Categoría: Entrevistas

  • El vestidor, los dólares y la confianza en la justicia

    El vestidor, los dólares y la confianza en la justicia

    Aveces resulta saludable recordar los principios generales que rigen -o deberían regir- nuestra vida en sociedad. Conviene, pues, tener presente que los jueces deben impartir justicia y que los fiscales tienen como función investigar los delitos y promover la acción penal pública contra sus presuntos autores o partícipes.

    Esto debería resultar una obviedad -en particular para aquellos que son abogados o que integran el Poder Judicial o, incluso, el Ministerio Público-, pero parece que no es tan obvio cuando vemos lo que ocurre en algunas investigaciones a lo largo y a lo ancho del país. En particular, aquellas en las que algún poderoso personaje aparece como acusado.

    Basta con observar el devenir de la investigación que tiene a Martín Insaurralde y a su exesposa Jésica Cirio entre los protagonistas. La pesquisa no avanza, el juez federal Luis Armella muestra escaso o nulo interés por impartir justicia y el fiscal federal Sergio Mola acumula reproches porque intenta hacer su trabajo. Es decir, la función por la que todos nosotros les pagamos un salario con nuestros impuestos.


    Mientras el fiscal Mola insiste, correctamente, desde hace meses en promover medidas de prueba, ampliar la investigación y avanzar sobre aspectos patrimoniales del expediente, el juez Armella ha rechazado o demorado varias de esas iniciativas


    La división de funciones entre jueces y fiscales no es un tecnicismo jurídico: constituye uno de los pilares sobre los que descansa el funcionamiento del sistema penal y, en última instancia, la confianza de la sociedad en la administración de justicia. Cuando alguno de esos engranajes deja de cumplir el papel que le asigna la Constitución nacional, no solo se resiente una causa judicial. Se debilita el Estado de Derecho.

    Vale la pena recordar ese principio porque, con demasiada frecuencia, las investigaciones sobre corrupción terminan naufragando entre demoras, expedientes que pierden impulso y decisiones que postergan indefinidamente la búsqueda de la verdad. En ese contexto, el rol de los fiscales adquiere una relevancia decisiva. Son ellos quienes tienen la obligación legal de investigar los delitos, reunir pruebas, promover la acción penal y actuar en representación del interés general de la sociedad, con objetividad, independencia y lealtad procesal.

    No siempre esa tarea resulta sencilla. Investigar a funcionarios o exfuncionarios con poder político, económico o capacidad de influencia suele implicar resistencias de distinta naturaleza. Precisamente por eso el Ministerio Público Fiscal fue concebido como un órgano con autonomía funcional, para impulsar las investigaciones sin depender de los intereses circunstanciales del poder político ni de las conveniencias de los propios investigados.

    Captura de video de Martín Insaurralde alentando a la Selección argentina: una de las caras de la impunidad
    Captura de video de Martín Insaurralde alentando a la Selección argentina: una de las caras de la impunidad@mecomprendezmendez

    La causa que tiene entre sus principales protagonistas a Insaurralde y a Cirio ofrece un ejemplo elocuente de esa tensión. Mientras el fiscal Mola insiste, correctamente, desde hace meses en promover medidas de prueba, ampliar la investigación y avanzar sobre distintos aspectos patrimoniales del expediente, el juez Armella ha rechazado o demorado varias de esas iniciativas, generando una diferencia de criterios que ya resulta inocultable.

    El episodio más reciente ocurrió hace unos días, cuando Mola solicitó la detención de ambos ante el riesgo procesal que, según sostuvo, representaban las nuevas evidencias incorporadas al expediente, entre ellas, los videos en los que se observa a la modelo rodeada de fajos de dólares guardados en bolsas dentro de un vestidor, un hallazgo que los investigadores estiman en millones de dólares. Pero el magistrado, inexplicablemente, no compartió ese criterio. Mola, por su parte, considera que los dólares en bolsas de plástico que se vieron en los videos grabados por Cirio en un vestidor son de la pareja y se los imputará a la hora de tener que justificar sus bienes y pedir nuevamente su declaración indagatoria.

    No se trata de una discrepancia aislada. Desde el año pasado, ese fiscal sostiene -junto con Diego Velasco, titular de la Procuraduría de Criminalidad Económica y Lavado de Activos (Procelac)- el pedido de indagatoria a Insaurralde, apoyado en un informe patrimonial que detectó decenas de millones de pesos en gastos sin justificar, solo por viajes al exterior. Esa solicitud tampoco prosperó. Más tarde, cuando la Unidad de Información Financiera (UIF) impulsó profundizar la investigación por presunto lavado de activos y enriquecimiento ilícito, el respaldo institucional a esa estrategia también se debilitó tras el desplazamiento de uno de sus principales funcionarios.


    El transcurso de los días, los meses y los años deteriora las pruebas, facilita maniobras defensivas, dificulta reconstruir los hechos y termina afectando la confianza ciudadana en la capacidad del sistema judicial para llegar a la verdad


    A esa serie de diferencias se suma ahora la decisión de excluir a Carolina Álvarez, segunda esposa de Insaurralde, del peritaje contable destinado a determinar el origen de los fondos utilizados para adquirir el terreno sobre el que luego se construyó la casa de San Vicente. Mientras el juez entiende que Álvarez no se encuentra imputada, Mola y la asociación Poder Ciudadano sostienen con buen criterio que la investigación la considera una presunta testaferro y que su exclusión compromete el alcance del peritaje. Y otro buen fiscal involucrado en el expediente, Diego Iglesias, fue todavía más explícito al señalar que resulta difícil comprender esa decisión después de que el propio juzgado hubiera dispuesto medidas cautelares sobre su patrimonio. Así las cosas, será la Cámara Federal de La Plata la que deba resolver esa controversia.

    Mientras tanto, pasa el tiempo y medidas básicas de investigación llegan con una demora difícil de explicar cuando las investigaciones por corrupción exigen rapidez. El transcurso de los días, los meses y los años deteriora las pruebas, facilita maniobras defensivas, dificulta reconstruir los hechos y termina afectando la confianza ciudadana en la capacidad del sistema judicial para llegar a la verdad. Por eso el impulso de los fiscales no constituye un detalle procesal, sino una condición indispensable para que las causas avancen. Que luego los jueces compartan o no sus planteos forma parte del funcionamiento normal del sistema acusatorio. Lo preocupante aparece cuando las diferencias terminan traduciéndose en expedientes que pierden dinamismo y generan impunidad.

    La Argentina asumió, además, compromisos internacionales para investigar con eficacia los delitos de corrupción y el lavado de activos. No se trata únicamente de satisfacer estándares exigidos por organismos como el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), sino de cumplir una obligación elemental frente a los ciudadanos: demostrar que las sospechas de corrupción serán investigadas con la misma intensidad, cualquiera sean sus protagonistas.

