Categoría: Entrevistas

  • La Rioja y los abusos de su gobernador

    La Rioja y los abusos de su gobernador

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    Una muy importante inversión en explotación minera en San Juan, el proyecto Vicuña, ha sido trabada por una medida cautelar dispuesta por la jueza de La Rioja María Greta Decker, que hizo lugar a una presentación de la Fiscalía de Estado riojana con el pretexto que no se hace el estudio de impacto ambiental en esta provincia. Al mismo tiempo, las autoridades riojanas dispusieron un bloqueo de caminos que obstruye el proyecto.

    Esta iniciativa para la explotación de oro y cobre significa inversiones a cargo de las empresas BHP de Australia y Lundin Mining de Canadá por 7100 millones de dólares hasta 2030 y 18 mil millones en la década siguiente. La explotación está en su totalidad en la provincia de San Juan, que ha concluido los estudios ambientales que requiere la legislación argentina. Se prevé que, en la próxima década, la producción de Proyecto Vicuña aporte 6000 millones dé dólares en exportaciones, con lo que duplicaría las exportaciones mineras actuales.

    La traza bloqueada afecta el tránsito de maquinaria y suministros por la zona de Guandacol, cercana al límite con San Juan. Mientras tanto, el consorcio de empresas sigue trabajando por la ruta alternativa, que pasa íntegramente por San Juan, aunque en condiciones más lentas y complicadas.

    El gobernador riojano, Ricardo Quintela, pretende participar de la renta minera, pero los yacimientos no están en su provincia, sino en la provincia lindera. Mientras tanto no hay inversiones en la provincia de La Rioja porque se las ahuyenta, como sucedió en Famatina. Las empresas prefieren otras provincias andinas donde hay mejores condiciones para atraer inversiones que en este feudo gobernado por un personaje que deshonra el sillón que ocupara Joaquín V. González.

    Se trata de un régimen que ha perseguido y encarcelado a opositores, como fue el caso de la exsenadora nacional y vicepresidenta de la UCR local, Inés Brizuela y Doria. La gestión de Quintela intenta controlar a la prensa, efectúa declaraciones destituyentes cuando su partido no gobierna la Nación, emite moneda falsa como los Chacho y se declaró en default como resultado de sus dislates, mientras malgasta recursos en abrir empresas estatales y en llenar la administración pública de empleos innecesarios, que son solventados mayormente con fondos de la Nación.

    Este bloqueo de ruta muestra al gobernador como el perro del hortelano, ese que no come ni dejar comer, como un caricaturesco personaje propio del realismo mágico latinoamericano que no tiene idea de cómo se puede desarrollar una provincia tan postergada por estar, más que subdesarrollada, subgobernada.

    Fuente: La Nación

  • Justicia, el huevo de la serpiente

    Justicia, el huevo de la serpiente

    La designación de jueces no es un trámite administrativo. Es uno de los actos más delicados del poder político en una república. No se trata de cubrir vacantes ni de distribuir cargos: se trata de decidir quién tendrá, en última instancia, la potestad de controlar al propio poder.

    Por eso mismo, el estándar que debe guiar la selección de candidatos no puede ser otro que el de la excelencia. Excelencia técnica, independencia de criterio y una trayectoria personal que no deje dudas sobre su compromiso con la vigencia del Estado de Derecho.

    Sin embargo, noticias recientes siembran una inquietud legítima. El Poder Ejecutivo ha elevado al Senado un número significativo de postulaciones que incluyen personas vinculadas —de manera más o menos directa— con espacios políticos que, cuando ejercieron el poder, promovieron iniciativas destinadas a erosionar la independencia judicial.

    A ello se suma un dato no menor: las propias explicaciones oficiales parecen moverse en un terreno resbaladizo. Se niega la filiación política de algunos candidatos, se relativizan antecedentes conocidos o se los atribuye a decisiones circunstanciales o, incluso, involuntarias. Ese tipo de justificaciones, lejos de despejar las dudas, las agrava.

    El problema no es que los jueces tengan ideas. Nadie sensato podría pretender una judicatura carente de convicciones. Pero hay una diferencia esencial entre tener ideas y haber estado vinculado a proyectos políticos que, en los hechos, buscaron someter la Justicia a los intereses del poder. Esa diferencia es la que el Ejecutivo no puede permitirse ignorar. Lo que está en juego no es una coyuntura ni una interna política. Es la arquitectura institucional del país. Nombrar jueces con antecedentes que suscitan dudas razonables sobre su independencia no es un error menor: es incubar, silenciosamente, el huevo de la serpiente. Y la metáfora no es exagerada.

    Los procesos de deterioro institucional no comienzan con grandes rupturas, sino con pequeñas concesiones: decisiones que, consideradas aisladamente, pueden parecer justificables, pero que, acumuladas, terminan debilitando los cimientos del sistema.

    Se dirá que el Senado ejercerá su control. Es cierto. Pero ese control no sustituye la responsabilidad primaria del Ejecutivo: proponer candidatos que estén por encima de toda sospecha. La prudencia, en este terreno, no es una virtud. Es una obligación, más aún cuando el propio proceso de selección aparece atravesado por disputas internas, filtraciones y cuestionamientos cruzados, que trasladan a la esfera judicial las tensiones de la política partidaria. La Justicia no puede convertirse en el campo de batalla de esas disputas.

    Y, por si fuera poco, a todo ello se suma una cuestión igualmente inquietante: la idoneidad específica de algunos postulantes. No basta con ser abogado, ni siquiera con tener experiencia en el Estado. La función judicial —y más aún en instancias de apelación— exige una especialización que no puede improvisarse. Cuando se propone a un candidato sin trayectoria clara en la materia para integrar un tribunal altamente técnico, la impresión es inevitable: no estamos ante una selección, sino ante una colocación. Y las colocaciones, en materia judicial, se pagan caro.

