Brasil, la Argentina y el campo: comparaciones elocuentes

El rigor de las comparaciones suele despertar a las conciencias más aletargadas y reticentes a comprender la realidad.

Quien no quiera aceptar la claridad aleccionadora de un trabajo publicado días atrás por la Bolsa de Comercio de Rosario sobre la actualidad de las fuerzas agropecuarias de la Argentina y Brasil está lamentablemente anestesiado para entender los motivos de las ventajas que el país hermano ha obtenido en las últimas décadas en relación con la producción de nuestro campo. A veces las ideologías más radicalizadas obran como prismas que impiden captar lo que está a la vista de las conciencias abiertas al registro de los datos fehacientes de la realidad.

Es el caso de la tarea que la Bolsa de Comercio rosarina se ha impuesto a través de la utilización de un modelo de análisis e interpretación económica utilizado por la Unión Europea y aceptado desde hace algún tiempo en otros países. Las diferencias notables que el campo brasileño ha obtenido en su favor en relación con el sector de mayor productividad de la Argentina, hay que anotarlas al saldo negativo de varios factores.

En primer lugar, el de las retenciones o derechos de exportación a los que no están sujetos los productores brasileños. No solo eso: también el de las deficiencias de nuestra infraestructura y la mezquindad del crédito a disposición de nuestros productores, que figuran entre las razones de que hayamos perdido en alto grado posiciones respecto de Brasil.

El 90% de la producción agropecuaria se transporta en camiones. Lo hacen por una red vial que motiva a diario quejas de los usuarios, incluso por segmentos deteriorados hasta en las autopistas nacionales, que constituyen el 8% de esa red. Nada se diga del estado de muchos de los caminos municipales, que representan el 62% de esa modalidad de transporte y comunicaciones en un país cuya dimensión pide a gritos el renacimiento de sus viejas glorias ferroviarias.

Sin remontarnos al pasado verdaderamente lejano, podríamos tomar como punto de partida del nacimiento de Brasil como potencia económica mundial los seis años iniciales de la revolución militar de 1964. Fue un ciclo de crecimiento asombroso, hecho sobre las bases sentadas por un político soñador, Juscelino Kubitschek, el presidente que imaginó las consecuencias que devendrían de correr la capital del país desde Río de Janeiro a lo que hasta 1956 era un desierto en el interior del país y que el mundo conocería desde entonces como Brasilia.

Como bien ha dicho el IAE, la prestigiosa escuela de negocios de la Universidad Austral, el campo argentino ha sido un sector sometido a condiciones de inferioridad, como la del abandono por el Estado de la obligación de promover una infraestructura básica confiable. Aun así, logramos en tres décadas triplicar la producción con solo multiplicar por dos el área sembrada.

Fue, sin duda, por la aplicación del sano criterio de cuidar los suelos a través de la labranza cero, la rotación de cultivos y la fertilización compensatoria de lo que se extrae de la tierra. A esto se sumó la aplicación de aportes de la biotecnología y, en los últimos años, de herramientas que permiten hablar de una agricultura de precisión, que incluye la utilización de drones y el grato asombro de que la inteligencia artificial comience a estar presente en cada planta sembrada.


En los años noventa, la producción agropecuaria de Brasil era en un 53% superior a la nuestra. Hacia 2020, había avanzado hasta obtener una diferencia del 155%


Ese resplandor se amortigua, sin embargo, entre el espesor de diverso tipo de obstáculos. Hemos señalado varios y podemos condensar la naturaleza de uno de los principales entorpecimientos que padecen las actividades agropecuarias con decir que la presión impositiva se ha triplicado en los últimos treinta años. Se estima que esa exacción es de no menos del 55% para el agro, con cotas del 64% que afectan tanto a la soja como al maíz, a pesar de las reducciones introducidas por el gobierno de Javier Milei.

No deben extrañar, entonces, algunas conclusiones de otro trabajo, llevado a cabo por la Bolsa de Cereales de Rosario. En los años noventa, la producción agropecuaria de Brasil era en un 53% superior a la nuestra. Tendió a bajar esa brecha al 45% a comienzos del siglo XXI por virtud de la revolución introducida en la última parte del siglo anterior en el tratamiento de la tierra, en el avance en semillas transgénicas y la utilización eficiente de nuevos fitosanitarios.

Después de 2010, a raíz de la política desalentadora para el campo aplicada por los Kirchner, la producción agrícola brasileña afianzó sus ventajas al 82% y, hacia 2020, había avanzado hasta obtener una diferencia del 155%. Esa parte sustancial de la economía brasileña ya contaba con el Plan Safra, que garantiza a los productores un financiamiento apropiado a sus requerimientos, además de dotarlo de un acompañamiento adecuado y global a su producción.

En los noventa, las tierras brasileñas generaban 60 millones de toneladas de cereales. Esa producción ha superado los 300 millones de toneladas, mientras la Argentina sigue detenida en alrededor de 140/150 millones de toneladas al cabo del largo tiempo transcurrido desde el salto notable que había dado en la última parte del siglo XX.

Nuestra ganadería pasa por un momento histórico en el desarrollo de su genética; en la recuperación sostenida, pero lenta, de su stock, y por los precios relativos manifiestamente mejores que los de la agricultura. Observada su situación desde la perspectiva que confieren los datos comparativos con Brasil, el cuadro pasa a ser otro.

En los noventa, la producción de carne de nuestros vecinos era mayor que la nuestra en un 119%. En 2000, la diferencia había crecido al 167%; en 2010, al 249%, y en estos días, debería calcularse en el 284%. Esas distancias, como en el caso de los productos agrícolas, se notan en la magnitud de las exportaciones.

Antes de que cerrara el siglo XX la exportación de nuestras carnes superaba a la de Brasil en un 24%. Hoy, las exportaciones brasileñas son cinco veces mayores que las de la Argentina, una relación parecida a la que media entre los respectivos créditos bancarios con el que cuentan ambas producciones nacionales.

Desde un tiempo a esta parte hay una concertación de opiniones en el sentido de que la recuperación argentina se forjará en el breve y mediano plazo en función de las contribuciones del campo, el petróleo, la minería y las sociedades aplicadas a tecnologías de vanguardia. Para que esto sea posible los cuatro sectores deberán contar con los impulsos sostenidos que hagan posible tal proyección.

En el caso del campo, será oportuno que el Estado examine con más detenimiento que en las últimas décadas las razones de su rezago frente a un competidor tradicional como Brasil. En esa comparación está todo dicho.

Fuente: La Nación

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