impliquen esfuerzos de los involucrados para reconvertir sus actividades y hacerlas sustentables, sin subsidios ni precios sostén. No es un desafío para la jerarquía episcopal, sino para líderes comunitarios con capacidad de gestión productiva. Paliar desajustes de forma permanente, sin un plan de salida, solo agravará los problemas y desfondará las arcas públicas, que bien estrechas están.

    Fuente: La Nación

  • País generoso, educación y salud para extranjeros

    País generoso, educación y salud para extranjeros

    Cuando en 1947 el Plan Quinquenal del gobierno de Juan Perón sancionaba la llamada ley Guardo se establecía que ningún alumno probadamente capaz debía dejar de acceder a la educación superior por falta de recursos económicos. El objetivo era subsidiar con becas solo a quienes no pudieran costearla. Sin embargo, la llamada gratuidad universal, a pesar de que nada es gratis, no tardó en llegar, dos años después, sin distinguir entre ciudadanos ocales y extranjeros, al compás de la manga ancha de un populismo que se extendería por décadas.

    A partir de un debate a la sombra de la cantidad de estudiantes extranjeros, mayormente latinoamericanos, que cursan estudios universitarios en nuestro país, un decreto de mayo del año pasado eliminó la prohibición para que las instituciones de educación superior de gestión estatal pudieran optar por cobrar aranceles a estudiantes extranjeros no residentes. Bien destacan fuentes de La Libertad Avanza que esta atribución quedó en mano de las universidades que, pudiendo cobrar a los extranjeros, en ningún caso lo hacen y que “después hacen marchas y piden más presupuesto”. Sobre unos 70.000 ingresantes en 2026, solo el 2,5% correspondía a extranjeros con residencia de algún tipo, un flujo que enriquece las miradas y los aprendizajes de los locales.

    Los resultados del QS Best Student Cities 2027 revelaron que Buenos Aires se consolida como la mejor ciudad para estudiantes universitarios de América Latina, a pesar de que el aumento de costos y la incorporación de aranceles conspiran contra lo que hizo atractivo el sistema. Por otra parte, la UBA es la única casa de altos estudios latinoamericana entre las 100 principales del ranking en el que participaron 1500 universidades. Ocupa el puesto 84°.

    La corriente antiargentina que se activó a raíz de la última Copa del Mundo volvió a poner en el tapete la cuestión del arancelamiento universitario a extranjeros, algo ya resuelto con la vigencia del DNU 366/2025, y sumó también la atención de la salud. Algunos tuiteros libertarios reaccionaron con el mismo nivel de xenofobia que criticaron, incluso exigiendo la deportación de inmigrantes en situación irregular.

    A modo de encendida respuesta, el proyecto presentado por el jefe del bloque de La Libertad Avanza en la Legislatura bonaerense, Agustín Romo, con el apoyo de 12 diputados de LLA y del presidente del bloque de Pro, propone un régimen de arancelamiento a prestaciones de salud en establecimientos públicos provinciales y retribuciones por estudios en universidades públicas bonaerenses para extranjeros sin residencia permanente. Se aclara que, en caso de urgencia, nadie podrá ser rechazado. “Somos el país más generoso del mundo, pero cuando vamos al exterior no recibimos el mismo trato”, sostuvo Romo. Por su parte, Juan Esteban Osaba (LLA) explicó que “cada peso recaudado irá a equipar nuestros hospitales, mejorar las guardias e invertir en nuestras facultades”. Las consultas e internaciones de extranjeros en territorio bonaerense estarían por debajo del 1% del total.

    En la Capital Federal, desde marzo de 2025, se implementa el cobro por la atención sanitaria a los extranjeros a partir de un proyecto de la legisladora porteña Pilar Ramírez. En el orden nacional, se estima que el 20% de las prestaciones en hospitales públicos se orientan a extranjeros y/o a pacientes extrajurisdiccionales.

    Salta fue precursora en 2024, testigo de una caída del 95% en las demandas desde que se implementó el cobro a extranjeros, muchos provenientes de países limítrofes. Santa Cruz, Mendoza y Jujuy también cobran. La Casa Rosada no envió de momento un proyecto propio al Congreso Nacional, en principio porque demandaría modificar la ley de migraciones vigente para lo que debería asegurarse los debidos apoyos.

    En estos tiempos, la importancia de optimizar y ordenar el uso de los recursos públicos se agiganta. Aquietar pasiones encendidas para encarar un debate racional que conduzca a los mejores resultados debe ser el primer paso.

