Los manuales sobre técnicas de reanimación deberían actualizarse con urgencia. En muy poco tiempo, los principales dirigentes y legisladores mileístas han demostrado un singular talento para revivir a adversarios moribundos.
El tratamiento y la aprobación de la reforma laboral en el Senado por una amplia mayoría (un hito desde la recuperación de la democracia) debería encabezar el nuevo manual de reanimación. Justo cuando todo indicaba que, por el contrario, semejante logro político-parlamentario daba insumos para empezar a imprimir el certificado de defunción del peronismo del siglo XXI y el paso por Diputados debía sumar nuevos elementos letales.
Sin embargo, la subrepticia e irregular inclusión del artículo sobre licencias por accidentes sufridos fuera del contexto laboral, que recorta el salario de los trabajadores afectados, da oxígeno a los desfallecientes críticos y pone en riesgo el trámite expedito de una ley que todos los gobiernos no peronistas soñaron y fracasaron en su intento.
Se trataría de un caso emblemático de mala praxis, después de que el largo proceso de negociación parecía mostrar una aptitud política para alcanzar objetivos complejos de tal magnitud que La Libertad Avanza (LLA) no había exhibido hasta ahora y que revelaba una capacidad y velocidad de aprendizaje casi prodigiosa.
Hasta que la polémica e irritante inclusión de último momento saliera a la luz no había demasiados elementos que pudieran unificar el babélico universo opositor en un rechazo eficaz.

La incapacidad del Gobierno para explicar y asumir ese artículo y, mucho más, la forma en la que se lo incorporó, amenazan ahora con lograr lo que parecía de otra dimensión: que el texto votado en el Senado sea aprobado en general en Diputados, pero sufra reformas parciales que lo devuelvan a la Cámara alta. Demoras e incertidumbres imprevistas. Sin hablar de eventuales cuestionamientos en sede judicial.
Las concesiones hechas a los gremios y a los gobernadores de la oposición cooperativa, sin incomodar casi a los empresarios, habían acotado la capacidad de protesta tanto como expuesto la impotencia del sindicalismo y la dirigencia política perokirchnerista para ponerle freno en la calle o en el Parlamento al proyecto que para el Gobierno es uno de los pilares de la construcción de un nuevo modelo de país. No solo en lo económico. Pero el diablo, la impericia o la codicia suelen meter la cola. Y lo hicieron. Ahora la CGT hasta se anima a amenazar con un paro general que no entraba ni en sus alucinaciones hace 72 horas.
En pocos asuntos tan nodales y simbólicos de su tradición y doctrina la oposición peronista se había mostrado tan débil y fragmentada. Ese cuadro tenía todas las posibilidades de ser ratificado en la Cámara de Diputados. La confusión identitaria y la crisis de autoridad y liderazgo quedarían así expuestos abismalmente, como para acelerar el proceso agónico del kirchnerismo, cada vez más alejado de su condición de espacio hegemónico del movimiento.
De todas maneras y a pesar de estos deslices, el proceso de reconfiguración peronista se advierte como indetenible.

No obstante, el Gobierno dilata el desenlace al caer en errores no forzados y autolesionarse. En lugar de maximizar el beneficio que le ofrece día a día la existencia de una oposición debilitada y dividida, parece empeñarse en revitalizarla. Como si la pulsión por sostener como adversario primordial al kirchnerismo decadente pudiera más que la razón para avanzar sin tropiezos en asuntos fundamentales. Serían actos típicos de la descalificada casta política que privilegiaba el rédito inmediato por sobre el beneficio duradero de largo plazo. Imperdonable para el ideario libertario.
Aún así y a riesgo de que sus yerros le resulten muy costosos para el proyecto que protagoniza, no le será fácil al oficialismo seguir dándole sobrevida al kirchnerismo para que continúe oficiando de la gran contracara atemorizante por su eventual regreso. Una herramienta que al mileísmo le ha servido para que, votantes a los que solo los acerca el espanto al pasado, lo absuelvan o le toleren formas y contenidos que les rechinan.
Los tres peronismos
El peronismo hoy se bifurca en tres riachos de distinta magnitud y potencia, que enmarcan un archipiélago agrietado, en proceso de achicamiento y confusión. La relación con el Gobierno suele ser un delimitador bastante eficaz. La alteridad tiene en estos tiempos más efecto que las tradiciones y las doctrinas.
Por un lado, se ubica el kirchnerismo que, con sus respectivas subdivisiones, se presenta a la vanguardia de la resistencia antimileísta. Ahí, en primer lugar, está el cristinismo auténtico, con Cristina Kirchner (en prisión), su hijo Máximo, más La Cámpora y el revoltoso Juan Grabois con sus adláteres de la economía popular e informal. Vendría a ser esta la rama declinante.
