Categoría: Entrevistas

  • La obscenidad al poder

    La obscenidad al poder

    Hay escándalos que revelan la posible comisión de un delito. Otros, en cambio, ponen de manifiesto algo todavía más grave: la desaparición del pudor en la vida pública.

    Las imágenes difundidas recientemente, en las que se observan decenas de fajos de dólares prolijamente almacenados en el supuesto vestidor de una residencia del exintendente de Lomas de Zamora y exjefe de Gabinete de la provincia de Buenos Aires, Martín Insaurralde, pertenecen a esta segunda categoría.

    Corresponderá a la Justicia establecer cuál es el origen de ese dinero, quién es su propietario y si existe o no responsabilidad penal. Pero antes de toda investigación judicial existe una cuestión política y, sobre todo, una cuestión ética y moral. Las instituciones republicanas no descansan únicamente sobre las leyes, los fiscales y los jueces. Descansan también sobre ciertas virtudes públicas cuya desaparición suele anunciar el comienzo de una lenta degradación institucional.

    No se trata simplemente de la ostentación de una riqueza difícilmente compatible con la imagen que debería ofrecer quien ha dedicado casi toda su vida al ejercicio de cargos públicos. Tampoco del contraste inevitable entre esa impudicia y las privaciones que padecen millones de argentinos.

    Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: la aparente naturalidad con que semejante espectáculo pudo formar parte de la vida cotidiana de un dirigente político que, hace tres años –un largo tiempo en que no se ha producido ningún avance de peso en la causa-, ya había provocado la indignación pública por las fotografías de un viaje en un yate de costo millonario por el Mediterráneo, acompañado de una modelo, mientras ocupaba uno de los cargos más importantes de la provincia de Buenos Aires.


    Resulta difícil encontrar expresiones de condena provenientes de quienes compartieron con Insaurralde responsabilidades políticas durante años. Parecería que la prudencia –o más bien la cobertura política y judicial- ha vuelto a imponerse sobre el deber republicano de preservar la credibilidad de las instituciones


    Aquellas imágenes parecían haber marcado un límite. No fue así. Hoy sabemos que constituían apenas un capítulo de una historia mucho más perturbadora.

    Pero acaso el aspecto más preocupante del episodio no resida siquiera en su protagonista. Reside en el silencio cómplice.

    Resulta difícil encontrar expresiones de condena provenientes de quienes compartieron con Insaurralde responsabilidades políticas durante años. No abundan las voces que manifiesten sorpresa, indignación o vergüenza. Parecería que la prudencia –o más bien la cobertura política- ha vuelto a imponerse sobre el deber republicano de preservar la credibilidad de las instituciones.

    En las democracias sanas, los partidos no protegen a quienes los deshonran; procuran apartarlos para preservar la confianza pública. Entre nosotros ocurre con demasiada frecuencia exactamente lo contrario: el instinto de conservación de las estructuras partidarias termina prevaleciendo sobre la obligación moral de dar explicaciones a la sociedad.

    Ese silencio no es neutral. También educa, pues enseña qué conductas son tolerables y cuáles no. Contribuye a transmitir la impresión de que comportamientos como estos han dejado de producir escándalo dentro de la propia política. Y, cuando eso ocurre, la corrupción deja de ser solamente un problema judicial para convertirse en un problema cultural.


    Pocas cosas degradan más la vida pública que el mal ejemplo proveniente de quienes acceden a un cargo en el Estado


    Las sociedades no comienzan a deteriorarse cuando aparece el primer funcionario deshonesto. Comienzan a hacerlo cuando la deshonestidad deja de sorprender a quienes forman parte de ella.

    Tampoco tranquiliza la reacción judicial. Las garantías procesales constituyen una conquista irrenunciable del Estado de Derecho y deben ser respetadas. Pero esas mismas garantías no pueden transformarse en un pretexto para investigaciones interminables ‒cuya duración resulta incompatible con la necesidad comunitaria de obtener respuestas‒ ni para una percepción social de impunidad que termina erosionando la confianza pública. Una Justicia que llega demasiado tarde corre el riesgo de dejar de ser plenamente justa a los ojos de la ciudadanía.

    La política argentina atraviesa desde hace años una profunda crisis de credibilidad. Ese debería ser hoy el principal problema de cualquier dirigente democrático. Ningún político serio debería preguntarse cómo administrar la desconfianza. Debería preguntarse cómo merecer nuevamente la confianza de los ciudadanos. La confianza no se reclama. Se gana, se merece.

    Eso exige mucho más que respetar formalmente la ley. Exige comprender que el ejercicio del poder impone deberes de ejemplaridad que ningún código puede describir completamente. En una República, el poder no solo administra recursos. También transmite ejemplos. Y pocas cosas degradan más la vida pública que el mal ejemplo proveniente de quienes acceden a un cargo.

    Durante mucho tiempo se enseñó que la primera virtud del gobernante era la probidad. Quizá hoy debamos comenzar por exigir algo todavía más elemental: el pudor.

    Cuando un dirigente deja de percibir que ciertas conductas resultan incompatibles con la función pública, cuando pierde el sentido del límite y deja de experimentar vergüenza allí donde cualquier ciudadano la sentiría, el problema ya no reside solamente en una persona. Reside en una forma de concebir el poder.

    Fuente: La Nación

  • El derecho a discrepar

    El derecho a discrepar

    enteno – LA NACION4


    Toda democracia reconoce el derecho a discrepar. Esa es una de sus fortalezas.

    Los ciudadanos pueden cuestionar una ley, una decisión administrativa, una política pública o incluso hasta una sentencia judicial. Pueden protestar, manifestarse y expresar su desacuerdo. Pero lo que ninguna democracia puede admitir es que la validez y legitimidad de las instituciones dependa exclusivamente de la simpatía que inspira la persona afectada por sus decisiones.