    En ese contexto, es muy preocupante que aparezca como un hecho consumado que se prescindirá de dos jueces capaces y probos que integran desde hace tiempo la Sala I de la Cámara Criminal y Correccional Federal. Nos referimos a Leopoldo Bruglia y a Pablo Bertuzzi. Es sabido que, durante el gobierno de Alberto Fernández se los seleccionó solo a ellos para revisar el mecanismo por el cual ocupaban su cargo, originado en un traslado desde otro puesto dentro del fuero federal, pero con similar jerarquía. En esa situación se encuentran decenas de magistrados que el Ejecutivo de entonces jamás buscó revisar. En ese momento, fue claro que ese intento de remoción respondió a que los nombrados habían dictado fallos contrarios a los intereses de Cristina Kirchner. Tiempo después la Corte Suprema de Justicia de la Nación dictó un fallo que determinó que la institución del traslado en sí misma era válida, por lo que la remoción buscada era ilegítima. Pero al mismo tiempo, la Corte indicó que sería necesario abrir concursos para todos los magistrados trasladados y posibilitar así su designación permanente. El Consejo de la Magistratura desoyó el fallo de la Corte, pues los únicos concursos que avanzaron respecto de jueces “trasladados” fueron aquellos para cubrir los cargos de Bruglia y Bertuzzi.

    Quien tiene en sus manos la facultad de proponer jueces debe ejercerla con conciencia de sus consecuencias. No basta con cumplir las formalidades. Es necesario honrar el espíritu de la Constitución.

    Porque la independencia judicial y la calidad de quienes integran ese Poder del Estado no se declama: se construye. Y, sobre todo, se preserva. Y esa preservación comienza mucho antes de la aprobación de un pliego. Comienza en el momento —decisivo— en que se eligen los nombres.

    Una vez que el huevo se incuba, ya es demasiado tarde para preguntarse qué saldrá de él. Y, cuando finalmente se abre, ya no hay discurso que alcance: sólo queda convivir con sus consecuencias. Y pagarlas.

    Fuente: La Nación

  • Drogas que matan y un silencio inexplicable

    Drogas que matan y un silencio inexplicable

    Hace un año, varias guardias hospitalarias empezaron a reportar algunas muertes inexplicables. Nadie sabía exactamente qué sucedía. Fue el Hospital Italiano de La Plata el que entendió que la causa eran dos bacterias que habían llegado al cuerpo de los fallecidos después de que a todos se les suministrara fentanilo en mal estado, elaborado por HLB Pharma y Laboratorios Ramallo.

    Era el germen de la tragedia sanitaria argentina más importante de las últimas décadas, claro, después de lo que sucedió con el Covid-19. Hasta ahora se conocen 121 muertes y un número que jamás se sabrá de otros enfermos que vieron cómo su vida se esfumaba sin que nadie se preguntara qué fue lo que realmente pasó.

    Pasó el tiempo y por ahora solo se investiga qué pasó con el producto contaminado. De hecho, están detenidos los responsables de la elaboración puertas adentro de los laboratorios HLB Pharma y Ramallo. Los principales imputados son los dueños de esas empresas, los hermanos Ariel y Diego García Furfaro.

    Las consecuencias de aquellos delitos contra la salud pública aún son noticia. Por estas horas, los escándalos que se conocen con las ya famosas “Propofest” donde proliferaban drogas anestésicas como el propofol y el fentanilo volvieron a traer aquella tragedia sanitaria al centro de la escena.

    La muerte del anestesiólogo Alejandro Zalazar, de 29 años, hallado sin vida el pasado 20 de febrero en su departamento de la calle Juncal al 4600, ya es mucho más que un caso aislado. Estamos frente a una trama que involucra a profesionales de la salud de distintos hospitales porteños. Se trata de un compendio de excesos, traiciones, robos, complicidades y consumo de drogas que deben ser cuidadosamente suminstradas. Un descontrol amenizado con productos que pueden causar la muerte. Y de hecho, lo hicieron.

    Cuando se conoció que el fentanilo de HLB Pharma era mortal, la investigación periodística descubrió una telaraña de relaciones políticas cuidadosamente tejida gracias a los miles de millones que generaba el negocio comandado por los García Furfaro.

    En el tiempo que pasó desde las primeras muertes hasta que se hicieron los allanamientos que ordenó la Justicia meses después, sin que ningún organismo de control lo registrara, se perdieron -o, mejor dicho, desaparecieron- cinco kilogramos de fentanilo. Para dar magnitud a semejante faltante: según un informe de la Administración para el Control de Drogas (DEA) de los Estados Unidos, la sustancia es aproximadamente 100 veces más potente que la morfina y 50 veces más potente que la heroína, en su uso como analgésico.

    El mismo documento da cuenta de que una dosis de 0,2 gramos es suficiente para que una persona muera al consumirlo. Es decir, la capacidad mortal de cinco kilogramos es impactante. Los hermanos García Furfaro dijeron que fueron quemados y destruidos. Pero, en realidad, el destino de semejante cargamento letal es una incógnita.

    En el expediente judicial se avanzó sobre el punto principal, que es saber si el fentanilo de HLB Pharma pudo ser causante o no de la muerte inexplicable de 121 argentinos. El cuestionado juez federal de La Plata, Ernesto Kreplak -hermano del ministro de Salud bonaerense, por lo que debió haberse excusado de seguir interviniendo-, dio por probado en primera instancia que esos laboratorios eran un compendio de la desidia, una verdadera maquinaria criminal disfrazada de industria farmacéutica. Según el juez, esa estructura operó con una “indiferencia deliberada” por la vida humana. Sin embargo, no hay avances importante respecto de otras actividades del laboratorio y mucho menos del destino de aquellos cinco kilos de fentanilo.

    El magistrado consideró que los responsables de las plantas productoras de medicamentos permitieron que salieran al mercado miles de unidades con defectos críticos sin que nadie detuviera la producción ni investigara las causas. Así, perforó de manera flagrante el estándar de riesgo permitido y convirtió al laboratorio en una amenaza directa para la vida de los pacientes.

    El expediente compiló información espeluznante. “Lamentablemente estamos en una situación terminal, con esta gente que maneja la empresa y con la política de trabajo que tenían era evidente que tarde o temprano esto iba a pasar. La gente que tiene peso en la empresa, gerentes y DT [director técnico] nunca le pusieron un freno”. El párrafo es una captura de pantalla que el juez adjuntó y que fue tomada del teléfono de uno de los procesados, Wilson Daniel Pons.

    También quedó de manifiesto cómo los responsables de la producción de los medicamentos mentían a los organismos de control y ocultaban los verdaderos datos. “¿Qué hago, miento en los reportes?“, preguntó una empleada a Pons. ”Me parece que no queda otra que mentir», contestó este último. Semejante diálogo, que está estampado en una imagen que se corresponde a otra captura de pantalla, es parte del expediente. El reporte al que se refería era el propofol, actualmente protagonista de las famosas “Propofests”.