“No podemos ni ir a los medios porque no podemos responder a preguntas inevitables e incómodas, como, por ejemplo, si Cristina está o puede ser justamente condenada por corrupción”, dice un veterano dirigente peronista
El subconjunto K se completa con los cristinistas disidentes, cuyo abanderado es Axel Kicillof, impulsado y sostenido por intendentes bonaerenses (los minigobernadores), acompañado con diferentes intensidades por un puñado de gobernadores, legisladores y dirigentes, que pretenden una renovación y una emancipación del camporismo, sin animarse a enfrentar directamente a la expresidenta tanto por antiguos afectos y nostalgia como cálculo.
Por otro lado, se encuentran los gobernadores dialoguistas con la Casa Rosada, que en su mayoría pertenecen a provincias mineras o hidrocarburíferas. Mantienen el carnet peronista como santo y seña ante sus fieles más que como documento de identidad. Y lo usan para justificar demandas y reclamar concesiones al gobierno de Milei, siempre dispuestos a quebrarse antes que a romperse, con la mira puesta en la caja, que la política económica mileísta tendería a engrosarles con inversiones y desarrollos productivos extractivos. El horizonte les ofrece un futuro de jeques.
Por último, asoma un sector variopinto e informe, compuesto por un par de gobernadores que también suelen compartir picados con Kicillof, exgobernadores, legisladores nacionales, sindicalistas y dirigentes de distinto peso, edad y cosmovisión. Los une su alejamiento en distintas etapas e intensidades del kirchnerismo y, especialmente, del cristinismo, así como la intención o la ilusión de volver a ser una alternativa de poder nacional para salir de la inopia a la que los condena su condición de opositores impotentes. Una realidad impensada para el histórico partido del poder de la Argentina.
Sin embargo, todavía no se animan a construir una corriente propia que desafíe o enfrente abiertamente al kirchnerismo y se libere de las mochilas de piedras que les obliga a llevar. Por ahora es casi un trabajo clandestino.
“No podemos ni ir a los medios porque no podemos responder a preguntas inevitables e incómodas, como, por ejemplo, si Cristina está o puede ser justamente condenada por corrupción. No estamos en condiciones de correr el riesgo de perder el 15% de votantes que tiene ella”, dice un veterano dirigente peronista que trabaja en ese proyecto, pero al mismo tiempo dice ser fuente de consulta de varios sectores, incluido el cristicamporismo.
Entre sus referencias no figura el caso de los disidentes del menemismo, tempranamente convertidos en opositores durante el apogeo del experimento liberperonista del riojano. El Grupo de los 8, en el que sobresalían el sindicalista ya fallecido German Abdala y Carlos “Chacho” Álvarez, quien llegaría a la vicepresidencia en 1999 en la coalición con el radicalismo, que se conoció como la Alianza y derrotó al candidato peronista Eduardo Duhalde. La gran duda es si el fracaso en el gobierno de ese experimento, antes que su éxito político electoral, es el gran disuasor para explorar ese camino o solo una excusa ante la falta de audacia, ambición y vocación, que muchos admiten signa la política actual, con muy escasas excepciones.
Sin proyecto ni figuras
El rosario de penurias de estos peregrinos del desierto se completa con un déficit que consideran crucial. “El problema no es de identidad. Yo me río cuando me hablan de eso. Para el peronismo y los peronistas lo que es fatal es no tener ni siquiera una figura para ofrecer, ya no te digo un líder, capaz de atraer y ampliar”, agrega el dirigente, que entre sus apuestas figura el exgobernador sanjuanino Sergio Uñac.
La posibilidad de saldar esa deficiencia parece más lejana después de ver la actuación de algunos de los referentes de este sector en el debate por la reforma laboral y, también, en el mucho menos taquillero sobre el acuerdo Mercosur-Unión Europea. Los parecidos con una feria de ropa vintage fueron demasiados. Como estrategia destinada a captar nuevos consumidores para esta vieja marca suena riesgosa.
Tal vez por eso mismo, de manera inorgánica y muy incipiente, desde este último espacio se han empezado a trazar puntos para ver si logran armar una línea tendiente a recuperar algún protagonismo y llegar a ofrecerse como una opción. Por primera vez en muchos años, el horizonte de estos peronistas está en el largo plazo, aunque no por voluntad propia. Miran más a las elecciones presidenciales de 2031 que a las de 2027.
“En 2026 Axel es el candidato presidencial, guste o no. A Cristina y Máximo y a los demás no les queda más que aceptarlo. La cuestión es qué pasará y cómo llegarán en 2027”, señala un interlocutor de la exfamilia presidencial
No difieren mucho de lo que admiten algunos referentes del kicillofismo, a pesar de que para el gobernador bonaerense las urgencias son otras.
