Categoría: Entrevistas

  • El fútbol como botín y la Justicia como garante de impunidad

    El escándalo que sacude a la AFA dejó hace rato de ser un asunto meramente deportivo. El dato más inquietante de los últimos días no es solo la magnitud del dinero desviado ni la obscena naturalidad con la que se movieron millones de dólares por cuevas, sociedades fantasmas y facturas truchas, según el resultado de las múltiples investigaciones en danza, sino el sospechoso cambio de jueces y la creciente sensación de que, detrás del telón judicial, opera una trama de encubrimiento, contubernio y connivencia política que tiene nombres propios rondando entre bambalinas: Sergio Massa, Gerardo Zamora y Pablo Toviggino.

    La intervención del Poder Judicial en esta historia no es neutra ni casual. En pocas semanas se resolvieron conflictos de competencia que alteraron el rumbo de investigaciones sensibles. En La Plata, la Cámara Federal decidió apartar al juez Luis Armella, quien había avanzado con allanamientos y otras medidas de prueba relevantes, para trasladar la causa al cuestionado Federico Villena. Armella había puesto el foco en la AFA, los intermediarios y el empresario Javier Faroni, estrechamente ligado a Massa. El desplazamiento no puede leerse como un mero tecnicismo procesal. En la Argentina real, estos movimientos suelen marcar el inicio de un proceso de licuación de responsabilidades, o sea, del camino a la impunidad.

    Villena no es un magistrado más. Sus relaciones políticas son conocidas y, aunque nadie puede afirmar de antemano el resultado de un expediente, la experiencia indica que esos vínculos siempre han pesado en nuestro país. En el sur del conurbano se perfila un cerco de contención política en el que confluyen jueces, intendentes, abogados influyentes y empresarios del dinero informal. La presencia de figuras como Martín Insaurralde, su entorno y los nexos con Sur Finanzas refuerzan la sospecha de una arquitectura diseñada para evitar a la Justicia. No es una prueba judicial, pero sí un indicio político grave, serio y concordante.

    El mismo patrón se repite en el norte del conurbano. La Cámara Federal de San Martín apartó al magistrado Marcelo Aguinsky quien ya envió al juzgado de Campana el expediente por la lujosa quinta de Pilar que está valuada en 17 millones de dólares y es vinculada a la AFA. El titular de ese juzgado -pedido por los supuestos testaferros- es Adrián González Charvay, un hombre ligado a dirigentes de la AFA, de vínculos con Massa y con intendentes como Ariel Sujarchuk, de Escobar, y Federico Achával, de Pilar, precisamente donde está ubicada la quinta bajo investigación

    La denuncia del dirigente Matías Yofe sobre intimidaciones, allanamientos selectivos y una red de corrupción municipal aporta un elemento tan perturbador como inaceptable: que la justicia no solo investiga, sino que también puede ser utilizada como herramienta disciplinadora. Ese uso es, sencillamente, inaceptable.

    En el centro de esta trama aparece un gigantesco negocio estructural alrededor del juego. Fútbol y apuestas forman hoy un binomio inseparable, con una dimensión formal y otra mucho más vasta, llevada adelante en penumbras. En los clubes chicos del conurbano, la informalidad es la regla, no la excepción. Allí, el rol de los árbitros designados por la AFA se vuelve decisivo. Toviggino -tesorero de esa entidad e imputado en la causa judicial iniciada por la ARCA por retención indebida de tributos por unos 19.000 millones de pesos- no es un personaje secundario de esta oscura trama; es el administrador de ese poder. Cuando se observa que los mismos actores políticos gravitan en el juego, en el fútbol, la política y en la Justicia, la palabra “mafia” deja de ser una exageración retórica.

    Los vínculos personales, políticos y económicos son demasiado visibles. La relación de Massa con Toviggino, con Faroni y con un conjunto de operadores que hicieron carrera al calor del poder no es un secreto. Resulta difícil creer que contratos millonarios, intermediaciones opacas y sociedades radicadas en Paraguay o Miami hayan prosperado sin protección política. Más aún cuando esos mismos circuitos fueron mencionados en el pasado en operaciones vinculadas a aviones privados, viajes de lujo y empresarios del círculo del ex candidato presidencial.

    Las mismas cuevas que hoy se investigan habrían sido claves para aprovechar la enorme brecha cambiaria durante la gestión de Massa como ministro de Economía de Alberto Fernández. No se trata solo de corrupción deportiva, es un sistema. Y, frente a ese sistema, el silencio de buena parte de la dirigencia futbolística, política y empresaria resulta tan elocuente como vergonzoso. Salvo excepciones aisladas, nadie explica cómo se vaciaron las arcas de clubes que, obviamente, pertenecen a sus socios.

    La dimensión internacional añade presión. La FIFA, los Estados Unidos y la disputa por los derechos de televisación del Mundial de Fútbol colocan a la Argentina bajo observación. El tiempo judicial parece estar dosificado, a la espera de calendarios deportivos. Pero la Justicia que espera y especula deja de ser justicia y se convierte en encubrimiento e impunidad.

    No puede seguir tolerándose que el fútbol -pasión popular y negocio multimillonario- sea administrado como un feudo protegido por jueces amigos y políticos influyentes. Los escandalosos cambios de magistrados, las relaciones cruzadas y el silencio cómplice configuran un cuadro nefasto. Urge una investigación independiente y profunda, sin favoritismos ni atajos. Todo lo demás es connivencia. Y, como sociedad, sabemos muy bien adónde conduce.

    Fuente: La Nación

  • Imputabilidad de los menores: la edad no puede ser una coartada

    El asesinato del adolescente Jeremías Monzón, en Santa Fe, obliga a detenerse en una realidad muchas veces comentada, pero sobre la que poco o nada se ha hecho. Jeremías tenía 15 años y fue atacado con una ferocidad que hiela la sangre. Tres menores de edad le asestaron 20 puñaladas y uno de ellos hasta llegó a filmar la escena. Ese crimen no solo expuso un nivel de violencia extrema, sino también una falla estructural del sistema. Dos de los atacantes recuperaron rápidamente la libertad amparados en su inimputabilidad. Para la familia de la víctima y para una sociedad golpeada por el delito, la respuesta estatal resultó tan insuficiente como incomprensible.

    Hacia fines de 2024, otro caso encendió las alarmas. Un menor de 16 años fue apresado en Recoleta por un intento de hurto. Era la detención número 72 desde que había comenzado su carrera delictiva, a los 13. Setenta y dos ingresos por comisarías en apenas tres años, con la certeza de que, por su edad, siempre volvería a la calle. No se trata de episodios aislados, sino de síntomas de descomposición de un régimen que fracasó tanto en prevenir como en reeducar.

