Categoría: Entrevistas

  • El traslado de la Subsecretaría de Derechos Humanos

    El traslado de la Subsecretaría de Derechos Humanos

    El gigantesco predio ubicado sobre la Avenida del Libertador, en el barrio de Núñez, conocido como la ex ESMA, comprende un conjunto de importantes edificaciones diseminadas entre grandes plazas y espacios verdes donde funcionaban diferentes institutos educativos. En las instalaciones que ocupaba, entre otros establecimientos, la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, se dictaban cursos y talleres de electricidad, radarización, comunicaciones, electrónica, armamento y otros para el personal subalterno de aquella fuerza, mientras que en otros edificios funcionaban la Escuela de Guerra Naval, la Escuela Nacional Fluvial -formadora de los prácticos de río del país-, el Liceo Naval Almirante Brown y otros institutos. Centenares de alumnos concurrían diariamente a sus instalaciones. En los sótanos de uno de esos edificios independientes -el ocupado por el casino de oficiales- se descubriría que funcionó a partir de 1976 el tristemente célebre centro clandestino donde padecieron y perecieron miles de víctimas detenidas en el marco de la guerra contra las organizaciones guerrilleras en aquella década.

    Néstor Kirchner dispondría, apenas iniciada su presidencia, la cesión del formidable predio de 17 hectáreas a organizaciones de derechos humanos. Lo instrumentaría mediante un primer acuerdo firmado en 2004 entre el Estado nacional y la Ciudad de Buenos Aires -su propietaria original-, entonces gobernada por Aníbal Ibarra, que transformaría el dominio en “Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos”. Su administración quedaría a cargo de una comisión bipartita de ambos Estados junto a Abuelas de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo, la Agrupación Hijos, la agrupación Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, el CELS y otras organizaciones afines. Las mismas con las cuales Kirchner construiría su alianza de poder, en cumplimiento de un pacto mediante el cual les entregaría, además, nada menos que el diseño y la conducción de la política de derechos humanos -y parte de la educativa- que nos rige hasta el día de hoy, así como el manejo de las millonarias indemnizaciones que pagaría el Estado a quienes se presentaron -incluso con sospechosa demora en algunos casos- como supuestas víctimas del terrorismo de Estado.

    El citado convenio, expresa en su texto que “la enseñanza de la historia no encuentra sustento en el odio o en la división de bandos enfrentados del pueblo argentino, sino que por el contrario busca unir a la sociedad tras las banderas de la justicia, la verdad y la memoria en defensa de los derechos humanos, la democracia y el orden republicano”. Tal párrafo pretendía ocultar el verdadero propósito que animaba la entrega, ya que dichas asociaciones serían las encargadas de brindar una visión parcial, interesada y maniqueísta de la historia reciente, que implicaría la instalación de groseras distorsiones de datos históricos y falsedades sostenidas públicamente, trasladadas a la currícula educativa oficial, textos escolares y universitarios, monumentos recordatorios, publicaciones y denuncias judiciales.

    Las falsedades sobre el número de desaparecidos, triplicando los datos oficiales del “Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado”, elaborado por el propio gobierno kirchnerista; la inclusión de los nombres de decenas de terroristas abatidos en enfrentamientos con las fuerzas armadas, ajusticiadas por las propias organizaciones o simplemente ajenas a la guerra que recibieron indemnizaciones fraudulentas y cuyos nombres en muchos casos figuran en monumentos recordatorios, así como numerosos casos de testimonios o acusaciones falsas efectuadas contra civiles y militares en causas judiciales, largamente denunciadas por abogados particulares y de la defensa oficial, así como por diversas organizaciones civiles, han sido una muestra elocuente de una labor que, lejos de reflejar la verdad histórica y cumplir el anunciado mandato, se halla enfocada en el odio, el rencor, la desunión y el enfrentamiento permanente.


    Es de esperar que el anunciado traslado a un edificio del barrio de Constitución de la Subsecretaría de Derechos Humanos signifique la vuelta definitiva a la verdad histórica completa y, a partir de ella, hacia la construcción de caminos de encuentro que necesita el país


    El citado convenio se inicia con la invocación de lo resuelto por la Cámara Federal en la causa 13/84 contra los comandantes de las juntas militares, expresando que en aquellas épocas se implementó un plan de exterminio dirigido contra todo disidente u opositor político, tuvieran o no militancia política o social. Se trata de una falsedad, que omite las consideraciones expuestas en ese mismo fallo, que ya hemos destacado en anteriores editoriales: los jueces no solo dejaron sentado que la Argentina se enfrentó entonces a una guerra revolucionaria, sino que señalaron textualmente que “…los hechos objeto de juzgamiento se produjeron en un contexto de violencia generado por la acción de organizaciones armadas que pretendían tomar el poder por la fuerza» y que “sin esa agresión subversiva, los acontecimientos que aquí se analizan no se habrían producido”, estableciendo claramente que la condena no fue por aniquilar el accionar de la guerrilla terrorista, sino por los métodos utilizados para hacerlo. Se condenó la forma adoptada, pero nunca se confundió a quienes defendían al pueblo y las instituciones de la Nación con aquellos que la atacaron con el objeto de instalar un régimen totalitario de izquierdas.

    Las organizaciones que administran el predio, en su tarea de demonizar a las Fuerzas Armadas y de Seguridad, omitieron que la reacción estatal, salvo contados casos, se centró en los efectivos entrenados por las organizaciones armadas, ensalzados por las entidades de derechos humanos que los presentan como supuestos defensores de la democracia, ocultando sus terribles crímenes y sus propósitos, con el probado apoyo del bloque soviético y, en particular, del régimen dictatorial cubano. Quizás lo más grave del accionar de estas organizaciones y de los gobiernos que lo respaldaron es haber dejado que la política de derechos humanos de nuestro país, en lugar de estar dedicada al amparo de la niñez y la adolescencia en riesgo por la marginalidad, la violencia y la droga, haya dejado que su finalidad y presupuestos, que alcanzan inclusive los del Poder Judicial, se hayan centrado desde hace veinte años, en un solo grupo de víctimas que sufrió la violencia ocurrida hace medio siglo.

    Es de esperar que el anunciado traslado a un edificio del barrio de Constitución de la Subsecretaría de Derechos Humanos que como muestra del apoyo y tolerancia adoptado por los gobiernos a partir de 2004 hacia esa política falsaria, funciona en el predio de la ex ESMA, no signifique solo un cambio escénico, sino la vuelta definitiva a la verdad histórica completa y, a partir de ella, hacia la construcción de caminos de encuentro y reconciliación que necesita imperiosamente el país, objetivos a los que se oponen intereses que están a la vista de todos.

