Gobernar es explicar

Gobernar es explicar”. Así lo repetía el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso al señalar la importancia de una comunicación constante y pedagógica de las decisiones de gobierno para construir legitimidad, gestionar expectativas y abrir camino a los cambios necesarios en contextos complejos.

En la Argentina actual, ese consejo es más necesario que nunca. El país atraviesa una transformación profunda luego de 80 años de decadencia, salvo fugaces intervalos lúcidos. Sin embargo, pocos dirigentes comprenden la dificultad de la transición, los riesgos que todavía se corren y el peligro de fracasar, regresando a la nefasta experiencia de 2001. Actúan como si todo estuviera solucionado y se quejan como si ya hubiera llegado el tiempo de cosechar.

Han sido 80 años cimentando un país improductivo, sin inserción internacional, con una mochila de 4 millones de empleados públicos y 10 millones de miembros de la clase pasiva. Poco aportan los 4 millones de monotributistas, el millón de autónomos, o los 5 millones de la “economía popular” para cargarla. Solo son 6,3 millones de asalariados en el sector privado y muchos de ellos en empresas que también tienen sus barbas en remojo. Esa distorsión es la raíz de nuestros males: déficit, inflación, carencia de confianza y de moneda, y crisis de balanza de pagos.

Reducir el tamaño del Estado, abrir la economía, eliminar privilegios sectoriales, modificar el régimen laboral, quitar cajas a los sindicatos y exigir competitividad es un desafío hercúleo que también afectará a gran parte de los argentinos de a pie, por el entretejido de proveedores y servicios que ligan quehaceres muy distantes. No sirve pelearse con los “gordos” de la CGT o con gremialistas fabriles, pues nada hay que explicarles. Crearon sus privilegios y quieren mantenerlos a toda costa.

En cambio, debe dirigirse la mirada a toda la población, pues para ella se gobierna. Es necesario que se entienda la razón de los trastrueques y lograr que se enamore de un futuro mejor para sus hijos. Explicar con convicción, con empatía, con voz pausada y emoción compartida. No son virtudes de los llamados Gordo Dan y Juan Doe, más listos para refutar que para enamorar.

¿Por qué la apertura no es gradual? Porque nuestro país carece de moneda y necesita un shock de confianza para detener la preferencia por el dólar. La experiencia indica que el gradualismo es solo demorar para no hacerlo nunca. Abrir de inmediato es un mensaje político de que, esta vez, el cambio ocurrirá.

¿Por qué no se recupera el empleo a pesar de que ya ha habido reformas? La decisión de aumentar capital de trabajo y personal depende de la confianza en la perdurabilidad de las medidas, no del texto de las normas. No es automática. Como la demanda de moneda, para emplear se necesita confianza.


La decisión de aumentar capital de trabajo y personal depende de la confianza en la perdurabilidad de las medidas, no del texto de las normas


¿Por qué Milei no corrige el atraso cambiario? Es la herencia de mantener millones de empleados públicos con remuneraciones altas en dólares respecto de la productividad de la economía. Ello arrastra los sueldos del sector privado por los convenios únicos por rama de actividad, ajenos a las posibilidades de cada empresa. Suele ocurrir en los programas de estabilización cuando el dólar se “plancha” y aquellos sueldos, definidos por la política, continúan ajustándose por la inflación remanente. Al no haber moneda, no es posible licuarlos con devaluaciones sin caer en corridas cambiarias. La única solución es lograr consensos para bajar el sempiterno “costo argentino”.

¿Por qué no se reduce la presión fiscal para que las empresas puedan competir? La carga impositiva nacional está condicionada por el empleo público, las pasividades y los subsidios. Como no es posible disminuir de golpe la cantidad de empleados ni de jubilados ni atrasar sus ingresos, lo importante es aumentar la recaudación con mayor actividad y regularizar el empleo. Nuevamente, la falta de confianza demora la reactivación y ello se agrava con las tramoyas del peronismo y la CGT para bloquear los cambios.

¿Por qué no se crea una red de seguridad para quienes perderán trabajos por la apertura económica y la reducción del gasto estatal? Para ello se necesitan recursos financieros y la Argentina no tiene moneda, ni ahorro interno, ni acceso al mercado internacional. A duras penas puede mantener el déficit cero a pesar de los reclamos de gobernadores, sindicalistas y políticos. No se puede demorar la apertura hasta que crezca la actividad, pues ella depende de la confianza y, esta, de los cambios estructurales, incluso la apertura.

La mayor parte de los empresarios quejosos han vivido durante 80 años con este modelo y nunca advirtieron a los gobiernos que, a la larga, sería insostenible. Tampoco acerca del costo laboral, pues en economía cerrada todo se traslada a precios. Siempre lo supieron; su pecado original. Ahora sus cámaras deberían presionar a gobernadores y legisladores para que reduzcan impuestos y tasas y bajen gastos en lugar de hacer lobbying para evitar lo inevitable.

La Argentina es como una gran patera en el Mediterráneo, de fondo plano y sin quilla, llevando 47 millones de refugiados a quienes nadie cree porque han mentido, falseado estadísticas, violado contratos e incumplido obligaciones. Es cierto que otro barco vendrá en su ayuda con divisas de energía y minerales, pero recién llegará en cuatro años. Entretanto, la patera puede hundirse, pues nadie la quiere recibir en sus costas. La única solución es que algún país le “tire un cabo” para darle credibilidad a pesar de su frondoso prontuario.

Pero su tripulación es tan necia, que, cuando llega un cabo de los Estados Unidos en la forma del acuerdo de comercio e inversión, en lugar de celebrar, cuentan las obligaciones de cada parte mientras la patera hace agua. ¿Desbalance de reciprocidad? Quienes buscan el pelo en la leche provocaron la huida de esos refugiados con el default, la incautación de las AFJP, las jubilaciones sin años ni aportes, la explosión del empleo público, la expropiación de YPF y tantos otros daños a la credibilidad del país y la valía de su moneda.

Todo eso debe explicarse de forma constante y pedagógica, como bien lo dijo el expresidente brasileño. Quizás lo haga la Oficina de Respuesta Oficial educando al soberano. De lo contrario, los 47 millones de la patera continuarán “reclamando flan” en lugar de ayudar con los remos.

Fuente: La Nación

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