Con pocos metros de distancia, en muchos lugares, ayer casi se cruzaban dos tipos de filas: las que se hacían frente a los centros de votación y ante algunos vacunatorios. Los argentinos extendimos los brazos, que aún no podemos usar para abrazar fuerte como tanto nos gusta, para llenar las urnas de votos, y también otros muchos para recibir el antídoto contra el virus que ataca al mundo.
Ayer, pues, fue un día de buenas noticias en ambos planos: hubo menos de mil nuevos contagios (930, para decirlo con más exactitud) y 46 muertos.
Con el diario del lunes –precisamente este– se puede confirmar que el Gobierno acertó al correr las primarias un mes. Se votó en una de las jornadas en las que se registraron menos casos, con el sistema hospitalario menos estresado y en momentos en que la vacunación ha tomado un ritmo más intenso. Es de esperar que para las elecciones del 14 de noviembre se llegue todavía mucho mejor.
La otra buena noticia fue la “ejemplaridad” –palabra que, afortunadamente, se repite de un acto electoral al otro– de la ciudadanía, que cumplió con su deber cívico de expresarse con su voto libre y soberano, bancando esperas mayores que las acostumbradas por la implementación de los protocolos sanitarios.
Poco se sabía si llegábamos contentos o angustiados al cuarto oscuro, condenados, como todavía estamos, a transitar con media cara cubierta con los barbijos, una imagen inédita en nuestra historia electoral. Un rito distinto esperaba a cada votante en su mesa: el alcohol en gel, el platito donde depositar el documento, el bolígrafo que aconsejaban llevar para quedarnos todos más tranquilos.
Otras cosas no estaban tan visibles, pero terminaron pesando de manera crucial a la hora de votar, especialmente en los grandes centros urbanos. La procesión de cada votante iba por dentro y determinó dramáticamente su elección según las múltiples maneras en que la pandemia lo impactó. Más aún si dejó por el camino seres queridos, o si sufrió secuelas por haber pasado por el trance de la enfermedad. También incidió en los estados de ánimo de cada uno, la situación laboral, si perdió un trabajo o tuvo que cerrar su negocio. Lo psicológico, las relaciones familiares, los dilemas existenciales y los miedos por el futuro incierto influyeron como nunca a la hora de elegir boleta.
“Ganar la provincia [de Buenos Aires] –se adelantaba temprano Elisa Carrió”– es la rebelión de los pobres”. Ningún gobierno gana las elecciones con salarios y jubilaciones más bajos, inflación galopante, suba de impuestos, cepos varios y dólar levantisco. “La rebelión nace de abajo para arriba y es imparable”, completó Facundo Manes.
Se liberaron muchas broncas contenidas. Aunque la participación descendió a su mínimo (68%) desde que las PASO se implementaron, en 2011, –otra manera de expresar apatía o disconformidad y una enorme posibilidad de la oposición para seguir creciendo hasta noviembre–, los que fueron le pusieron empeño, desde los más jóvenes y atléticos hasta los que llegaron en sillas de ruedas o, sin estar obligados, con más de noventa y cien años.
Aunque la participación descendió a su mínimo (68%) desde que las PASO se implementaron, en 2011, –otra manera de expresar apatía o disconformidad y una enorme posibilidad de la oposición para seguir creciendo hasta noviembre–, los que fueron le pusieron empeño
Silenciosamente, y sin incidentes, durante todo el día los argentinos fueron cocinando dentro de las más de 100.000 urnas distribuidas a lo largo y ancho del país la respuesta contundente a la acumulación de malas noticias en los dos primeros años de gestión de Alberto Fernández.
Casi dan ganas de que la veda siga, porque a ese conmovedor paisaje que compusieron argentinos en las veredas de ciudades y pueblitos, en medio de la montaña o cerca de la costa, esperando sufragar, se sumaron las declaraciones más distendidas y respetuosas de los candidatos y otros dirigentes de las distintas fuerzas en pugna, angelados tal vez solo por una jornada tan especial. Se acercaron a los micrófonos, por lo general, con un tono afable y alejado, por suerte, de las chicanas, las apelaciones chabacanas y los sketches ramplones que protagonizaron en algunos spots de campaña.
Las dos fuerzas que ayer reunieron la mayor cantidad de votos habían decidido dirigirse casi exclusivamente a sus electorados cautivos y se infantilizaron, hasta ridiculizarse, con tal de halagar al voto juvenil que consideraban refractario, en sus cuentas recién abiertas de TikTok, o ufanándose de que “en el peronismo siempre se garchó”.
El Frente de Todos apeló al intangible de “la vida que queremos” (que incluía desde un gol de Messi hasta una playa llena, pasando por un asado con amigos, como si dependiera de esa coalición materializar esas y otras postales deseadas), en tanto que Juntos por el Cambio machacó con el fantasma de Venezuela y un republicanismo retórico, poco empático con las necesidades urgentes del 45% de los argentinos sumergidos bajo la línea de pobreza.
Las primarias pasaron y hoy se inicia la carrera hacia los comicios definitivos. A Juntos por el Cambio le toca como oposición asumir con responsabilidad y madurez el mandato que los argentinos le están dando. El oficialismo debe aceptar con humildad y autocrítica los resultados, y hacer los cambios que deba hacer. Por delante lo esperan –nos esperan– dos años muy difíciles.ß
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