Al evaluarse los excelentes resultados de nuestro comercio exterior y las promisorias perspectivas para la Argentina, surgen críticas respecto a las implicancias de la nueva matriz productiva. Se cuestiona el advenimiento de un país partido en dos, entre actividades “primarias” (minería, hidrocarburos, agro) que atraen las grandes inversiones y el rezago de las golpeadas Pyme, fuente de empleo y tracción comercial en las zonas más pobladas.
Pero la causa de esa división es anterior a 2023 y no se advertía. Fue gestada durante décadas de proteccionismo, ruptura de contratos y destrucción de la moneda. No había inversiones ni aquí ni allí. Cuando Chevron comenzó a desarrollar Vaca Muerta (2013), celebró un acuerdo con cláusulas secretas que ocultaban una estructura financiera off shore para evitar el riesgo argentino. Ninguna otra petrolera internacional se animó a hacerlo. Afortunadamente, ahora ha presentado un RIGI para ingresar, sin esos subterfugios, la fabulosa suma de 13.800 millones de dólares destinados al bloque El Trapial (Neuquén).
En cuanto a la minería, por falta de seguridad jurídica tampoco fue desarrollada. En violación a cláusulas de estabilidad fiscal, en 1998 la AFIP pretendió cobrar impuestos sobre dividendos y en 2008 se aplicaron retenciones sobre las exportaciones. La Corte Suprema de Justicia de la Nación declaró inconstitucionales los primeros (caso Cerro Vanguardia), pero avaló las retenciones (caso Minera del Altiplano). Como resultado, Chile exporta 60.000 millones de dólares y la Argentina apenas el 10%. Con el nuevo marco legal, se esperan inversiones por más de 50.000 millones de dólares en cobre, níquel, litio, oro y plata.
“Faltan dólares”, decía el kirchnerismo para justificar los controles, la brecha y el gigantesco negociado negocio de las SIRA. Mientras los altos aranceles y el <i>antidumping</i> regían, nadie se quejaba y los gerentes financieros eran las estrellas rutilantes
Respecto de las industrias afectadas por la apertura, nadie debería sorprenderse pues, en el ranking de economías más cerradas del mundo, la Argentina se hallaba quinta, luego de Sudán, Venezuela, Turkmenistán y Etiopía. Ello no solo encareció el costo de vida, sino que quitó incentivos a la competitividad. Las sucesivas crisis cambiarias se debieron a la incapacidad del sector, demandante de divisas para su producción, de generarlas. “Faltan dólares”, decía el kirchnerismo para justificar los controles, la brecha y el gigantesco negociado de las SIRA. Mientras los altos aranceles y el antidumping regían, nadie se quejaba y los gerentes financieros eran las estrellas rutilantes.
Como si el país hubiera surgido de un repollo, se cuestiona al super RIGI por otorgar beneficios fiscales a las inversiones mayores de 1000 millones de dólares en nuevos sectores, omitiendo a las industrias instaladas. Pero la memoria es corta. Durante décadas, la dirigencia empresaria sostuvo que “en la Argentina no hay mercado de capitales” (sabiendo que más de 200.000 millones de dólares están fuera del sistema) y que el Estado debía hacer viables proyectos en industrias básicas. Eso permitió construir con recursos fiscales (diferimientos, desgravaciones y préstamos con avales públicos nunca pagados) plantas sobredimensionadas que, en muchos casos, sirvieron para obtener retornos de proveedores y fugar divisas al exterior.
De igual forma, se pretendió imitar a los bancos de exportación extranjeros con redescuentos (emisión) del Banco Central. Pero en el país de los curros y la picardía los pesos de la prefinanciación se colocaban en el mercado financiero y ello resultaba más rentable que la exportación misma, como todo crédito blando. Nadie se quejaba entonces y esos regímenes eran aplaudidos como modelos de desarrollo. Por el contrario, en los RIGI los inversores deben -por primera vez- ingresar dólares de verdad y no usar recursos fiscales para llenarse los bolsillos con promociones artificiales.
Los argentinos no piensan ni ahorran en pesos. Cualquier desajuste fiscal o parpadeo político, hace caer la demanda de dinero, provoca fuga al dólar y aumentos de precios
En 2013, el país de las mieles y las mieses tuvo inflación como Venezuela y el Líbano. Con dos hiper y el mayor default mundial en su prontuario, quedó sin moneda. Los argentinos no piensan ni ahorran en pesos. Cualquier desajuste fiscal o parpadeo político, hace caer la demanda de dinero, provoca fuga al dólar y aumentos de precios. Esa perversa causalidad requiere dura contención del gasto, la subsistencia de algunas limitaciones cambiarias y el uso de la tasa de interés a costa de actividad.
Sin moneda, no hay ahorro y sin ahorro no hay crédito. Restricción insuperable que olvidan quienes reclaman “políticas activas” para reactivar y torcer la ortodoxia libertaria. Salvo recrear la confianza bajando el gasto y desregulando, lo único “activo” para hacerse es reducir el costo argentino, tan caro a los gobernadores e intendentes. Las provincias y los jueces, con sus gastos y sus amparos, son quienes ponen en riesgo la competitividad de las Pyme.
Las provincias y los jueces, con sus gastos y sus amparos, son quienes ponen en riesgo la competitividad de las Pyme
Por fortuna, la Argentina cuenta con un as en la manga para crecer de forma genuina que la mayor parte del planeta envidiaría: alimentos, energía, minerales e industria del conocimiento. Como un bote que perdió sus remos en el río, arrastrado por la inflación y azotado por la pobreza, hemos podido hacer funcionar, sin embargo, un potente motor de cuatro hélices que estaba desechado. Quizás no está instalado en la borda preferida, quizás no empuje de forma pareja o quizás no emplee a los mismos remeros. Pero es la única alternativa para impulsar la barca donde viajamos todos. Y más vale cuidarlo para que no tenga igual destino que los remos.
Sobre la base de su potencia, la afluencia de dólares podrá reconstituir la confianza en el peso, despejar el horizonte fiscal, fortalecer la balanza de pagos y aumentar el crédito para empresas y familias. Tras crecer 4.4% en 2025, la Argentina lo hará al 3.6% este año y proyectándose en un 3,7% para el próximo, tres años seguidos. De exportaciones mayores a 100.000 millones de dólares en 2026 se podrían alcanzar 150,000 millones en 2030, con ingresos diversificados, pues las Manufacturas de Origen Industrial (MOI), que aumentaron más del 40% interanual, tienen casi igual proporción que las agropecuarias, lo cual refleja que no se trata de una “primarización” de la economía.
Es erróneo pensar que las inversiones petroleras, gasíferas, mineras y agroindustriales solo beneficiarán a las provincias donde se realizan esas actividades. El sistema bancario y el mercado de capitales operan como un sistema circulatorio cuya capilaridad alcanza a nuestros 24 estados. Serán los antiguos dueños o nuevos emprendedores quienes readaptarán las Pyme familiares, movidos por incentivos virtuosos, gracias al acceso al crédito, a la modernización laboral y apostando a un futuro de expansión con seguridad jurídica. Si ello no ocurriese, será porque los argentinos prefieren perder esta oportunidad y volver al pasado.
Fuente: La Nación

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