    Fuente: La Nación

  • China, ley de tierras y soberanía

    China, ley de tierras y soberanía

    La profundización de las relaciones entre China y la Argentina, fundamentalmente durante las gestiones presidenciales kirchneristas, no solo derivó en un intenso intercambio comercial, sino también en la posibilidad de que el territorio argentino se convirtiera en una suerte de enclave para la proyección militar de la potencia asiática. Resulta paradójico que, después de semejante cesión de soberanía, desde el kirchnerismo se cuestione ahora el proyecto oficialista de ley de tierras y la ampliación del cupo sujeto a extranjerización.

    A lo largo de décadas, se pensó que, en el contexto de globalización económica, China solo podía representar el rol de una fábrica barata, capaz de proveer artículos de baja tecnología. Pero, con el paso del tiempo, se ha consolidado como la segunda economía mundial y el principal motor de fabricación, comercio y cadenas de suministro mundiales, transformándose en el principal socio comercial de más de 140 países y en el mayor exportador de bienes del planeta, liderando la producción de vehículos eléctricos, baterías y paneles solares, además de destacarse por sus innovaciones en materia tecnológica, redes 5 G e inteligencia artificial.

    Sin embargo, su régimen autoritario, basado en un sistema de partido único, alejado del respeto por los derechos humanos y de todas las libertades, al igual que su elevado peso militar y el crecimiento exponencial de su desarrollo tecnológico, han convertido a la República Popular China en un peligro global a juicio de muchos observadores internacionales. La insistencia del gobierno chino en absorber a Taiwán mantiene bajo constante amenaza bélica a una de las zonas comerciales y de fabricación de chips más relevantes de la Tierra. No menos inquietud internacional provocan las operaciones de flotas pesqueras de origen chino, muchas veces ilegales, en aguas territoriales de América del Sur y en áreas protegidas, con dañinas consecuencias para el ecosistema.

    La instalación en Bajada del Agrio, en pleno desierto neuquino, de la cuestionada base aeroespacial bajo control de las fuerzas armadas chinas ha provocado no solo advertencias a nivel nacional, sino también señales de preocupación en el gobierno de los Estados Unidos. Basta recordar las declaraciones, formuladas en 2024, por el entonces embajador norteamericano en la Argentina, Marc Stanley, sorprendido de que nuestro país permitiera que las fuerzas armadas del gigante asiático operaran en Neuquén, “en secreto, haciendo quién sabe qué”.

    El acuerdo para la instalación de la estación china se remonta a julio de 2012, cuando la Agencia Estatal China de Lanzamiento, Seguimiento y Control General de Satélites (CLTC) firmó un convenio con la Comisión Nacional de Actividades Espaciales de nuestro país. Cinco meses después, el gobierno neuquino celebró un segundo acuerdo con los citados organismos.

    Se trató de la primera estación aeroespacial instalada por China fuera de su territorio, en un predio de 200 hectáreas cedido por 50 años. Allí se levanta una antena de 35 metros de diámetro, capaz de explorar distancias superiores a los 300.000 kilómetros desde la Tierra. Las sospechas sobre el empleo de esa base por China con propósitos militares surgieron desde un principio, ya que podría constituir una herramienta estratégica frente a una hipotética guerra de satélites en el firmamento austral. En ese sentido, según especialistas, la base neuquina podría servir para inutilizar y destruir satélites, dado que su antena podría actuar como una enorme aspiradora de información, al permitir no solo el rastreo de satélites de uso civil y pacífico, sino también usos militares y de espionaje, tales como la intercepción de comunicaciones sensibles.


    Que China procure hacerse de materias primas esenciales para su economía en esta parte del mundo no es objetable, pero sí resultaría inadmisible que pretenda sumar enclaves para su proyección militar o para actividades de pesca ilegal depredatoria


    Resulta claro que, sin renegar de las vinculaciones comerciales con el país asiático, el gobierno de Javier Milei ha intentado dar señales geopolíticas muy fuertes de acercamiento a la administración de Donald Trump, que han sido apreciadas por el gobierno estadounidense. En esa dirección debe entenderse la decisión del gobierno de Milei de incorporar aviones F-16, provenientes de Dinamarca, con el aval de Estados Unidos, dejando de lado las gestiones que se venían haciendo durante el gobierno de Alberto Fernández para comprar cazabombarderos de origen chino, como los JF-17 Thunder.

    No puede perderse de vista que, en el actual contexto internacional, el cielo es un activo geopolítico demasiado importante. Como señalan especialistas en defensa, los ojos de cualquier guerra están en el firmamento o, más específicamente, en los satélites. De ahí que la base neuquina manejada por los chinos despierte tantas suspicacias.