    Anteayer, el gobierno nacional anunció que insistirá con la reforma del régimen penal juvenil, que incluye la baja 13 años de la edad de imputabilidad, que hoy es de 16 años. Con ese objetivo, habilitó el tema para ser tratado durante la extensión del actual período de sesiones extraordinarias, a partir del 2 del mes próximo. La iniciativa toma como base un dictamen de la Cámara de Diputados, que el año pasado contó con el respaldo de La Libertad Avanza, Pro, la UCR e Innovación Federal, con acompañamientos parciales de otros bloques y el rechazo frontal del kirchnerismo, que volvió a refugiarse en una lectura abolicionista e ideologizada del derecho penal.

    Conviene despejar, desde el inicio, algunas confusiones deliberadas. Bajar la edad de imputabilidad no equivale a “meter presos a chicos” ni a desconocer su condición de personas en formación. Lo que está en debate es si el Estado puede seguir renunciando a intervenir penalmente frente a delitos graves cometidos por adolescentes que ya distinguen perfectamente entre el bien y el mal y que, muchas veces, son utilizados por adultos como mano de obra del crimen organizado. La inimputabilidad absoluta no protege a esos menores, sino que los somete a un circuito de violencia, reincidencia y muerte temprana.

    Muchos de quienes se oponen a bajar dicha edad lo fundamentan en que no debería aumentarse el castigo cuando el propio Estado se ha desentendido de brindarles amparo, comida y educación a edades tempranas. Se preguntan qué soluciones se les acercó a las familias de esos chicos para que los contuvieran, y se rasgan las vestiduras porque la escuela ha dejado en muchos casos de ser socia de los padres en la tarea de educar, habiéndose fomentado incluso la pérdida del respeto a la autoridad y a las reglas de la vida comunitaria. Resulta curioso que quienes ahora se hacen todas esas preguntas no se las hayan formulado durante los gobiernos que condujeron -o con los que simpatizaban- y que tanto han profundizado esas graves carencias.

    Huelga decir que la prevención debe ocupar un lugar central. Está claro que ninguna reforma penal será suficiente si no se refuerzan las políticas de contención familiar, de permanencia en el sistema educativo y de transmisión de valores básicos. Un chico fuera de la escuela, sin adultos responsables y rodeado por el delito y la droga tiene pocas oportunidades de elegir otro camino. El Estado llega tarde si solo aparece con el patrullero o con el juez.

    El dictamen parlamentario hoy vigente propone un régimen penal juvenil diferenciado, con garantías de debido proceso y la privación de la libertad como último recurso. Prevé sanciones alternativas para delitos menores y penas efectivas solo para hechos de extrema gravedad, con topes claros y en establecimientos especializados, separados de los adultos. Lejos de un esquema meramente punitivo, el proyecto apunta a construir un sistema que hoy no existe.

    Nadie duda que el encierro, mal concebido, puede convertirse en una escuela del delito. Las cárceles de adultos son prueba de ello. Precisamente por eso, la discusión no puede agotarse en la edad de imputabilidad. Nuestro país necesita institutos juveniles adecuados, con personal capacitado, educación obligatoria, formación en oficios y acompañamiento psicológico y familiar. La Constitución nacional es clara al señalar que las penas deben tener como finalidad la resocialización. Ese mandato vale también -y muy especialmente- para los menores de edad.

    Tan equivocada como la lógica del castigo vacío es la del abolicionismo. El Estado no puede permanecer de brazos cruzados mientras adolescentes con profusos antecedentes siguen delinquiendo sin límite alguno. No hay derecho humano más básico que el de las personas a no ser atacadas ni política social más cínica que la que confunde comprensión con impunidad.

    El debate que se abre en el Congreso es una oportunidad para abandonar consignas y abordar el problema con seriedad. Reconocer que el régimen vigente fracasó no implica renunciar a la mirada humanista, sino recuperarla. Proteger a la sociedad, evitar nuevas víctimas como Jeremías Monzón y ofrecer a esos menores una verdadera posibilidad de reinserción no son objetivos contradictorios. Son las dos caras de una misma responsabilidad pública.

    Fuente: La Nación

  • Polémico Consejo de la Paz: ¿nuevo organismo internacional?

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    Uno de los desafíos más acuciantes de estos tiempos radica en la construcción de un orden internacional en medio de extremismos ideológicos, disrupción tecnológica y proliferación de conflictos. Por lo que, desde hace varios años, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) transita un proceso de reforma, inconcluso, con vistas a poder adaptarse a las nuevas realidades de este siglo.

    En este contexto, toda ingeniería institucional internacional para ser efectiva y duradera debe sustentarse tanto en la legalidad -respeto por el derecho internacional- como en la legitimidad, es decir, que sea aceptada por todos o la gran mayoría de los países.

    En cambio, iniciativas basadas en intereses personales o parciales difícilmente cumplan con el propósito de consensuar las voluntades de la gran mayoría de los 193 países que hoy conforman el escenario global.

    El 17 de noviembre de 2025, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó la resolución 2803 haciendo suyo el Plan integral para poner fin al conflicto de Gaza, que contemplaba el establecimiento de una Junta de paz, mecanismo administrativo de transición con personalidad jurídica internacional.

    La Administración de los Estados Unidos concurría entonces al Consejo de Seguridad en busca de la necesaria legitimidad que, en materia de mantenimiento de la paz y seguridad internacionales aún otorga una resolución de dicho órgano de la ONU.

    Ahora bien, la creación del Consejo para la Paz a instancias del presidente Donald Trump exige una análisis responsable y sereno, ya que la finalidad última de la propuesta va más allá de lo aceptado en el marco de aquella resolución.

    En la invitación remitida a unos 60 jefes de estado se señala que se buscara establecer un organismo internacional de consolidación de la paz, más ágil y eficaz, con lo que probablemente se intente suplantar el papel del Consejo de Seguridad como responsable primario del mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.

    Estamos pues ante una iniciativa del presidente Trump, fuertemente criticada por su impronta personal, para que jefes de Estado o de gobierno adhieran a un mecanismo internacional, una suerte de grupo de ideas afines, pero con visos de organismo internacional, diseñado en forma unilateral, sin consultas ni acuerdos previos, con las consiguientes consecuencias políticas y jurídicas.

    A diferencia de los largos procesos de negociación y de construcción de consensos que en su momento confluyeron en la creación de Sociedad de las Naciones, creada en 1919, y más importante aún la Organización de las Naciones Unidas, en 1945, el Consejo para la Paz recuerda la cásica sentencia de Tucídides: “Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”.

    Otro elemento que llama la atención es el esquema de financiamiento presupuestario. A diferencia de la ONU, que se sustenta con un presupuesto basado en una escala de cuotas con índices acordados por toda la membresía, la participación en el Consejo de la Paz seria sobre la base de un aporte fijo, sin la necesaria responsabilidad, transparencia y rendición de cuentas en cuanto a su utilización. Por otra parte, el estatuto del Consejo que ya circula otorga un poder extraordinario a Trump.

    El sistema multilateral creado hace 80 años debe ser adaptado a las necesidades y realidades del siglo XXI para garantizar su efectividad al servicio del bienestar, paz, desarrollo y libertad de “nosotros los pueblos”, palabras iniciales del preámbulo de la Carta de la ONU.