    Fuente: La Nación

  • La violencia verbal y la lección de los hechos

    La violencia verbal y la lección de los hechos

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    Pocas veces en la política argentina ha habido un riesgo tan inevitable como ocurre cuando el presidente Javier Milei deja de lado el discurso que lleva escrito para cada ocasión en que debe hablar y da rienda suelta a la improvisación.

    Cuando eso sucede se arriesga la prestancia que se supone deben revestir las actuaciones públicas del jefe de Estado. Es un asunto igualmente grave por las secuelas que al amparo de una sesión legislativa pueda dejar como ejemplo y, tanto o más aún, como antecedente el grado de demasía verbal en que desbarrancan las palabras de la más alta autoridad política del país. ¿No era, según anunció meses atrás, que iba a prescindir de los insultos?

    En la apertura del período ordinario de sesiones del Congreso de la Nación, ante la Asamblea Legislativa, el Presidente volvió a incurrir en expresiones de extrema beligerancia ante los diputados de pasado tan frágil y funesto como los del bloque kirchnerista. Extendió esa actitud en la burla hacia empresarios a los que ha tomado para el bullying en un tono más propio de escolares bullangueros que de hombres con el compromiso de conducir seriamente el país.

    La Asociación Empresaria Argentina (AEA) y la Unión Industrial Argentina (UIA) han contestado de forma más o menos elusiva los improperios del Presidente, pero en términos que de cualquier forma era necesario hacer públicos en defensa de la dignidad institucional y el honor de hombres denostados en la extraña situación dada en el Congreso.

    AEA aprovechó la oportunidad de la respuesta ineludible a las imputaciones del Presidente para poner de manifiesto lo que significan las empresas privadas como principales responsables de la producción de la mayor parte de los bienes y servicios, de la generación de empleo y de las exportaciones. Destacó los logros más evidentes de este ejercicio presidencial: el equilibrio de las cuentas públicas y la reducción del gasto estatal. Pero advirtió que para seguir avanzando en el proceso de estabilización de la economía “es indispensable un diálogo constructivo y respetuoso entre el Gobierno y el sector privado”, de forma de crear condiciones favorables para la formalización de nuevas inversiones, entre otras cosas.

    La declaración de la UIA, más tajante que la anterior, aunque morigerada por declaraciones ulteriores de su propio presidente, estuvo enderezada a rechazar cualquier responsabilidad que se le adjudicara en relación con el contexto económico dominante hasta la llegada al poder del actual gobierno nacional. Valoró, como el texto de AEA, los hechos más positivos en materia económica y financiera de los dos últimos años y no dejó duda alguna acerca del objetivo principal de su declaración: “Queremos ser claros: el respeto es condición básica del desarrollo. Respeto hacia quienes producen, invierten y generan empleo en el país”, dijo la entidad representativa del sector industrial.

    Los diputados y senadores nacionales, tanto de la oposición como del oficialismo, no necesitan ser exacerbados, en su comportamiento ajeno a la mínima compostura esperable de hombres y mujeres con decoro, por las imprudencias y provocaciones verbales de Milei. Algunos de ellos han convertido al Congreso de la Nación en un escenario penoso en que ventilan con sus grescas periódicas la degradación moral y caricaturesca de la Argentina del siglo XXI.

    En cuanto al Presidente, debería entender y asegurarnos, como proponía José Manuel Estrada, que la mejor lección es la de los hechos. En su discurso ante la Asamblea Legislativa, Milei pregonó “la moral como política de Estado”. No tuvimos la sensación de que la moral restallara de lucimiento esa noche en el Congreso.

    Preocupan, asimismo, ciertos antecedentes pormenorizados de figuras prontas a encaramarse a nuevas posiciones de poder o entrecruzadas con personajes de avería, como profesionales o lo que fuere, de anteriores administraciones peronistas. Algunos de estos se hallan imputados por conductas delictivas en casos todavía vivos en la memoria de los argentinos o reactualizados por escándalos de la naturaleza de los que sacuden a la Asociación del Fútbol Argentino.

    Cualquier política que se precie de consistente y sustentada en principios morales debería prescindir de agravios y desmanes que solo encienden descreimiento y escepticismo. Estar a la altura de las responsabilidades que impone una jefatura de Estado demanda no solo ser, sino también parecer.

    Fuente: La Nación

  • ¿Ficha limpia o ficha delictiva?

    ¿Ficha limpia o ficha delictiva?

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    La Argentina arrastra desde hace décadas una anomalía institucional que degrada la política y erosiona la confianza ciudadana. De una vez por todas, es hora de cancelar la posibilidad de que personas con condenas confirmadas sigan compitiendo por el poder, dictando leyes o administrando recursos públicos. No se trata de una discusión jurídica ni de una proscripción, sino de una cuestión de decencia republicana. El sonoro fracaso que protagonizó durante el último año el Congreso, que prefirió proteger a los culpables permitiéndoles volver a candidatearse, no debería repetirse.

    Aquel proyecto largamente postergado por el Parlamento era un piso mínimo. Establecía que no podrían ser candidatos a cargos electivos quienes tuvieran condenas confirmadas en segunda instancia por delitos de corrupción contra la administración pública. No creaba figuras nuevas, no vulneraba garantías constitucionales ni habilitaba persecuciones judiciales, tal como pretendieron hacer creer quienes, como Cristina Kirchner, están condenados en dos instancias por graves delitos. Lamentable y peligrosamente, el Congreso envió un mensaje inequívoco con aquel rechazo: para una parte significativa de la dirigencia, la honestidad sigue siendo optativa.

    El argumento de la “proscripción” fue la coartada predilecta, pero no la única. Se pretendió instalar que exigir un estándar ético básico equivalía a violar la voluntad popular. Resulta muy curioso -por no decir inaudito- que haya que recordarles a los legisladores que la República no se funda solo en el voto, sino que se afirma en reglas, límites y responsabilidades. Nadie discute que a un condenado se le prohíba ejercer ciertas profesiones o administrar bienes ajenos. ¿Por qué, entonces, debería poder regir los destinos del país o representar a la Nación? Confundir garantías con impunidad es una de las tretas mafiosas más persistentes de la política argentina.