    En el último tiempo han vuelto a multiplicarse los actos, movilizaciones y consignar reclamando la liberación de Cristina Kirchner. Quienes participan de ellos sostienen que la condena es injusta, que existe persecución política o que el proceso estuvo viciado. Tienen todo el derecho del mundo a pensarlo. A lo que no tienen derecho es a exigir que el sistema jurídico deje de funcionar cada vez que sus conclusiones resultan inconvenientes para sus propias preferencias partidarias.

    Porque la verdadera prueba del Estado de Derecho no consiste en respetar las decisiones que nos gustan. Consiste principalmente en respetar aquellas que no nos gustan. Y esa diferencia es fundamental.

    Si la legitimidad de una sentencia dependiera de la popularidad del condenado, los tribunales dejarían de administrar justicia para convertirse en simples encuestadoras de opinión pública.

    Y si la ejecución de las sentencias dependiera de la capacidad de movilización de los afectados, los derechos dejarían de estar protegidos por la ley para quedar sometidos a la ley del número. La historia argentina ofrece innumerables ejemplos de este fenómeno.


    Si la legitimidad de una sentencia dependiera de la popularidad del condenado, los tribunales dejarían de administrar justicia para convertirse en simples encuestadoras de opinión pública


    Cada sector político ‒y en particular uno de ellos, el kirchnerismo, que se distingue por la cantidad de sus integrantes sometidos y condenados en procesos penales por corrupción‒ suele defender apasionadamente la independencia judicial cuando sus adversarios son investigados, pero descubre repentinamente los defectos del sistema cuando los investigados son los propios. La coherencia institucional rara vez sobrevive al cambio de camiseta.

    Pero hay algo todavía más preocupante. Durante años se nos dijo que la corrupción rampante durante los sucesivos gobiernos de la familia Kirchner era una construcción mediática, una exageración de la oposición o una excusa para disciplinar dirigentes populares. Sin embargo, mientras se discutían las intenciones de quienes denunciaban los hechos, estos seguían allí: licitaciones amañadas, contratos incumplidos, certificados falsos, obras inconclusas, incrementos patrimoniales desmesurados, pruebas irrefutables, recursos infundados, revisiones y confirmaciones. Y una larga, casi interminable, secuencia de decisiones contundentes adoptadas por jueces en instancias distintas y a lo largo de muchos años.

    Puede discutirse una sentencia. Lo que no puede hacerse es negar la existencia misma de la realidad procesal que la produjo.

    Existe además una paradoja difícil de ignorar: quienes hoy reclaman la liberación de una dirigente condenada suelen afirmar simultáneamente que las instituciones democráticas están en peligro. Pero olvidan, con descaro, que la primera condición para la supervivencia de una democracia es que las decisiones institucionales sean respetadas, aun cuando resulten incómodas.


    La primera condición para la supervivencia de una democracia es que las decisiones institucionales sean respetadas, aun cuando resulten incómodas


    De otro modo, toda sentencia se convierte en provisional y toda ley queda subordinada a la presión política de quien tenga mayor capacidad de movilización. El resultado de esa lógica no es más democracia; es menos, mucho menos.

    Las repúblicas no mueren cuando los ciudadanos ejercen su derecho a discrepar. Mueren cuando dejan de aceptar que la ley también rige para quienes ellos consideran imprescindibles.

    Una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que nadie es condenado, sino en la que nadie está por encima de una condena cuando la ley dispone lo contrario.

    Fuente: La Nación

  • Conveniencia política vs. responsabilidad ética

    Conveniencia política vs. responsabilidad ética

    na vez más se confirma que la enfermedad solo ha robustecido sus convicciones: Esteban Bullrich saltó a las noticias por haber presentado su irrevocable renuncia a Pro. En una carta dirigida a Mauricio Macri, fundador y presidente del partido en cuya creación estuvo igualmente involucrado y que lo representó por años, Bullrich cuestionó que las decisiones de esa fuerza política ya no expresen el espíritu que le dio origen.

    “La protección brindada a Manuel Adorni fue, para mí, el hecho que terminó de hacer evidente esa distancia”, expresó Bullrich en referencia a la coherencia entre los valores que se proclaman y las acciones elegidas cuando esos valores son puestos a prueba. “Mi enfermedad me obligó a mirar la vida desde otro lugar…. el tiempo es demasiado valioso para vivir en contradicción con la propia conciencia”, sostuvo.

    La respuesta no se hizo esperar. El secretario general de Pro, Fernando de Andreis, difundió una carta pública calificando de “injusta” la mirada de Bullrich sobre las decisiones partidarias de quienes siguen trabajando para sostener el proyecto. Buscó justificar la decisión de dejar sin quorum la sesión opositora del martes último en la que se pretendía avanzar con la interpelación y moción de censura contra Adorni, porque la verdadera intención del kirchnerismo habría sido la de “montar una escena de escándalo” con ánimo desestabilizante. Romper con el oficialismo habría sido hacerle el juego al kirchnerismo y a la izquierda, a sabiendas de que no alcanzarían los dos tercios necesarios. Dejó también en claro que a través del senador nacional por Misiones Martín Goerling impulsaban el proyecto de interpelación en la Cámara alta, destacando que el propio Mauricio Macri había sido de los primeros en señalar que la designación de Adorni constituía un error.


    Esteban Bullrich se ha hecho eco de un clamor ciudadano que, cada vez más, asimilaba a Manuel Adorni con Martín Insaurralde, otro tan nefasto como escurridizo personaje al que la Justicia parece garantizarle un tratamiento en cámara lenta


    Esteban Bullrich puso en palabras la indignación de buena parte de la ciudadanía frente a un tema que, lejos de agotarse, sumó nuevas aristas a lo largo de más de 100 días hasta su reciente final. El votante de a pie rechaza los sistemas de protección activados en torno a Adorni -a los que Pro negaba haberse sumado- mientras el gravemente incriminado jefe de Gabinete de ese momento demoraba sus presentaciones y rechazaba dar un paso al costado. Solo alguna voz como la de su prima Patricia Bullrich se alzó temprana, anticipando los resultados de la sesión que en esta semana amenazaba con poner fin a las excusas de Adorni. Los pocos que públicamente representaron estos sentimientos, incluido el exministro, se han hecho eco de un clamor ciudadano que, cada vez más, asimilaba a Adorni con Martín Insaurralde, otro tan nefasto como escurridizo personaje al que la Justicia parece garantizarle un tratamiento en cámara lenta.