    Este proceso diplomático ya esta en curso y debe ser realizado por los 193 países miembros, con una mayor responsabilidad por parte de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad: China, Francia, Rusia, el Reino Unido y los Estados Unidos. Solo así se podrá reformar la ONU, en legalidad y con la necesaria legitimidad que le dé sustento para su efectivo funcionamiento.

    El presidente Javier Milei ha firmado el acta constitutiva del Consejo de la Paz, sin que tal decisión haya transitado los procedimientos diplomáticos internos correspondientes.

    Cabe entonces preguntar si, tal como señala el propio presidente de los Estados Unidos, la intención es crear un organismo internacional, ¿tendrá nuestro Congreso nacional la oportunidad y decisión de aprobar dicho Consejo de la Paz, tal como lo estipula el artículos 75 inciso 22 de la Constitución nacional respecto de los tratados internacionales?

    Fuente: La Nación

  • PJ bonaerense: cambiar para que nada cambie

    l 15 de marzo próximo se realizará la elección en el Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires para definir el nuevo presidente de esa estructura, hoy liderada por Máximo Kirchner. El hijo de la expresidenta Cristina Kirchner, resistido internamente y sin votos propios, pondrá en juego un sitial sin ninguna relevancia para el público en general, pero clave para dirimir las peleas intestinas por los puestos en las listas de candidatos justicialistas. Se trata de una clara disputa por el control de la “lapicera” y del poder en el corazón del peronismo: el territorio bonaerense.

    En momentos de especulaciones sobre nombres para conducir el partido a nivel provincial, la contienda electoral no ofrece novedades que permitan avizorar que el peronismo vaya a aprovechar la oportunidad para transformarse en una fuerza verdaderamente democrática en vez de seguir siendo un nepotista coto de caza, sin renovación alguna y con ideas vetustas y estrepitosamente fracasadas.

    El 8 del mes próximo es el plazo límite para la presentación de candidatos. Si bien el escenario es de fuerte enfrentamiento entre Máximo Kirchner y el gobernador Axel Kicillof, no se puede descartar que, como en ocasiones anteriores, el peronismo anude una unidad a los ponchazos intentando disimular la pelea de egos y de poder que lo desangra, entre los discípulos de Cristina Kirchner y su expupilo predilecto, Kicillof.

    Por otra parte, resulta interesante recordar que, en sus elecciones internas, el peronismo suele dar de baja listas incómodas por cuestiones formales, como la escasez de avales o datos faltantes en las planillas de inscripción, solo con el fin de evitar que se realicen elecciones que puedan incomodar al cacique político de turno. Eso pasó cuando el caudillo riojano Ricardo Quintela (recordado por actitudes como la de repartir dinero en efectivo a los electores de su provincia antes de las elecciones de 2023) intentó enfrentar a Cristina Kirchner en internas del PJ nacional, en un caso que escaló hasta la Justicia. En otras ocasiones, las respectivas juntas electorales partidarias descartaron listas para eludir internas de legisladores de todos los niveles.

    En el hipotético caso de que no hubiera lista única, las alternativas que ofrece el peronismo provincial son nombres repetidos de un fiasco consumado. La sola posibilidad de que Máximo Kirchner intente la reelección exime de mayores comentarios. Su nula capacidad política ha quedado demostrada en el Congreso. Las alternativas del camporismo, según se especula, son intendentes como Leonardo Nardini, de Malvinas Argentinas, alineado con Cristina Kirchner y presidente de la junta electoral partidaria, o Federico Otermín, de Lomas de Zamora, vinculado a Máximo Kirchner y, sobre todo, al exintendente de ese distrito Martín Insaurralde, un escandaloso personaje investigado por sus gastos fastuosos cuando era jefe de Gabinete provincial. Nada positivo puede surgir de estas siniestras opciones.

    El sector de Kicillof admite tener como opción principal para intentar presidir el PJ provincial a la vicegobernadora Verónica Magario. La también titular del Senado bonaerense es, junto a Fernando Espinoza, la referente del peronismo en La Matanza, donde se han alternado el gobierno en los últimos casi 20 años (desde 2007, Espinoza tuvo cuatro mandatos y Magario, uno). La Matanza, el distrito más relevante electoralmente de la provincia, es un territorio arrasado por la inseguridad y la droga y nulo en cuanto a crecimiento. Años de peronismo lo hundieron en una dinámica en la que se siguen imponiendo la pobreza y la marginalidad.

    Como ya hemos dicho desde este espacio editorial, es impensable que el peronismo pueda volver a disputar el gobierno nacional mientras siga compuesto por una dirigencia envuelta en prácticas corruptas, que en algunos casos ya han derivado en condenas efectivas, como la que Cristina Kirchner purga en un departamento del barrio porteño de Constitución. La elección del PJ bonaerense será solo un capítulo más en la larga saga de disputas de poder en el partido. Los referentes del peronismo, si en verdad están preocupados por refundar su fuerza, deberían pensar cómo hacerlo con vistas a transformarla en un moderno instrumento positivo en la construcción de un país mejor. De lo contrario, seguirá siendo una pesadísima ancla que obstaculiza el desarrollo de la Argentina.

    Fuente: La Nación

  • Modernización laboral, hacia una política de Estado

    Una vez más, el debate por una nueva ley laboral gana espacio en la agenda pública mientras se acerca la fecha en la cual el Gobierno busca que el proyecto enviado al Congreso a fines de 2025 llegue al recinto del Senado de la Nación.

    Más allá de la cuestión crucial del debate en ciernes, vale hacerse una pregunta clave: ¿por qué la Argentina necesita una modernización de la normativa sobre el mundo del trabajo?

    La estadística puede aportar datos que nos aproximen a la respuesta, o al menos a parte de ella. Según un índice elaborado por el Indec, casi la mitad de quienes trabajan, como asalariados o por cuenta propia, lo hacen de manera informal. Son personas que no están al amparo de la legislación ni cuentan con aportes para acceder a una jubilación en el futuro. Y esa es una realidad persistente, para nada novedosa.

    Si se analiza qué ocurre en el segmento del trabajo registrado, se observa que el número de asalariados en el sector privado fue en octubre de 2025 -último dato disponible del Sistema Integrado Previsional Argentino– apenas el 2,4% más alto que en ese mismo mes de 2013. Durante los 12 años comprendidos entre una fecha y la otra, la cantidad de ocupados bajo relación de dependencia tuvo leves altas o bajas, según el período que se analice. Esta dinámica es la que lleva claramente a concluir que hay un estancamiento de la ocupación formal en la economía que desarrollan los actores privados. Incluso, si la comparación se hace tomando como referencia octubre de 2025 contra 2015, en el mes más reciente había menos empleados que en el más lejano en el tiempo.