    En aquella oportunidad, el kirchnerismo en su conjunto se abroqueló en el Congreso en defensa de su jefa política con el falso argumento de que se trataba de un intento de sacarla de la competencia electoral. Cristina Kirchner ha sido condenada a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ocupar cargos públicos en dos instancias judiciales en la causa Vialidad. La resolución de la Cámara de Casación que le confirmó esa condena para ejercer la función pública es de por sí una sentencia firme por más que aún reste el pronunciamiento de la Corte Suprema de Justicia, pues el superior tribunal de la República no es una instancia más. No existe la tercera instancia. ¿Tampoco saben eso los legisladores que se niegan a votar la ley de ficha limpia?

    El presidente Javier Milei ha expresado que dará impulso este año a un nuevo proyecto de ley en la materia, con correcciones respecto del anterior. En los hechos, se le anticipó el gobernador neuquino, Rolando Figueroa, quien impulsó a dos legisladoras a presentar una iniciativa que resulta más completa e interesante que la que no llegó a sancionarse, por cuanto no solo recoge la positiva experiencia provincial donde ya funciona una ley de ficha limpia, sino porque no se limita a los delitos de corrupción. Extiende las limitaciones a quienes cometieron delitos dolosos comunes y federales como el narcotráfico; también la evasión tributaria y otros hechos graves, siempre con condena confirmada en segunda instancia. Incluso, incorpora inhabilitaciones temporales para quienes se les haya dictado prisión preventiva, mantengan deudas fiscales impagas o hayan sido removidos por juicio político.

    En la reciente inauguración del período de sesiones ordinarias del Congreso, Milei expresó su propósito de poner fin a las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO). Sería conveniente que, antes que cualquier reforma electoral, se diera sanción a la postergada ley de ficha limpia.

    La verdadera discusión que hay que dar no es solo jurídica. Es también, y muy especialmente, política y ética. No se trata de si la ficha limpia es posible, sino de si hay voluntad de asumir el costo de terminar con privilegios inaceptables. Cada dilación, cada excusa técnica, cada operación cruzada confirma que el problema no es la redacción de la ley, sino la resistencia de quienes saben que una norma así les cerraría las puertas del poder, a los fueros y a otros beneficios y exacciones que persiguen denodadamente y disfrutan sin pudor.

    Nuestro país necesita, de una vez por todas, una legislación nacional de ficha limpia, no para satisfacer una demanda moral abstracta, sino para restablecer un principio elemental: quien no cumple la ley no puede pretender gobernar a quienes sí la cumplen. Como ya hemos dicho desde estas columnas, persistir en la inacción es seguir consagrando la ficha delictiva. Cuando eso ocurre, no gana la política, gana la deshonestidad y, con ella, perdemos todos.

    Fuente: La Nación

  • La división de poderes en acción

    La división de poderes en acción

    La sentencia de la Corte Suprema de los Estados Unidos que, por mayoría de seis votos a tres, invalidó las tarifas aduaneras que el presidente Donald Trump impuso y fue modificando a su arbitrio para utilizarlas como herramienta de política exterior reviste una importancia que trasciende la del mero asunto que resolvió. Significa haber puesto en acción la división de poderes, en virtud de la cual cada autoridad siempre tiene otra que limita el ejercicio del poder estatal para proteger de él a los ciudadanos.

    El caso había sido iniciado por un puñado de pequeñas empresas a las que las tarifas ponían en una situación que hacía prácticamente inviable su operación.

    El fallo, cuidadosamente apoyado en precedentes, puede sintetizarse en un razonamiento muy simple: “el poder de la bolsa”, es decir de recaudar impuestos, pertenece al Congreso, y no puede interpretarse que en la ley de Poderes Económicos Internacionales de Emergencia (IEEPA, por sus siglas en inglés), invocada por Trump para imponer tarifas al comercio internacional, hubiera delegación alguna al respecto en favor del presidente estadounidense. Esa delegación, en todo caso debería haber sido explícita y no vaga, y haberse sujetado a precisos límites.


    El ejemplo del máximo tribunal de EE.UU. debería servirnos para entender que todo poder tiende a expandirse y que para evitar eso están los jueces


    El máximo tribunal del país del norte también prestó atención a lo que ha venido sucediendo, a la manera en que los organismos del Estado “vivieron” lo que indicaban la Constitución y las normas. Señaló al respecto que la tradición jurídica de Estados Unidos muestra que jamás un presidente entendió que la facultad de “regular el comercio” que le otorga esa ley incluyera la de establecer impuestos en tiempos de paz.

    El ejemplo nos debería servir a los argentinos por lo menos de tres maneras.

    Primero, para entender que todo poder tiende a expandirse, y que para evitar eso están los jueces. El desbarajuste de las tasas municipales que no retribuyen razonablemente el costo de prestar un servicio, el abuso de la delegación legislativa en favor del Poder Ejecutivo y las exorbitantes atribuciones que ejercen los organismos administrativos argentinos no existirían si los jueces hicieran lo suyo.


    El desbarajuste de las tasas municipales no existiría si los jueces hicieran lo suyo


    En segundo lugar, la Corte estadounidense no demoró un década en corregir la situación a la espera de que hubiera “una solución política”, sino que resolvió la cuestión en solo cinco meses.

    Finalmente, la mayoría del tribunal norteamericano se integró con dos jueces conservadores que, pese a ser propuestos por el actual presidente antepusieron su independencia.

    Fuente: La Nación

  • Tiempo de clases: deuda estructural

    Tiempo de clases: deuda estructural

    Más de 700 mil alumnos primarios de siete provincias no completarán el mínimo de horas establecido por el Consejo Federal de Educación: hablamos de no menos de 190 días de clase por año. Las acostumbradas huelgas docentes agravarán el problema.

    En 2020 hablábamos de 178 días anuales de clase y en 2024 de 187, evidenciando una tendencia a la mejora. Pero para 2025 fue de 185 y se estima que ese número se repetirá este año. La cantidad de provincias que alcanzan los 190 días -que aumentó desde cero en 2020 hasta ocho en 2025- ha caído a apenas tres para el año en curso.

    Se entiende que un día efectivo de clase en primaria tiene una carga mínima de cuatro horas, siendo el piso anual de 760 horas para la primaria, aunque en algunas provincias pueden ser menos. Se contabilizan las horas pues las jornadas pueden ser simples, extendidas o completas. Para la secundaria, las horas anuales mínimas son 900.