    La denuncia de Esteban Bullrich llegó más que a tiempo a la vista de la carta de renuncia presentada por Adorni el último fin de semana, como una nueva evidencia respecto de que, frente a la sociedad, la tan conveniente como interesada complicidad de Pro aleja al partido de lo que alguna vez fue.

    El lunes de la pasada semana, Esteban Bullrich había compartido en el Teatro Colón “La vida es hoy”, una nueva gala solidaria en favor de la Fundación que lleva su nombre (fundacionestebanbullrich.org). En el Mes Mundial de la ELA, la cantante Elena Roger y la Orquesta Académica del Teatro Colón sumaron su participación para dar visibilidad y crear conciencia sobre la enfermedad, formar, investigar y acompañar a pacientes y familias.

    Desde su costado más humano, Bullrich ayuda a otros mientras libra la batalla contra una enfermedad que no doblega su espíritu, acompañado amorosamente por su familia. Desde su perfil político brega por la unión de los argentinos y nos recuerda la importancia de defender activamente nuestros valores. Que su valioso ejemplo continúe señalando el camino a una dirigencia política que sigue desoyendo el clamor ciudadano cuando antepone los intereses de corto alcance a los ideales democráticos.

    Fuente: La Nación

  • ¿Empresas sin personas y helados de un solo sabor?

    ¿Empresas sin personas y helados de un solo sabor?

    Los proyectos de reforma legislativa suelen despertar interés únicamente entre especialistas. No parece probable que una modificación de la ley general de sociedades ocupe las conversaciones familiares de un domingo ni genere debates en las mesas de café. Sin embargo, el proyecto recientemente enviado por el Poder Ejecutivo al Congreso contiene algunas ideas tan novedosas que merecen la atención de cualquier ciudadano interesado en el futuro de la economía, de las instituciones y del mundo de los negocios.

    Existe además un aspecto menos visible, pero probablemente más importante que cualquier innovación tecnológica puntual. El proyecto propone invertir una tradición jurídica de larga data: en lugar de considerar a la ley como un conjunto de normas imperativas que condicionan la organización de las empresas, la concibe principalmente como un régimen supletorio. Dicho de manera sencilla, serán los propios socios quienes podrán definir con mayor libertad las reglas internas de sus organizaciones, mientras que la ley actuará como marco de referencia allí donde ellos no hayan decidido otra cosa. Se trata de un cambio profundo, coherente con la filosofía general de la reforma y destinado a ampliar significativamente el espacio de la autonomía privada.

    La propuesta persigue un objetivo claro: ampliar la libertad de los particulares para organizar sus actividades económicas. En términos generales, procura reducir restricciones, simplificar trámites y permitir que los empresarios diseñen con mayor flexibilidad las reglas internas de sus organizaciones. Se trata de una orientación coherente con la filosofía económica del Gobierno y, en muchos aspectos, saludable. Pero el proyecto también plantea algunas preguntas interesantes.


    La historia del derecho comercial enseña que las instituciones jurídicas más exitosas suelen ser aquellas que combinan libertad con responsabilidad. La innovación es indispensable. Sin ella no existirían ni las sociedades anónimas ni los mercados modernos, pero la innovación también exige prudencia


    La primera se refiere a la decisión de eliminar varios tipos societarios tradicionales. La sociedad colectiva, la comandita simple, la comandita por acciones y otras formas jurídicas de larga historia desaparecerían del ordenamiento argentino. El argumento es sencillo: son estructuras poco utilizadas. La inmensa mayoría de los empresarios prefiere recurrir a sociedades anónimas, sociedades de responsabilidad limitada o SAS. Si casi nadie utiliza las demás, ¿para qué conservarlas?. La pregunta parece razonable. La respuesta quizás no lo sea tanto.

    Hace pocos días, durante una conferencia en Buenos Aires, el prestigioso jurista colombiano Francisco Reyes Villamizar ‒el creador de la sociedad anónima simplificada, adoptada en muchos países‒ utilizó una comparación tan simple como elocuente. El helado de vainilla es probablemente el sabor más vendido del mundo. Sin embargo, sería absurdo concluir que la libertad de los consumidores aumenta si una heladería elimina todos los demás sabores y conserva únicamente el de vainilla.

    La existencia de opciones poco demandadas no perjudica a quienes prefieren las alternativas más populares. En cambio, su eliminación perjudica a quienes sí encuentran utilidad en ellas. Algo similar ocurre con las formas societarias.

    La libertad económica no consiste solamente en permitir que las empresas hagan más cosas. También consiste en permitir que los ciudadanos elijan entre distintas herramientas jurídicas para organizar sus negocios. Una sociedad colectiva puede parecer una reliquia histórica para algunos. Para otros puede seguir siendo la estructura más adecuada para un emprendimiento familiar, una actividad profesional o un negocio específico.

    Paradójicamente, el mismo proyecto que proclama la ampliación de la libertad contractual reduce el número de opciones institucionales disponibles. Amplía la libertad dentro de cada vehículo societario, pero reduce la libertad de elegir entre distintos vehículos.

    Sin embargo, este no es el aspecto más revolucionario de la reforma. La verdadera novedad aparece cuando el proyecto admite la existencia de sociedades cuya actividad ordinaria pueda desarrollarse mediante algoritmos y sistemas de inteligencia artificial. En otras palabras, empresas cuya gestión cotidiana podría depender, en gran medida, de procesos automatizados. Aquí el debate deja de ser jurídico para convertirse en filosófico.

    Al defender la iniciativa ante la Comisión de Legislación General en el Senado, el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, sostuvo, entre otros conceptos, que se trata de una oportunidad para que nuestro país atraiga a nuevas compañías tecnológicas construyendo un régimen atractivo para su radicación.