    Por ahora, la causa se ha concentrado en los dueños del laboratorio y en los responsables técnicos. Sin embargo, poco se avanzó en la trama de relaciones con políticos argentinos y paraguayos, que tejieron los hermanos García Furfaro y que los llevaron a manejar una verdadera fortuna. Allí seguramente se esconden muchos secretos que podrían explicar no solo las muertes de pacientes, sino también las que ahora vuelven a sacudir a la opinión pública.

    Fuente: La Nación

  • No hay gratuidad universitaria; la pagan otros

    No hay gratuidad universitaria; la pagan otros

    a recuperación de la estabilidad, condición esencial para reducir la pobreza y afianzar el crecimiento, requiere incuestionablemente el equilibrio fiscal. Ello debe lograrse reduciendo simultáneamente la agobiante presión impositiva y el alto endeudamiento del Estado. Para que estas condiciones sean cumplibles no hay otra alternativa que la disminución del gasto público. En el lenguaje internacional: el ajuste.

    El Acuerdo de Mayo, suscripto en 2024 por el presidente de la Nación y la mayoría de los gobernadores, postulaba bajar el gasto estatal desde el 42% al 28% del producto bruto interno. Es una meta aparentemente ambiciosa, pero ese porcentaje era en nuestro país de solo el12% antes de la década del cuarenta. Una meta del 28% es menos ambiciosa de la que hoy exponen Australia, Canadá, Irlanda, Corea del Sur, Japón, Estados Unidos y Suiza. Hasta la Federación Rusa, luego de la caída del comunismo, la ha reducido al 29,6%.

    ¿Qué implica una importante reducción del gasto público en un país que ha transitado décadas de populismo y estatismo? Es una meta que exige cirugía y no de un mero régimen para adelgazar. Hay que introducirse en la detallada anatomía del aparato estatal y en la infinita ramificación de sus gastos para poder evaluar el dolor de cada aplicación del bisturí y para saber quién lo padecerá. Una reducción de 14 puntos del PBI abarca actividades superfluas, pero también otras que no lo son y que el gobierno nacional, las provincias y los municipios fueron incorporando al Estado durante décadas de populismo.

    La satisfacción de necesidades acuciantes con nuevas asignaciones presupuestarias requiere quitar fondos de alguna otra área. Los fondos públicos no vienen del aire. En un proceso de ajuste los gobernantes deben aplicar criterios de eficiencia en la asignación, pero además están obligados a considerar y comparar el impacto humano y social de cada decisión del corte de un gasto. En este contexto, ¿qué respuesta se les debe dar a quienes teniendo ingresos propios suficientes exigen que se les mantenga un subsidio estatal? Acceder a ese tipo de exigencias sacrificando otras necesidades esenciales no parece correcto desde la equidad y la moral.

    Este planteo es aplicable a la gratuidad universitaria. La enseñanza universitaria no es gratis. La pagan otros a través de sus impuestos, incluyendo aquel que paga el IVA al comprar un kilo de arroz.

    La cuestión del financiamiento universitario ha tomado relevancia y urgencia. Por eso parece oportuno analizar la posibilidad del arancelamiento selectivo como una forma socialmente equitativa de generación de fondos para garantizar que la universidad pública tenga los recursos necesarios para su funcionamiento y su mejoramiento. Si se lograra una universidad pública autofinanciada quedaría asegurada la genuina autarquía y autonomía que postula la Constitución Nacional.

    La gratuidad universitaria no fue un reclamo de la Reforma de 1918, sino que tuvo origen en el Primer Plan Quinquenal de Perón en 1947, en el que se proponía la gratuidad para hijos de obreros. Esto se concretó ese mismo año en la ley universitaria que dispuso el otorgamiento de becas para hijos de obreros o alumnos que fueran sostén de una familia carenciada. Este beneficio se perdía si cambiaba favorablemente la situación económica del alumno. Dos años después, en 1949, cuando arreciaba la oposición estudiantil, el presidente Perón intentó morigerarla dictando un decreto que dispuso la gratuidad universitaria para todos. Desde entonces, cualquier propuesta de revisión de la gratuidad universal pasó a ser políticamente incorrecta.

    La reforma constitucional de 1994 introdujo una cláusula (artículo 75, inciso 19) que garantiza “los principios de gratuidad y equidad de la educación pública estatal y la autonomía y autarquía de las universidades nacionales”. La equidad que se menciona bien puede interpretarse como que aquellos alumnos que se encuentran en condiciones de pagar una cuota razonable no debieran ser solventados por los contribuyentes. Se debe recordar que también pagan impuestos en sus consumos las personas de menores recursos. La gratuidad universitaria para todos no contribuye a la igualdad de oportunidades, sino que la contradice.

    Según el constitucionalista Alberto Dalla Vía, “la gratuidad funcionará en la medida que sea equitativa. Se trata -señaló- de un principio orientador que no aparece en términos absolutos, sino enunciado de manera flexible como objetivo a alcanzar e implica la aplicación pragmática de los principios de solidaridad y justicia social, pudiéndose establecer contraprestaciones en forma directa o indirecta, según la situación particular del titular del derecho a aprender; en tanto el concepto de equidad se refiere a la justicia del caso concreto.”

    Una investigación realizada por la Universidad Nacional de Hurlingham determinó que el 37,3% de los alumnos de las universidades públicas argentinas pertenecen a un nivel socioeconómico ubicado en los dos quintiles más altos de la distribución del ingreso. El tercer quintil comprende otro 20,4 % del alumnado. El 42,3% restante se encuentra en los dos quintiles de menores ingresos. El aporte estatal a las universidades nacionales previsto para 2026 es de 4,87 billones de pesos. Si se quisiera sustituir ese aporte por un arancelamiento que comprendiera solo el 57,7% de los alumnos de más altos ingresos y la gratuidad se mantuviera para el 42,3% restante, debiera aplicarse una cuota mensual de 319.700 pesos. Este valor es bastante inferior al que, en promedio, cobran las universidades privadas en nuestro país.

    El arancelamiento aplicado a quienes pueden pagar, reservando el apoyo público mediante becas, préstamos de honor o subsidios directos a aquellos que no disponen de medios pero sí de capacidad, es aplicado por muchos países y no colisiona con nuestra Constitución. Es la opción razonable, equitativa y justa del financiamiento universitario.

