Cosas de perros

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La vicejefa de gobierno porteño, Clara Muzzio, planteaba en agosto pasado que el crecimiento de la población de perros en la ciudad “es un problema de Estado”, una realidad compartida en las grandes ciudades del mundo. Sus observaciones surgieron luego de un informe oficial sobre fecundidad en la ciudad de Buenos Aires realizado por el Instituto de Estadística y Censos local (Idecba) que confirmaba una tendencia: menos hijos a edades más tardías, traducido en el aumento de animales de compañía y un auge de la “humanización” de las mascotas.

En el último tiempo, varios colectivos juveniles han adoptado disfraces y conductas para asimilarse a animales, en una suerte de “animalización” de los humanos que plantea una corriente inversa. De no haber tenido la posibilidad de verlos en vivo, en las redes hay videos mostrándolos reunidos en plazas y espacios al aire libre, en cuatro patas, con máscaras y colas, ladrando, maullando, imitando a gatos, zorros y perros, jugueteando entre ellos o con animales verdaderos. Incluso, a modo de espectáculo, estos denominados therians participan de absurdos desafíos como el de tomar carrera para saltar obstáculos en sus cuatro patas, rodeados de gente que aplaude y celebra los insólitos espectáculos.

Nicolás Ferreira

Dentro de estas nuevas tribus urbanas -aunque reniegan de serlo- hay también poli therians, aquellos que se identifican con más de un animal y “furris” (pelajes), un hobby más relacionado con disfraces o personajes antropomórficos. Su identidad puede no interferir con su vida escolar o sus rutinas; muchos incluso temen mostrarse caracterizados por temor al rechazo.

En esta época atravesada por el contacto digital, comunidades enteras comparten sus “vivencias identitarias”, testimonios, reflexiones y consejos, además de promover conocerse en encuentros en distintos lugares del país que refuerzan su sentido de pertenencia. Incluso, ha surgido una escuela de therian para aprender a serlo. La “teriantropia” nació online en Los Estados Unidos, en 1990 como una experiencia de usuarios deseosos de expresar “identidades no humanas”, un fenómeno que se extiende por el mundo.

Escuchar las motivaciones de los protagonistas de estas tendencias podría ser hilarante si no fuera también un llamado de atención para los adultos. Tamaño nivel de confusión respecto de la propia identidad responde sin duda a años de discursos sobre el valor de la autopercepción más allá de la realidad biológica, a la falta de referentes reales o simbólicos y a algún nivel de vacío a la hora de buscar pertenecer a un grupo en una necesidad propia de la edad.

En los 2000 fueron los floggers y los emos. Hoy la experiencia de adolescentes y jóvenes se reorganiza en plataformas digitales y se traduce en movimientos inspirados en animales. Diferenciar entre lo lúdico y lo conductual es importante, tanto como asumir que estamos ante modalidades que deberían ser transitorias.

Fuente: La Nación

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