    Los fiscales no están llamados a garantizar condenas, sino a investigar, impulsar las causas y procurar que los jueces cuenten con todos los elementos necesarios para decidir. Cuando cumplen esa función con independencia, merecen respaldo institucional, aun cuando sus planteos sean finalmente rechazados. Porque una democracia necesita jueces imparciales, y fiscales activos. Sin investigaciones diligentes no hay decisiones judiciales fundadas. Y, sin ambas cosas, la certeza de que todos somos iguales ante la ley se convierte en una mera declaración de principios.

    Quizá debamos recordar que el fin último de los fiscales, cuando ejercen bien su función, es actuar en defensa de los intereses generales de la sociedad. Cuando perdemos de vista esa premisa, retrocedemos como comunidad y la corrupción gana la batalla.

    Fuente: La Nación

  • El costo de cerrar la puerta a la ciudadanía

    El costo de cerrar la puerta a la ciudadanía

    Las democracias sólidas no se construyen únicamente en las urnas, votando cada dos años. Se sostienen también y muy especialmente en la posibilidad de que los ciudadanos controlen a quienes gobiernan, hagan oír su voz antes de que las decisiones sean irreversibles y participen activamente de la vida pública. Por eso resulta reprochable la decisión del gobierno nacional de derogar los decretos que habilitaban instancias de participación ciudadana previa a la designación de jueces, fiscales, defensores y ministros de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

    Se trata de un retroceso institucional que debilita un derecho esencial y empobrece la calidad republicana. Participar es un derecho, no una concesión del gobernante.

    El decreto 467/2026 del gobierno de Javier Milei eliminó el plazo de 15 días durante el cual ciudadanos, universidades, colegios profesionales y organizaciones de la sociedad civil podían formular observaciones o impugnaciones sobre los candidatos antes de que el Poder Ejecutivo adoptara su decisión definitiva elevando los pliegos al Senado de la Nación. También dejó sin efecto la posibilidad de que el Ministerio de Justicia solicitara opiniones especializadas. El Gobierno sostiene, equivocadamente, que la participación subsiste cuando los pliegos llegan a la Cámara alta. Sin embargo, allí el postulante ya cuenta con el respaldo político del Poder Ejecutivo. La instancia previa permitía aportar información relevante, advertir incompatibilidades o señalar antecedentes controvertidos antes de que la decisión quedara políticamente consolidada.

    Paralelamente, se derogaron artículos que establecían criterios de diversidad de género, especialidad y procedencia regional para ocupar esos cargos.

    La participación ciudadana no reemplaza a las autoridades elegidas por el voto. Su función es mejorar la calidad de las decisiones públicas mediante el escrutinio social y el control del poder. La Argentina cuenta con diversos mecanismos para hacerlo: la iniciativa popular, la consulta popular, las audiencias públicas, el acceso a la información pública, la elaboración participativa de normas y, en numerosos municipios, los presupuestos participativos, las consultas vecinales y los consejos asesores. Ninguno sustituye a la democracia representativa; la fortalece.

    La transparencia, la lucha contra la corrupción y la protección de derechos son, en gran medida, el resultado de ciudadanos y organizaciones que investigan, denuncian y exigen respuestas cuando el Estado las demora o, en el peor de los casos, las retacea.

    En ese sentido, resultan oportunas las palabras de Pablo Secchi, director ejecutivo de Poder Ciudadano: “La participación ciudadana no es un complemento de la democracia: es parte constitutiva de ella. Y, en democracia, a nadie hay que pedirle permiso para ejercerla”.

    La transparencia y la rendición de cuentas no consiste solo en publicar información cuando las decisiones ya fueron adoptadas. También exige abrir canales para que la sociedad pueda intervenir en esos procesos. Sin embargo, con frecuencia los gobiernos, invocando falazmente la eficiencia administrativa o la simplificación de procedimientos, reducen los mecanismos de control ciudadano. La historia demuestra que cambian las administraciones, pero persiste esa nefasta tentación de limitar el escrutinio público cuando resulta incómodo.

    Nuestro país necesita más ciudadanos involucrados, más instituciones abiertas, más deliberación pública y mayores controles sobre quienes ejercen el poder. Reducir esos espacios no constituye un avance institucional. Muy por el contrario, se pierden oportunidades únicas para construir una democracia más transparente, responsable y sólida.

    Cerrar la puerta a la ciudadanía genera un costo que no se mide económicamente, sino en pérdida de calidad de las instituciones, de derechos y de libertades.

    Fuente: La Nación

  • ARA San Juan, un fallo injusto

    ARA San Juan, un fallo injusto

    El Tribunal Oral Federal de Rio Gallegos acaba de emitir sentencia en el caso judicial por el hundimiento del submarino ARA San Juan, ocurrido en aguas del Atlántico Sur el 15 de noviembre de 2017, falleciendo sus 44 tripulantes. Por dos votos contra uno se resolvió condenar a quien era el comandante de la Fuerza de Submarinos de entonces -capitán de navío Claudio Villamide-, por los delitos de incumplimiento de sus deberes como funcionario público y estrago culposo seguido de muerte, y absolver al resto de los enjuiciados, el comandante de operaciones almirante Luis López Mazzeo y dos oficiales del Comando de Submarinos, los capitanes Héctor Alonso y Hugo Correa. Los fundamentos se conocerán el 21 del mes próximo. Pero, sean cuales fueren, el fallo, lejos de dar respuestas y cerrar el trágico episodio, profundiza y agrava cuestiones centrales.

    Más de 90 testigos a lo largo de cuatro meses de audiencias, que incluyeron decenas de oficiales superiores submarinistas, jefes de arsenales y mantenimiento y otras áreas de logística de la Armada, comandantes de flota y hasta jefes de Estado Mayor y testigos submarinistas expertos convocados en su momento por el Congreso de la Nación y el Ministerio de Defensa, dejaron afirmaciones claras: que el submarino estaba en condiciones seguras de navegar, que podía cumplir la misión asignada cuando zarpó, que ninguna de las reparaciones o ajustes pendientes lo ponían en riesgo ni mucho menos habían sido la causa de su trágico destino final, que al día de hoy se desconocía qué suceso había ocasionado la pérdida de control del submarino provocando su ida a pique y hundimiento y que siempre e inexorablemente el comandante de un buque es el máximo responsable de su alistamiento y quien tiene la última palabra para decidir si este está en condiciones de salir a navegar.


