Todo futbolero conoce el típico canto de la hinchada del equipo que da vuelta un resultado, después de haber soportado las burlas del rival durante todo el tiempo que había estado abajo en el marcador. «Y ahora, y ahora…». Repito: todo futbolero sabe cómo completar la frase.
Eso es lo que a veces uno siente ganas de gritar cuando ve a un gobierno envalentonado después de que sucedieran ciertos hechos y ocurrieran varios cambios de actitudes que son los que uno venía recomendando desde las 12.01 del 10 de diciembre de 2015.
En efecto, desde este lugar dijimos, desde el mismísimo día en que Mauricio Macri fue electo (aun antes de asumir), que lo menos que esperábamos era que el nuevo presidente convocara a una megaconferencia de prensa (exagerando la figura dijimos: «poco menos que en la cancha de Boca») para informarnos debidamente del desastre que había recibido. Era el primer requisito para empezar a aplastar al populismo: ser muy claro en explicar cómo había entregado el país. No lo hicieron.
Luego planteamos nuestra desconfianza a todo lo que proviniera del peronismo enmascarado y de las demostraciones de fuerza que no causaban ningún efecto (nombrar a dos jueces de la Corte en comisión, no convocar a la audiencia pública por los aumentos en la tarifa eléctrica) y a la táctica de la prueba y el error, de la decisión y la revocación.
Mil veces dijimos que el Presidente no debía dejarse ganar el centro del ring del «relato»; que tenía que salir a enunciar su propio relato, más aun cuando este no era mentiroso como el anterior, sino que tenía la virtud de apoyarse en la verdad.
Cientos de veces alertamos que la idiosincrasia argentina no podía pasar de la noche a la mañana de un gobierno que endiosaba a una persona a otro en donde al presidente había que buscarlo con lupa.
A las reconvenciones a nuestros argumentos contrapusimos la idea de que no importaba que Macri estuviera trabajando duramente en las sombras, sin que nadie lo viera, que había que comunicarlo, decirlo, mostrarlo. También dijimos que la espartana actitud de hacer cosas por los demás sin decirlas no gozaba de valoración en la Argentina.
Nos dijeron de todo. A mí y a todos los que exhibimos una posición como la mía: que no entendíamos nada, que el Gobierno no tenía mayorías, que uno de los objetivos era unir a los argentinos, etcétera.
Sin embargo, toda aquella estrategia —denominada por alguien, con toda inventiva, «buenismo»— condujo al copamiento de la calle por el peronismo kirchnerista, al alineamiento de la CGT (a quien el Gobierno le dio todo) con el kirchnerismo radicalizado y a las demostraciones más golpistas y destituyentes de que se tenga memoria en democracia.
Desde estas columnas alentamos a la gente a salir a defender la democracia el sábado 1º de abril. Dijimos que nadie podría corrernos con el argumento de que las masas en las calles no son un formato acorde a la verdadera democracia, porque esa había sido nuestra prédica de 20 años. Pero que la emergencia contra un grupo de delincuentes fanáticos dispuestos a todo con tal de no ir a la cárcel y de recuperar el poder justificaba una manifestación de apoyo a la república. Dijimos que sería como un partido final entre el fascismo y la república, y que ese partido la república debía animarse a jugarlo de visitante y con el reglamento del fascismo, y aun así vencerlo.
Pese al esfuerzo en contrario del Gobierno, la manifestación se hizo igual. Cientos de miles de personas llegaron libremente a las plazas de todo el país para expresarse contra el populismo y el horizonte venezolano, que mezcla el militarismo, la delincuencia y el fascismo marxista.
Desde ese día el Gobierno y el Presidente cambiaron. Enfrentaron los piquetes, la extorsión docente y el insensato paro de la CGT con el amplio apoyo de la gente. Encuestas que se conocieron este fin de semana dan cuenta de un notable repunte en la imagen que la gente tiene de la gestión gubernamental y de la persona del Presidente y, en especial, de la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal.
El propio Presidente y el jefe de gabinete, uno de los cerebros de la estrategia «buenista», salieron a manifestar su emoción por el respaldo recibido, dando a entender que no creían que lo tenían.
Si el propio Gobierno no cree en el mandato de cambio que la ciudadanía le dio, estamos frente a un problema grave, porque todos los indicadores muestran que ese mandato se sostiene: una enorme mayoría social quiere que las cosas se hagan de una manera diferente a como se hicieron siempre.
Ahora parece que sí, que el Gobierno entendió el mensaje y ya no permitirá los abusos, ni los atropellos, ni el patoterismo peronista ni del sector político que crea que con la fuerza bruta se puede llevar por delante la libertad en la Argentina.
Está bien. Más vale tarde que nunca. Pero quienes dijimos desde el primer momento que eso era lo que había que hacer no podemos dejar de pensar en el tiempo perdido, en el terreno que se le dejó ganar a la indecencia y en lo que se tarda en la Argentina antes de tener plena conciencia de lo que no son otra cosa que obviedades.
Por eso, al menos nos queda aquel sentimiento que el fútbol expresa como nada: «Y ahora, y ahora…».
Fuente: Infobae.com Carlos Mira

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