    Urge lograr un equilibrio entre el derecho a litigar y la razonabilidad en los reclamos, tanto con relación a las causales como a los montos que la Justicia ordena pagar


    Es cierto que en el período considerado el país no tuvo un comportamiento destacado en cuanto a su actividad económica. Pero, a la vez, es un hecho que hay cuestiones innegables que llevan a emprendedores y empresarios a frenar contrataciones de trabajadores: desde los costos por las contribuciones sociales –que tienen su contraparte, como el pago de jubilaciones y pensiones o la atención de la salud-, hasta los juicios contingentes.

    Urge, respecto de este último punto, lograr un equilibrio entre el derecho a litigar y la razonabilidad en los reclamos, tanto en relación con las causales como respecto de los montos que las sentencias judiciales ordenan pagar.

    Según los últimos datos de entidades que miden este tan creciente como preocupante fenómeno, hay otro dato importante que confirma esta anomalía: apenas el 55% de lo que desembolsan las empresas cuando pierden un juicio laboral llega efectivamente al empleado, mientras que el resto se destina a gastos y honorarios judiciales. Está claro el cúmulo de intereses que sustentan esta “industria”, alimentada incluso por jueces que se han transformado en parte del problema y no de la solución.

    No son pocos los casos en que las decisiones de la justicia laboral provocan el enriquecimiento de quien demanda –un enriquecimiento que excede y por mucho la necesaria reparación, en caso de daños probados-, a la vez que pone en riesgo la continuidad de las fuentes de trabajo de otras personas. Hay empresas que deben evaluar su continuidad o no, a partir de resoluciones judiciales que las perjudican.

    Ante la pregunta sobre los motivos para una modernización laboral, hay también otros temas que se encaminan hacia la respuesta. La necesidad de las empresas de adaptarse a nuevos modelos productivos, las modificaciones en las expectativas de quienes trabajan y las tecnologías más jóvenes, como la inteligencia artificial, nos interpelan como sociedad de manera constante.

    En ese contexto, la legislación puede y debe ayudar permitiendo esquemas que sean flexibles, que incentiven las negociaciones entre las partes de las relaciones laborales y que resulten adaptables a las diferentes actividades –algunas de ellas, de reciente aparición y otras que ni siquiera existen aún-, y a los distintos tamaños de las unidades productivas.

    Una normativa del mundo del trabajo adaptada a los tiempos que corren es imprescindible para que puedan crearse y mantenerse puestos y para que haya respuestas a las necesidades de los empleadores sin dejar de considerar derechos de los trabajadores.

    Claramente, no es la única reforma que hace falta para que la economía argentina recupere competitividad. Por ejemplo, están pendientes, sin que admitan demoras, mejoras en materia fiscal y en logística.

    En cuanto a lo fiscal, el proyecto de reforma laboral del Gobierno tiene varias medidas que impactarían en un alivio para las empresas. Sin embargo, el texto del dictamen de mayoría de las comisiones del Senado incorporó una cláusula, con la que se pretende conseguir que las medidas con impacto en las cuentas públicas no rijan de forma inmediata al aprobarse la ley, sino desde el momento en que lo decida el Ministerio de Economía, en función de los resultados fiscales. Si se aprueba ese artículo, no habría una fecha concreta para la reducción de las cargas fiscales. El tema, por otra parte, es conflictivo en cuanto a la relación entre Nación y provincias, porque la menor recaudación de impuestos coparticipables derivada de algunas medidas previstas, reduciría los recursos que se envían automáticamente a las jurisdicciones.

    En la posible postergación de la vigencia se incluye la creación del Fondo de Asistencia Laboral (FAL), pensado para afrontar el costo de las desvinculaciones laborales, que se financiaría con una contribución del 3% de la masa salarial. Al cumplir con esa obligación, los empleadores se verían compensados con una rebaja de igual magnitud en la contribución con destino al sistema de la seguridad social.


    La legislación debe tender a esquemas que sean flexibles, que incentiven las negociaciones entre las partes y que sean adaptables a las diferentes actividades y tamaños de las unidades productivas


    No hay dudas sobre la necesidad de una nueva ley laboral pensada como política de Estado. En los próximos días conoceremos si el objetivo se empieza a lograr y, en caso afirmativo, con qué contenidos. En el actual contexto, lo esperable es que haya una combinación de lo considerado ideal por el sector empresario y de lo que resulte políticamente viable.

    Se escuchan por estas horas interesadas y no siempre fundamentadas afirmaciones en contra de este tipo de reforma. No se trata, como equivocadamente se plantea desde algunos sectores de la oposición y del sindicalismo, de quitarles derechos a los trabajadores, sino todo lo contrario. Como ya hemos dicho desde estas columnas, no habrá mayor beneficio para el trabajador que la creación genuina de más fuentes de empleo, que además de un ingreso le ofrezcan la protección social que hoy le niega la informalidad.

    El proyecto oficial cuyo debate el Congreso retomará el 2 del mes próximo, busca ser una respuesta a la dramática situación que padecen más de 9 millones de trabajadores informales en nuestro país.

    Urge que todos comprendamos que sin empresas no hay empleo y que sin seguridad jurídica no habrá inversiones productivas.

    Fuente: La Nación

  • Inaceptable privación de justicia en Santa Cruz

    Un poder judicial cooptado por la política, una parte de los jueces supremos que acaban de aumentarse el sueldo por lo que cobrarán mensualmente 24 millones de pesos y una resolución de la Corte nacional que sigue siendo desoída por la Legislatura. Así está hoy la provincia de Santa Cruz: asfixiada por el tan poderoso como nefasto resabio kirchnerista a pesar del cambio de timón decidido por el electorado.

    Un diputado nacional que responde al gobernador Claudio Vidal volvió a reclamar la intervención federal al Poder Judicial. En Santa Cruz, el viejo feudo sigue privando a la población de justicia.

    La crisis judicial es profunda y presenta ribetes escandalosos. Es el reducto que ha blindado el kirchnerismo durante tres décadas para seguir con sus fechorías, resiste con vehemencia y desfachatez los intentos de reforma impulsados por el gobernador Vidal.

    La controversia más reciente y de mayor impacto se centra en la ampliación del Tribunal Superior de Justicia (TSJ). Mediante una ley promovida por Vidal, se incrementó el número de sus integrantes de cinco a nueve. A partir de ello, se desencadenó en la provincia una batalla legal y política sin precedentes.

    Cuatro meses después de sancionada la norma, los vocales identificados con el kirchnerismo, que conforman la mayoría del tribunal original, declararon la inconstitucionalidad de la ampliación.

    El fallo del TSJ, emitido en diciembre pasado en respuesta a una acción de inconstitucionalidad presentada por la Asociación Gremial de Empleados Judiciales “3 de julio” argumenta que la reforma fue acelerada, invadió la independencia judicial y no contempló partidas presupuestarias para los nuevos nombramientos.


