Desde que la Argentina optó por la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, comenzó un camino de aislacionismo cuyas consecuencias repercuten hasta ahora. No fue invitada a la conferencia de San Francisco (1944) cuando se crearon el FMI y el Banco Mundial, y luego, con sus zigzagueos no alineados y varios golpes de Estado, fueron generales, almirantes y brigadieres quienes diseñaron una estructura productiva coincidente con la visión peronista de soberanía económica para la liberación.
Así se plantaron los cimientos de un sector fabril para el abastecimiento interno, sin atender a su competitividad. Como la describiría Borges, año tras año, se fue configurando de forma minuciosa un entramado de plantas suburbanas, pequeños comercios y barriadas populares que dieron trabajo y sustento a miles de familias, en quehaceres de overol o delantal. Los políticos y dirigentes no se preguntaron cómo se resolvería, en el largo plazo, la sustentabilidad de un sistema desconectado del resto del planeta. Tampoco les importaba, porque pensaron que el campo daría para todo. Esa fue la raíz de nuestro populismo de cubiertas quemadas.
Pero la experiencia enseñó que un modelo dedicado al mercado local es incapaz de generar divisas para sus propias necesidades (insumos, partes y piezas) y está expuesto a crisis recurrentes cuando el consumo interno crece, la producción debe aumentar y las divisas del campo no alcanzan. El famoso “stop and go” alterado por controles, devaluaciones y ajustes inflacionarios. Siempre activados por cortes de rutas y cubiertas quemadas para protestar contra el FMI y perpetuar el atraso.
No hay industria sustentable sin una base financiera sólida. No crecerá el empleo regular sin crédito abundante y no habrá crédito sin mayor ahorro en los bancos. Ni se ahorrará lo suficiente mientras la confianza no lo aliente
Ese formato espoleó incentivos perversos, en connivencia con sindicatos, gremios profesionales, provincias y municipios, para agregar mayores costos a los precios y trasladarlos a los consumidores. Por esa razón, al abrir ahora la economía, el Gobierno debe enfrentarse a una multitud de intereses creados, de buena y de mala fe, cuando intenta bajarlos para la reconversión de quienes sufren competencia externa.
Sin embargo, no siempre se advierte el impacto “cultural” que tuvo el pensamiento militar sobre el bagaje de ideas y creencias argentinas. Pues en la mentalidad castrense, al igual que en los regímenes socialistas, los precios carecen de relevancia como señales de abundancia y escasez. Las matrices de insumo-producto desplegadas en salas de situación solo utilizaban cantidades físicas para sus cálculos estratégicos. Figuraban toneladas, metros cúbicos o lineales, pero nunca símbolos monetarios pues, según su visión, las exigencias soberanas no podían subordinarse al mandato de la oferta y la demanda. O bien, en términos kirchneristas, “donde hay una necesidad, hay un derecho”. A cualquier costo, aunque la moneda se esfumase.
Por esa razón, los principios básicos de la moneda, el ahorro, el crédito y el mercado de capitales fueron ajenos al pensamiento de Enrique Mosconi o de Manuel Savio, de Aldo Ferrer o de Marcelo Diamand. Para ellos, solo eran combustibles para la buena marcha de la maquinaria productiva que el Estado debía proveer o facilitar. Y así los bancos de desarrollo se fundieron con carteras irrecuperables, los créditos baratos enriquecieron a clientes (y gerentes), mientras los subsidios fiscales fueron delicia de contadores.
Ahora que se aprobó la reforma laboral, en lugar de aplaudirla, se vaticinan tropiezos que podrían hacer fracasar el éxito de la cirugía. La nueva amenaza es el “clima social” que podría dañarse por demora en la recuperación
No hay industria sustentable sin una base financiera sólida. No crecerá el empleo regular sin crédito abundante y no habrá crédito sin mayor ahorro en los bancos. Ni se ahorrará lo suficiente mientras la confianza no lo aliente. Es el anverso y el reverso de la misma moneda. Una verdad incómoda para quienes, en defensa de la industria nacional, han quemado y queman cubiertas perpetuando el atraso.