Por un lado, tiene que gobernar lo que se niega a que la llamen “la provincia inviable”, como la calificaron algunos conspicuos macristas. El paro que ya anunció para el día de comienzo de clases uno de los sindicatos docentes bonaerense expone los desafíos que tiene su proyecto presidencial. La ilusión de que los efectos del ajuste los pagaría Milei y lo absolverían o lo eximirían a él de reclamos no estaría asegurada.
Para la gestión, además, necesita de la cooperación del cristicamporismo y del massismo, y ninguno de ellos está dispuesto a solventar su autonomía sin cobrarle altos intereses. Un laberinto complicado, sobre todo cuando se advierte que buena parte de sus soportes son intendentes a los que los fieles de Cristina y Máximo Kirchner no les hacen la vida fácil y viceversa. La rendición acordada del hijo bipresidencial para dejar en manos de Kicillof la presidencia del PJ bonaerense no aseguró la paz en todos los territorios.
Por otro lado, el gobernador está obligado a sostener un proyecto presidencial para 2027. En caso contrario, estaría condenado a ser un “pato rengo” a los que sus rivales saldrían a cazar dada la imposibilidad legal de presentarse para otra reelección. Obligado a salir por arriba.

Sin embargo, ya le han hecho sentir que un candidato presidencial bonaerense, sin orígenes peronistas, no es la primera opción que elegirían sus compañeros, sobre todo los que manejan territorios provinciales. Salvo como prenda sacrificial ante una probable derrota en 2027. En el peronismo todos están dispuestos a acompañar hasta la puerta del cementerio, pero a nadie le gusta trasponerla.
Ese escenario es el que rige algunas conductas dentro del peronismo. “En 2026 Axel es el candidato presidencial, guste o no. A Cristina y Máximo y a los demás no les queda más que aceptarlo. La cuestión es qué pasará y cómo llegarán en 2027”, señala un interlocutor de la exfamilia presidencial.
En las cercanías de Kicillof saben y admiten esas conjeturas y restricciones. La realidad les es adversa fuera del universo peronista bonaerense.
“Es muy impresionante lo que está pasando. Mucha gente dice que está peor que antes y que este año y el próximo no creen que vayan a estar mejor. Pero que hay que esperar. Así no es fácil armar un proyecto presidencial opositor”, admite una figura que interactúa con la cúpula del gobierno bonaerense. La historia reciente parece no haber perdido nada de su capacidad para temerle al retorno.
“Siempre está Milei y su capacidad de autolesionarse. Sin contar con los efectos que está teniendo en la vida cotidiana de muchos argentinos el programa económico”, reconoce uno de los consejeros del gobierno bonaerense
Así, romper con el pasado, signado por el kirchnerismo, asoma como un imperativo para todo aquel que pretenda sumar adhesiones que excedan a su declinante núcleo duro. Se trata de un peso muerto que arrastrará a cualquiera que no pueda, no sepa o no quiera romper con ese lastre, pero parece una misión imposible para Kicillof y los suyos.
De todas maneras, Kicillof no es el único que antes de pensar en su futuro debe atender su presente, que lejos de aliviarse se complica. Puede decirlo el santafesino Maximiliano Pullaro, al que se le sublevaron por reclamos salariales los mismos policías que le habían dado su capital más preciado de su gestión: la abrupta disminución de la violencia. Y lo esperan agazapados docentes y trabajadores de la salud.
La luz de esperanza de estos radica, así, fuera de sus posibilidades de injerencia y acción. “Siempre está Milei y su capacidad de autolesionarse. Sin contar con los efectos que está teniendo en la vida cotidiana de muchos argentinos el programa económico, marcado hoy por la inflación y la recesión”, reconoce uno de los consejeros del gobierno bonaerense.
El desatino cometido por el oficialismo nacional en la redacción sobre la marcha del proyecto de reforma laboral con la artera inclusión de la reducción salarial por accidentes sufridos fuera del ámbito laboral y la incapacidad de sostenerlo y explicarlo aportan otro motivo para alimentar las escasas ilusiones de los adversarios.
Y ni hablar de su recrudecido patrullaje de los medios y redes sociales con la deleznable vocación por atacar, descalificar y estigmatizar a periodistas. Como si no le bastara con los constatables resultados fallidos en la consideración popular de la orwelliana Oficina de Respuesta Oficial.
Las técnicas mileístas para reanimar opositores moribundos gozan de muy buena salud, justo cuando perecían haber empezado a archivarse.
Fuente: La Nación

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