    Año tras año, la ONG Argentinos por la Educación (AxE) realiza un relevamiento a partir de la difusión de los calendarios escolares, aunque en esta oportunidad lo hizo antes de que el gobierno fijara los feriados turísticos. Identificó que solo tres de las 24 jurisdicciones estarán en condiciones de cumplir la meta: Santiago del Estero, San Luis y Mendoza. Peor aún, señaló que Catamarca ni siquiera alcanza los 180 días, apenas 178.

    En el informe “Calendarios escolares 2026: horas de clases y planificación provincial del año escolar”, AxE señala que siete de cada diez alumnos de Santa Cruz, La Rioja y Tucumán no alcanzarán el piso; tampoco muchos de San Juan, Río Negro, Buenos Aires y Chubut. Son 14 las provincias que no completarán los 190 días de clase, aunque sí las 760 horas anuales.

    No podemos olvidar que lo planificado por parte de las instituciones no siempre se cumple, por múltiples razones, y que no pesa sobre los funcionarios ninguna responsabilidad ante eventuales incumplimientos. En lo que hace a los alumnos, el ausentismo crónico en los tres niveles educativos no parece preocupar demasiado aun cuando erosiona fuertemente las probabilidades de lograr los objetivos pedagógicos planteados por las autoridades educativas. Poco importa el número de días de clases si los estudiantes no concurren. En las escuelas primarias bonaerenses, durante 2024, por ejemplo, el promedio de inasistencias fue de 36 días.

    AxE destaca también que carecemos de una base de datos nacional que refleje con precisión la asistencia efectiva a clase por jurisdicciones. La ausencia de un monitoreo real conduce a que hablar de 190 días de clases sea solo una entelequia. La brecha entre lo planificado y el dictado efectivo de clases en el aula se reconstruye solo parcialmente a partir de denuncias. Teo Saralegui, coordinador de Investigación e Incidencia Pública de Asociación Conciencia, destaca que “la asistencia regular a la escuela es uno de los predictores más sólidos para analizar logros educativos, por encima de resultados previos en las evaluaciones estandarizadas de aprendizaje”. El promedio de faltas crece anualmente, y es mayor en los niveles socioeducativos más bajos y en las escuelas públicas respecto de las privadas.

    Hablar de planificación y de reformas sin medir su impacto concreto en el aula no sirve. Los cambios que urge realizar en el sistema educativo deben contar con una base robusta que asegure tiempos mínimos reales de enseñanza para más alumnos en las aulas.

    Fuente: La Nación

  • El país requiere más propuestas y menos chicana

    El país requiere más propuestas y menos chicana

    Es probable que, durante el acto de inauguración del 144° período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, el presidente Javier Milei haya desaprovechado una excelente oportunidad para revelar en forma más pormenorizada los detalles de las reformas estructurales que se propone encarar en la segunda mitad de su mandato. Prefirió equivocadamente trenzarse en una discusión con legisladores del kirchnerismo y de la izquierda, como en sus recordados tiempos de panelista en programas de televisión. Así, tanto su repaso de los indudables logros de su gestión como sus proyectos pasaron a un segundo plano frente al show de agravios y chicanas que caracterizaron el discurso presidencial.

    Más allá de la razón que asiste al primer mandatario en algunos de los duros cuestionamientos que lanzó al gobierno que lo precedió y al sector político liderado por la condenada expresidenta Cristina Kirchner, la ciudadanía espera mucho más de un mensaje presidencial, especialmente en un ámbito como el parlamentario.

    Tal vez animado por la demostración de fuerza que el oficialismo brindó en los últimos días de las sesiones extraordinarias, cuando logró sancionar las leyes de modernización laboral, de glaciares y de nuevo régimen penal juvenil, Milei optó por exhibir su versión más confrontativa y agresiva. Prefirió utilizar como contrincantes a los representantes del kirchnerismo para exaltar las conquistas de su gestión presidencial y para explicar su modelo económico. “Chorros”, “corruptos”, “ignorantes”, “parásitos” y “cavernícolas” fueron algunos de los adjetivos que empleó para caracterizar a sus principales opositores, quienes se prestaron a un juego en el cual el jefe del Estado parece sentirse cómodo. La tensión fue creciendo hasta que Milei los acusó de “golpistas” y de “asesinos”, en referencia al crimen de Alberto Nisman.

    Las formas republicanas no son retóricas, sino que hacen a la esencia de nuestro sistema institucional. Y así como la forma es la transparencia del fondo, la política no puede regirse por la permanente exacerbación de las tensiones ni por la constante descalificación del adversario. Gobernar implica persuadir y el cariz de las reformas que requiere la Argentina obliga a nuestros gobernantes y también a la oposición a actuar con la mayor responsabilidad.

    Al margen de los entredichos que caracterizaron buena parte de la alocución presidencial, el mensaje dejó algunas conclusiones interesantes, como la convicción del jefe del Estado de que el rumbo de la economía, marcado por la apertura al mundo, la desregulación y la disciplina fiscal, no tiene vuelta atrás.


    En la concepción del Presidente, el crecimiento económico de largo plazo está indisolublemente ligado a dejar atrás “el fetiche del industrialismo” y la vieja idea de vivir con lo nuestro


    Quedó claro que en la concepción del Presidente, el crecimiento económico de largo plazo está indisolublemente ligado a dejar atrás lo que denomina “el fetiche del industrialismo” y la vieja idea de vivir con lo nuestro. En un intento por acercarse a los sectores medios de la población, Milei enfatizó que abrir la economía permitirá el ingreso al país de productos de mayor calidad a menor precio, y que ese ahorro posibilitará que suban los salarios, que bajen los precios y que aumente el consumo. “Solo pierden los ineficientes y los delincuentes”, subrayó. Las diferencias conceptuales con el mensaje dirigido ayer por el gobernador Axel Kicillof al Poder Legislativo bonaerense fueron evidentes: para Milei, el achicamiento del Estado implica ampliar los márgenes de libertad; pera el mandatario provincial, la mano invisible del mercado no va a generar nuevos puestos de trabajo.

    Entre los anuncios más relevantes, planteó la necesidad de una modificación al código aduanero con el fin de favorecer las importaciones, mencionó específicamente la próxima privatización de los ferrocarriles de carga y estimó que la producción de energía significará en pocos años más exportaciones del orden de los 50.000 millones de dólares, al tiempo que la actividad minera permitirá crear un millón de puestos de trabajo.