    Fuente: La Nación

  • Un fondo para el futuro… o para los de siempre

    Un fondo para el futuro… o para los de siempre

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    La Argentina vuelve, una vez más, a asomarse a una oportunidad excepcional. Vaca Muerta —como antes lo fueron otros recursos— promete ingresos significativos en divisas, capaces de alterar, si se los administra con inteligencia, el perfil económico del país.

    La propuesta de crear un fondo soberano, inspirado en experiencias como las de Chile o Noruega, apunta en la dirección correcta. La idea es simple y, precisamente por eso, poderosa: evitar que los ingresos extraordinarios se diluyan en el gasto corriente y destinarlos a objetivos de estabilización, ahorro intergeneracional y desarrollo sostenido.

    Dicho de otro modo: transformar una renta excepcional en una política de largo plazo.

    Pero en la Argentina, las buenas ideas suelen enfrentar un problema recurrente: la memoria.

    No hace falta remontarse demasiado en el tiempo para encontrar un antecedente que debería bastar para vacunar cualquier entusiasmo ingenuo. En 1993, la provincia de Santa Cruz recibió, durante la gestión de Néstor Kirchner, alrededor de 660 millones de dólares provenientes de regalías petroleras. Aquellos fondos salieron del país con explicaciones cambiantes, fueron objeto de promesas de inversión que nunca se materializaron con claridad y terminaron envueltos en una opacidad que ni la política ni la Justicia lograron disipar.

    Durante años se ensayaron relatos, se ofrecieron justificaciones y se administraron silencios. Nunca hubo una rendición de cuentas completa, verificable y creíble. Nunca se explicó de manera concluyente dónde estuvieron, qué rendimiento obtuvieron ni cuál fue su destino final. Lo que sí quedó claro, con el paso del tiempo y a la luz de procesos judiciales posteriores, es que la relación entre poder político y recursos públicos en aquel período distó mucho de ser ejemplar.

    Ese antecedente no es una mancha del pasado. Es un manual de advertencias. Porque la creación de un fondo soberano no es, en sí misma, una garantía de nada. Puede ser una herramienta de desarrollo… o un sofisticado mecanismo de transferencia de recursos hacia circuitos opacos. Todo dependerá de su diseño institucional.

    Un fondo de esta naturaleza exige, como condición de existencia —no como complemento decorativo—, una ley rigurosa que establezca reglas claras sobre el destino de los fondos; límites estrictos a su utilización; mecanismos de control independientes; auditorías permanentes y públicas y, sobre todo, una trazabilidad absoluta de cada dólar ingresado y egresado.

    Sin esos recaudos, el fondo corre el riesgo de convertirse en lo que la Argentina conoce demasiado bien: un recipiente donde el dinero entra con precisión contable y sale envuelto en la niebla.

    La experiencia internacional es clara. Noruega no solo creó un fondo; creó instituciones capaces de resistir la tentación política. Chile no solo acumuló reservas; estableció reglas fiscales que limitaron su uso discrecional. Eso no es magia: es disciplina.

    La Argentina, en cambio, ha demostrado una notable creatividad para convertir instrumentos virtuosos en oportunidades de abuso. Cada nueva caja —por sofisticada que sea su arquitectura— tiende a despertar el interés de los “desconocidos de siempre”: esos actores que operan en la penumbra del poder, lejos de la responsabilidad pública y cerca del beneficio privado.

    Crear un fondo sin blindarlo institucionalmente sería, en ese contexto, un acto de ingenuidad. O algo peor. Sería, en definitiva, regalarle pólvora al enemigo.

    El debate actual no debería centrarse, entonces, en la conveniencia abstracta del fondo —que parece indiscutible—, sino en las condiciones concretas de su funcionamiento. La pregunta no es si debemos tener un fondo. La pregunta es si somos capaces de administrarlo sin repetir los errores del pasado.

    Porque la Argentina no necesita más instrumentos. Necesita instituciones. Y porque, en materia de recursos extraordinarios, el problema nunca ha sido cómo generarlos. Ha sido, siempre, cómo evitar que desaparezcan. La diferencia entre Noruega y Santa Cruz no está en el petróleo. Está en la honestidad de su clase dirige

    Fuente: La Nación

  • El ancla que todos quieren cortar

    El ancla que todos quieren cortar

    Boliviano, Real, Guaraní, Sol, Colón, Quetzal, Lempira y Pesos chilenos, colombianos y uruguayos, son monedas de algunos vecinos latinoamericanos y, ante nuestra sorpresa, sus ciudadanos creen en ellas. No piensan, ni calculan en dólares y ni siquiera saben su cotización. En la Argentina, en cambio, tenemos un símbolo semejante, pero engañoso. De peso no tiene nada, ni como palabra, ni como promesa, ni como realidad. Apenas sirve para pagos menores. Nadie ahorra en serio, ni estima valores con esa vara que, de tanto estirarse, perdió 13 ceros desde 1992.

    Un país sin moneda no puede funcionar pues los intercambios se frustran, no hay contratos de largo plazo, los bancos carecen de depósitos para dar créditos, las empresas no tienen capital de trabajo suficiente y las familias sobreviven en la informalidad. La sociedad vive en ascuas atenta a los noticieros, a las alertas en los celulares y a los chismes de café. Pues nadie quiere que lo sorprendan con pesos encima si ocurre una devaluación, un cepo o un ahorro forzoso.

    Hace solo seis meses, en la previa a las elecciones legislativas de octubre, se produjo una crisis de confianza que provocó una dolarización de carteras sin precedentes en la Argentina. La caída en la demanda de dinero fue equivalente al 50% de la masa monetaria. Se produjo así una dolarización de carteras, equivalente a unos 35.000 millones de dólares en un instante, por temor a un regreso del peronismo. Esa “corrida” fue la prueba palmaria de la falta de moneda y cualquier fórmula que se diseñe para impulsar la actividad económica debe tomar en cuenta esa realidad desconocida fuera de nuestras costas.

    Para estabilizar la economía y evitar pánicos mayores, es necesario aferrarse a algún ancla que sujete el cuerpo colectivo hasta que la desconfianza amaine. El Gobierno optó por el ancla fiscal en lugar de dolarizar, única alternativa restante para un país que carece de crédito, que no puede aumentar impuestos y, menos aún, emitir billetes.

    En naciones con moneda, un poco de emisión “para reactivar” no detona una corrida masiva al dólar como en el nuestro. Dada esa restricción, que siempre se olvida, para expandir el crédito e impulsar el comercio y la producción, se debe convencer a los tenedores de dólares de que, si los cambian por pesos, no serán estafados con otra devaluación. En otras palabras, aplicar una regla fiscal estricta.