    Ha sido bienvenida la resolución adoptada el año último por el gobierno argentino para que sea el Ministerio de Defensa el organismo que deba intervenir en la aprobación previa de cualquier proyecto de instalación de radares, estaciones terrestres y observatorios aeroespaciales en el territorio nacional, en procura de prevenir riesgos estratégicos ante infraestructuras de posible uso militar. Esta medida contribuyó a frenar obras como un radiotelescopio chino-argentino en San Juan.

    No obstante, las conjeturas de que la base china en Neuquén pueda ser utilizada con fines militares ante un hipotético conflicto internacional representan un dilema frente al cual las autoridades argentinas deberán exigir de los responsables de esa estación la máxima transparencia. Y de proseguir las sospechas, no se debería dudar en renegociar o rescindir el acuerdo.

    Nadie puede ignorar que, en el marco de la por momentos feroz disputa comercial que existe entre los Estados Unidos y China, América Latina puede convertirse en un campo para esa batalla. En cualquier caso, es deber de las autoridades argentinas velar por los intereses de nuestro país. Que China procure hacerse de materias primas esenciales para su economía en esta parte del mundo no es objetable, pero sí resultaría inadmisible que pretenda sumar enclaves para su proyección militar o para actividades de pesca ilegal depredatoria en territorio marítimo bajo soberanía argentina.

    Cabe reiterar, por eso, la necesidad de que, en materia de relaciones exteriores, prevalezca siempre la defensa de nuestros intereses estratégicos por sobre cualquier posición ideológica o interés particular, como los que, lamentablemente, predominaron durante la era kirchnerista.

    Las autoridades argentinas deberán siempre velar por la protección de activos estratégicos, identificando recursos e infraestructuras de interés nacional, y preservando sobre ellos la capacidad soberana de decidir. Cualquier cesión de soberanía, por 50 años como en el caso de la base china o por el tiempo que sea, no debería estar contemplada bajo ningún concepto.

    Fuente: La Nación

  • Mario Firmenich: terrorista internacional sin orden de captu

    Mario Firmenich: terrorista internacional sin orden de captu

    Mario Firmenich acaba de publicar un libro donde recuerda los orígenes católicos de su movimiento. Su relato termina justo antes de que ese movimiento se transformara en la más vasta y sanguinaria organización terrorista del continente. Según puede leerse de la sentencia de la causa 13/84 de la Cámara Federal que condenó a los comandantes de las Fuerzas Armadas, la organización Montoneros fue responsable de la mayor cantidad de los más de 21.000 atentados llevados a cabo en nuestro país por la guerrilla, entre asesinatos, secuestros, tomas de comisarías y cuarteles. De esos crímenes, 5215 corresponden a la colocación de artefactos explosivos en diferentes lugares públicos.

    La huella de muerte, dolor y desconsuelo que dejó su organización en la Argentina rivaliza con el derrotero internacional que llevó a cabo desde que se refugió en el cómodo exilio socialista, respaldado por los más de 70 millones de dólares obtenidos por los secuestros y extorsiones a empresarios en nuestro país. Fue en Cuba donde su organización depositó la mayor parte de ese escandaloso botín que generaría la admiración de sus pares en la Organización Latinoamericana de Solidaridad, creada por ese país con el objetivo de promover la lucha armada para el establecimiento de Estados socialistas en América Latina. Sus miembros participaron con apoyo soviético en la casi totalidad de los países de la región y asistieron a cumbres internacionales con representantes de otras organizaciones terroristas como el (Ejército Republicano Irlandés (IRA), las Brigadas Rojas, ETA o el Khmer Rouge. Firmenich y su organización financiaron, entre otros, al Frente Sandinista nicaragüense, entonces al mando de Daniel Ortega, el mismo que, como titular del Poder Ejecutivo de ese país, acaba de suprimir “para siempre” las elecciones democráticas, al tiempo que mantiene encarcelados a sus opositores y persigue toda expresión de libertad. La ayuda que le brindó Firmenich fue retribuida por el dictador nombrándolo asesor de Planificación, rentado por su siniestro régimen.