    La semana pasada, el historiador israelí Yuval Noah Harari criticó públicamente esta iniciativa. Según su visión, reconocer personalidad jurídica a organizaciones administradas por inteligencia artificial podría abrir la puerta a formas de poder económico y social difíciles de controlar. El presidente Javier Milei respondió defendiendo la innovación y recordando que las sociedades comerciales son, desde hace siglos, construcciones jurídicas artificiales creadas precisamente para facilitar la actividad económica.

    Ambos tienen parte de razón. En rigor, las sociedades nunca fueron personas humanas. Una sociedad anónima no respira, no vota ni tiene conciencia. Sin embargo, puede ser propietaria de bienes, contratar empleados, asumir obligaciones y comparecer ante los tribunales. Desde hace mucho tiempo el derecho reconoce personalidad jurídica a entidades que existen únicamente porque la ley decide reconocerlas.

    Pero la inteligencia artificial introduce una diferencia importante: hasta ahora, detrás de toda sociedad existían seres humanos identificables: socios, directores, administradores o representantes. Las decisiones podían ser más o menos complejas, pero siempre era posible encontrar una persona responsable.

    Cuando los procesos decisorios son delegados a sistemas algorítmicos, la cuestión se vuelve más delicada. Si un algoritmo provoca un daño, celebra una operación ruinosa, discrimina indebidamente a un cliente o adopta una decisión ilegal, ¿quién responde? ¿El programador? ¿El accionista? ¿El administrador? ¿La propia sociedad?

    Las respuestas todavía no son evidentes. Tal vez por eso resulte llamativo que el proyecto elimine figuras societarias centenarias cuya utilidad conocemos perfectamente y, al mismo tiempo, incorpore estructuras cuya evolución futura apenas podemos imaginar.

    La historia del derecho comercial enseña que las instituciones jurídicas más exitosas suelen ser aquellas que combinan libertad con responsabilidad. La innovación es indispensable. Sin ella no existirían ni las sociedades anónimas ni los mercados modernos. Pero la innovación también exige prudencia.

    Una reforma de esta magnitud habría merecido una exposición de motivos que explicara con mayor detalle las razones de algunas de sus opciones más innovadoras. Pero también merece ahora una discusión amplia y rigurosa entre juristas, académicos, empresarios y legisladores. Las mejores leyes rara vez nacen terminadas: suelen ser el resultado de un debate serio que permite corregir insuficiencias, perfeccionar soluciones y encontrar alternativas superadoras allí donde aún subsisten dudas razonables.


    La libertad económica florece cuando existen múltiples alternativas y cuando las reglas permiten identificar claramente quién responde por las consecuencias de las decisiones adoptadas


    No se trata de rechazar el futuro ni de temer a la inteligencia artificial. Tampoco de conservar instituciones únicamente porque son antiguas. Se trata de recordar que la libertad económica florece cuando existen múltiples alternativas y cuando las reglas permiten identificar claramente quién responde por las consecuencias de las decisiones adoptadas.

    Quizás sea ese el principal desafío que plantea la reforma: no decidir si una inteligencia artificial puede administrar una empresa, sino asegurarnos de que, cuando algo salga mal, siga habiendo un ser humano capaz de responder por ello.

    Fuente: La Nación

  • Legislatura bonaerense: poder millonario e improductivo

    Legislatura bonaerense: poder millonario e improductivo

    La Legislatura bonaerense ofrece en 2026 una de las fotografías más inquietantes del grave deterioro institucional de la provincia. Uno de los tres poderes del Estado del distrito más populoso del país funciona con una lentitud inadmisible. Ambas cámaras se mantuvieron inactivas por varios meses en los que consumieron gigantescos recursos mientras los problemas urgentes de los ciudadanos siguen esperando respuestas.

    La Cámara de Diputados recién comenzó a sesionar de manera efectiva el 28 del mes último, después de meses de inactividad. Previamente a esa fecha y desde el recambio legislativo de diciembre pasado, hubo una sesión extraordinaria en febrero, la apertura de sesiones encabezada por el gobernador Axel Kicillof y apenas otra sesión especial por el Día de la Memoria. El Senado exhibe un cuadro todavía más alarmante. La última sesión ordinaria tuvo lugar a fines de 2025 y recién anteayer se volvió al recinto, aunque con una muy magra cosecha legislativa, desordenada y chicanera. Más de medio año perdido para un oneroso poder cuya razón de ser es debatir y sancionar leyes.

    Todo esto ocurre mientras la Legislatura demanda recursos extraordinarios. El presupuesto de Diputados para este año asciende a 222.800 millones de pesos. El Senado dispone de otros 156.204 millones. En conjunto, ambas cámaras consumen 379.004 millones anuales, es decir, un promedio de 1038 millones de pesos por día.

    El sistema bicameral bonaerense está integrado por 92 diputados y 46 senadores. Sus miembros perciben ingresos mensuales que rondan, en promedio, los 6 millones de pesos. Pero las dietas son apenas una foto de la película. Existe, además, un sistema de módulos que multiplica los recursos disponibles, destinados a contratación de asesores, actividades territoriales y otras erogaciones. Cuando se trata de autoridades de cámara, presidentes de bloque o titulares de comisión, esos beneficios aumentan significativamente. De allí las largas disputas por hacerse de esos cargos dentro del Palacio Legislativo. Durante meses, mientras los bonaerenses enfrentan crecientes problemas de inseguridad, salud e infraestructura, además de una presión fiscal asfixiante y superpuesta entre distritos, buena parte de la energía política de los legisladores estuvo concentrada en la distribución de posiciones que administran poder y recursos. Las disputas alrededor de la reforma política, el calendario electoral, las PASO, la boleta única y las reelecciones indefinidas terminaron paralizando el trabajo legislativo.