    La firme imposición de ese principio implica, además de cortar de inmediato la fuente de emisión, enviar una señal de convicción que apunta al futuro y no solo al presente. La tozudez, el empecinamiento y la crueldad (Axel Kicillof dixit) son “pruebas de amor” que exigen quienes tienen activos fuera del sistema, para arriesgarlos aquí. Como la mayoría son argentinos, conocen bien el paño y las manchas de nuestro prontuario. Por eso, la reactivación no la puede resolver solo el Gobierno, sino que requiere de la política, esa madeja de fuerzas volátiles que gravitan sobre el horizonte nacional: los dirigentes, los factores de poder, la opinión pública y, en última instancia, las urnas.

    Para que la resistencia del ancla sea convincente, no basta con echarla al mar y decir “no” a cada pedido de gasto. Debe acompañarse por medidas que fortalezcan sus eslabones y prevengan la corrosión populista: las difíciles reformas estructurales en curso. Javier Milei no tuvo como prioridad reactivar el aparato productivo existente, ni mejorar los salarios en el corto plazo. Se propuso transformar el país para que una mayor productividad permita sostener en el tiempo las demandas de bienestar de la sociedad argentina. La aprobación de esas reformas por el Congreso de la Nación son también señales indispensables para asegurar su continuidad futura.

    Esos cambios de incentivos alteran los empleos e ingresos de toda la sociedad y así como hay sectores que se expanden, hay otros que sufren. Si hubiera crédito, holgura fiscal o demanda de moneda, el Gobierno podría ofrecer programas de asistencia y reinserción a los afectados por la transformación. Pero en la Argentina del default más grande del mundo, de las dos hiperinflaciones y la ruptura masiva de contratos, ya no queda ninguna herramienta viable en la caja del ministro de Economía y las presiones por cortar el ancla, son crecientes. Aunque resulte frustrante, nada más se puede hacer.

    Quienes reclaman mayores gastos, en muchos casos justificados, desconocen que las negativas no se deben a que carezcan de razón, sino a desbordes preexistentes con derechos adquiridos que han ocupado su lugar, como el asiento del colectivo. Por ejemplo, en 2026 las jubilaciones y pensiones absorberán el 46% del gasto público, por encima del 34% de 2023, pues crecieron mucho con Milei. Como solo el 30% se financia con aportes y contribuciones de los trabajadores activos, el 70% se cubre desde la Tesorería. Alli están las jubilaciones sin aportes que desfondaron el sistema y por eso se debieron reducir otros gastos como los subsidios energéticos, la obra pública y las transferencias a provincias, para mantener el equilibrio fiscal.

    Las tarifas de electricidad y gas natural en 2023 insumieron el 10% del gasto primario y luego de ajustes segmentados, ahora insumen casi la mitad. Pero las alzas impactaron en el bolsillo de la clase media, reduciendo su ingreso disponible. Y aun así, son menores a las que se pagan en Uruguay o Chile. Desde la emergencia económica de 2002 que congeló las tarifas, el país se había convertido en un “Viva la Pepa” insostenible, siendo el que más subsidios otorgó en América Latina, detrás de Ecuador. Desde 2024, también se redujeron los subsidios al transporte, al agua y cloacas, con igual impacto sobre los monederos familiares.

    Otro frente que tensa el ancla fiscal es el PAMI, la obra social más grande de la Argentina, con alrededor de 5,4 millones de afiliados y cuyos recursos no alcanzan para cubrir los gastos siempre crecientes de la clase pasiva, por la extensión de la vida humana y el costo ascendente de tratamientos y medicamentos. El Tesoro Nacional aporta el 14% del total, con gran dificultad. Si bien se sabe que hay compras con precios inflados, prestaciones inexistentes y otros fraudes históricos, nada puede hacerse de inmediato para equilibrar sus números.

    En cuanto a la ley de emergencia en discapacidad, junto con el presupuesto universitario que unificaron a la oposición ”bochando” un capítulo del presupuesto 2026, son otros casos de finalidades loables (soslayando sus distorsiones), pero que requieren recursos inexistentes a menos que se achiquen otros gastos, también “blindados” por sindicatos, marchas y medidas judiciales.

    Durante su gira europea, el gobernador Kicillof, aseguró que “hay otro camino que no es de la crueldad y no es el del abandono”, pero no explicó cual es. Sin credibilidad, sin acceso al crédito y cortando el ancla fiscal para recurrir a la emisión monetaria, el país retomaría la situación que dejaron Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa en diciembre de 2023, pero en versión acelerada.

    Ni la reactivación ni la mejora de ingresos puede ser resuelta solo por el Gobierno, sino que requiere confianza hacia el futuro, ámbito de la política. Pero, así como el equipo económico hace lo posible con las herramientas que tiene, también es cierto que las pujas internas, las conductas de funcionarios y las agresiones gratuitas a personas respetables, como los periodistas de este diario, acotan aún más su margen de maniobra al torcer la opinión pública y mellar el crédito ganado en las dos elecciones que le permitieron construir su poder.

  • La Salada: corrupción a la vista de todos

    La Salada: corrupción a la vista de todos

    La reciente decisión de la Cámara Federal de La Plata de dictar la falta de mérito y ordenar la inmediata liberación de los principales acusados en el expediente judicial de la feria ilegal conocida como La Salada, en Lomas de Zamora, resulta -cuanto menos- provocativa.

    Los jueces Carlos Alberto Vallefín y Roberto Agustín Lemos Arias sostuvieron que no existen pruebas suficientes para procesar por asociación ilícita y lavado de dinero a Jorge Omar Castillo y su entorno. Sin embargo, el contraste entre esa conclusión y la evidencia de la enorme riqueza acumulada durante años por Castillo, sin que a juicio de los fiscales haya podido demostrar debidamente su origen, resulta abrumadora.

    El fallo cuestiona la labor del juez Luis Armella y de la fiscal Cecilia Incardona al señalar una supuesta confusión entre actividad comercial lícita y empresa criminal, así como la falta de precisión sobre los delitos concretos que se atribuyen. Según la Cámara, no se acreditó la “mínima cohesión” necesaria para configurar una asociación ilícita ni se demostró el origen ilegal de los fondos. Resulta inquietante que la abrumadora existencia de pruebas sobre la gran cantidad de bienes —inmuebles costosísimos, vehículos de alta gama y embarcaciones, entre otros de dudosa adquisición— no resulte suficiente para mantener encerrados a quienes han hecho del negocio ilegal una forma de vida.