    Más oscura aún resulta la vinculación de Montoneros con las organizaciones proiraníes del terrorismo fundamentalista islámico, relaciones que mantiene hasta el presente. Su origen se remonta a 1977 cuando Firmenich y Fernando Vaca Narvaja celebraron un acuerdo con Yasser Arafat y Faruk Kadummi líderes de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), para la provisión y manejo de una fábrica de explosivos hexógenos, de reducidas dimensiones, ideal para su funcionamiento en la clandestinidad. La OLP, a través de su facción interna Al Fatah, ofrecería a cambio campos de entrenamiento para jóvenes argentinos que se sumaron a la “revolución socialista”, instructores militares y armamento. Una de esas facciones, conocida como “los iraníes”, que formaría el Partido de Dios (Hezbollhá), combatía con el pelotón que comandaba Rodolfo Galimberti, uno de los líderes de Montoneros. Los argentinos que se entrenaban en la base de Damour, contaban con el acompañamiento de un capellán montonero, el sacerdote católico argentino Jorge Adur. Los explosivos allí fabricados fueron utilizados en varios atentados internacionales. Entre ellos, el del 18 de abril de 1983 en la embajada de Estados Unidos en Beirut, embestida por un camión con 900 kilos de esos explosivos plásticos que dejó 63 víctimas fatales. El 23 de octubre de ese año esos mismos explosivos, cargados en vehículos, produjeron los ataques a los cuarteles de las fuerzas internacionales norteamericanas, de Italia, Francia y del Reino Unido en la misma ciudad, dejando más de 300 marines y efectivos franceses muertos.

    Eduardo Luis Duhalde alcanzó el grado de oficial montonero y llevó como nombre de guerra Demián. Editaba la revista Militancia peronista para la Liberación, uno de cuyos títulos era “Apoyo a los leales. Amasijo a los traidores”. Y, en una sección llamada “Cárcel del pueblo” (el mismo nombre que los terroristas ponían a los lugares donde retenían, torturaban y asesinaban a sus víctimas), condenaba a hombres que luego iban a ser asesinados. Así ocurrió con Arturo Mor Roig, político radical y ministro del Interior del gobierno del general Alejandro Lanusse; con el sacerdote Carlos Mugica y con José Ignacio Rucci. Duhalde es el mismo que ocupó el cargo de secretario de Derechos Humanos de la Nación durante el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner. Su revista destacaba la ejemplaridad de las acciones de la organización terrorista islámica “Septiembre Negro”, una de las más sanguinarias de la época y autora del asesinato de 11 deportistas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich de 1972. Precisamente con ese nombre, la organización Montoneros bautizó los operativos de atentados que llevaron a cabo en septiembre de 1973 y que culminaron con el asesinato de Rucci. Patricia Walsh, hija de Rodolfo, miembro del aparato de inteligencia de Montoneros, es una de las imputadas por su responsabilidad en el terrible atentado al comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal el 2 de julio de 1976, en el que Montoneros dejó, a través de una bomba, 23 muertos y más de cien heridos y mutilados. Es la autora como diputada del proyecto que Néstor Kirchner envió al Congreso para que se dispusiera la “nulidad” de las leyes de punto final y obediencia debida, sancionadas a instancias del presidente Alfonsín para cerrar las heridas de los 70. El punto final, obviamente, solo benefició a los terroristas, no a los militares, policías y civiles que los combatieron o juzgaron. La historia de Firmenich es el triunfo de la violencia, del cinismo, de la corrupción y la impunidad, algo que no puede sorprender a quienes vivimos en un país que aún aguarda que se haga justicia.

    Fuente: La Nación

  • Cristina Kirchner y el último escenario

    Cristina Kirchner y el último escenario

    Cuando una persona ha sido investigada durante años, juzgada en un proceso público, condenada por tribunales competentes y esa condena ha sido confirmada por sucesivas instancias judiciales, resulta legítimo que agote también los mecanismos internacionales previstos por el derecho. Nadie puede objetar el ejercicio de los recursos que el orden jurídico pone a disposición de cualquier ciudadano. Lo que sí puede discutirse es la utilización política de esos mecanismos.

    La presentación realizada por Cristina Kirchner ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas parece perseguir mucho más que un eventual pronunciamiento jurídico. Busca reinstalar un relato, con una insistencia digna de mejor causa. Pretende sembrar nuevamente la sospecha de que una condena reiteradamente confirmada tras un largo proceso judicial sería, en realidad, el producto de una conspiración política.

    La dificultad de esa estrategia tropieza con dos obstáculos insalvables: en primer lugar, los hechos; en segundo término, el agotamiento de gran parte de la ciudadanía ante la reiteración continua de una ficción caprichosa en la que pocos ya creen.

    La condena de la expresidenta de la Nación no fue improvisada ni el resultado del capricho de un magistrado aislado. Durante años intervinieron fiscales, jueces y tribunales de distintas instancias. Se produjeron innumerables pruebas, se celebraron audiencias públicas, se garantizaron todas las posibilidades de defensa y las decisiones fueron sucesivamente revisadas y confirmadas.

    Quien pretende ahora convertir un expediente judicial en una causa internacional no discute solamente una sentencia. Discute el funcionamiento mismo del sistema institucional argentino.