    En varias ocasiones, el Presidente se refirió a la importancia de reducir la carga impositiva y exhortó a provincias y municipios a bajar o eliminar las exorbitantes tasas que, como lo hemos señalado reiteradas veces desde esta columna editorial, resultan inconstitucionales por no estar asociadas a una contraprestación de servicios por parte de los Estados provinciales y municipales. Faltaron, sin embargo, más precisiones acerca de la reforma tributaria que aspira a lograr el gobierno nacional, más allá de que planteó con claridad que las retenciones a las exportaciones del campo bajarán cuando el superávit fiscal lo permita.

    Del mismo modo, el primer mandatario formuló la necesidad de extender el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) a todos los sectores que resuelvan invertir, aunque también faltó una información más detallada.

    Finalmente, Milei reveló que el Gobierno enviará al Poder Legislativo noventa paquetes de reformas estructurales en las cuales están trabajando los distintos ministerios. Hubiese sido deseable que brindase anuncios más concretos sobre estas medidas. Lamentablemente, prefirió privilegiar su enfrentamiento personal con los legisladores kirchneristas antes que ocuparse de brindar más detalles de estas políticas públicas tan esperadas.

    Fuente: La Nación

  • La fiscal Fein, frente a la Justicia

    La fiscal Fein, frente a la Justicia

    La presentación de la exfiscal Viviana Fein ante los tribunales federales marca un punto de inflexión en una causa que, 11 años después del asesinato del fiscal Alberto Nisman, sigue siendo una herida abierta en la vida pública argentina. Su convocatoria a prestar declaración indagatoria, concretada días atrás, se fundó en la existencia de motivos suficientes para sospechar que la funcionaria no preservó adecuadamente el lugar donde apareció muerto el titular de la investigación por el atentado contra la AMIA.

    La declaración indagatoria —conviene recordarlo— no constituye una invitación a brindar explicaciones ni a aclarar aspectos de la investigación. La ley impone informar al imputado los hechos que se le atribuyen, su calificación legal y las pruebas existentes en su contra. Se trata de un acto procesal previsto para que el imputado —condición que adquiere quien es llamado a declarar en este marco— pueda ejercer su defensa frente a un cuadro de sospecha ya configurado. Su sola convocatoria implica que, para el fiscal del caso, Eduardo Taiano, y para el juez interviniente, Julián Ercolini, existen motivos suficientes para sospechar que la exfiscal pudo haber incumplido deberes esenciales vinculados con la preservación del escenario del crimen.

    Este es, precisamente, el punto central. La justicia investiga el asesinato de Nisman y la hipótesis de suicidio ha sido, hasta el momento, descartada. Ese curso de investigación exige determinar si la escena fue preservada de manera adecuada para permitir responder con rigor las preguntas vinculadas a cómo ocurrió el deceso. La pesquisa actual avanza sobre esa dimensión y no se orienta a reconstruir directamente la mecánica de la muerte, sino a establecer si quienes debían garantizar las condiciones necesarias para conocer la verdad actuaron conforme a la ley o, por el contrario, contribuyeron —por acción, omisión o negligencia— a impedirlo.

    De allí surge la gravedad institucional del momento. Una exfiscal que dirigió la primera etapa de una de las causas más sensibles de la historia reciente debe ahora explicar ante la Justicia por qué no habría cumplido con los estándares básicos de preservación de un sitio que exigía el máximo rigor técnico de cuidado. Y aunque Viviana Fein rechazó toda acusación y negó que la escena haya sido contaminada o afectada en su integridad, lo relevante para la sociedad no reside en sus argumentos defensivos, sino en lo que resuelva el juez respecto de su situación procesal.

    El fiscal Taiano ha sostenido que habría existido “un plan criminal” para ocultar el asesinato de Nisman, y que ese plan habría comenzado casi desde el momento en que fue hallado su cadáver, cuando se permitió el ingreso de más de 80 personas al departamento de Puerto Madero donde se produjo el crimen, cual si se tratase de un tour por la vivienda donde vivía el fiscal de la causa AMIA.

    El paso que sigue está reglado por el Código Procesal Penal de la Nación. Tras la indagatoria, el juez debe analizar la imputación, las pruebas reunidas y lo expresado por el imputado y, luego, resolver si corresponde dictar un procesamiento, una falta de mérito o un sobreseimiento.

    La sociedad espera una decisión que esclarezca uno de los aspectos más relevantes vinculados con la muerte de Nisman. Lo que está en juego es la confianza en la administración de justicia, lo que exige determinar si la exfuncionaria encargada de custodiar la primera escena del hecho actuó según los deberes que le imponía su función o, por el contrario, si algún incumplimiento pudo haber afectado la posibilidad de reconstruir cómo murió el fiscal, si se trató de un homicidio y, en última instancia, quién podría haber sido el responsable. Las dudas que pesan sobre la primera fiscal no solo comprometen su desempeño personal, sino también la legitimidad de un proceso que lleva más de una década y cuya prolongada incertidumbre impacta de manera directa en toda la opinión pública.

    Más aún, ya no se trata únicamente de la actuación de Viviana Fein. En la misma situación procesal se encuentran imputados el primer juez del caso, Manuel de Campos; el entonces secretario de Seguridad, Sergio Berni, y otros funcionarios y jefes de fuerzas federales que intervinieron en las horas iniciales. La investigación sobre este conjunto de actores refuerza la idea de que el problema no se limita a una persona, sino a un entramado de decisiones y omisiones que podrían haber comprometido la búsqueda de la verdad sobre un hecho de una gravedad inusitada. Llamó la atención que Viviana Fein dijera que ella no autorizó a Berni a estar en el lugar del hecho, aunque tampoco le pidió que se fuera. Del mismo modo, resulta cuestionable que se niegue a aceptar responsabilidades, pese a que reconozca que la investigación fue un “fracaso”.

    Lo que hoy requiere la sociedad es un horizonte de certeza brindado por el Poder Judicial. Se trata de obtener una explicación concreta sobre lo ocurrido en las etapas iniciales de la causa y sobre si existieron conductas que pudieron comprometer la posibilidad de esclarecerla. La indagatoria de la exfiscal abre un tramo crítico del proceso con respecto a la responsabilidad institucional de quienes debían garantizar las condiciones necesarias para avanzar hacia la verdad.

    Es necesario que esta etapa del proceso se transite con rigor y sin demoras injustificadas. La decisión que adopte el juez sobre la situación procesal de la exfuncionaria no cerrará la causa, pero sí permitirá establecer si la búsqueda de la verdad estuvo afectada desde su origen o si, por el contrario, las fallas señaladas no configuran una conducta penalmente relevante.