    Los fiscales Incardona, Diego Iglesias y Diego Velasco apelarán ante la Cámara de Casación con pruebas reunidas en decenas de procedimientos realizados, que dan cuenta del volumen y la comercialización de mercadería falsificada. Toneladas de prendas con marcas copiadas de grandes comercios nacionales y del exterior, un flujo de dinero en efectivo de magnitudes extraordinarias y adquisiciones de lujosos bienes en cantidades astronómicas. Todo ello como parte de un circuito informal sostenido por evasión y precariedad laboral. Comerciantes que cumplen con sus obligaciones fiscales enfrentan, además, una tan injustificable como brutal competencia desleal, pues compiten contra precios que solo son posibles al margen de la ley.

    Se documentaron recaudaciones contadas “por bultos”, ingresos multimillonarios sin correlato fiscal y estructuras diseñadas —según la acusación— para canalizar dinero negro hacia inversiones en el país y en el exterior.

    La dimensión patrimonial del llamado “Rey de La Salada” es, en sí misma, un dato difícil de ignorar. A los 37 inmuebles y más de 130 vehículos identificados inicialmente se sumarían otros 163. Entre ellos, camionetas de alta gama, autos de lujo, cuatriciclos, embarcaciones, propiedades en barrios cerrados, viajes por decenas de miles de dólares y hasta infraestructura propia —como un proyecto de pista de aterrizaje— completan un cuadro que excede largamente cualquier parámetro razonable de una actividad meramente administrativa de alquiler de puestos.

    No puede soslayarse el contexto político que permitió el crecimiento de este siniestro enclave. Durante años, La Salada gozó de la tolerancia, respaldo y absoluta aquiescencia del poder local y nacional. El exintendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde –investigado él mismo por enriquecimiento ilícito, lavado de dinero y evasión fiscal en el resonado caso conocido como “Yategate”-, figura entre quienes promovieron y defendieron el funcionamiento de la feria, en línea con el kirchnerismo en el gobierno provincial y nacional, que encontró en estos circuitos informales una herramienta funcional, aun a costa de la legalidad.

    Es claro que el Estado de Derecho exige pruebas concluyentes antes de avanzar sobre la libertad de los imputados. Nadie debe ser condenado sin evidencia suficiente ni debido proceso. Sin embargo, estructuras como la de La Salada, de tan monumental como fastuosa escala económica, antecedentes de violencia —con muertos y heridos en disputas por espacios de venta— y persistencia en la ilegalidad han sido largamente documentadas y no pueden obviarse.

    La apelación que preparan los fiscales abre una nueva instancia en la que no solo se pondrá a prueba la solidez de la investigación, sino la capacidad del sistema judicial para enfrentar fenómenos complejos sin caer en formalismos que, en los hechos, consagran la impunidad.

    Es llamativo que se haya sostenido que no había pruebas para determinar que el fabuloso flujo de fondos de Castillo no provenía de una actividad comercial ilícita, cuando no se encontró entre sus actividades ninguna que fuera lícita.

    En efecto, en el orden provincial, donde todavía hay dos causas elevadas a juicio contra Castillo (una por resistirse a tiros en un allanamiento dejando gravemente herido a uno de los oficiales intervinientes, que perdió un ojo y, la principal, por dirigir una asociación ilícita dedicada a la ocupación y explotación espuria del espacio público y por las amenazas, extorsiones y otros delitos instrumentales para esa actividad) hubo alrededor de cincuenta condenas confirmadas en todas las instancias contra secuaces de Castillo -incluido su sobrino- y contra los integrantes de la banda que explotaba la otra feria de La Salada. Todos los dependientes de Castillo reconocieron los hechos y eligieron juicios abreviados, solo él -líder y beneficiario principal de la actividad de la banda- siguió el procedimiento normal extendido y se valió de chicanas y de la ostensible protección política para dilatar la decisión.

    Defender y proteger al comerciante que paga impuestos, cumple normas laborales y compite lealmente no es una consigna ideológica, sino una condición básica para cualquier economía sana. Frente a la ostentación inexplicable de riqueza y a un historial plagado de graves irregularidades, la falta de mérito y liberación de estos personajes resulta inentendible como ofensiva.

    Fuente: La Nación

  • Ante el agravio gratuito y enajenante

    Ante el agravio gratuito y enajenante

    Hay palabras que, cuando se pronuncian desde el poder, pesan más que otras. No porque contengan necesariamente verdades convincentes, sino porque reflejan consigo la autoridad de quien las dice. Por eso, cuando desde el poder se habla con desmesura, no solo se agravia al destinatario directo del mensaje degradante; se desluce y compromete a la institución involucrada.

    El reciente ataque del presidente de la Nación contra columnistas políticos de este diario constituye algo muchísimo más grave que un episodio de mal tono. Es algo que lastima la sensibilidad ciudadana, traiciona tradiciones de la República e instala otro ejemplo deplorable para las jóvenes generaciones.

    Siempre tiene consecuencias nefastas la utilización del lenguaje injuriante desde el sitial jerárquico más alto del país. Dejará huellas que recogerá la historia sobre el comportamiento de los gobernantes de la época. Para peor, en esta hora el desmadre verbal del Presidente se halla desasistido de colaboradores que comprendan debidamente la gravedad de lo que ocurre y lo inviten a la mesura; por el contrario, algunos funcionarios se han contagiado con ese estilo violentamente exacerbado, dejando en ciertos casos por el camino el señorío que los había caracterizado en la actuación pública en el pasado.

    El presidente Javier Milei puede disentir abiertamente con las manifestaciones del periodismo. Puede criticar y refutar hasta con vehemencia lo que le venga en gana. Todo ello forma parte del debate democrático. Puede, incluso, llevar al periodismo ante la Justicia por la eventual violación de normas legales.

    Pero el insulto por momentos flagrantemente guarango es de un registro inaceptable para todo jefe de Estado. Tómese nota de la creciente consternación mundial por el comportamiento verbal inaudito del presidente de los Estados Unidos y la enojosa reacción que esto provoca en sociedades que han estado aunadas con el espíritu de progreso y el historial de respeto por las libertades públicas y las decisiones de la Justicia independiente de esa gran potencia de Occidente.