    Si los navegantes del submarino no hubieran estado convencidos de las buenas condiciones de la nave, lisa y llanamente no habría zarpado


    Si el equipamiento del submarino estaba en condiciones, su tripulación era experimentada, su comandante era riguroso en sus tareas y los oficiales en tierra cumplieron con los deberes reglamentarios con que se formaron en la Armada -todo según se mostró en el juicio oral y público-, cabe preguntarse por qué se condena al oficial superior directo del comandante del submarino, asignándose responsabilidad penal por un trágico suceso respecto del cual aún hoy, casi nueve años después, se desconoce cómo ni por qué ocurrió.

    Quienes esgrimieron que los acusados buscaron descargar la responsabilidad por lo ocurrido en el comandante del San Juan y su tripulación, desconocen la tradición naval, los usos y costumbres del mar y los propios reglamentos que rigen la actividad náutica. Los encargados de mantener y reparar los automóviles o aviones que tomamos, no viajan luego en ellos. En cambio, quienes mantienen y reparan los submarinos que se hacen a la mar son sus propios tripulantes junto con su comandante. Por cruda lógica y sentido común, esto necesariamente implica que si los navegantes del submarino no hubieran estado convencidos de las buenas condiciones de la nave, lisa y llanamente no habría zarpado. No puede presumirse el suicidio o la temeridad colectiva.

    A esto hay que sumar, además, que para que cualquier buque de la Armada argentina pueda salir a navegar, hay detrás un interminable entramado que incluye reparaciones y mantenimientos cruzados, órdenes, supervisiones y constataciones que involucran a un sinnúmero de hombres y mujeres y a decenas de dependencias especializadas. Que un buque salga a navegar es el resultado de una actividad colectiva y de orden público enmarcada en severísimas reglas y controles. No puede reducírselo a la voluntad arbitraria de unos pocos, como si se tratase de una navegación recreativa de fin de semana.


    Que un buque salga a navegar es el resultado de una actividad colectiva y de orden público enmarcada en severísimas reglas y controles


    La sentencia resulta injusta, pues pone en jaque el corazón del sistema de toma de decisiones en una fuerza militar, resintiendo el principio de confianza que gobierna toda cadena de comando, y que respalda el funcionamiento institucional de la Armada. Si ya no alcanza con confiar en la autonomía y palabra de un comandante, si los documentos que respaldan procedimientos se vuelven sospechosos al igual que los procedimientos mismos, si toda afirmación sobre el estado de un buque deberá ser revisada y supervisada nuevamente desde sus inicios por cada eslabón de la cadena de comando, nadie querrá ni podrá dar órdenes ejecutivas, sumiendo a la Armada en una parálisis funcional con impacto directo en sus capacidades para controlar el Mar Argentino, proteger sus recursos y defender la soberanía nacional.

    Asistimos diariamente a los efectos perniciosas de la práctica vernácula de judicializar todo tema de agenda pública; ahora parece que también se judicializa -y eventualmente se castiga- el ejercicio regular de la cadena de comando de una fuerza militar de la Nación.

    Como ya señalamos desde este espacio editorial, una condena sin la debida prueba no solo constituirá una nueva injusticia que se añada a la tragedia, sino que infringirá también un golpe destructivo a nuestras propias instituciones. Condenar a un prestigioso oficial que actuó de acuerdo a las prácticas navales en las que se formó, conducirá a que los que lleguen rehúyan de sus responsabilidades ante el riesgo de terminar siendo acusados penalmente, socavando los cimientos de la profesión naval.

    Además, el fallo -que no fue unánime- desnuda con crudeza otra situación. ¿De qué sirve un juicio oral donde la prueba se exhibe públicamente, si luego puede prescindirse de ella y dar a luz resoluciones que pueden resultar más para agradar a cierta demanda social, sacrificando los estándares de juicios justos basados en evidencia y no en emociones? Un Estado de Derecho exige pruebas y no especulaciones.


    Condenar a un prestigioso oficial que actuó de acuerdo a las prácticas navales en las que se formó, conducirá a que los que lleguen rehúyan de sus responsabilidades ante el riesgo de terminar siendo acusados penalmente


    Ante una tragedia colectiva, frente a una sociedad que demanda culpables y no justicia, es deber de los jueces evitar la demagogia de contentarse con buscar chivos expiatorios. La búsqueda de la verdad debe preceder a la determinación de eventuales responsables, no al revés. Los fallos deben sostenerse en evidencias sólidas y no en emociones, mucho menos en pasiones, oportunismo o manipulaciones políticas e ideológicas como las que por años hemos visto primar en torno a esta tragedia.

    Los jueces del juicio se han expedido de una manera sorpresiva. Queda a otras instancias del Poder Judicial revisar lo actuado y corregir una injusticia.

    Fuente: La Nación

  • Índice de ciudades argentinas

    Índice de ciudades argentinas


    Por primera vez, la consultora Enclave elaboró un Índice de Ciudades Argentinas (ICA) comparando el desempeño urbano de 43 localidades que comprenden al 60% de la población del país. Los resultados son clave para que gobiernos locales, inversores y organizaciones puedan tomar decisiones basadas en datos verificables y, con el tiempo, atentos a su evolución.

    Se consideraron todas las capitales provinciales y un conjunto de ciudades intermedias a la luz de 17 indicadores separados en tres dimensiones: desempeño económico, cohesión social y calidad del hábitat urbano.

    Entre los indicadores evaluados para el diagnóstico están seguridad ciudadana, oferta sanitaria, educación, espacio público, conexión digital, cohesión social, emergencias climáticas, costo de vida, oferta de ocio, servicios financieros, suelo industrial, simplicidad administrativa, disponibilidad energética, los regímenes de incentivos para grandes inversiones (RIGI) y transparencia. Los que recibieron mayor ponderación fueron empresarialidad (15%), conexión física (12%) y seguridad (8%).

    Las diez ciudades mejor posicionadas resultaron ser: Bahía Blanca (68 puntos) Córdoba (66), Mendoza (65), Río Cuarto (64,5), Ciudad Autónoma de Buenos Aires (63), Santa Rosa (62), Rosario (61), Rafaela (59,5), Santa Fe (59) y Godoy Cruz (59). Lomas de Zamora cerró el ranking con 32 puntos, junto con otras cinco ciudades del Norte Grande que quedaron entre las peor posicionadas. Claramente, el centro del país reportó los mejores índices, dando cuenta del bajo dinamismo que imponen las distancias y la logística, y confirmando la falta de integración territorial que nos aqueja

    El exdiputado Fabio Quetglas, socio fundador de Enclave, compartió su visión respecto de que este nuevo índice pueda servir para que los gobiernos locales identifiquen debilidades y fortalezas y mejoren los abordajes observando su propia evolución.

    De las valiosas observaciones surgidas del informe surge que el dinamismo económico aparece disociado del bienestar social: mientras Neuquén , Rosario y Rafaela lideran el primero, son Bahía Blanca, Ushuaia y Río Gallegos los que prevalecen en el segundo. Los déficits de vivienda y prestaciones sociales ante, por ejemplo, las demandas que las migraciones imponen –pensemos en Neuquén con la proyección de Vaca Muerta – podrían atentar contra el desarrollo a largo plazo, en opinión de Quetglas.