    Dado el largo historial de la provincia de Santa Cruz en el desconocimiento de fallos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, quizá esté próximo el momento en que no haya otra alternativa que apelar al remedio de la intervención federal de esa rama del gobierno provincial, severa y gravemente politizada


    La sentencia, firmada por los vocales Paula Ludueña Campos, Alicia de los Ángeles Mercau, Fernando Basanta, Reneé Fernández y la subrogante Romina Saúl, declaró, además, la nulidad absoluta de todos los actos dictados tras la ley de reforma, incluyendo la designación y jura de los nuevos vocales impulsados por el gobierno de Vidal. Son los mismos vocales que no dudaron en aumentarse el sueldo un 42% acumulativo hasta octubre, lo que llevará, en algunos casos, a que cobren 24 millones de pesos mensuales.

    Esa declaración de inconstitucionalidad pretende tener efectos retroactivos y generales, invalidando todos los actos dictados y restableciendo la plena vigencia de la norma previa a la reforma. Esto significa que las designaciones como vocales de los doctores José Antonio González Nora, Sergio Edgardo Acevedo, Juan Lucio Ramón De la Vega y Gabriel Contreras Agüero fueron declaradas sin eficacia jurídica. Aun antes del fallo, y pese a haber jurado en el cargo, el TSJ se negó a pagarles sus sueldos como jueces. Como si eso fuera poco, los nuevos vocales denuncian que los acólitos de Cristina Kirchner en el tribunal los maltratan: les ponen condiciones absurdas para ingresar al edificio. Un abuso de poder, destrato y pésima educación.

    A la situación de gravedad institucional que exhibe a través de sus pronunciamientos el alto tribunal provincial debe sumarse otra reciente: cuando los jueces afectados por la declaración de nulidad de sus nombramientos buscaron la intervención de la Corte federal por vía del recurso extraordinario, la Presidencia del STJ ordenó, por su único voto, el desglose de dicho recurso, sin darles intervención a las otras partes del conflicto, como ordena la ley.

    Esta grave anomalía fue remediada rápidamente por la Corte Suprema nacional, la cual dispuso a fines del año pasado declarar la “inexistencia” de aquella resolución, haciendo notar que era indispensable que se observen los recaudos legales que permiten el acceso de los litigantes a esa última instancia de nuestro sistema judicial.

    El Poder Ejecutivo Nacional haría muy bien en monitorear cómo responde el Superior Tribunal provincial a esta admonición del máximo órgano judicial de la Nación. Dado el largo historial de la provincia de Santa Cruz en el desconocimiento de fallos de la Corte Suprema, quizás esté próximo el momento en que no haya otra alternativa que apelar al remedio extremo de la intervención federal de esa rama del gobierno provincial, severa y gravemente politizada.

    Hace apenas unos días, el diputado nacional José Luis Garrido, que llegó a la banca por Somos Energía para Renovar Santa Cruz (SER), el partido fundado por el gobernador Vidal, reiteró el pedido de intervención al Poder Judicial que había presentado en el Congreso en octubre pasado, cuando los cuatro vocales cercanos al kirchnerismo desconocieron la reforma de la ley de ampliación.

    La deleznable resistencia del Poder Judicial provincial se inscribe en una larga historia de subordinación total al poder político. El caso de Eduardo Sosa es emblemático de esta dinámica. Treinta años después de haber sido desplazado de su cargo de procurador general de Justicia mediante una reforma impulsada por Néstor y Cristina Kirchner, Sosa podría ser restituido por una iniciativa de Vidal. La Corte Suprema de Justicia de la Nación ordenó en numerosas oportunidades su reposición, pero los sucesivos gobiernos kirchneristas desoyeron los fallos, convirtiendo a Santa Cruz en el laboratorio de un modelo político en el que la Justicia debía responder ciegamente al Poder Ejecutivo.

    Néstor Kirchner llegó a encabezar un multitudinario acto para oponerse a la orden de la Corte, denunciando una supuesta intervención federal. El propio Sosa, quien mantuvo una digna actitud durante décadas de destrato e injusticias, expresó su voluntad de “aportar algo constructivo”. En opinión de Vidal, el proyecto para reinstaurar el cargo de procurador general busca saldar una deuda histórica de la provincia y restablecer la plena vigencia de la supremacía constitucional gravemente menoscabada por el incumplimiento de mandatos judiciales. Sin embargo, hasta ahora, la restitución de Sosa no logró avanzar en la Legislatura local.

    Otro ejemplo que ilustra la profunda injerencia política en la Justicia es el del vocal Fernando Basanta, nombrado por la exgobernadora Alicia Kirchner, en 2022. Amigo de Máximo Kirchner y exministro de Gobierno de la propia Alicia Kirchner, fue cuestionado por no cumplir con el requisito de los seis años en el ejercicio de la abogacía. A pesar de ello, su pliego fue aprobado por la mayoría kirchnerista en la Legislatura. La Asociación de Abogados de Río Gallegos llegó a la Corte provincial en reclamo del nombramiento irregular y esta demoró tres años en rechazar el recurso de Casación. Ahora, hace otro tanto con la resolución del recurso extraordinario federal, presentado por los abogados del fuero. El abogado Sergio Macagno presentó un pedido de juicio político contra Basanta, que derivó en su suspensión en el cargo y una reducción del 50% de su sueldo durante un mes, pero el oficialismo provincial no contó con la mayoría en la Sala Juzgadora y se frustró su remoción.


    El kirchnerismo santacruceño, ahora en la oposición, tiene el caradurismo de denunciar persecución. Se trata de una gran paradoja, ya que fue ese sector político el que, durante 30 años, manipuló la Justicia, ignoró los fallos de la Corte Suprema nacional y disciplinó a los jueces que no se alineaban políticamente con ese sector


    Entre otros casos escandalosos blindados por el kirchnerismo a cualquier investigación judicial se pueden mencionar los del exvicegobernador de Alicia Kirchner, Eugenio Quiroga, denunciado por transferencias indebidas de caudales públicos; el de la exesposa de Máximo Kirchner, Rocío García, con denuncias por irregularidades en la administración de un hospital; el del actual intendente kirchnerista de Río Gallegos, Pablo Grasso, con denuncias por facturaciones apócrifas en el Instituto de Desarrollo Urbano y Vivienda (IDUV) y la del cura y ahora diputado nacional por el kirchnerismo, Juan Carlos Molina, denunciado por irregularidades en el manejo de subsidios. Se suma también el caso del juez Marcelo Bersanelli, vinculado con una denuncia por contrataciones millonarias irregulares mientras fue subsecretario de gestión en el Ministerio de Salud de la provincia.

    En esencia, es la misma justicia provincial que archivó sin investigar los más de 1100 millones de dólares que el entonces gobernador Kirchner depositó en el exterior y utilizó a discreción sin rendir cuentas, así como el uso del avión sanitario con fines electorales, la escandalosa venta de terrenos fiscales a 7,50 pesos en El Calafate a la familia Kirchner y sus funcionarios, y es la misma Justica que no inició ninguna causa que involucrara la figura de la expresidenta Cristina Fernández por la presunción de lavado de dinero en sus hoteles o sus vínculos con Lázaro Báez, quienes serán juzgados por tribunales porteños, no santacruceños.