    En las figuras relevantes de respetados y laureados columnistas, como Joaquín Morales Solá y Carlos Pagni, concentramos el rechazo por cientos, miles de manifestaciones improcedentes contra el periodismo y los hombres y mujeres que lo encarnan que han hecho en 28 meses el Presidente y muchos de sus seguidores. La cadena persistente de insultos en que se han empeñado desde el 10 de diciembre de 2023 contra un periodismo al que “no odiamos lo suficiente” solo de tanto en tanto suscita una respuesta como la que hoy damos. Más que respuestas certeras a la catarata de desmadre verbales, ha habido, después de un primer tiempo de escarceos, un encogimiento de hombros. Terminó por prevalecer la fatiga en corregir lo que el tiempo y la reiteración parecen haber convertido en incorregible.

    El tipo de insultos que se han hecho con asombrosa vocación contra la prensa nunca podrá disuadir a un periodista de ley de cumplir con los principios de su oficio y, menos, descalificarlo ante la sociedad y los colegas. Dicterios de aquella índole pertenecen por su naturaleza al carácter de los bumeranes, cuya magia consiste en volverse contra el emisor. El periodismo ha dejado, así, en general que agotaran por sí mismos sus trayectorias, como el lidiador determina con su verónica que la embestida enceguecida de la fiera se agote en vano e impulsivo recorrido en la nada del espacio.

    El insulto tiene efectos paradójicos. Pretende disminuir al destinatario, pero termina reduciendo en términos morales a quien lo emite. El poder no se fortalece con el agravio; se debilita. La autoridad política descansa, en gran medida, en la dignidad de su ejercicio. Y cuando esa dignidad se abandona, el poder pierde altura, y se vuelve, de algún modo, más frágil.

    Es una pena que esto ocurra en los tiempos que vivimos; distrae sobre logros enormes conquistados por el Gobierno: control de la inflación en términos que se desconocían desde hacía muchos años, sujeción del déficit fiscal -algo que parecía imposible desde hacía largas décadas-; apartamiento de la política externa de las causas comunes con naciones descalabradas por la izquierda marxista o la intolerancia religiosa.

    Hay, por lo demás, una contradicción que no debería pasar inadvertida. El presidente de la República, que se define como libertario —como defensor de la más amplia libertad— debería ser el primero en proteger la libertad de expresión, incluso cuando le resulte incómoda o injusta en su ejercicio, y en promover la tolerancia y el debate democráticos. La confianza en las bondades de la libertad no consiste, por definición en limitarse a tolerar y potenciar las voces afines, sino en aceptar las que disienten.

    Hay algo más. El poder político es, por definición, transitorio. Quien hoy lo ejerce, mañana lo abandona. Las palabras, en cambio, quedan grabadas en la sociedad. Y el estilo que se instala desde el poder tiende al contagio de los menos asistidos por una cultura firme de convivencia civilizada.

    El insulto es un arma de doble filo. Quien la utiliza desde el poder olvida que cuando el poder cambie de manos, como ocurre tarde o temprano en los regímenes democráticos, los que vengan se hallarán con el hábito consagrado del uso de aquel instrumento. Las palabras que hoy se emplean para descalificar al adversario mañana podrán volverse contra quien las ha pronunciado.

    La fragilidad innata al poder de bases democráticas reside en la transitoriedad. La dignidad del cargo, en cambio, debería ser defendida como corresponde por su condición de inherente al espíritu del que ha sido dotado por el único contrato que aúna a los argentinos, la Constitución nacional. Esa dignidad no depende de la duración del mandato, sino de la compostura del comportamiento.

    Fuente: La Nación

  • Cumbre progresista, el tren fantasma mundial

    Cumbre progresista, el tren fantasma mundial

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    Hay palabras que, como ciertas monedas antiguas, siguen circulando aunque su valor haya sido profundamente erosionado. “progresismo” es una de ellas.

    La cumbre de líderes autodenominados progresistas celebrada en Barcelona hace pocos días ofreció un ejemplo casi pedagógico de ese fenómeno. Convocados bajo la bandera de un supuesto avance social, político y económico, los participantes se reunieron para discutir el futuro del mundo. O, al menos, para discutir una determinada idea del futuro.

    Formaron parte de la cumbre un grupo de jefes de Estado y de gobierno de cuatro continentes, entre ellos, el jefe de gobierno español, Pedro Sánchez; el presidente brasileño Lula da Silva; el colombiano Gustavo Petro; el sudafricano Cyril Ramaphosa, y la mexicana Claudia Sheinbaum. Como representante de la Argentina asistió el gobernador bonaerense Axel Kicillof, mientras que, de los Estados Unidos concurrió el gobernador de Minnesota Tim Walz, quien había formado tándem electoral con Kamala Harris en las últimas elecciones presidenciales de ese país.

    La pregunta, inevitable, es ¿qué experiencia concreta de progreso exhiben quienes se arrogan ese nombre? Si algo enseña la historia reciente es que muchos de los países gobernados por estas corrientes —como lo ha sido el nuestro durante la mayor parte de estos últimos años— han experimentado, más que un avance, un retroceso: deterioro institucional, empobrecimiento sostenido, aumento de la conflictividad y, en no pocos casos, una preocupante tolerancia hacia prácticas incompatibles con un Estado de Derecho.

    En ese contexto, la representación argentina adquirió un matiz particularmente incómodo, ya que esa delegación representa a un espacio político que ha sido, durante años, objeto de múltiples denuncias de corrupción, varias de las cuales han derivado en condenas judiciales. Además, el desempeño de sus personeros al frente del Poder Ejecutivo local ha sido lamentable.

    Cabe entonces preguntarse —sin ironía, aunque la tentación sea grande— cuál fue el grado de comodidad de los restantes participantes al compartir su mesa con los representantes argentinos, cuya trayectoria pública dista de ser un modelo de transparencia y eficacia. Más aún: algunos de los referentes de ese espacio han mantenido, posiciones de abierta simpatía hacia movimientos que recurrieron a la violencia política como herramienta de acción. Que ahora se hayan presentado como exponentes de un ideario democrático y progresista no deja de ser, cuanto menos, un ejercicio notable de elasticidad ideológica, una hilera de vagones en el tren fantasma de los fracasos.

    Otro rasgo más que llamativo de este encuentro han sido las declaraciones que esgrimieron. En ellas abundaron las fórmulas previsibles: justicia social, inclusión, igualdad, derechos. Palabras que, en abstracto, nadie podría objetar. El problema comienza cuando se confrontan esas declaraciones con la experiencia concreta de quienes las pronunciaron.