    La situación se vuelve todavía más grave cuando se observa el antecedente del escándalo protagonizado por Julio “Chocolate” Rigau. Aquel episodio expuso de manera elocuente los mecanismos espurios que durante años caracterizaron -y nada indica que no siga sucediendo- el manejo de fondos y contrataciones en la Legislatura. La imagen del puntero retirando dinero con decenas de tarjetas de débito quedó grabada como símbolo de una cultura política degradada. Más temerario aún fue comprobar cómo, con matices, silencios y conveniencias cruzadas, prácticamente todos los bloques terminaron siendo funcionales a una cobertura que evitó avanzar rápidamente sobre las responsabilidades del caso. Poco se habla hoy de “Chocolate” en el Poder Legislativo, y poco y lento se ha avanzado en la Justicia por llegar a la verdad. Mientras tanto, varios de los defensores negocian la posibilidad de juicios abreviados para sus clientes.

    Resulta reveladora la información oficial, publicada en el sitio de la Cámara de Diputados el 23 de este mes bajo el título “Avances en el trabajo legislativo en comisiones”. Allí se daba cuenta de que los legisladores finalmente comenzaron a reunirse, aunque el contenido de gran parte de lo que se debate no hace más que sellar aquella desconexión con la ciudadanía. La Comisión de Educación, por ejemplo, aprobó declaraciones de beneplácito por el aniversario de la Universidad Nacional de La Plata y por el trabajo tecnológico de una joven desarrolladora. La Comisión de la Mujer avanzó con reconocimientos honoríficos a Dora Barrancos y a Elvira Rawson. La de Energía trató una declaración de interés por el Día Mundial del Ahorro de Energía. La de Prevención de las Adicciones debatió homenajes, declaraciones de interés y reconocimientos institucionales. En Transporte predominaron expresiones de preocupación o rechazo vinculadas a decisiones del gobierno nacional.

    En tanto en la sesión ordinaria en el recinto llevada a cabo el 12 de junio, por ejemplo, se rindió homenaje al Indio Solari, se pronunciaron varias legisladoras por “los ataques misóginos del Presidente y el proyecto que busca penar las falsas denuncias“ en el contexto de otro aniversario de Ni una Menos, y se comparó absurdamente la situación de Cristina Kirchner con el fusilamiento de Manuel Dorrego. Según la diputada Micaela Olivetto (Fuerza Patria) se quiso hacer lo mismo con la expresidenta, de quien dijo que “la persiguieron primero, intentaron matar después y finalmente la encarcelaron”. Asociaciones curiosas, cuando no desopilantes.

    Nadie discute el valor simbólico de algunas iniciativas o debates. El problema aparece cuando lo accesorio se impone a lo necesario ocupando el centro de la agenda. Uno de los ejemplos más graves es el del Instituto de Obra Médico Asistencial (IOMA). La situación de la obra social que afecta a millones de afiliados motivó pedidos de informes impulsados por la oposición, pero el debate fue postergado una y otra vez por el oficialismo provincial. Los pacientes poco o nada parecen importar.

    La provincia más grande de la Argentina necesita una Legislatura activa, austera y enfocada en resolver problemas concretos. Lo que hoy exhibe es un poder costoso, improductivo y absorbido por disputas internas, cargos, módulos y equilibrios partidarios para mantener el statu quo. Cuando una Legislatura gasta más de mil millones de pesos por día y pasa meses sin legislar, la explicación deja de ser política para convertirse en un problema de primer orden, convirtiendo a los bonaerenses en sus principales víctimas.

    Fuente: La Nación

  • La tierra, la propiedad y los espejitos de colores

    La tierra, la propiedad y los espejitos de colores

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    Entre las muchas virtudes que suelen atribuirse a la Iglesia no figura, habitualmente, una especial pericia en materia económica.

    Por eso resulta llamativo el cuestionamiento formulado por diversos organismos eclesiásticos de nuestro país al proyecto destinado a reforzar la protección constitucional de la propiedad privada y a eliminar ciertas restricciones a la adquisición de tierras por extranjeros. Las autoridades eclesiásticas han dirigido una carta abierta a los legisladores nacionales con duras objeciones al proyecto.

    La crítica se apoya en argumentos que mezclan preocupaciones legítimas con afirmaciones difíciles de conciliar con la experiencia histórica, arropados en frases efectistas y de escasa utilidad práctica.

    Se nos recuerda que la tierra es “nuestra madre y nuestra hermana”. Se invoca el “destino universal de los bienes”. Se advierte sobre la acumulación excesiva de riqueza y se cuestiona que la propiedad privada pueda ser declarada inviolable. Todo ello puede tener un innegable valor espiritual. Lo que no resulta evidente es su utilidad para resolver los problemas concretos de una sociedad.

    La Argentina enfrenta déficits habitacionales gigantescos, infraestructura insuficiente, enormes necesidades de inversión productiva, bajos niveles de ahorro y una larga historia de inseguridad jurídica. Frente a semejantes desafíos, cuesta entender de qué manera la desconfianza hacia la propiedad privada puede contribuir a mejorar la situación.

    La experiencia internacional parece sugerir exactamente lo contrario: las sociedades que lograron atraer inversiones, construir infraestructura, desarrollar sistemas de crédito hipotecario, expandir la producción agrícola y generar prosperidad sostenida fueron precisamente aquellas que ofrecieron reglas claras y protección efectiva de los derechos de propiedad.

    La propiedad privada no constituye un obstáculo para el desarrollo. Por el contrario, es una de sus condiciones.

    Cuando las leyes protegen la propiedad no se está promoviendo el egoísmo ni la codicia. Están creando un marco de previsibilidad que permite a las personas invertir, construir, ahorrar, producir y asumir riesgos. Sin esa previsibilidad, los incentivos desaparecen. Y cuando desaparecen los incentivos, desaparecen también las inversiones, el crédito, el empleo y las oportunidades.

    Particularmente curiosa resulta la oposición a la compra de tierras por extranjeros, uno de los puntos por los cuales el proyecto del Gobierno sigue trabado en el Senado. La pregunta elemental es: ¿qué riesgo concreto se pretende evitar?