    Durante el año que acaba de finalizar, fue el propio gobernador Vidal quien denunció un golpe judicial en Santa Cruz, apuntando directamente a Cristina y a Máximo Kirchner. Según Vidal, ambos siguen dominando la escena a través de sus operadores judiciales Basanta y Bersanelli, en tanto que calificó al Poder Judicial como un sector más de la política opositora. “La justicia fue cómplice de mucho robo en la provincia”, afirmó. Esta acusación se dio en el contexto de la decisión del juez Bersanelli (exabogado de Cristina Kirchner, valga recordarlo) de hacer lugar al amparo del gremio judicial que derivó en la inconstitucionalidad de la ley de ampliación de la Corte.

    En este intrincado laberinto, el kirchnerismo, ahora en la oposición, tiene el caradurismo de denunciar persecución y advierte sobre el peligro de una justicia intervenida. Se trata de una gran paradoja, ya que fue ese sector político el que, durante 30 años, manipuló la Justicia, ignoró los fallos de la Corte Suprema nacional y disciplinó a los jueces que no se alineaban políticamente con ese sector.

    La historia de la Justicia santacruceña es un recordatorio de cómo la injerencia política puede erosionar los cimientos de la independencia de poderes, transformando una de las ramas del Estado en un reflejo de los intereses del gobierno de turno. Esta situación plantea un desafío fundamental para la forma republicana de gobierno, en la que la división de poderes es esencial para garantizar la justicia y la rendición de cuentas.

    Fuente: La Nación

  • El costo de las expensas sigue siendo un problema

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    Si bien el incremento de las expensas en edificios de propiedad horizontal concluyó en 2025 en niveles cercanos a los de la inflación del mismo período, su costo continúa representando un problema para un gran número de familias.

    Según el relevamiento que efectúa la plataforma Consorcio Abierto, que incluye a 13 mil consorcios, las expensas promedio en la ciudad de Buenos Aires fueron de 313.179 pesos en noviembre último, lo cual refleja un aumento interanual del 31,1%, muy semejante al que proyecta el incremento del índice de precios al consumidor en igual lapso. La provincia de Buenos Aires, en cambio, mostró en el mismo período expensas promedio de 147.977 pesos, con una suba interanual del 50,1%. En Córdoba, llegaron a 129.511 pesos, con un aumento interanual del 44,7%, y en Santa Fe alcanzaron los 120.783 pesos, con un alza del 36,6% en los últimos 12 meses.

    Uno de los mayores problemas sigue residiendo en la morosidad. De cada 100 departamentos de CABA y el distrito bonaerense, hay 17 que adeudan el pago de las expensas, de acuerdo con el mencionado relevamiento.

    Aun cuando este porcentaje de unidades morosas no registra mayores diferencias con respecto a años anteriores, el problema radica en que sus deudas son cada vez más elevadas.

    Esta situación viene generando como consecuencia un crecimiento en la cantidad de juicios por deudas. Los casos que terminaron en la Justicia se incrementaron de 1222 en el primer semestre de 2024 a 1933 en el mismo período de 2025, con una suba del 58%, de acuerdo con datos de la Dirección General de Tecnología de la Administración General del Poder Judicial de la Nación. Los administradores aseguran que este porcentaje no ha sido mayor porque se ha preferido la búsqueda de acuerdos privados en función de planes de pago antes que la vía litigiosa. La razón es que los costos de litigar, los tiempos judiciales y la inflación hacen que recurrir a la Justicia resulte menos conveniente desde el punto de vista financiero.

    Como hemos venido señalando desde esta columna editorial, en tren de buscar soluciones al alto costo de las expensas, y teniendo en cuenta que su mayor peso está representado por los sueldos del personal de los edificios, es preciso avanzar hacia la descentralización de la negociación colectiva, con el fin de que la discusión salarial y las condiciones laborales de los encargados queden a cargo de cada consorcio y sus empleados. Desde hace mucho tiempo, los consorcistas no están bien representados en la negociación paritaria con el Sindicato Único de Trabajadores de Edificios de Renta y Horizontal (Suterh).

    Ante la imposibilidad de seguir afrontando los costos salariales de los encargados, no pocos consorcios de copropietarios se están desprendiendo del personal y delegando parte de su tarea en empresas de limpieza o empleadas domésticas por hora a un costo menor, cuando no en los propios consorcistas. Una tendencia que también se está registrando en los últimos tiempos es que, al llegar la hora de la jubilación de un encargado, este no se reemplace.

    Otra alternativa para morigerar el peso de las expensas que se ha reclamado, pero que hasta ahora no ha encontrado eco, al menos en las autoridades porteñas, es la de reducir el componente impositivo de las tarifas de servicios públicos en edificios destinados a vivienda, además de limitar los aumentos en tasas como la de alumbrado, barrido y limpieza o en el impuesto inmobiliario, que en muchos casos vienen creciendo a niveles superiores incluso a los del índice general del costo de vida.

    La búsqueda de una solución a este problema resulta urgente. Tanto para evitar un crecimiento de la morosidad como para que los consorcios no se sigan viendo forzados a detener la ejecución de obras de mantenimiento necesarias, algo que, a mediano plazo, puede derivar en mayores costos y en inseguridad.

    Fuente: La Nación

  • Nisman: inexplicable silencio judicial

    Nisman: inexplicable silencio judicial

    Existen muertes que no pueden ser ocultadas porque su número, su brutalidad o su valor simbólico las inscriben necesariamente en el terreno de lo compartido. Son acontecimientos que desbordan el silencio institucional que el poder coyuntural procura, en vano, imponer. Se convierten así en parte de la memoria colectiva y del duelo social, y revelan tanto la vulnerabilidad de los cuerpos como la tenacidad del esfuerzo por acallar la necesidad de que la Justicia dé un veredicto sobre lo sucedido.

    A principios de diciembre, en una notable crónica publicada en este diario, José Claudio Escribano reconstruyó lo que definió como el fallo más relevante de la historia argentina. Describió cómo, bajo la presidencia de Ricardo Alfonsín, con el impulso de la Conadep presidida por Ernesto Sábato y el trabajo del fiscal Julio César Strassera, un tribunal civil integrado por León Arslanian, Ricardo Gil Lavedra, Guillermo Ledesma, Jorge Valerga Aráoz, Andrés D’Alessio y Jorge Torlasco condenó a los jefes militares responsables de un plan sistemático de exterminio. Bastaron apenas dos años desde el restablecimiento democrático para asignar responsabilidades penales y reconciliar a la sociedad con la verdad y la justicia.

    En enero de 2024, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó a la Argentina por violar la Convención Americana sobre Derechos Humanos debido a la demora en esclarecer el ataque a la AMIA. En su fallo, ordenó remover todos los obstáculos que sostienen la impunidad del atentado y establecer la verdad de lo ocurrido.

    En esa decisión, la Corte Interamericana de Derechos Humanos destacó que, en enero de 2015, el entonces titular de la Unidad Fiscal para la Investigación de la Causa AMIA (UFI-AMIA), Alberto Nisman, presentó ante la Justicia en lo Criminal y Correccional Federal una denuncia penal. En ella acusó a diversos funcionarios estatales —entre ellos a la expresidenta Cristina Kirchner— de haber trazado un “plan delictivo destinado a dotar de impunidad a los imputados de nacionalidad iraní”, a partir de la firma del Memorándum de Entendimiento con Irán.