    La sociedad ha esperado demasiado tiempo para obtener respuestas. Es de esperar que este paso decisivo permita, al menos, comenzar a esclarecer si existió una trama destinada a diluir responsabilidades en las horas iniciales. Sin esa base, cualquier conclusión sobre cómo murió el fiscal y quiénes pudieron haber intervenido seguirá siendo incompleta.

    Fuente: La Nación

  • Medio siglo quemando cubiertas para perpetuar el atraso

    Medio siglo quemando cubiertas para perpetuar el atraso

    Desde que la Argentina optó por la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, comenzó un camino de aislacionismo cuyas consecuencias repercuten hasta ahora. No fue invitada a la conferencia de San Francisco (1944) cuando se crearon el FMI y el Banco Mundial, y luego, con sus zigzagueos no alineados y varios golpes de Estado, fueron generales, almirantes y brigadieres quienes diseñaron una estructura productiva coincidente con la visión peronista de soberanía económica para la liberación.

    Así se plantaron los cimientos de un sector fabril para el abastecimiento interno, sin atender a su competitividad. Como la describiría Borges, año tras año, se fue configurando de forma minuciosa un entramado de plantas suburbanas, pequeños comercios y barriadas populares que dieron trabajo y sustento a miles de familias, en quehaceres de overol o delantal. Los políticos y dirigentes no se preguntaron cómo se resolvería, en el largo plazo, la sustentabilidad de un sistema desconectado del resto del planeta. Tampoco les importaba, porque pensaron que el campo daría para todo. Esa fue la raíz de nuestro populismo de cubiertas quemadas.

    Pero la experiencia enseñó que un modelo dedicado al mercado local es incapaz de generar divisas para sus propias necesidades (insumos, partes y piezas) y está expuesto a crisis recurrentes cuando el consumo interno crece, la producción debe aumentar y las divisas del campo no alcanzan. El famoso “stop and go” alterado por controles, devaluaciones y ajustes inflacionarios. Siempre activados por cortes de rutas y cubiertas quemadas para protestar contra el FMI y perpetuar el atraso.


    No hay industria sustentable sin una base financiera sólida. No crecerá el empleo regular sin crédito abundante y no habrá crédito sin mayor ahorro en los bancos. Ni se ahorrará lo suficiente mientras la confianza no lo aliente


    Ese formato espoleó incentivos perversos, en connivencia con sindicatos, gremios profesionales, provincias y municipios, para agregar mayores costos a los precios y trasladarlos a los consumidores. Por esa razón, al abrir ahora la economía, el Gobierno debe enfrentarse a una multitud de intereses creados, de buena y de mala fe, cuando intenta bajarlos para la reconversión de quienes sufren competencia externa.

    Sin embargo, no siempre se advierte el impacto “cultural” que tuvo el pensamiento militar sobre el bagaje de ideas y creencias argentinas. Pues en la mentalidad castrense, al igual que en los regímenes socialistas, los precios carecen de relevancia como señales de abundancia y escasez. Las matrices de insumo-producto desplegadas en salas de situación solo utilizaban cantidades físicas para sus cálculos estratégicos. Figuraban toneladas, metros cúbicos o lineales, pero nunca símbolos monetarios pues, según su visión, las exigencias soberanas no podían subordinarse al mandato de la oferta y la demanda. O bien, en términos kirchneristas, “donde hay una necesidad, hay un derecho”. A cualquier costo, aunque la moneda se esfumase.

    Por esa razón, los principios básicos de la moneda, el ahorro, el crédito y el mercado de capitales fueron ajenos al pensamiento de Enrique Mosconi o de Manuel Savio, de Aldo Ferrer o de Marcelo Diamand. Para ellos, solo eran combustibles para la buena marcha de la maquinaria productiva que el Estado debía proveer o facilitar. Y así los bancos de desarrollo se fundieron con carteras irrecuperables, los créditos baratos enriquecieron a clientes (y gerentes), mientras los subsidios fiscales fueron delicia de contadores.


    Ahora que se aprobó la reforma laboral, en lugar de aplaudirla, se vaticinan tropiezos que podrían hacer fracasar el éxito de la cirugía. La nueva amenaza es el “clima social” que podría dañarse por demora en la recuperación


    No hay industria sustentable sin una base financiera sólida. No crecerá el empleo regular sin crédito abundante y no habrá crédito sin mayor ahorro en los bancos. Ni se ahorrará lo suficiente mientras la confianza no lo aliente. Es el anverso y el reverso de la misma moneda. Una verdad incómoda para quienes, en defensa de la industria nacional, han quemado y queman cubiertas perpetuando el atraso.

    Todos se alborotan ahora ante el aluvión chino y recién se acuerdan de las fábricas cuando ven ojos rasgados detrás de cada importación. Durante décadas se ignoraron tendencias que ya visualizaban nuestros vecinos, como Chile, que abrió a tiempo su economía, fijó un arancel único y bajo, fortaleció instituciones y cimentó un mercado de capitales para financiar sus empresas. En la Argentina, en cambio, nada quedó luego del default de 2001 y la destrucción monetaria posterior, incluyendo el cierre de las AFJP. Ningún recurso financiero subsiste para reparar lo que se omitió hacer durante décadas. Ahora todas son quejas al Gobierno pues, al correrse el telón de la apertura, se palpa la endeblez de la Argentina real frente a los huracanes que llegan de Cathay.

    Sin herramientas financieras, un equipo de cirujanos intenta recomponer el cuerpo productivo mediante una operación urgente, carente de instrumentos elementales, ante un público ansioso y desmemoriado. Mientras algunos denuncian con horror: “¡En el quirófano corre sangre!”, aquellos hacen torniquetes y aplican anticoagulantes. “Que no hay anestesia, pues la llevó De Vido”; “Tampoco algodón, pues lo metió en su arcón”; “Ni hilo para suturas, en el convento de curas”. Sin moneda y sin crédito, no es posible crear redes de seguridad, ni transiciones ordenadas, ni reinsertar a los desplazados, ni aumentar el empleo regular. Y ningún proveedor provee anestesia, algodón o hilo para suturas, sin pago al contado. A la Argentina, nadie le cree.