    La Argentina ofrece un ejemplo particularmente elocuente. Tras años de políticas inspiradas en ese ideario, el país no exhibe un tejido social más integrado, ni una economía más sólida, ni instituciones más robustas. Por el contrario: acumuló pobreza, inflación, desconfianza y una extendida percepción de impunidad.

    Frente a ese balance, la insistencia en presentarse como portadores de una visión superadora del orden existente resulta, por decirlo con delicadeza, poco convincente. O, si se prefiere, profundamente hipócrita.

    El problema no es que estas corrientes se reúnan. En una sociedad libre, todas las ideas tienen derecho a organizarse, debatir y proyectarse. El quid es la pretensión de superioridad moral que suele acompañarlas, como si el solo hecho de invocar ciertos valores bastara para acreditarlos.

    El progreso no se declama. Se construye. Y se construye con instituciones sólidas, con respeto por la ley, con transparencia en la gestión pública y con responsabilidad en el ejercicio del poder. Exactamente los atributos que, en demasiados casos, brillan por su ausencia en quienes hoy se presentan como sus abanderados.

    Quizás por eso estas cumbres resultan tan reveladoras. No por lo que dicen, sino por lo que ponen en evidencia. Cuando quienes han administrado el fracaso se reúnen para hablar de progreso, la palabra deja de ser una promesa. Se convierte en una pregunta incómoda.

    Fuente: La Nación

  • AFAgate: una maniobra tan vil como evidente

    AFAgate: una maniobra tan vil como evidente

    Quienes siguen con preocupación el accionar escandaloso de la dirigencia de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) que tiene como protagonistas principales a su titular, Claudio “Chiqui” Tapia, y a su tesorero, Pablo Toviggino, sospechan, que además de la complicidad de otros dirigentes de esa entidad, todo conduce al exgobernador de Santiago del Estero y actual senador nacional Gerardo Zamora.

    Por eso ya hace tiempo algunos denunciantes anticipaban que era probable que se intentara llevar las actuaciones a esa jurisdicción en procura de conseguir impunidad para sus latrocinios. Algunos ingenuamente podrán argüir que los expedientes tramitan en jurisdicción de la Justicia Federal, ignorando que, como sucede en numerosas provincias argentinas, los nombramientos de sus jueces suelen surgir de negociaciones oscuras entre gobiernos nacionales y gobernadores como es el caso de Santiago del Estero.

    Recientemente, el fiscal de esta provincia Pedro Simón solicitó la detención e inhibición de bienes de Tapia y Toviggino por la presunta constitución de una asociación ilícita, administración fraudulenta y lavado de dinero, tendiente a sustraerle fondos a la AFA. El pedido del fiscal revela multimillonarias maniobras financieras y patrimoniales de empresas ligadas al tesorero de la entidad madre del fútbol argentino. Entre otras cuestiones, la investigación da cuenta de que una empresa vinculada a Toviggino emitió 11 facturas de exportación por unos 650 mil dólares a favor de TourProdEnter, compañía a cargo de Javier Faroni radicada en Miami, contratada por la AFA para administrar y recaudar ingresos comerciales generados por la selección argentina en el exterior.

    Existe la sospecha de que el pedido de detención realizado por un fiscal como Simón, con fuertes lazos con el poder político santiagueño, podría ser una maniobra dirigida a unificar las causas penales contra Toviggino en la provincia, para lograr con más facilidad un sobreseimiento.

    El fiscal Simón, quien había sido legislador provincial por el justicialismo, solo obtuvo 40 puntos sobre 100 en el concurso celebrado en 2007 frente a dos candidatos que superaron los 90 puntos. Incluso el jurado dejó constancia del mal desempeño en el examen escrito tanto en el fondo del caso planteado como en su redacción y ortografía. Pero fue nombrado fiscal con el manejo posterior al examen en negociaciones entre el gobierno kirchnerista y el poder político santiagueño.


    En Santiago del Estero se conoce que el ascenso económico de Toviggino desde las calles como vendedor ambulante se debe solo a sus vínculos con el senador Zamora y a su incursión en negocios relacionados con el fútbol


    También los dos jueces federales de Santiago del Estero obtuvieron bajas calificaciones en los concursos, siendo superados en el caso del doctor Guillermo Daniel Molinari por 13 concursantes y por ocho en el del doctor Santiago Argibay. Este último, como presidente del Superior Tribunal de Santiago del Estero, declaró “inconstitucional” una cláusula de la Constitución provincial de 2005 que expresamente prohibía un tercer mandato consecutivo de Zamora como gobernador, en una muestra de servilismo. Finalmente, intervino la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que frenó el intento de reelección, y Zamora, con un concepto patrimonialista y nepotista del poder, hizo postular a su esposa, que carecía de antecedentes políticos.

    Precisamente el juez Argibay, quien debe resolver sobre el pedido del fiscal Simón, se negó a apartarse de la causa, pese a sus evidentes vínculos patrimoniales con Toviggino, a quien le vendió una propiedad que se habría escriturado por una valor de apenas el 10% del valor real de mercado.

    Será la Cámara Federal de Apelaciones de Tucumán la que deberá resolver si Argibay continúa o no al frente de la causa. Curiosamente, uno de los camaristas federales de Tucumán, Ricardo San Juan, estuvo vinculado a la AFA como integrante del Tribunal de Ética, al que renunció el mes pasado, y otro camarista, Fernando Poviña, es dirigente del Club Atlético Tucumán.

    En Santiago del Estero se conoce que el ascenso económico de Toviggino desde las calles como vendedor ambulante se debe solo a sus vínculos con el senador Zamora y a su incursión en negocios relacionados con el fútbol, donde se han producido desvíos de fondos millonarios.

    Sin duda el problema de la calidad académica, la independencia y los valores éticos de los integrantes de la Justicia es uno de los problemas más serios del país y que el gobierno nacional y el Consejo de la Magistratura no deberían minimizar a la hora de promover las designaciones de jueces.

    Por eso es necesario que la iniciativa de la Corte Suprema para reformar el sistema de selección de magistrados sea aprobada a la brevedad para evitar que quienes tengan menos méritos académicos lleguen a ocupar esos cargos por ser funcionales a las necesidades de impunidad de gobernantes y de gente apañada por el poder político.

    Fuente: La Nación