    En cuanto a la seguridad, un rango poblacional que no supera los 340.000 habitantes, demostró favorecer la gestión en materia de seguridad, al posicionar a Santa Rosa, Ushuaia, Bahía Blanca y Goya entre las mejores.

    Respecto del indicador de cohesión social- que mide acceso al agua potable e informalidad urbana- 15 ciudades obtuvieron el máximo de 8 puntos y 8 no superaron el cero: Corrientes, San Miguel de Tucumán, Concordia, Formosa, Bariloche, La Plata, Resistencia y Zárate.

    En hábitat urbano, en tanto, lideran las denominadas “capitales económicas accesibles”: Bahía Blanca, Catamarca, Salta, La Rioja, Santiago del Estero, Córdoba y Rosario, ciudades que combinan oferta urbana con costos de vida razonables.

    La Capital Federal fue la única ciudad que alcanzó el puntaje máximo de 12 en conectividad física, ante una tan consabida como añeja insuficiencia de posibilidades logísticas hacia el norte y el oeste del país.

    Nuestras verdaderas Ciudades Inteligentes deberán ser las que gestionen debidamente sus agendas, sorteando la fragmentación y la descoordinación, en palabras de Quetglas. Como herramienta de diagnóstico a la hora de tomar decisiones, el ICA tiende a confirmar de manera sistematizada lo que hasta aquí podían ser solo intuiciones y revela caminos posibles para diseñar políticas que mejoren la calidad de vida de millones de argentinos.

    Fuente: La Nación

  • Principios rectores para la designación de jueces

    Principios rectores para la designación de jueces

    El Gobierno está cumpliendo últimamente con la demorada tarea de llenar las cuantiosas vacantes existentes en el Poder Judicial de la Nación, lo cual que resulta esencial para el funcionamiento de la República. Esta tarea, se sabe, requiere que el Presidente escoja de entre las ternas que le acerque el Consejo de la Magistratura un candidato o candidata y remita su pliego al Senado. Una vez que este órgano presta el correspondiente acuerdo, se encuentra ya completo el procedimiento previsto por la Constitución, restando únicamente el decreto formal de designación. Ahora bien, tan importante como proveer de jueces al sistema es que los criterios de designación no se vean influenciados por razones distintas a la idoneidad de los posibles candidatos, requisito este que aparece tanto en el artículo 16 de la Constitución, relativo a la igualdad ante la ley y a la admisibilidad para todo empleo público, como en el art 99, inciso 4°, que regula el procedimiento de designación de jueces.

    Un caso claro de indebida motivación es el que parece estar utilizándose respecto de María Verónica Michelli. Estaría obturando su designación como jueza ante un tribunal oral federal de La Plata su relación de parentesco político con el periodista de este diario Hugo Alconada Mon. La nombrada superó todos los pasos fijados por la Constitución y fue el propio presidente Milei quien elevó su pliego al Senado, el cual prestó ya el correspondiente acuerdo.


    La indebida designación de un magistrado proyecta sus efectos perniciosos por décadas; de allí la rigurosidad en la elección


    Desde hace ya tiempo el titular del Poder Ejecutivo viene demorando el nombramiento, con el argumento de que falta la habilitación del referido tribunal. De ser esa la razón, no se entiende entonces por qué el Presidente envió el pliego de Michelli en primer lugar. Es verdad que existen otros magistrados en su misma situación, tanto para cubrir el referido tribunal de La Plata como el de un tribunal oral federal de Hurlingham, y que respecto de ellos tampoco se ha materializado su nombramiento, a pesar de contar los magistrados con la correspondiente propuesta del Poder Ejecutivo y el acuerdo del Senado. Existiendo una fuerte presunción de que la motivación para la no designación de Michelli resulta totalmente inadmisible, el Presidente debería firmar de inmediato el nombramiento como forma de aventar tales sospechas, con independencia de la fecha concreta de la jura de los candidatos.

    En relación con otras designaciones ya efectuadas o en proceso de nombramiento, resultaría importante que quede clara la idoneidad de cada candidato, sin que la relación de parentesco con integrantes del Poder Judicial se convierta en un elemento relevante y mucho menos dirimente. La calidad de familiar de un aspirante a magistrado no debe ser un elemento que le juegue ni a favor ni en contra. De allí que el énfasis debe ser siempre puesto en las condiciones demostradas a través de los concursos y el análisis de antecedentes que efectúa el Consejo de la Magistratura, de manera de que los “padrinazgos” políticos o partidarios desaparezcan como factores de peso. En tal sentido, una indebida designación de un magistrado proyecta sus efectos perniciosos por décadas y es un factor de daño institucional muy superior al de los nombramientos de funcionarios públicos en los restantes poderes, aunque la raíz del mal –el nombramiento por parentesco o afinidad política partidaria— resulte siempre la misma.

    Fuente: La Nación

  • Megacorrupción y silencio cómplice

    Megacorrupción y silencio cómplice

    Hay escándalos que indignan por los hechos que revelan. Otros, en cambio, por la forma en que terminan desarrollándose. El llamado AFAGate parece pertenecer a esta segunda categoría.

    Las investigaciones judiciales y periodísticas han puesto sobre la mesa interrogantes de una enorme gravedad acerca de la administración de la Asociación del Fútbol Argentino, el destino de importantes ingresos generados por la selección argentina en el exterior, el papel desempeñado por sociedades intermediarias y la falta total de transparencia en el manejo de esos recursos. Corresponderá a la Justicia determinar si esos hechos constituyen o no delitos y establecer, en su caso, las responsabilidades que correspondan.

    Pero, una vez más, antes de toda respuesta judicial aparece un fenómeno que los argentinos conocemos demasiado bien: el silencio cómplice. Silencio de quienes deberían ofrecer explicaciones públicas. Silencio de quienes administran instituciones que pertenecen, en definitiva, a toda la comunidad. Silencio de una dirigencia que parece haber olvidado que la primera obligación del poder no consiste únicamente en actuar dentro de la ley, sino también en rendir cuentas.

    Y, paralelamente, otro espectáculo igualmente conocido: la discusión acerca de la competencia judicial: qué jueces habrán de intervenir para identificar posibles ilícitos y, si fuera el caso, sancionarlos.


    Cuando el centro de la escena deja de ser la investigación de los hechos para convertirse en una interminable discusión acerca de qué magistrado debe investigarlos, algo comienza a desordenarse profundamente


    Las reglas que determinan qué juez debe actuar constituyen una garantía esencial del Estado de Derecho. Nadie podría seriamente cuestionarlo. Pero cuando el centro de la escena deja de ser la investigación de los hechos para convertirse en una interminable discusión acerca de qué magistrado debe investigarlos, algo comienza a desordenarse profundamente.