    Es legítimo acudir a los organismos internacionales cuando un Estado viola derechos fundamentales. Muy distinto es intentar utilizarlos como escenario para prolongar una batalla política ya perdida en los tribunales nacionales.

    No deja de llamar la atención que esta ofensiva internacional aparezca precisamente cuando el liderazgo de la exmandataria atraviesa su momento de mayor debilidad. Da la impresión de que el verdadero objetivo ya no consiste en modificar una situación jurídica extremadamente difícil de revertir, sino en conservar centralidad política, mantener vivo un exhausto liderazgo en claro retroceso y condicionar –e incluso manipular– las negociaciones internas del espacio que todavía pretende conducir.

    Puede obtener titulares. Puede conseguir alguna declaración favorable. Puede incluso lograr que algún organismo internacional formule observaciones cuya trascendencia jurídica sería discutible. Pero ninguna resolución podrá borrar de la memoria colectiva los hechos que condujeron a la condena ni el recuerdo de un sistema de poder cuya extraordinaria acumulación de riqueza continúa exigiendo explicaciones que, por imposibles, nunca habrán de llegar.

    La opinión pública ha demostrado en los últimos años una madurez mayor de la que muchos suponían. Sería un error creer que un nuevo cambio de escenario pueda bastar para alterar la percepción que millones de argentinos han construido después de seguir durante años uno de los procesos judiciales más trascendentes de nuestra historia reciente.

    La prestidigitación puede desviar la mirada durante unos segundos. No modifica la realidad. Cuando el truco termina, el público vuelve a mirar el escenario tal como realmente es. Ya no hay heroína perseguida ni víctima alguna de conspiraciones inexistentes. Solo queda el recuerdo de un sistema de poder cuya extraordinaria acumulación ilegal de riqueza continúa exigiendo explicaciones que nunca llegaron de manera convincente; queda también la patética estampa de una dirigente condenada que se resiste a abandonar el centro de la escena mediante un relato que los hechos han ido desmintiendo una y otra vez. El teatro podrá prolongarse todavía algún tiempo. Pero ningún actor consigue impedir que, tarde o temprano, al final de toda función, baje el telón.

    Fuente: La Nación

  • Intendentes: más globos de ensayo para aferrarse al poder

    Intendentes: más globos de ensayo para aferrarse al poder

    Cuando una maniobra fracasa por los carriles institucionales suele reaparecer disfrazada bajo otro formato. Eso es exactamente lo que vuelve a ocurrir en la provincia de Buenos Aires con el intento de habilitar una nueva reelección consecutiva para los intendentes que ya agotaron el límite legal de dos mandatos sin intervalos. Como no consiguen los votos necesarios en la Legislatura, ahora ensayan diversos caminos para intentar alcanzar el mismo objetivo: perpetuarse en el poder.

    No deja de ser menos grosera la versión -luego desmentida por el gobierno bonaerense- de que buscan impulsar un proyecto para ampliar el número de diputados y senadores del distrito en una Legislatura ya sumamente onerosa e improductiva, que pasó casi medio año sin sesionar y que sigue haciendo un cerrado silencio cómplice frente a los aberrantes delitos de corrupción protagonizados por el puntero del PJ y del massismo, Julio “Chocolate” Rigau, acusado junto con varios socios de apropiarse de los sueldos de empleados “ñoquis” para el financiamiento ilegal de la política. El tufillo de la iniciativa peronista resulta inocultable.

    El último episodio referido a los intendentes tiene como protagonista al jefe comunal de Castelli, Francisco Echarren, quien impulsa la sanción de una carta orgánica municipal al amparo del reclamo por la autonomía de los municipios. Entre las facultades que pretende otorgarle figura la posibilidad de establecer un régimen electoral propio. Aunque sostiene que personalmente no busca su propia reelección, el mensaje político es el de instalar un nuevo debate para abrir una puerta que hoy la ley mantiene cerrada.

    Echarren ya había intentado en 2019 recorrer el camino judicial al cuestionar la constitucionalidad del régimen bonaerense. Aquella ofensiva no prosperó. Más tarde otros intendentes amagaron con seguir la misma estrategia. Ahora aparece este nuevo globo de ensayo que va detrás del mismo propósito, aunque por otra vía.

    Esas estrategias son típicas de quienes se aferran al poder como forma de vida, lo cual resulta inconcebible desde una perspectiva republicana. Es una deformación institucional tan abusiva como peligrosa.