    Nisman fue encontrado muerto en el baño de su domicilio cuatro días después de haber presentado la denuncia por encubrimiento. Para amplios sectores de la sociedad dentro de los cuales nos incluimos, su muerte quedó asociada de manera inseparable al atentado contra la mutual judía y fue leída como su víctima número 86.

    En el plano judicial se investiga el homicidio de Nisman. La investigación inicial del hecho estuvo a cargo de la entonces fiscal Viviana Fein, cuya actuación fue desde un primer momento cuestionada y llamada luego a prestar declaración indagatoria. También son investigados los jefes policiales intervinientes y el entonces secretario de Seguridad, Sergio Berni, en relación con el resguardo de la escena del crimen.

    El 5 de diciembre de 2024, la Corte Suprema de Justicia de la Nación —con las firmas de Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz, Ricardo Lorenzetti y Juan Carlos Maqueda— rechazó los recursos presentados por Cristina Kirchner y dejó firme la sentencia dictada el 18 de septiembre de 2023 por la Sala I de la Cámara Federal de Casación Penal, firmada por los jueces Daniel Petrone y Diego Barroetaveña.

    A partir de esa decisión, debía avanzarse con la apertura del juicio oral, reiteradamente postergado a través de diversas chicanas procesales. En esa causa se encuentran imputados, además de Cristina Kirchner, Eduardo Antonio Zuain, Carlos Alberto Zannini, Oscar Isidro Parrilli, Angelina María Esther Abbona, Juan Martín Mena, Andrés Larroque, Luis Ángel D’Elía, Fernando Esteche, Jorge Alejandro Khalil y Ramón Héctor Allan Bogado.

    En junio, circularon informaciones periodísticas según las cuales los jueces del Tribunal Oral Federal N.º 8 —Rodrigo Giménez Uriburu, Andrés Basso y Javier Ríos— se disponían a anunciar la segunda etapa del demorado juicio oral iniciado a partir de la denuncia por encubrimiento presentada por Nisman, vinculada a la firma del citado memorándum. Sin embargo, el posterior silencio respecto de la fecha de comienzo del debate oral contradijo esas esperanzadoras versiones.

    En una columna publicada el 28 de diciembre en LA NACION se señaló que existe un pedido de recursos formulado por el Tribunal Oral Federal N.º 8 ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, lo que estaría demorando el inicio del debate. Según esa información, el requerimiento se vincula con los medios necesarios para afrontar un proceso que, en esta nueva etapa, prevé la declaración de más de 300 testigos a lo largo de sucesivas audiencias.

    Es injustificable que una investigación penal sobre un hecho tan estremecedor como la presunta elaboración de una trama de impunidad en torno a un acto terrorista se prolongue durante más de diez años. Esa demora resulta aún más grave cuando, apenas cuatro días después de haber presentado la denuncia contra la entonces presidenta de la Nación, el fiscal Nisman fue hallado asesinado en su departamento.

    La legitimidad del Poder Judicial —y, con ella, la del Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo— enfrenta hoy la responsabilidad ineludible de dar una respuesta rápida y eficaz a la sociedad frente a hechos que, por su gravedad, no pueden seguir siendo ocultados ni postergados detrás de excusas banales.

    Fuente: La Nación

  • Registros automotores: la reforma que nunca llega

    Registros automotores: la reforma que nunca llega

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    El sistema de registro de automotores, creado hace más de 60 años, sigue mostrando su ineficiencia, vetustez, nivel de burocratización y complejidad, recargando al usuario y asignando protagonismo a sus titulares como beneficiarios de millonarios negocios, generalmente ligados a favores políticos en muchos casos claramente identificables por sus apellidos: parientes o amigos de expresidentes, gobernadores, legisladores, jueces, intendentes y concejales de distintas extracciones políticas, entre otros. En 1989 se había decretado que su asignación estaba en manos del Ministerio de Justicia, resultando inamovibles en la práctica.

    En su combate a la que denomina casta, el gobierno de Javier Milei se propuso reducir su número, un desafío de camino a su total desafectación habida cuenta de que no hay sector del arco político que no esté comprometido en este infecto reparto ligado al más rancio nepotismo. Más allá de que muchos registros brinden un buen servicio, operando con honestidad, no sorprende cuántos tienen o han tenido por titulares a miembros de las familias Cerruti, Morales, Arcioni, Sapag, Arias, Anzorreguy, Granillo, Menem, Balza, Randazzo, Yacobitti, entre otros muchos menos obvios y relacionados con dirigentes como Sergio Massa, pero igualmente presentes, que han logrado alzarse con estos vitalicios privilegios.

    Más allá de su función de contralor a través de la Dirección Nacional de los Registros Nacionales de la Propiedad del Automotor (DRPA), dependiente del Ministerio de Justicia de la Nación, delegar este servicio en estas oficinas encierra un costo sumamente importante para las arcas del Estado cuando solo recibe un remanente de las sumas recaudadas por todo el sistema burocrático en el que intervienen también la Asociación de Concesionarios de Automotores (Acara) y la Cámara de Comercio Automotor como mandatarios y gestores.


    El vasto conjunto de medidas anunciadas, beneficiosas para los usuarios, no se aplica en su totalidad y no terminan de resolver el costo y la burocracia tan injustificada como anacrónica que sostiene al sistema y que no existe en ningún lugar del mundo


    La dispersión de la normativa aplicable, que se pretendió corregir en reiteradas oportunidades, conforma un andamiaje cuyos criterios de regionalización también perjudican a los usuarios.

    En 2024 el actual gobierno avanzó con el Legajo Digital Único (LDU) y el Certificado Digital Automotor (CDA), unificando aranceles y fijando en un 1% del valor del automotor el costo del trámite. Se bajaron los valores de emisión de títulos, cédulas de identificación y chapas patentes eliminándose la obligación de retención de impuestos provinciales y tasas municipales en el mismo trámite registral. De los 1550 registros automotores existentes se suprimieron solo 150, mayormente aquellos que se encontraban intervenidos, pero la promesa de erradicarlos sigue sin cumplirse. En 2025 se creó el Registro único Virtual (RUV) y la Ventanilla Única de Pago Registral Automotor (Vupra) para el cobro de aranceles, impuestos, tasas y multas de tránsito, y se dispuso la libertad de elección para patentar los vehículos en la jurisdicción que se prefiera.

    Este vasto conjunto de medidas, beneficiosas para los usuarios, no se aplica en su totalidad y no terminan de resolver el costo y la burocracia tan injustificada como anacrónica que sostiene al sistema y que no existe en ningún lugar del mundo. Mientras que en la mayoría de los países los trámites de referencia solo tienen un valor acorde a la simple registración, aquí puede constituir entre el 5 y 6% del valor de transferencia o inscripción adicionando sellados, aranceles y formularios, lo cual resulta un absoluto disparate, sumados a los pagos de patente local que, en algunas provincias como Buenos Aires, asciende anualmente al 5 % del valor del automotor, cuando en otros países solo se abona una suma fija que va de los 30 a los 50 dólares al año.