    El ciudadano común no alcanza a comprender por qué una causa de semejante trascendencia parece avanzar más lentamente en la resolución de sus cuestiones preliminares que en el esclarecimiento de los hechos que la motivaron.

    Unos jueces consideran que la causa debe tramitar ante otro tribunal. Otros procuran retenerla. Los recursos y las dilaciones se suceden. Las apelaciones se acumulan. Los expedientes cambian de despacho. Y, mientras tanto, la pregunta esencial permanece sin respuesta. Y mientras a esa pregunta no se la enfrenta, las pruebas se deterioran, la memoria de los testigos se desvanece y las evidencias se evaporan.

    Esa frustrante sensación de inmovilidad constituye uno de los mayores factores de desgaste institucional. Porque la corrupción produce un daño económico, pero produce también otro daño, quizá más profundo: va erosionando lentamente la confianza de los ciudadanos honestos para los que el esfuerzo, el cumplimiento de la ley y la decencia siguen teniendo algún sentido.

    Hay millones de argentinos que pagan sus impuestos, cumplen sus contratos, respetan la palabra empeñada y procuran educar a sus hijos en la convicción de que la honestidad continúa siendo una virtud. No esperan privilegios. Apenas esperan que las instituciones funcionen. Que cuando aparecen sospechas graves investigue con seriedad, que los involucrados expliquen su conducta, que la sociedad conozca finalmente la verdad y que se sancione a los responsables.

    Lo que con demasiada frecuencia reciben es otra cosa. Reciben años de discusiones procesales, conflictos de competencia, recursos, nulidades, chicanas, incidentes y silencios. Al cabo del tiempo, muchas veces ya nadie recuerda con precisión cuál fue el hecho que dio origen al expediente. El proceso continúa abierto, pero la confianza pública se ha ido erosionando .

    Lo más preocupante no es solamente la existencia de conductas ilícitas. Es la creciente impresión de que ciertos sectores del poder viven bajo reglas distintas y mucho más favorables que aquellas que rigen para el resto de los ciudadanos.


    La creciente impresión es de que ciertos sectores del poder viven bajo reglas distintas y mucho más favorables que aquellas que rigen para el resto de los ciudadanos


    Quien se demora en pagar un impuesto recibe rápidamente una intimación. Quien incumple un contrato afronta consecuencias jurídicas inmediatas. Quien pretende justificar un error debe hacerlo sin demora. En cambio, cuando las sospechas recaen sobre personajes poderosos, como Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino parecería abrirse un tiempo diferente: el de las explicaciones indefinidamente postergadas y las investigaciones cuya duración termina convirtiéndose en una respuesta en sí misma.

    No hay República posible cuando esa percepción termina instalándose en el espíritu colectivo.

    La responsabilidad política es anterior a la responsabilidad penal. Nadie está obligado a admitir delitos que no ha cometido. Pero todo dirigente que administra recursos ajenos está obligado a explicar con claridad su conducta cuando ella suscita dudas razonables. Ese deber de transparencia no nace de un código penal. Nace de la ética republicana, del mero hecho de vivir en una sociedad de iguales.

    La democracia no se debilita solamente cuando existe corrupción. Se debilita también cuando la corrupción —real o presunta— deja de exigir explicaciones inmediatas y comienza a quedar atrapada en un laberinto de tecnicismos procesales, conflictos de competencia y silencios cuidadosamente administrados.

    El mayor daño que produce la corrupción no siempre consiste en el dinero que eventualmente desaparece o cambia de manos. Consiste en la esperanza que lentamente pierden quienes todavía creen que la ley debe ser igual para todos y que nuestro país tiene un futuro edificado sobre la base de la decencia y el trabajo honesto.

    Una República puede recuperar recursos. Puede incluso corregir errores. Lo que le resulta mucho más difícil recuperar es la confianza de aquellos ciudadanos que, después de contemplar durante años el mismo espectáculo, empiezan a preguntarse si la honestidad sigue siendo un motivo de orgullo, un ejemplo para sus hijos y una razón para mantener la frente alta.

    Fuente: La Nación

  • Cuando la excepción se vuelve rutina

    Cuando la excepción se vuelve rutina

    Una sentencia judicial puede ser jurídicamente correcta y, al mismo tiempo, poner en evidencia un serio problema institucional.

    Eso parece haber ocurrido con el reciente fallo que rechazó la demanda promovida por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires contra la madre de una alumna que había participado en una de las tomas de escuelas secundarias ocurridas en 2022. La decisión provocó reacciones encontradas. Algunos la celebraron como una victoria del derecho a la protesta; otros la consideraron una claudicación frente a la ocupación ilegal de establecimientos educativos. Sin embargo, una lectura detenida del fallo conduce a una conclusión diferente.

    Más allá de la controversia política, el caso constituye un ejemplo de instituciones que, en líneas generales, funcionaron como debían. La Procuración de la Ciudad promovió la acción judicial buscando obtener el resarcimiento de los perjuicios que entendía sufridos por el Estado. El Ministerio Público de la Defensa asumió la representación de la demandada y sostuvo su posición con los argumentos que estimó pertinentes. Finalmente, un juez independiente resolvió el conflicto aplicando las reglas generales del derecho de daños.

    Ese funcionamiento institucional merece ser destacado. En una República no todas las demandas del Estado deben prosperar. Lo importante es que existan organismos públicos dispuestos a promoverlas cuando las consideran fundadas, defensores oficiales encargados de garantizar el derecho de defensa y jueces independientes que decidan conforme a derecho, aun cuando el resultado no agrade a quien inició el proceso.

    Precisamente por ello, la crítica —si la hubiera— no debería dirigirse contra la sentencia. El juez no sostuvo que la ocupación de escuelas fuera legítima ni que las tomas constituyeran una forma jurídicamente aceptable de protesta. Lo que afirmó fue algo mucho más sencillo: la Ciudad no logró demostrar la existencia del daño patrimonial cuyo resarcimiento reclamaba. Y, desde esa perspectiva, el razonamiento resulta difícil de objetar.

    Uno de los principales rubros invocados por la Ciudad consistía en los salarios abonados a docentes y personal no docente durante los días en que los establecimientos permanecieron ocupados. Sin embargo, esos salarios debían abonarse de todos modos. Constituyen, utilizando la terminología económica habitual, un costo hundido. No representan una erogación adicional provocada por la toma.

    El fallo también observa otro dato revelador: la Ciudad tampoco acreditó haber incurrido en gastos extraordinarios destinados a recuperar las horas de clase perdidas. No demostró haber organizado jornadas adicionales, reforzado actividades educativas ni adoptado otras medidas que permitieran compensar el tiempo durante el cual los alumnos permanecieron sin clases.