    Si la legislación vigente no cambia, 82 intendentes bonaerenses no podrán volver a presentarse a elecciones para el mismo cargo en 2027. Eso explica por sí solo la desesperación por cambiar las reglas de juego de parte de dirigentes de casi todos los partido políticos


    El dato que explica esos manotazos de ahogado es contundente. Si la legislación vigente no cambia, 82 intendentes bonaerenses no podrán volver a presentarse a elecciones para el mismo cargo en 2027. Hay representantes de casi todas las fuerzas políticas: 53 pertenecen al peronismo, 17 a la UCR, siete a Pro y el resto a La Libertad Avanza y a partidos vecinales. La mayoría es justicialista, pero el afán de eternizarse en los cargos atraviesa buena parte del arco político.

    Lamentablemente, nada de esto sorprende. Desde que la ley que limitó las reelecciones fue sancionada en 2016, durante la gobernación de María Eugenia Vidal y con el acompañamiento del massismo, no dejaron de multiplicarse los intentos por vaciarla de contenido.

    La norma tenía un espíritu saludable, el de impedir que los intendentes permanecieran indefinidamente en el poder y garantizar una alternancia razonable después de dos mandatos consecutivos. Sin embargo, casi desde el primer momento, comenzaron los remiendos.

    El primero llegó con la reglamentación. Allí se introdujo un criterio que terminó convirtiéndose en un verdadero agujero legal, ya que se consideró mandato completo solamente cuando el intendente hubiera ejercido más de dos años. Esa interpretación habilitó un festival de licencias estratégicas para eludir la prohibición sin abandonar realmente el poder.

    Después llegó una segunda alteración todavía más grave. La Legislatura modificó el criterio para computar el primer mandato alcanzado por la restricción y permitió que varios intendentes sumaran un período adicional respecto del previsto originalmente.


    La interna del peronismo, paradójicamente, se convirtió en el principal obstáculo para concretar una reforma tan regresiva como nefasta


    Algunos jefes comunales optaron por asumir cargos legislativos y permanecer de licencia durante más de dos años para volver a quedar habilitados. El caso más conocido es el de Mayra Mendoza, hoy diputada bonaerense con licencia como intendenta de Quilmes. Otro es el de Mario Ishii, intendente cuasi eterno de José C. Paz, ahora compañero de bancada de Mendoza en la Legislatura.

    Quienes no encontraron ese resquicio vuelven a presionar para cambiar las reglas. Entre ellos aparecen nombres como Fernando Espinoza, Jorge Ferraresi, Andrés Watson, Mario Secco, Lucas Ghi, Fernando Moreira, Leonardo Nardini, Gustavo Menéndez, Mariel Fernández, Ariel Sujarchuk, Fernando Gray, Julio Zamora y Juan Andreotti, entre muchos otros. La lista atraviesa al oficialismo provincial, pero también a la oposición.

    Durante meses, muchos de los intendentes del PJ confiaron en una promesa de Cristina Kirchner. La expresidenta les había asegurado que impulsaría una modificación legal para restablecer las reelecciones indefinidas. Sin embargo, la disputa que hoy mantiene su sector con el de Axel Kicillof terminó bloqueando esa posibilidad. La interna del peronismo, paradójicamente, se convirtió en el principal obstáculo para concretar una reforma tan regresiva como nefasta.

    Por su parte, Kicillof nunca ocultó su simpatía por eliminar los límites a las reelecciones y varios de sus intendentes siguen presionando para conseguirlo. El gobernador, impedido por la Constitución provincial de aspirar a un tercer mandato consecutivo, necesita preservar el respaldo territorial de los jefes comunales si finalmente decide proyectar una candidatura presidencial en 2027. En ese contexto, el reclamo para derogar los límites a las reelecciones aparece como una vil moneda de cambio para fortalecer esa alianza política y mantener alineados a quienes constituyen su principal estructura de poder. Pero los votos no aparecen y la discusión permanece empantanada. De allí la proliferación de alternativas judiciales, interpretaciones forzadas y ahora experimentos municipales que buscan obtener por la ventana lo que no consiguen por la puerta.


    La proliferación de alternativas judiciales, interpretaciones forzadas y novedosos experimentos municipales buscan obtener por la ventana lo que no consiguen por la puerta


    La cuestión de fondo excede largamente la suerte de un puñado de dirigentes. Lo que está en juego es la calidad institucional de la provincia. La alternancia no es un castigo para los gobernantes, sino una garantía para los ciudadanos. Ninguna democracia madura puede aceptar como normal que quienes administran el Estado dediquen más energía a diseñar mecanismos para seguir aferrándose con uñas y dientes que a resolver los problemas de quienes los eligieron.

