Milei enfrenta la mayor batalla de su presidencia

La madre de todas las batallas asomó el Miércoles de Ceniza, en medio de un febrero que anticipa la llegada del conflictivo marzo.

Javier Milei afronta el desafío de mayor porte de su presidencia, un tránsito mucho más complicado que el ajuste de gastos para reducir el déficit del Estado como camino para bajar la inflación.

Las consecuencias del fuerte reformateo del esquema productivo que aplica el gobierno libertario empiezan a aparecer bajo la forma de conflictos sociales crecientes, luego de la reducción de precios en productos industriales protegidos desde el principio de los tiempos.


Aunque hoy no tenga competidores fuertes, no le será fácil a Milei su camino a la reelección si no logra mostrar que un país productivo emerge entre los escombros de la industria tradicional que se derrumba


Solo, sin dirigentes ni fuerzas partidarias capaces de plantearle una oposición consistente, Milei abrió dos años antes su camino a la reelección. No le será fácil si no logra mostrar que un país productivo emerge entre los escombros de la industria tradicional que se derrumba.

El desierto político puede convertirse en jungla en tanto surjan elementos que hagan brotar nuevas formas de representación y actores que concentren las reacciones contra los efectos inmediatos de las políticas de Milei.

Empieza a resultarle imprescindible al Gobierno mostrar resultados positivos en la economía real, más allá de las prometidas inversiones extraordinarias para la extracción de gas y minerales y de la firme presencia del sector agropecuario.

Una masa creciente de víctimas, que incluye a exempleados públicos y empieza a sumar a obreros industriales despedidos, en algún momento encontrará alguien que los represente. En la desesperación, como en el hartazgo social con la dirigencia tradicional que hizo presidente a Milei, pueden esconderse sorpresas políticas hoy imposibles de imaginar. El desafío empieza en la producción y termina en la política.


De la teoría que defiende el libre comercio a ultranza a la realidad proteccionista que se resquebraja tras años de comodidad hay consecuencias sociales graves que administrar


El anunciado cierre de Fate, la fábrica de neumáticos abierta en 1960 como continuidad de una industria de telas engomadas, es el dato más espectacular de una serie de fuertes reconfiguraciones en la industria.

No es Milei el responsable principal del abrupto cierre de la empresa de Javier Madanes Quintanilla, cuyo grupo empresario incluye a Aluar, la productora de aluminio y grandes inversiones en energía.

Un largo ciclo descendente de más de diez años hizo caer a Fate. Cuando se fueron Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa, la escasez de neumáticos y los precios exorbitantes convertían en noticia el hecho de que miles de argentinos cruzaran la frontera más cercana para cambiar las cubiertas a mitad de precio.

La reciente reducción a 16 por ciento de aranceles de importación, originalmente ubicados por encima del 35 por ciento, apuraron el final de Fate y obligaron a la reconversión de otras dos fábricas del mismo rubro. Aun antes de la baja de aranceles ya habían aparecido a precios más bajos las cubiertas chinas, coreanas y japonesas.

Pasa otro tanto con celulares, heladeras o lavarropas. El fenómeno incluye autocelebraciones como las de Luis Caputo, que mostró su orgullo por vestirse con la ropa que compra en sus viajes al exterior.


La pregunta que el oficialismo esconde en la personalización de sus ataques a los empresarios acusados de beneficiarse del proteccionismo es qué tan alto será el costo social de las reformas


El ministro integra la minoría de argentinos que salen del país. Quienes no pueden hacerlo y tienen menos recursos compran ropa de origen desconocido, producida en extensos mercados marginales ajenos a los impuestos y a los costos laborales registrados. Comprar ropa en China con las aplicaciones del celular se volvió una costumbre que cruza todos los niveles sociales. Es el mercado de clientes de toda condición el que no valida los precios de las empresas nacionales de indumentaria.

Milei personaliza la pelea en los empresarios aludidos en las noticias. De la misma manera que atacó a Paolo Rocca, el principal referente de Techint, en la polémica por la adjudicación de caños para un gasoducto a una empresa india, el miércoles habilitó a su ejército rentado en las redes sociales a atacar al dueño de Fate.

Vale para el Presidente el mismo argumento que leyó en medio de la pelea con Techint, cuando terminaba enero, en una fiesta partidaria en Mar del Plata. “Aquellos que tienen productos más caros y de menor calidad no son dignos del favor del mercado y si quieren hacerlo por la fuerza con negocios turbios con el Estado deben desaparecer e ir a la quiebra”.

De la teoría que defiende el libre comercio a ultranza a la realidad proteccionista que se resquebraja tras años de comodidad hay consecuencias sociales graves que administrar.

Fate no es la primera ni será la última industria en cerrar o en reformularse hacia la importación. Ese proceso empezó a verse el año pasado y se irá acentuando.

Uno de los cesanteados de Fate resumió así a una radio el camino de algunos de sus compañeros: “Estamos pensando en hacernos Uber”. Más de treinta años atrás, cuando YPF clausuró campamentos improductivos en el sur y en el norte y cuando Carlos Menem cerró los ramales ferroviarios, nacieron en pequeñas y medianas ciudades los remises como precarios salvavidas. Es la misma fuga a ninguna parte, ahora celular mediante.

Aunque la historia no se repita, no está mal recordar que durante el menemismo el desempleo subió al 20 por ciento. Un país empobrecido y fisurado socialmente es el que le toca ahora gobernar a Milei. La decadencia impide las comparaciones con tiempos que, aunque malos, no fueron peores que estos por la simple razón de que la Argentina es un país en un tobogán hace mucho tiempo.

Esta transición que es inexorable para la receta de Milei hacia un país abierto y capitalista corre en paralelo con el rearmado político de la oposición y con la construcción libertaria desde el poder como fuerza dominante.

La pregunta que el oficialismo esconde en la personalización de sus ataques a los empresarios acusados de beneficiarse del proteccionismo es qué tan alto será el costo social de las reformas.

La idea de una regresión habita en la romantización de tiempos de pleno empleo industrial que tuvieron contextos tan distintos al presente como que ocurrieron luego de las dos grandes guerras mundiales del siglo pasado. A la Argentina le tocó el peronismo como principal impulsor de esa economía de sustitución de importaciones que se hizo propia en muchos otros sectores políticos y fue adoptada por empresarios y gremialistas.

Esa es la dimensión de la pelea que da Milei, a lo Milei. Es una pelea contra una cultura que no termina de morir, confortable para muchos dirigentes y más que amigable para muchos empresarios.

La dimensión del daño social que provoque la transición que abrió Milei y la capacidad que tenga para sacar del letargo a la economía real, la del metro cuadrado de cada uno, es el enigma con el que acaba de empezar por adelantado el turbulento año que siempre arranca en marzo.

Por Sergio Suppo

Fuente: La Nación

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