    Y aquí aparece el verdadero problema, puesto que el mayor costo de una toma escolar difícilmente pueda medirse por los salarios de quienes igualmente debían percibirlos. El daño más serio recae sobre la educación de los propios estudiantes. Cada jornada de clases perdida representa una disminución del capital educativo de toda una generación. Ese perjuicio resulta mucho más difícil de cuantificar en términos patrimoniales, pero no por ello deja de existir.

    Precisamente por esa razón sorprende que las autoridades educativas parezcan haber incorporado las tomas al funcionamiento normal del sistema escolar. Si las horas perdidas no se recuperan, si no se reorganiza el calendario académico, si la interrupción de las clases se acepta como una contingencia más del ciclo lectivo, el mensaje que inevitablemente se transmite es que la ocupación de establecimientos constituye un recurso ordinario de negociación.

    Las protestas estudiantiles forman parte de una sociedad democrática y merecen respeto. También lo merece el derecho de los demás alumnos a recibir una educación continua y de calidad. La función de las autoridades consiste precisamente en armonizar ambos intereses, evitando que el ejercicio de uno termine anulando el otro.

    El verdadero problema, entonces, no consiste en que la Ciudad haya perdido este juicio. Consiste en que lo ocurrido parece revelar una preocupante resignación institucional frente a un fenómeno que debería ser estrictamente excepcional.

    Cuando una ocupación ilegal de edificios escolares deja de ser una anomalía para convertirse en un episodio previsto del calendario educativo, la discusión ya no gira alrededor de la responsabilidad civil ni del monto de un eventual resarcimiento. Gira alrededor de algo mucho más importante: la capacidad del Estado para preservar la normalidad de uno de los servicios públicos esenciales sobre los que descansa el futuro de toda sociedad.

    Fuente: La Nación

  • El futuro del ferrocarril de cargas

    El futuro del ferrocarril de cargas

    En la historia del ferrocarril de cargas en la Argentina pueden distinguirse cuatro etapas principales. La primera fue la gloriosa del desarrollo, desde mediados del siglo XIX hasta la década del 30, cuando el ferrocarril protagonizó la consolidación del país durante su etapa de mayor crecimiento económico. La segunda, hasta los años 90, marcada por la incapacidad de adaptación a los tiempos: frente a la competencia del camión, la ineficiente gestión estatal espiralizó el déficit y deterioró progresivamente la competitividad del sector hasta alcanzar niveles críticos insostenibles. La tercera incluyó la privatización del sistema —decisión pionera en América Latina—, que permitió su racionalización en torno a las cargas principales, aunque resultó insuficiente para promover las inversiones que habrían permitido al ferrocarril asumir un rol más protagónico frente al sostenido crecimiento de la producción agrícola de los últimos 30 años. Finalmente, una cuarta etapa signada por la desorganización y la indecisión: la reestatización de algunas líneas a partir de 2013, la posterior falta de decisión sobre la continuidad de las concesiones con buen desempeño y la consiguiente sucesión de extensiones precarias de sus contratos, sin un horizonte de largo plazo que favoreciera las inversiones privadas. A esto se sumó una inversión pública de escasa eficacia con resultados magros; el caso más evidente es el del Belgrano Cargas, en el cual el Estado invirtió más de 2000 millones de dólares en los últimos 15 años sin que la carga transportada registrara un aumento significativo, aun a pesar de las bajas tarifas que generaron un persistente déficit operativo.

    En este contexto, el Gobierno se encuentra definiendo la próxima etapa del desarrollo ferroviario de cargas. De hecho, acaba de conocerse que cinco grandes cerealeras se anotan para participar de la licitación del Belgrano Cargas, cuya concesión es por 50 años. Se trata de un consorcio integrado por Bunge, Cargill, la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA), Aceitera General Deheza (AGD) y Louis Dreyfus Company (LDC). También pugnaría por quedarse con el negocio la mexicana Ferromex y otras empresas argentinas como el Grupo Roggio.


    La historia de subsidios crecientes, inversiones ineficaces y falta de orientación hacia la demanda conduce a la conclusión de que debe tenderse a que el sistema sea gestionado por el sector privado con la debida regulación estatal


    La historia de subsidios crecientes, inversiones ineficaces y falta de orientación hacia la demanda conduce a la conclusión de que debe tenderse a que el sistema sea gestionado por el sector privado con la debida regulación estatal. Esa gestión requiere previsibilidad y certeza de largo plazo —algo que las indefiniciones y sucesivas prórrogas precarias desde 2016 no han podido garantizar—, y un marco contractual que habilite inversiones capaces de transformar el ferrocarril en una operación rentable y productiva.

    Los sistemas ferroviarios exitosos en países de grandes extensiones territoriales y relativamente bajas densidades poblacionales, lo han sido porque se especializaron en el transporte de grandes volúmenes de carga a largas distancias. Ese fue el camino seguido en la segunda mitad del siglo XX por Estados Unidos, Canadá, Australia, e incluso Brasil: la racionalización de las redes orientada a los tráficos principales permitió viabilizar el negocio y competir eficientemente con otros modos de transporte.

    En las próximas décadas, la Argentina aspira a consolidarse como productor y exportador de relevancia en tres sectores clave: energía no convencional (shale gas y shale oil), minería y agroindustria. Las cargas vinculadas con estas industrias comparten denominadores comunes: grandes volúmenes y, en ciertos casos, también grandes distancias. Tanto la producción de Vaca Muerta —con sus enormes requerimientos de arena e insumos para el proceso de fractura hidráulica— como los productos mineros y agrícolas demandan capacidades de transporte que el ferrocarril está en condiciones de proveer de manera eficiente. Este escenario difiere sustancialmente del existente en 1990, cuando se lanzó el primer proceso privatizador: Vaca Muerta aún no había sido descubierta, el potencial minero era significativamente menor y la frontera agrícola todavía se limitaba a la Pampa Húmeda histórica.


    El ferrocarril debe integrarse en un marco de competencia equitativa, tanto dentro del propio modo ferroviario como en relación con el camión


    ¿Cómo debe ser entonces el sistema ferroviario de cargas que el país necesita, y cómo debe implementarse su concreción? La respuesta no es única, pero es posible delinear ciertos principios orientadores. Además de contar con un contexto macroeconómico ordenado y un sistema jurídico confiable, el proceso debe permitir contar con un horizonte temporal extendido que brinde al sector privado la previsibilidad necesaria para realizar inversiones que mejoren la fiabilidad operativa y la ampliación de la capacidad del sistema. El ferrocarril debe integrarse en un marco de competencia equitativa, tanto dentro del propio modo ferroviario como en relación con el camión, que debería contribuir en mayor proporción al financiamiento de la infraestructura vial que utiliza, mediante peajes razonables y un control efectivo de las cargas por eje. Y, fundamentalmente, debe priorizarse el fortalecimiento de empresas sólidas y eficientes, capaces de reducir el costo logístico argentino.