Todos se alborotan ahora ante el aluvión chino y recién se acuerdan de las fábricas cuando ven ojos rasgados detrás de cada importación. Durante décadas se ignoraron tendencias que ya visualizaban nuestros vecinos, como Chile, que abrió a tiempo su economía, fijó un arancel único y bajo, fortaleció instituciones y cimentó un mercado de capitales para financiar sus empresas. En la Argentina, en cambio, nada quedó luego del default de 2001 y la destrucción monetaria posterior, incluyendo el cierre de las AFJP. Ningún recurso financiero subsiste para reparar lo que se omitió hacer durante décadas. Ahora todas son quejas al Gobierno pues, al correrse el telón de la apertura, se palpa la endeblez de la Argentina real frente a los huracanes que llegan de Cathay.
Sin herramientas financieras, un equipo de cirujanos intenta recomponer el cuerpo productivo mediante una operación urgente, carente de instrumentos elementales, ante un público ansioso y desmemoriado. Mientras algunos denuncian con horror: “¡En el quirófano corre sangre!”, aquellos hacen torniquetes y aplican anticoagulantes. “Que no hay anestesia, pues la llevó De Vido”; “Tampoco algodón, pues lo metió en su arcón”; “Ni hilo para suturas, en el convento de curas”. Sin moneda y sin crédito, no es posible crear redes de seguridad, ni transiciones ordenadas, ni reinsertar a los desplazados, ni aumentar el empleo regular. Y ningún proveedor provee anestesia, algodón o hilo para suturas, sin pago al contado. A la Argentina, nadie le cree.
Algunos supuestos expertos proponen fórmulas para reactivar y evitar una tormenta popular. Sin embargo, no dicen quiénes las llevarían a cabo
Ahora que se aprobó la reforma laboral, en lugar de aplaudirla, se vaticinan tropiezos que podrían hacer fracasar el éxito de la cirugía. La nueva amenaza es el “clima social” que podría dañarse por demora en la recuperación. Así somos: un país que se “bancó” décadas de regresión productiva y social, no tendría ahora paciencia para recrear una moneda inexistente. Algunos expertos proponen fórmulas para reactivar y evitar una tormenta popular. Sin embargo, no dicen quiénes las llevarían a cabo: ¿Ellos mismos, con votos que no tienen? ¿U otro candidato de inteligencia artificial? ¿O que sea el equipo de Javier Milei quien las aplique, sin ponderar otras implicancias?
La clave de bóveda de la transformación es política y no económica. Los manuales están escritos y son conocidos. La novedad es que fue votado quien se comprometió a llevarla a cabo. Por eso deben tomarse con pinzas los consejos, pues quien gobierna ya no es economista, sino político y como tal, debe ponderar todas las ramificaciones que implica ejercer la presidencia. Lo que pueda o no hacer dependerá del alcance de su poder. Y éste, de prioridades que los de afuera desconocen.
El camino a la modernidad tiene una base frágil, pues los argentinos no son de golpe liberales, sino que votaron a Milei atraídos por su mensaje y por su estilo. Sin su mística, incomprensible para muchos, el sortilegio se evapora y el cristal se rompe. Por el momento, solo él podría lograrla si avanza con más reformas y no cede un ápice a las demandas de gasto no financiado. Para cambiar el clima social no se necesitan nuevos libretos, sino fortaleza política. No es un tema de academia, sino de generar confianza en la perdurabilidad de las medidas con tozudez y obstinación, aunque suene irritativo. Solo así tendremos moneda y con ella, reactivación.
Para cambiar el clima social no se necesitan nuevos libretos, sino fortaleza política. No es un tema de academia, sino de generar confianza en la perdurabilidad de las medida. Solo así tendremos moneda y con ella, reactivación
Una voltereta de la historia le permitió acceder a la presidencia a un economista desprejuiciado pero convencido y ahora existe una oportunidad única que no debe erosionarse con planteos sin solución inmediata. Recrear confianza es difícil si hasta la dirigencia del fútbol muestra la hilacha con las alianzas más rastreras de nuestro país, desde la política hasta la Justicia. También ellos queman así cubiertas y perpetúan la desconfianza y el atraso.
Fuente: La Nación

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