    En un país que, en su mayor parte fue poblado por inmigrantes, ciertas prevenciones caen en lo pueril y lo ridículo


    La tierra no puede ser trasladada a otro país. No puede ser embarcada ni exportada. Continúa donde siempre estuvo, sometida a las leyes argentinas, gravada por impuestos argentinos y sujeta a la jurisdicción de los tribunales argentinos. Lo único que cambia es la identidad de quien aporta el capital necesario para desarrollarla. En un país que, en su mayor parte fue poblado por inmigrantes, ciertas prevenciones caen en lo pueril y lo ridículo.

    Resulta difícil comprender por qué un campo improductivo en manos de un argentino sería preferible a un campo productivo en manos de un extranjero que invierte, genera empleo, paga impuestos y aumenta la riqueza general. Y un campo productivo en manos de un argentino no es más beneficioso para la sociedad que otro en manos de un extranjero, en la medida que, quienquiera sea su propietario, pague sus impuestos y cumpla con las leyes.

    Durante décadas la Argentina ensayó restricciones de toda clase a la inversión extranjera. No parece que los resultados hayan sido particularmente brillantes.

    Tampoco resulta convincente la idea de que la inviolabilidad de la propiedad conduzca necesariamente a la acumulación nociva de bienes o a la pérdida de autodeterminación colectiva. La historia económica ofrece abundantes ejemplos de países que combinaron una sólida protección de la propiedad privada con elevados niveles de bienestar social, protección ambiental y cohesión comunitaria.

    Lo que rara vez aparece en esos ejemplos es la prosperidad generada por consignas sentimentales como las que esgrimen los autores de esa carta abierta.

    Las metáforas pueden inspirar conductas personales. Difícilmente alcancen para diseñar instituciones.

    Decir que la tierra es nuestra madre y nuestra hermana puede constituir una hermosa imagen poética. Pero no explica cómo financiar viviendas. No indica cómo construir rutas. No muestra cómo atraer inversiones. No resuelve el problema del crédito. No aumenta la productividad. No crea empleo.

    Las políticas públicas requieren algo más que buenas intenciones. Requieren comprender cómo funcionan los incentivos, cómo se genera la riqueza y cómo se crean las condiciones para que una sociedad prospere.

    La verdadera pregunta no es si debemos preocuparnos por los sectores vulnerables. Desde luego que debemos hacerlo. La verdadera pregunta es si queremos ayudarlos mediante instituciones que históricamente han producido prosperidad o mediante eslóganes que, aunque moralmente atractivos, rara vez han demostrado capacidad para resolver los problemas que dicen combatir.

    La Argentina lleva demasiado tiempo fascinada por los espejitos de colores de las soluciones simbólicas. Tal vez haya llegado el momento de volver a confiar en las instituciones que permitieron prosperar a las sociedades más exitosas del mundo: seguridad jurídica, inversión, libertad económica y respeto por la propiedad privada. Las propias autoridades eclesiásticas deberían preguntarse si propuestas formuladas en términos tan poéticos como imprecisos contribuyen realmente a resolver los problemas que dicen combatir.

    Fuente: La Nación

  • El fútbol como refugio y la provincia como guarida

    El fútbol como refugio y la provincia como guarida

    La reciente validación del traslado de la sede social de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) a la localidad bonaerense de Pilar por parte de la Sala D de la Cámara Nacional en lo Civil, integrada por los jueces Gabriel Rolleri, Maximiliano Caia y Juan Manuel Converset, no es un mero trámite de mudanza burocrática, sino la culminación de un pacto de mutua necesidad que degrada la institucionalidad tanto del deporte como de la política en la provincia de Buenos Aires.

    Bajo la conducción de Claudio “Chiqui” Tapia, la casa madre del fútbol ha encontrado en el gobierno de Axel Kicillof una aduana protectora frente a las fiscalizaciones e investigaciones que la acechan desde el ámbito nacional.

    El entramado de favores cruzados excede largamente la discusión sobre los modelos de gestión deportiva, dado que la celeridad con que la Dirección Provincial de Personas Jurídicas bonaerense bendijo el cambio de jurisdicción evidencia una decisión política inequívoca: construir una guarida legal para Tapia y su entorno, justo cuando la Inspección General de Justicia (IGJ) y los tribunales penales económicos de la Nación avanzaban sobre maniobras de evasión fiscal y el uso de facturas apócrifas.

    Al validar la mudanza a Pilar y, fundamentalmente, al dejar sin efecto la designación de los veedores de la IGJ que debían examinar las decisiones internas de la AFA, la resolución judicial debilita herramientas de transparencia que resultan esenciales. Se trata de un criterio que permitiría que cualquier entidad civil, en adelante, pueda evitar controles nacionales, obteniendo una simple inscripción en otra jurisdicción.

    En este sentido, la mirada crítica de diversos especialistas del derecho, que calificaron el dictamen como un retroceso en materia de control público, expone un lógico malestar ante medidas que tienden a percibirse como un trato de excepción para el poder deportivo.

    A cambio de este blindaje jurisdiccional, los beneficios fluyen en ambas direcciones con absoluta opacidad. Mientras el oficialismo provincial bloquea sistemáticamente en la Legislatura los pedidos de informes de la oposición, los bonaerenses asisten a la entrega del control del Estadio Único de La Plata a manos de la AFA, sin conocer cánones, beneficios ni contraprestaciones reales para el erario público.

    Envalentonados por los incuestionables éxitos deportivos de la selección nacional, sus dirigentes pretenden erigir a la AFA como una suerte de Estado soberano, inmune a los controles legales y contables elementales que rigen para cualquier asociación civil del país.

    Para que esto se efectivice, aparece la sombra del gobernador bonaerense, quien actúa como potencial garante de ese turbio escenario, subordinando las instituciones públicas a un intercambio de favores con el “armado federal” del fútbol de ascenso.

    Frente al anuncio del gobierno nacional de apelar la cuestionable medida ante las máximas instancias judiciales, se abre un debate necesario sobre los límites de las competencias y la obligatoriedad de la transparencia. El fútbol es un pilar cultural y social del país; por ello, la preservación de su transparencia contable e institucional debe estar garantizada por encima de los alineamientos políticos de turno y de los intereses particulares de sus dirigentes.