    En el contexto del proceso de concesionamiento que el Estado se prepara para lanzar, resulta fundamental preservar la posibilidad de la operación integrada, en la que una única empresa gestiona la infraestructura y opera el servicio, como ocurre en Estados Unidos o Canadá. Como lo señala entre otros, el profesor José Gómez Ibáñez, de la Harvard Kennedy School of Government, este modelo resulta económicamente más eficiente que la explotación desintegrada. La red argentina —por su extensión y sus necesidades de inversión— ofrece condiciones propicias para ese esquema.


    Parece razonable que el Estado garantice la posibilidad de que terceros operen trenes sobre vías concesionadas, siempre que abonen un peaje justo


    En este debate se inscribe la discusión sobre el open access o acceso abierto. La experiencia internacional muestra que la escala del negocio ferroviario hace muy difícil que operadores pequeños y desvinculados de la responsabilidad sobre la vía alcancen niveles razonables de eficiencia. Sin embargo, parece razonable que el Estado garantice la posibilidad de que terceros operen trenes sobre vías concesionadas, siempre que abonen un peaje justo. Incluso si esta opción no se ejerciera en la práctica, su sola existencia brindaría a los dadores de carga una alternativa real frente al concesionario, equilibrando la relación de fuerzas sin privarlo de su posición de liderazgo, siempre que la sostenga sobre la base del buen servicio.

    El futuro del ferrocarril de cargas puede ser promisorio para la Argentina en una coyuntura que resulta la más propicia desde 1930. Bien gestionado tiene hoy el potencial de convertirse en un instrumento decisivo para reducir los costos logísticos, mejorar la productividad y ampliar los volúmenes de producción en la agroindustria, la minería y la energía. Para que ese potencial se materialice, son indispensables el largo plazo, la integración operativa con apertura a la competencia. El progreso eficiente del país depende, en buena medida, del éxito de esa implemnte: entación.

    Fuente: La Nación

  • Un motor disponible, aprovecharlo mientras funcione

    Un motor disponible, aprovecharlo mientras funcione

    Al evaluarse los excelentes resultados de nuestro comercio exterior y las promisorias perspectivas para la Argentina, surgen críticas respecto a las implicancias de la nueva matriz productiva. Se cuestiona el advenimiento de un país partido en dos, entre actividades “primarias” (minería, hidrocarburos, agro) que atraen las grandes inversiones y el rezago de las golpeadas Pyme, fuente de empleo y tracción comercial en las zonas más pobladas.

    Pero la causa de esa división es anterior a 2023 y no se advertía. Fue gestada durante décadas de proteccionismo, ruptura de contratos y destrucción de la moneda. No había inversiones ni aquí ni allí. Cuando Chevron comenzó a desarrollar Vaca Muerta (2013), celebró un acuerdo con cláusulas secretas que ocultaban una estructura financiera off shore para evitar el riesgo argentino. Ninguna otra petrolera internacional se animó a hacerlo. Afortunadamente, ahora ha presentado un RIGI para ingresar, sin esos subterfugios, la fabulosa suma de 13.800 millones de dólares destinados al bloque El Trapial (Neuquén).

    En cuanto a la minería, por falta de seguridad jurídica tampoco fue desarrollada. En violación a cláusulas de estabilidad fiscal, en 1998 la AFIP pretendió cobrar impuestos sobre dividendos y en 2008 se aplicaron retenciones sobre las exportaciones. La Corte Suprema de Justicia de la Nación declaró inconstitucionales los primeros (caso Cerro Vanguardia), pero avaló las retenciones (caso Minera del Altiplano). Como resultado, Chile exporta 60.000 millones de dólares y la Argentina apenas el 10%. Con el nuevo marco legal, se esperan inversiones por más de 50.000 millones de dólares en cobre, níquel, litio, oro y plata.


    “Faltan dólares”, decía el kirchnerismo para justificar los controles, la brecha y el gigantesco negociado negocio de las SIRA. Mientras los altos aranceles y el <i>antidumping</i> regían, nadie se quejaba y los gerentes financieros eran las estrellas rutilantes


    Respecto de las industrias afectadas por la apertura, nadie debería sorprenderse pues, en el ranking de economías más cerradas del mundo, la Argentina se hallaba quinta, luego de Sudán, Venezuela, Turkmenistán y Etiopía. Ello no solo encareció el costo de vida, sino que quitó incentivos a la competitividad. Las sucesivas crisis cambiarias se debieron a la incapacidad del sector, demandante de divisas para su producción, de generarlas. “Faltan dólares”, decía el kirchnerismo para justificar los controles, la brecha y el gigantesco negociado de las SIRA. Mientras los altos aranceles y el antidumping regían, nadie se quejaba y los gerentes financieros eran las estrellas rutilantes.

    Como si el país hubiera surgido de un repollo, se cuestiona al super RIGI por otorgar beneficios fiscales a las inversiones mayores de 1000 millones de dólares en nuevos sectores, omitiendo a las industrias instaladas. Pero la memoria es corta. Durante décadas, la dirigencia empresaria sostuvo que “en la Argentina no hay mercado de capitales” (sabiendo que más de 200.000 millones de dólares están fuera del sistema) y que el Estado debía hacer viables proyectos en industrias básicas. Eso permitió construir con recursos fiscales (diferimientos, desgravaciones y préstamos con avales públicos nunca pagados) plantas sobredimensionadas que, en muchos casos, sirvieron para obtener retornos de proveedores y fugar divisas al exterior.

    De igual forma, se pretendió imitar a los bancos de exportación extranjeros con redescuentos (emisión) del Banco Central. Pero en el país de los curros y la picardía los pesos de la prefinanciación se colocaban en el mercado financiero y ello resultaba más rentable que la exportación misma, como todo crédito blando. Nadie se quejaba entonces y esos regímenes eran aplaudidos como modelos de desarrollo. Por el contrario, en los RIGI los inversores deben -por primera vez- ingresar dólares de verdad y no usar recursos fiscales para llenarse los bolsillos con promociones artificiales.


    Los argentinos no piensan ni ahorran en pesos. Cualquier desajuste fiscal o parpadeo político, hace caer la demanda de dinero, provoca fuga al dólar y aumentos de precios


    En 2013, el país de las mieles y las mieses tuvo inflación como Venezuela y el Líbano. Con dos hiper y el mayor default mundial en su prontuario, quedó sin moneda. Los argentinos no piensan ni ahorran en pesos. Cualquier desajuste fiscal o parpadeo político, hace caer la demanda de dinero, provoca fuga al dólar y aumentos de precios. Esa perversa causalidad requiere dura contención del gasto, la subsistencia de algunas limitaciones cambiarias y el uso de la tasa de interés a costa de actividad.