    La política bonaerense enfrenta desafíos mucho más urgentes que asegurar carreras perennes para sus intendentes. La inseguridad, el deterioro de los servicios públicos, la crisis económica y la falta de oportunidades reclaman soluciones. Frente a semejante panorama, insistir una y otra vez con nuevas maniobras para eternizarse en el poder constituye una demostración de corporativismo político que resulta tan elocuente como inadmisible.

    Fuente: La Nación

  • Mil nudos gordianos para cortar

    Mil nudos gordianos para cortar

    Uno de los países mas dotados de la Tierra, que debería ofrecer a sus habitantes mayor prosperidad que los desarrollados, tiene aún niveles vergonzosos de pobreza, de informalidad laboral y de tensiones sociales por una historia de desajustes que cuesta equilibrar. Es sabido que, gracias a los motores del agro, la energía, la minería y los servicios, en unos años se multiplicarán las exportaciones y lloverán dólares para bajar el riesgo país, aliviar deudas, aumentar importaciones y atraer inversiones.

    Ese futuro promisorio no debe servir para relajarse y esperar, ya que las demandas del bolsillo acucian, aquí y ahora. Y tampoco es aconsejable un modelo rentístico donde esas divisas se utilicen para subsidiar ineficiencias en provecho de la política partidaria, las burocracias, los sindicatos y la corrupción. El kirchnerismo sueña y se frota las manos.

    Si algún gobierno tuviese poder suficiente para cortar los nudos gordianos que atan de pies y manos al potencial productivo de la Argentina, el impacto sería inmediato y no solo se reactivarían aquellas regiones favorecidas, sino también otros quehaceres tanto rurales como fabriles, comerciales como de servicios, en las urbes y sus periferias, en cualquier lugar donde haya iniciativas, internet, energía y suelos fértiles. Pero a través de normas, fallos y hasta artículos constitucionales, hemos construido una red de impedimentos que dificultan la transformación, para garantizar el statu quo.

    Un obstáculo crucial es la disfuncionalidad territorial de nuestro país desde que se convirtieron en provincias los antiguos territorios nacionales, con representación igual que las más habitadas. Es de sentido común una administración por regiones, reduciendo costos y mejorando eficiencias, pero ¿cómo se logra ese consenso? Sumado a ello, alinear los incentivos perversos que induce la coparticipación, pues alientan a gastar y a mantener impuestos distorsivos como ingresos brutos y sellos, núcleo del costo argentino. Es el “federalismo rentista” que traba la modernización.


    Hoy cualquier juez del país, e incluso uno incompetente, puede suspender con mínima fundamentación la vigencia de una ley o de un decreto de forma precautoria por razones constitucionales, dándole efecto universal


    En cuanto a la proliferación de tasas municipales, verdaderos impuestos disfrazados de tasas, desde el caso Ercolano (1922) la Corte Suprema de Justicia ha contribuido a fortalecer muchos nudos que ahora ni Alejandro Magno podría cortar. Como la doctrina del caso Esso (2021), que permite la expansión de tasas sin sustento y con arbitrarias percepciones, para seguir gastando.

    Ni qué hablar del costo laboral y las “cajas sindicales”. Sin duda, la eliminación de los aportes solidarios y la gestión de las obras sociales por los sindicatos (caso único en el mundo) son nudos que deben ser cortados para que esos dineros, deducidos compulsivamente, aprovechen a la gente sin sustracciones en el camino. Perciben alrededor de 1000 millones de dólares por aportes obligatorios y solidarios, además de cifras inmensas por las obras sociales que regentean en forma directa y a través del Fondo Solidario de Redistribución. Así se alimentan sobreprecios, falsas prestaciones y retornos a dirigentes. Pero como es prioritaria la modernización laboral para que las empresas mejoren su competitividad, el Gobierno ha debido negociar con ellos. Esos son límites de la realidad y cuando haya más votos, irá por sus cajas.

    Otro nudo es la banca pública. Una medida cautelar dictada por el juez federal de La Plata Alejo Ramos Padilla frenó la transformación del Banco de la Nación Argentina (BNA) con un modelo similar a YPF, demostrando lo difícil que es superar la fuerza de los intereses creados. El BNA cuenta con 17.500 empleados y una red de 720 sucursales y es el mayor banco del país. Los bancos de fomento siempre han sido concesiones de la política a sectores organizados, a costa del bienestar general con oportunidades para ubicar correligionarios, parientes y amigos en directorios y cargos remunerados.