    El fútbol argentino merece transparencia, claridad y rendición de cuentas, y los ciudadanos requieren gobernantes enfocados en sus profundas urgencias socioeconómicas; porque cuando la política se confunde de manera tan burda con las corporaciones deportivas, la que termina perdiendo, invariablemente, es la ciudadanía.

    Fuente: La Nación

  • Fuerzas Armadas, crisis salarial y venta de inmuebl

    Fuerzas Armadas, crisis salarial y venta de inmuebl

    Días atrás, una información aparentemente menor llamó la atención: una unidad del Ejército convocó a una licitación para canjear una tonelada de membrillos por los repuestos necesarios para una camioneta adquirida en 2010. No es un hecho aislado, sino una metodología que utilizan algunas unidades de las Fuerzas Armadas para “sobrevivir”.

    Esto se da en un momento crítico para la situación económica del sector militar. Algunos indicadores son la paulatina suspensión del almuerzo en unidades de las Fuerzas Armadas y el mantenimiento de salarios más elevados en las fuerzas de seguridad que en el ámbito militar (la diferencia ronda el 30%). En este último, son cada vez más los integrantes de las Fuerzas Armadas que deben recurrir a un segundo o a un tercer trabajo para llegar a fin de mes.

    Con el fin de aliviar la crisis salarial -un alto porcentaje de los militares en actividad tienen ingresos por debajo de la línea de pobreza-, el Ministerio de Defensa anunció que, desde el 1° de julio, se abonará un plus por formación académica, de modo que el personal militar reciba un 10% de suplemento salarial por tener una tecnicatura, un 15% por título de grado y un 25% por posgrados, especializaciones, maestrías o doctorados. El suplemento será extensivo a militares retirados y a sus familiares con derecho a pensión.

    Las dificultades en el sector se han agravado en los últimos meses por la situación de la obra social de las Fuerzas Armadas (IOFA), que ha suspendido servicios o los mantiene en forma limitada, sobre todo en el interior del país.

    La pérdida de personal se intensifica en las Fuerzas Armadas, al tiempo que las fuerzas de seguridad federales están tendiendo a reclutar personal militar. Un soldado cobra aproximadamente 700 mil pesos mensuales y un cabo, unos 800 mil. Los oficiales subalternos que se reciben después de cuatro años de estudios en el Colegio Militar con título universitario solo perciben algo más de un millón de pesos y se ha suspendido un plan de equiparación salarial entre las Fuerzas Armadas y las de seguridad federales que estaba en ejecución.

    En paralelo, se están vendiendo grandes terrenos e instalaciones por valores millonarios en dólares. Esto tiene lugar en el marco de un organismo público, que es la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE), organismo que tiene a su cargo la venta de bienes de todos los ámbitos del Estado.

    Un ejemplo: a muy pocas cuadras del Hospital Militar se vendió un gran estacionamiento en el que habían derivado las caballerizas que funcionaban en el barrio de Las Cañitas. Esta operación se habría hecho por 30 millones de dólares. Al lado del Campo Hípico Militar, donde se ubican las canchas de polo más importantes del país, funcionaba la sastrería militar, que también fue vendida y donde se están terminando de construir torres de departamentos que ya se comercializan en el mercado inmobiliario a elevados precios.

    En la mira se encuentran inclusive bienes de las fuerzas de seguridad nacionales. Tal es el caso de un terreno que tiene la Policía Montada en pleno barrio de Palermo. Son siete hectáreas en las cuales la cotización del metro cuadrado es exorbitante.

    Teóricamente, el producido de estas ventas financiaría el reequipamiento militar en épocas de fuerte ajuste presupuestario. En la realidad, sólo una parte minoritaria del producido de estas ventas tiene como destino las Fuerzas Armadas: en el ámbito militar se sostiene que lo que llega de estas operaciones al final es apenas el 10%.

    Se habrían vendido edificios y campos por algo más de 300 millones de dólares, la mayor parte de los cuales se encuentran en el Tesoro Nacional y no han llegado a las Fuerzas Armadas.

    Además, las compras de equipos no se estarían efectuando con los estudios y la previsión correspondiente. Fue así como hubo que dar de baja los seis aviones Super Étendard adquiridos en 2017 luego de que Francia declarara su obsolescencia. Los aviones llegaron al país en 2019 y nunca volaron por falta de certificaciones y piezas. Se trata de un tema que demanda una investigación parlamentaria por parte de las Comisiones de Defensa de la Cámara de Diputados y del Senado de la Nación.

    Fuente: La Nación

  • Un Código de Ética para jueces

    Un Código de Ética para jueces

    Es motivo de celebración que el Consejo de la Magistratura de la Nación avance hacia la aprobación de un Código de Ética para los jueces del Poder Judicial.

    Desde una óptica algo ingenua, podría pensarse que los jueces no necesitan que se les remarque qué conductas se encuentran reñidas con la ética y cuáles no. Es que, bien mirado, debería nacer del fuero íntimo de cada juez actuar siempre con prudencia, observar en público un comportamiento respetuoso y, obviamente, hacerlo de igual manera respecto de sus empleados. En la misma línea, tampoco es recomendable que incurran en ostentaciones o participen de festejos públicos en los que su actuación pueda llamar la atención. Con igual razón, no parece recomendable que los jueces utilicen las redes sociales de manera que su comportamiento pueda ser objeto de cuestionamientos.

    El Código de Ética proyectado, aprobado en forma unánime por la Comisión de Reglamentación del Consejo, fue tratado en la reunión plenaria del 10 de junio. Su aprobación definitiva fue postergada a fin de incorporar observaciones y posibilitar la participación de la Corte Suprema de Justicia en el proceso de elaboración del texto.

    Tiene el mérito de plasmar estos principios y reunirlos en un cuerpo sistemático y ordenado. Debe además destacarse que de su elaboración participaron los distintos estamentos que componen el Consejo, y que incluyen, además de los representantes de los sectores políticos, a los propios magistrados, los abogados de la matrícula y representantes del sector académico.