    Sin moneda, no hay ahorro y sin ahorro no hay crédito. Restricción insuperable que olvidan quienes reclaman “políticas activas” para reactivar y torcer la ortodoxia libertaria. Salvo recrear la confianza bajando el gasto y desregulando, lo único “activo” para hacerse es reducir el costo argentino, tan caro a los gobernadores e intendentes. Las provincias y los jueces, con sus gastos y sus amparos, son quienes ponen en riesgo la competitividad de las Pyme.


    Las provincias y los jueces, con sus gastos y sus amparos, son quienes ponen en riesgo la competitividad de las Pyme


    Por fortuna, la Argentina cuenta con un as en la manga para crecer de forma genuina que la mayor parte del planeta envidiaría: alimentos, energía, minerales e industria del conocimiento. Como un bote que perdió sus remos en el río, arrastrado por la inflación y azotado por la pobreza, hemos podido hacer funcionar, sin embargo, un potente motor de cuatro hélices que estaba desechado. Quizás no está instalado en la borda preferida, quizás no empuje de forma pareja o quizás no emplee a los mismos remeros. Pero es la única alternativa para impulsar la barca donde viajamos todos. Y más vale cuidarlo para que no tenga igual destino que los remos.

    Sobre la base de su potencia, la afluencia de dólares podrá reconstituir la confianza en el peso, despejar el horizonte fiscal, fortalecer la balanza de pagos y aumentar el crédito para empresas y familias. Tras crecer 4.4% en 2025, la Argentina lo hará al 3.6% este año y proyectándose en un 3,7% para el próximo, tres años seguidos. De exportaciones mayores a 100.000 millones de dólares en 2026 se podrían alcanzar 150,000 millones en 2030, con ingresos diversificados, pues las Manufacturas de Origen Industrial (MOI), que aumentaron más del 40% interanual, tienen casi igual proporción que las agropecuarias, lo cual refleja que no se trata de una “primarización” de la economía.

    Es erróneo pensar que las inversiones petroleras, gasíferas, mineras y agroindustriales solo beneficiarán a las provincias donde se realizan esas actividades. El sistema bancario y el mercado de capitales operan como un sistema circulatorio cuya capilaridad alcanza a nuestros 24 estados. Serán los antiguos dueños o nuevos emprendedores quienes readaptarán las Pyme familiares, movidos por incentivos virtuosos, gracias al acceso al crédito, a la modernización laboral y apostando a un futuro de expansión con seguridad jurídica. Si ello no ocurriese, será porque los argentinos prefieren perder esta oportunidad y volver al pasado.

    Fuente: La Nación

  • La pobreza no se combate con discursos

    La pobreza no se combate con discursos

    La Iglesia tiene razón cuando se preocupa por la pobreza. Sería extraño que no lo hiciera. Desde sus orígenes, el cristianismo ha puesto en el centro de su mensaje a los pobres, los enfermos, los marginados y los vulnerables. Una Iglesia indiferente frente al sufrimiento humano traicionaría su propia razón de ser.

    Pero una cosa es preocuparse por la pobreza y otra muy distinta es comprender cómo se la combate. La diferencia parece obvia. En la Argentina, sin embargo, solemos olvidarla.

    En los últimos días, las declaraciones de algunas de las máximas autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina sobre el deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores sociales coincidieron con reuniones mantenidas entre dirigentes políticos, sindicales y eclesiásticos para analizar la situación social del país. Nadie puede cuestionar la legitimidad de esa preocupación. Lo que sí merece discusión son las conclusiones que algunos pretenden extraer de ella.

    Porque existe una vieja confusión argentina; una tentación recurrente en la vida pública de nuestro país: la de creer que la pobreza se resuelve distribuyendo riqueza antes de crearla; la de imaginar que el problema consiste exclusivamente en la forma en que se reparte el producto social y no en la capacidad de una sociedad para producirlo; la de pensar que el crecimiento económico es una preocupación secundaria, casi un detalle técnico, frente a la urgencia moral de asistir a quienes más sufren.

    Sin embargo, la experiencia histórica demuestra exactamente lo contrario: ninguna sociedad ha logrado reducir de manera duradera la pobreza sin antes generar riqueza. Ninguna.

    No lo hicieron las naciones europeas que hoy admiramos por sus sistemas de protección social. No lo hicieron los países asiáticos que sacaron a cientos de millones de personas de la pobreza. No lo hicieron los Estados Unidos, Canadá, Australia o Nueva Zelanda.


    La tragedia argentina consiste en que buena parte de quienes hoy expresan legítima preocupación por la pobreza acompañaron durante años políticas que contribuyeron a expandirla.


    Primero crecieron. Después distribuyeron. Y no porque fueran egoístas, sino porque entendieron una verdad elemental: nadie puede repartir aquello que no existe.

    La Argentina, en cambio, parece empeñada desde hace décadas en discutir cómo distribuir una riqueza que cada vez produce menos. Y cuando los resultados de esa estrategia fracasan, la respuesta suele ser siempre la misma: más subsidios, más transferencias, más gasto público, más Estado y más endeudamiento.

    El resultado está a la vista: más pobres, más dependencia, más exclusión; más personas viviendo de la asistencia. Y menos personas capaces de sostenerla.

    La tragedia argentina consiste en que buena parte de quienes hoy expresan legítima preocupación por la pobreza acompañaron durante años políticas que contribuyeron a expandirla.

    Así se destruyó el ahorro, se castigó la inversión, se hostigó al sector privado, se multiplicaron regulaciones, impuestos y controles… ¡y luego se expresó sorpresa ante la falta de crecimiento!.

    Es una lógica tan extraña como pretender aumentar la cosecha castigando al agricultor.

    Por eso la Iglesia debe ser especialmente cuidadosa. Su misión consiste en recordar la dignidad de cada persona humana, denunciar la indiferencia y acompañar a quienes sufren. Pero no debería convertirse —ni siquiera involuntariamente— en caja de resonancia político partidaria de quienes confunden solidaridad con estatismo, asistencia con desarrollo o compasión con política económica y de quienes favorecen la anomia y la informalidad.

    La caridad es una virtud. La creación de riqueza también. La primera alivia el sufrimiento inmediato y la segunda permite reducirlo de manera permanente. Una sociedad madura necesita ambas. Porque los milagros existen en los Evangelios. Las economías, en cambio, funcionan de otro modo. Nada se multiplica si antes no se produce.

    Por eso, el verdadero tema que se afronta desde estas columnas no es religioso ni partidario. Es cultural.