    Algunos supuestos expertos proponen fórmulas para reactivar y evitar una tormenta popular. Sin embargo, no dicen quiénes las llevarían a cabo


    Ahora que se aprobó la reforma laboral, en lugar de aplaudirla, se vaticinan tropiezos que podrían hacer fracasar el éxito de la cirugía. La nueva amenaza es el “clima social” que podría dañarse por demora en la recuperación. Así somos: un país que se “bancó” décadas de regresión productiva y social, no tendría ahora paciencia para recrear una moneda inexistente. Algunos expertos proponen fórmulas para reactivar y evitar una tormenta popular. Sin embargo, no dicen quiénes las llevarían a cabo: ¿Ellos mismos, con votos que no tienen? ¿U otro candidato de inteligencia artificial? ¿O que sea el equipo de Javier Milei quien las aplique, sin ponderar otras implicancias?

    La clave de bóveda de la transformación es política y no económica. Los manuales están escritos y son conocidos. La novedad es que fue votado quien se comprometió a llevarla a cabo. Por eso deben tomarse con pinzas los consejos, pues quien gobierna ya no es economista, sino político y como tal, debe ponderar todas las ramificaciones que implica ejercer la presidencia. Lo que pueda o no hacer dependerá del alcance de su poder. Y éste, de prioridades que los de afuera desconocen.

    El camino a la modernidad tiene una base frágil, pues los argentinos no son de golpe liberales, sino que votaron a Milei atraídos por su mensaje y por su estilo. Sin su mística, incomprensible para muchos, el sortilegio se evapora y el cristal se rompe. Por el momento, solo él podría lograrla si avanza con más reformas y no cede un ápice a las demandas de gasto no financiado. Para cambiar el clima social no se necesitan nuevos libretos, sino fortaleza política. No es un tema de academia, sino de generar confianza en la perdurabilidad de las medidas con tozudez y obstinación, aunque suene irritativo. Solo así tendremos moneda y con ella, reactivación.


    Para cambiar el clima social no se necesitan nuevos libretos, sino fortaleza política. No es un tema de academia, sino de generar confianza en la perdurabilidad de las medida. Solo así tendremos moneda y con ella, reactivación


    Una voltereta de la historia le permitió acceder a la presidencia a un economista desprejuiciado pero convencido y ahora existe una oportunidad única que no debe erosionarse con planteos sin solución inmediata. Recrear confianza es difícil si hasta la dirigencia del fútbol muestra la hilacha con las alianzas más rastreras de nuestro país, desde la política hasta la Justicia. También ellos queman así cubiertas y perpetúan la desconfianza y el atraso.

    Fuente: La Nación

  • Degradación parlamentaria

    Degradación parlamentaria

    La aprobación de un proyecto de ley trascendental para la Argentina como el de modernización laboral, durante la sesión del jueves 19 de febrero en la Cámara de Diputados de la Nación, se vio opacada por el bochornoso espectáculo que, una vez más, exhibieron algunos legisladores, particularmente de la oposición.

    Interrupciones y provocaciones permanentes, gritos, teatralizaciones y descalificaciones personales, expresiones groseras y chicanas constantes caracterizaron el lamentable marco en el que se trató una norma legal que, por su importancia, merecía un debate mucho más serio y profundo.

    Al igual que en diciembre último, cuando los exabruptos caracterizaron una ceremonia vaciada de toda solemnidad, como la de asunción de los nuevos diputados nacionales, la semana última la dirigencia política volvió a mostrar su peor cara, en lugar de honrar a una honorable institución de la República.

    El más triste ejemplo lo dio una legisladora kirchnerista, Florencia Carignano -titular de Migraciones durante la gestión presidencial de Alberto Fernández-, quien, con tal de impedir el desarrollo de la sesión, se atrevió a desenchufar los cables de una consola de audio ubicada en el área donde trabajan los taquígrafos de la Cámara baja. Se trató de un acto incalificable, merecedor de que el cuerpo legislativo trate su expulsión. Fue una de las tantas señales de intolerancia y también de impotencia que mostró la fuerza opositora que sigue liderando Cristina Kirchner, desde su prisión domiciliaria.

    Entre gritos e insultos, no sorprendió la bajísima calidad de argumentación exhibida por los diputados de Unión por la Patria, caracterizada por una retórica que reveló que solo pueden tener un gran pasado por delante y por un nivel de oratoria más propio de una cancha de fútbol que de una institución parlamentaria. La oda a Perón recitada desde su banca por la diputada Kelly Olmos sirvió de corolario ante tanta decadencia.

    La política debe ser diálogo y no exacerbación de tensiones, al tiempo que el respeto por las formas republicanas hace a la esencia del sistema democrático. Se trata de algo elemental, que deben entender quienes hoy, desde la oposición, pretenden recurrir a los métodos más soeces para frustrar el tratamiento de un proyecto legislativo, y también quienes tienen la responsabilidad de gobernar, despojándose de cualquier actitud de soberbia y de autoritarismo.

    Es preciso que quienes tienen el deber de legislar y aspiran a ser genuinos representantes de una ciudadanía que sostiene sus abultadas remuneraciones, respeten y honren las instituciones, en lugar de contribuir a su degradación.

    Fuente: La Nación

  • Por qué la Argentina es el país más gravoso del mundo

    Por qué la Argentina es el país más gravoso del mundo

    Si bien la elevadísima presión impositiva que soportan los contribuyentes en la Argentina es, desde hace muchos años, el reflejo de una voracidad fiscal al servicio de cubrir el descontrol del gasto público y las apetencias de gran parte de la dirigencia política, existe una no menor responsabilidad de los jueces en ese flagelo por haber consentido auténticas violaciones al derecho de propiedad y abstenerse de ponerles límites a los abusos del poder político en los niveles nacional, provincial y municipal.

    No por nada, nuestro país puede ser calificado como el más gravoso del mundo, en función de diferentes estimaciones avaladas por importantes organismos internacionales que dan cuenta de tres distintos aspectos.

    El primero de ellos es el peso de los impuestos. El Banco Mundial fue el primero que alertó que teníamos los impuestos más altos del mundo entre 190 países. La Unión Industrial Argentina (UIA) aportó otros datos que permiten arribar a la misma conclusión: vía un análisis técnico de cada impuesto en los treinta países más relevantes, concluyó que, de los siete tributos principales, en seis tenemos los más gravosos, además de la presión fiscal formal más alta, que alcanza al 50,7%. Esto genera una pérdida de competitividad de las empresas formales ante las del exterior y las informales locales. También, que los consumidores soporten en una altísima carga tributaria en los precios finales. Esta puede llegar aproximadamente al 42% en ciertos alimentos, al 48% en determinadas bebidas o en pasajes aéreos, al 50,3% en vestimenta y al 54% en automóviles. De esta voracidad son testigos los productores agropecuarios; en tal sentido, un cálculo elaborado por Néstor Roulet a partir de la campaña 2025/26 indica que el Estado se queda en promedio con el 82,6% de la renta que genera una hectárea de soja en un campo alquilado de la región núcleo.