    Los jueces deben emplear en sus decisiones un lenguaje claro y ellas deben tener la suficiente fundamentación para no parecer un acto librado al arbitrio del juzgador


    Como temas ya más puntuales, el texto aborda cuestiones específicas tales como la prohibición de recibir beneficios, ya sea de litigantes o de terceros. Aquí esta prohibición debe ser entendida de manera amplia. Cuando un litigante o un tercero –sin importar si tiene en ese momento algún caso en trámite— ofrece un beneficio a un juez y este lo acepta, esa conducta impacta directamente en el valor más preciado que los miembros el Poder Judicial deben preservar: su total y completa independencia. Así, aunque sea dudoso si la recepción del beneficio del que se trate califica o no como delito de dádivas –esto es, la recepción por parte de un funcionario de un beneficio entregado en consideración a su oficio—, lo relevante de esta prohibición es evitar que pueda ponerse en cuestión la real independencia de criterio del magistrado, razón por la que debe desalentarse decididamente este tipo de conductas.

    También especifica el Código cuestiones algo más técnicas, pero no por ello menos trascendentes. Se exhorta a los jueces a emplear en sus decisiones judiciales un lenguaje claro, y que ellas tengan la suficiente fundamentación para evitar que parezcan un acto librado al arbitrio del juzgador. Se exhorta igualmente a los jueces a prestar atención a los sectores más vulnerables a la hora de fallar. Pero en estas áreas deben al mismo tiempo los magistrados ser cautelosos, a fin de velar por el principio de “objetividad” que el mismo Código de Ética consagra. Resulta aquí apropiado tener presente casos recientes que dieron cuenta de numerosas denuncias penales efectuadas sin base real en temas de alegado abuso de menores en el seno de un grupo familiar, y que luego se demostró que habían sido pergeñadas por la cónyuge o excónyuge, traduciéndose en restricciones muy gravosas para quienes resultaron falsamente denunciados.

    En suma, el recientemente aprobado Código de Ética contiene las pautas orientativas básicas y busca reestablecer la confianza pública en la administración de justicia. No debe aquí olvidarse que el ejercicio de la magistratura exige los más altos estándares de conducta que cabe exigir a quienes tienen a su cargo, ni más menos, que la augusta tarea de impartir justicia.

  • Una ansiada espera

    Una ansiada espera

    Actualmente hay más de 2000 personas inscriptas en la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA). La mayoría expresó su voluntad de que sea un bebé o un niño de menos de un año, una condición menos frecuente que aumentará la espera y postergará la ilusión. El grueso de los chicos que ansía volver a tener una familia tiene más de seis años, muchos integran grupos de hermanos, tienen alguna discapacidad o problemática de salud.

    Los datos en nuestro país revelan que, a partir de los seis años, la posibilidad de ser adoptados se reduce a la mitad, empeora desde los nueve y es casi nula desde los 14. Una dramática realidad a la que las convocatorias públicas buscan dar respuesta.

    A medida que un niño crece, por tanto, está visto que las probabilidades de que consiga insertarse en una familia disminuyen. A medida que transcurre el tiempo, su capacidad de discernimiento aumenta. En dolorosa proporción, también aumentarán la incertidumbre, el sufrimiento y los sentimientos de abandono y rechazo al demorarse su incorporación a una familia, lo que inevitablemente impactará con fuerza en su desarrollo.

    Pasados tres años y medio de la última Copa Mundial de Fútbol, muchos argentinos han venido tachando uno a uno los días hasta el debur argentino, en una expresión del contagioso entusiasmo e impaciencia. Si para tantos fanáticos esperar cuatro años es una eternidad, imaginemos lo que cada día significa para un frágil niño o adolescente a quien le cuesta mantener viva su esperanza de ser adoptado.

    Según el último relevamiento de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (Senaf) y Unicef Argentina, en nuestro país hay alrededor de 2200 niños y adolescentes que esperan ser adoptados, aproximadamente 1600 mayores de seis años. ¿Cuánto deberán esperar para encontrar el calor de una familia si el deseo de adopción mayoritario se limita a un bebé?

    En abril pasado se viralizaron las imágenes de la ceremonia de ratificación de la adopción definitiva de Thiago, por parte de Gabriela y José, en el Juzgado de Familia N° 1 de San Luis, con una jueza emocionada que no pudo contener las lágrimas. Días atrás conocimos la historia de Tomás Oropel, decidido a ser papá, quien conoció a Ezequiel en 2021,uno de seis hermanos que venía de un juzgado de Violencia, no de Familia, cuando ya tenía 11 años. El niño había sufrido mucho, además, cuando tres de sus hermanitas resultaron adoptadas juntas por una familia que finalmente no aceptó sumarlo. En 2022, Tomás ya había conseguido su adopción plena. Cuando supo que el mejor amigo de Ezequiel en el hogar, Emanuel, y su hermana habían quedado en convocatoria pública para adopción, Tomás decidió presentarse. Con un corazón enorme, porque a la historia de abandono de ambos se sumaba un retraso madurativo del varón por falta de estímulos, terminó incorporando a su flamante familia también a la niña. En seis años había pasado de vivir solo a convivir con tres adolescentes de 16, 14 y 13 años. Hoy la nueva familia aguarda feliz la sentencia definitiva del último expediente.

    La Asociación Civil por los Derechos de Niños, Niñas, Adolescentes y Jóvenes y el Consejo Publicitario Argentino llevan adelante una campaña que busca desarticular los prejuicios y mitos en torno a la adopción de adolescentes, tomando el ejemplo del Mundial y poniendo el acento en lo duro que resulta esperar ser adoptado.

    Debemos impulsar un cambio cultural para que más personas se animen a adoptar a niños más grandes, adolescentes y grupos de hermanos. Todos necesitamos el amor de una familia. No dejemos que tantos chicos crezcan solos.

    Fuente: La Nación