    Solo en transferencias de vehículos usados hubo un aumento considerable en 2025 comparado con 2024, con casi 2.000.000 de unidades y más de 600.000 inscripciones de 0Km solo de automotores, mientras que se patentaron más de 600.000 motos 0km y se concretaron 300.000 transferencias de motovehículos usados, además de operaciones de maquinaria agraria.

    La estabilización de la inflación y del valor del dólar, junto con la recuperación del crédito y cierto alivio fiscal favorecieron los mejores resultados desde 2018; una danza de millones para muchos actores de un sistema que demanda transparencia, centralización y digitalización acorde a los tiempos.

    Cambiar el paradigma presupone también desactivar el régimen de pago de favores políticos que no distingue entre partidos al momento de designar a los titulares de registros. Está claro que el nivel de compromiso de todos, sin excepción, es el que sostiene este otro feudo de la política que la ciudadanía reclama desactivar de una buena vez.

    En diciembre de 2023 la diputada nacional Patricia Vásquez (La Libertad Avanza-Buenos Aires) presentó un proyecto de ley que propone eliminar los registros automotores, asignando una patente única, con arancel único que no tenga relación con el valor del automotor, un Registro Único Nacional Digital Automotor como plataforma sustentable, la transición de un año para la digitalización completa de los legajos y terminar con el monopolio recaudatorio del sistema de Verificación Técnica Vehicular (VTV) y Revisión Técnica Obligatoria (RTO), permitiendo los controles en cualquier taller habilitado. Asimismo, se propone la libertad y gratuidad del cambio de radicación digital, introduciéndose también la posibilidad de baja temporaria con exención de pago de patentes durante el tiempo de no uso acreditado del vehículo. El proyecto que unifica el trámite a nivel nacional eliminando las seccionales locales y el consiguiente impuesto de sellos, había perdido estado parlamentario sin haber alcanzado tratamiento en comisiones, por lo cual la diputada Vásquez volvió a presentarlo en 2025, con la esperanza de ser tratado en el año en curso.

    La nueva configuración parlamentaria promete acercar las probabilidades de que el proyecto pueda llegar finalmente al recinto con el impulso del Poder Ejecutivo, supuestamente decidido a terminar con esta vieja fuente de opacidad en el financiamiento de la política. Habrá que ver si el armado político, tan comprometido como beneficiado por un statu quo obsoleto, oneroso y complicado para el usuario, está dispuesto a apoyar los cambios o si la mala política, una vez más, hará oídos sordos a los reclamos de quienes quieren ver simplificados los trámites y bajados los costos.

    Fuente: La Nación

  • Inconstitucional y peligrosa atribución de los agentes de inteligencia

    Inconstitucional y peligrosa atribución de los agentes de inteligencia

    El decreto de necesidad y urgencia firmado por el presidente Javier Milei, que se propone reorganizar y modernizar las funciones de inteligencia del Estado nacional, incluye la autorización agentes de esos servicios a detener a alguien con el solo requisito de “dar aviso inmediato a la fuerzas policiales y de seguridad competentes”.

    El instrumento elegido, decreto de necesidad y urgencia, es también lo suficientemente controvertido porque la Constitución prohíbe que el Poder Ejecutivo dicte normas sobre asuntos reservados al Congreso Nacional. Recurrir a él habría requerido, entonces, un fundamento sólido. En cualquier caso, no hace falta debatir sobre si los jueces están o no facultados para analizar si al momento de la sanción de la norma existía o no una situación de urgencia y si era o no imposible seguir los trámites parlamentarios (pocos días antes el Poder Ejecutivo había convocado a sesiones extraordinarias sin incluir ese punto en la agenda). Cualquiera sea la respuesta a esa cuestión, lo relevante es que la Constitución explícitamente prohíbe que ese tipo de decretos se ocupe de la materia penal. No hay entonces nada demasiado debatible al respecto, como lo reflejan las opiniones que han publicado las ONG Integridad Ciudadana y Fores, entre otra veintena de entidades de ese tipo.

    El decreto mantiene el principio de que los agentes de inteligencia tienen prohibido realizar tareas represivas y carecen de “facultades compulsivas”. Pero esa declaración se vuelve inútil porque también dispone que, “en el marco del desarrollo de actividades de inteligencia, auxilio o requerimiento judicial y/o comisión de delitos en flagrancia, el personal de inteligencia podrá proceder a la aprehensión de personas, debiendo dar aviso inmediato a las fuerzas policiales y de seguridad competentes”.

    La redacción no pudo haber sido más desafortunada. La garantía del artículo 18 de la Constitución, según la cual nadie puede ser arrestado sino en virtud de orden escrita de autoridad competente, ha sido unánimemente interpretada sobre la base del principio de la división de poderes: autoridad competente quiere decir un juez. Es cierto que las normas procesales autorizan la detención de personas sin orden judicial, pero se trata de situaciones excepcionalísimas, como la comisión de un delito en flagrancia o la fuga de alguien cuya detención, precisamente, haya sido ordenada por la Justicia. Además, esas normas someten el ejercicio de dicha facultad a condiciones rigurosas como la obligación de presentar al detenido ante el juez en un plazo de seis horas, contenida en el Código Procesal Penal de la Nación. El nuevo decreto pretende suplir esa obligación al autorizar a un agente, por definición no identificado, a detener personas con el solo requisito de avisar a otros organismos que dependen también del Poder Ejecutivo que no identifica, y no a un poder judicial. Semejante anomalía es suficiente para que el decreto sea declarado inconstitucional por la Justicia, sin necesidad de demasiado debate si el Congreso no lo rechaza, como debería.

    Habida cuenta de lo que enseña nuestra historia reciente, se trata de una materia delicadísima, porque muchos gobiernos han utilizado a esos servicios, que permiten la actuación de personas que ocultan su condición y que manejan fondos sobre los que no se rinden cuentas, para fines inconfesables que nada tenían que ver con amenazas a la seguridad nacional. Basta como dramático ejemplo el involucramiento, nunca aclarado, de facciones de agentes de inteligencia en la muerte del fiscal Alberto Nisman. Por eso, cualquier norma al respecto debe superar de manera incuestionable un examen de constitucionalidad. Como esta no lo supera, la imagen del Presidente se fortalecería si reconociera con grandeza haber sido mal asesorado y, en lugar de ampararse en los tiempos y en la complejidad de los procesos judiciales, eliminara la norma en cuestión. La seguridad jurídica tantas veces invocada por el Gobierno como una condición para atraer inversiones no se agota en el imprescindible respeto a la propiedad privada y en decisiones económicas. También comprende la seguridad ciudadana y la vigencia plena de todas las garantías constitucionales.

    Fuente: La Nación