    Un segundo aspecto que define a la Argentina como el país más gravoso es la cantidad de impuestos: según el Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf), el país tiene actualmente 155 tributos, de los cuales una pyme paga al menos 37 (18 nacionales, 8 provinciales y 11 municipales), en tanto que un ciudadano abona entre 21 y 49, según su condición, durante el año. Apenas diez de esos impuestos recaudan más del 90% del total, demostrando la ineficiencia del sistema tributario.

    Un particular cuestionamiento merecen las tasas municipales, que en la mayoría de los casos carecen de una contraprestación de servicios por parte de los municipios, por lo que se trata de gravámenes ilegales que han derivado en innumerables demandas judiciales contra las autoridades comunales. Recientemente, un fallo de la Cámara de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo de Mar del Plata declaró la nulidad total de una controvertida “tasa por servicios esenciales” impuesta por la Municipalidad de Azul. Casi al mismo tiempo, el gobierno nacional anunció la instrumentación de un portal oficial que exhiba las tasas municipales de todo el país y habilite a los ciudadanos a denunciarlas.

    La híper regulación es un tercer aspecto. Por caso, las pymes, solo para cuestiones tributarias, están sujetas a treinta regímenes de retención, percepción e información, lo cual implica otra carga injustificada al contribuyente, al que se le exige cumplir funciones que le son ajenas.

    Somos entonces el país más gravoso del mundo por una cuestión de peso, cantidad y destrato. Algo que genera entre un 45 y un 50% de informalidad, convirtiendo al sistema fiscal en tan pesado como injusto.


    El Estado se queda en promedio con el 82,6% de la renta que genera una hectárea de soja en un campo alquilado de la región núcleo


    Cabe reflexionar por qué nuestro país tiene los impuestos más altos y, en especial, cuánta responsabilidad les caben a los poderes políticos (legislativos y ejecutivos de los tres niveles) y cuánta al Poder Judicial por este último lugar fiscal mundial y, en general, por el fracaso económico del país. Lo natural es responder que la principal recae en la voracidad fiscal de los políticos. Sin embargo, como lo han puesto de manifiesto los merecedores del premio Nobel de Economía 2024 Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson, el éxito o el fracaso de un país no depende tanto del nivel de sabiduría o liderazgo de sus políticos, sino del buen o mal funcionamiento de las instituciones, lo cual incluye el respeto a la propiedad privada y la independencia de los jueces para poner límites a los abusos de los otros poderes.

    Camino al último puesto fiscal, el país cruzó límites constitucionales como el de no confiscatoriedad o el de razonabilidad, que, salvo excepciones, los magistrados resolvieron no aplicar. Si alcanzamos los impuestos más altos es porque desde el fallo “Ercolano” (congelamiento de alquileres en 1922), la Corte Suprema de Justicia inició una larga línea jurisprudencial violatoria del derecho de propiedad. Si tenemos tributos que afectan hasta cuatro veces el patrimonio (ABL, impuesto inmobiliario, bienes personales y aporte solidario) es porque, con el virus del fallo “Mataldi” (1927), la Corte propagó la múltiple imposición (nacional, provincial y municipal) sobre los mismos hechos imponibles. Si sufrimos el actual descontrol de tasas municipales es por el nefasto fallo “Esso” (2021), en donde la Corte contrarió la primera lección de la materia Impuestos, que define la diferencia entre tasa e impuesto, habilitando a los intendentes a que las calculen equivocadamente sobre la facturación total, en lugar de tomar el costo del servicio recibido. Y si la Corte falla contra el Estado, suele ser condescendiente con él; por los costos, riesgos, condiciones y tiempos propios del litigio, en el mejor caso el contribuyente logra un éxito parcial, a partir del caso “Candy S.A contra AFIP” (2009), como el ajuste por inflación.

    No se justifican en absoluto, pero pueden entenderse de dónde vienen las políticas populistas de muchos gobernantes, para buscar eternizarse en cada elección y alimentar la enorme maquinaria del gasto público y a su facción partidaria.

    Menos sencillo es, en cambio, entender dónde ha estado el gran incentivo para que tantos jueces hayan actuado con un peculiar sesgo fiscalista, renunciando a defender a los contribuyentes frente al sistema más gravoso, cuando la Justicia ha sido creada especialmente para defenderlos de los excesos del poder de turno. Fueron designados para impartir justicia, tienen estabilidad judicial y su sueldo no varía según la recaudación.

    Cuando los contribuyentes reclaman por el exceso fiscal, el político suele dar argumentos fatales del estilo “sabemos que ustedes tienen razón, pero también sabemos que los jueces no se la van a dar”. La tolerancia judicial incentiva a todos los demás a incurrir en los mismos abusos. Si los jueces, hubiesen aplicado la Constitución, aquella voracidad hubiera quedado a mitad de camino y la Argentina sería un país fiscalmente normal. El Poder Judicial nacional y provincial ha tenido una actuación que no ha sido meramente funcional o secundaria, sino que lo ha convertido en responsable primario de haber incentivado y provocado que la Argentina sea el país más gravoso del mundo.

    Los cambios profundos a los que asiste hoy la Nación y que son acompañados por buena parte de la ciudadanía, tendientes a dejar atrás las prácticas populistas, no son suficientes.

    La Corte Suprema, aun cuando se encuentra entre lo más rescatable que tiene hoy la Justicia, es la que más debe cambiar en este aspecto, por su responsabilidad primaria como máximo tribunal y porque es más fácil que tres (o, en el futuro, cinco) personas evolucionen en su forma de pensar y actuar, bajando su jurisprudencia al resto de los jueces, que pedirle a una gran mayoría de gobernadores e intendentes, junto a sus legisladores y funcionarios, que cambien, que dejen de rechazar bajas en impuestos y gastos públicos y de incumplir lo comprometido en el Pacto de Mayo. Estos últimos son promotores de la tragedia fiscal y hacen lo imposible para seguir siéndolo. Pero no les quedará otra que ajustarse y cumplir lo prometido si la Justicia les pone límites.

    Fuente: La Nación