    Sus carteras suelen estar contaminadas de malos créditos como lo comprueban todas las grandes bancarrotas cuyas nóminas de acreedores siempre se inician con la banca oficial, sustituyendo a los privados que se fueron antes. La dualidad entre rentabilidad y fomento abre la puerta a la política, las influencias sectoriales, los negocios sindicales y la presión de gobernadores. Ni qué hablar de la mesa de dinero que le permite trabajar en forma discrecional con financistas particulares mediante arreglos opacos, sin confrontar precios de mercado. Poco aporta al interés común la expansión del “grupo Banco Nación” en seguros, fondos comunes, bursátiles y de servicios. Alberto Fernández creó una enorme red de corrupción mediante la contratación obligatoria de seguros para todos los riesgos del Estado a través de Nación Seguros que favoreció al esposo de su secretaria. En cuanto a Nación Servicios, con 1300 empleados, la mitad afectados a la tarjeta SUBE, tiene 23 cargos gerenciales y cinco directores con elevados sueldos de bancarios, sin serlo.

    En 2008, a instancias del tristemente célebre Amado Boudou y con apoyo de dirigentes que cuestionaban a las AFJP por cobrar altas comisiones, se frustró el esfuerzo de 14 años de crear un mercado de capitales en la Argentina y esa palabra quedó prohibida para siempre (ese manotazo demuestra que el riesgo era alto y, las comisiones, bajas). Los fondos confiscados pasaron al Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES e incluye acciones de 41 empresas por un valor de 10.000 millones de dólares. Si se vendiesen, podrían proveer recursos para la securitización de hipotecas como el Fannie Mae norteamericano, impulsando el crédito para viviendas y la alicaída construcción. Pero para venderlas se requiere una ley especial, otro nudo gordiano que debería cortarse.

    Otro gran obstáculo para la creación de empleo fue establecido por la Corte Suprema cuando permitió demandar por daños además de la cobertura tarifada de la ley de riesgos del trabajo (caso Aquino, 2004) cuyos montos debían ser un tope. Desde entonces, la demandas por accidentes y enfermedades laborales crecieron sin parar, en razón de peritajes por médicos que cobran honorarios porcentuales y no fijos. Para limitar esta “industria del juicio” se dictó una ley en 2017 previendo la creación de cuerpos médicos forenses, pero pocas provincias lo han hecho. De modo que, a pesar de bajar la siniestralidad, aumenta la litigiosidad y, con ello, el empleo irregular.


    El inventario de distorsiones blindadas por derechos adquiridos, senadores remisos, cautelares infundadas o movilizaciones ruidosas es amplísimo e incluye desde el ausentismo docente basado en estatutos que olvidan la educación hasta las múltiples leyes especiales ampliando el <b>Programa Médico Obligatorio</b> que cargan prestaciones de alto costo, sin financiación


    Muchas reformas en curso han sido frenadas gracias a cautelares decretadas por jueces variopintos a instancias de los afectados. La reforma constitucional de 1994 (artículo 43) estableció un amparo sin antecedentes conocidos: cualquier juez del país (nacional, provincial o de paz), e incluso incompetente, puede suspender con mínima fundamentación la vigencia de una ley o de un decreto de forma precautoria por razones constitucionales, dándole efecto universal (erga omnes). La misma facultad que en Francia o España tienen los consejos constitucionales. Pero a diferencia de los legisladores, los jueces conocen las quejas de los afectados, pero ignoran los objetivos de bienestar colectivo que ponderaron aquellos al sancionar las leyes. Un verdadero disparate, como tantos otros que explican la profundidad de nuestra crisis.

    El ejemplo extremo fue la suspensión de 81 artículos de la ley de modernización laboral por parte del juez Raúl Horacio Ojeda, militante y exfuncionario kirchnerista, a instancias de la CGT, luego de su aprobación por las dos cámaras del Congreso Nacional, porque a él le parecía que perjudicaba a los afectados. Todas las normas generales tienen algún costo y excluyen a algún sector. Para eso existen la política y los debates legislativos. Esa malhadada reforma ha sido un mecanismo de multiplicación de nudos para salvaguardar intereses creados.

    El inventario de distorsiones blindadas por derechos adquiridos, senadores remisos, cautelares infundadas o movilizaciones ruidosas es amplísimo e incluye desde el ausentismo docente basado en estatutos que olvidan la educación hasta las múltiples leyes especiales ampliando el Programa Médico Obligatorio (PMO) que cargan a la seguridad social y a las a prepagas con prestaciones de alto costo, sin financiación.

    Quizás mediante inteligencia artificial se pueda recrear una versión criolla del rey de Macedonia, para que, montado en su Bucéfalo, arremeta con éxito contra los incontables nudos argentinos, desafío mucho mayor que el que superó en Frigia.

    Fuente: La Nación