La filosofía y la poesía abren alas en el ensayismo agambiano, que también explora lo filosófico político, la biopolítica, y otras cuestiones de alta acústica conceptual en la cultura occidental.
El filósofo italiano Giorgio Agamben. /Archivo Clarín.
La demarcación entre la palabra poética y la filosófica se realza en el libro de Giorgio Agamben, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental, publicado por Adriana Hidalgo Editora/ A.hache, con traducción de María Teresa D’ Meza Pérez y Rodrigo Molina–Zavalía.
Hegel le atribuye a la ironía romántica, de un Friedrich Schelegel o Novalis, la trampa de una «infinita negatividad absoluta» que avala lo inexpresable como «lo mejor»; eso indecible es lo que susurra la lengua poética, mientras que la filosofía no puede renunciar a la enunciación del saber.https://ad2fa9e9083312a69d6af7878e6dcb60.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-45/html/container.html
El poeta se encamina hacia valles o palacios siempre inalcanzables por palabras que resbalan en la bruma. Así, «la crítica –asociada a la poesía– no consiste en encontrar su objeto, sino en asegurar las condiciones de su inaccesibilidad«, afirma Agamben.
Descensos al abismo
El filósofo, por su lado, a la manera hegeliana, desea eregir sólidos bastiones de un conocimiento absoluto; el poeta, por el contrario, sin escaleras, desciende a abismos de los que no siempre regresa.
El desacuerdo entre palabra poética y palabra filosófica aflora de un modo tan original en nuestra tradición cultural que Platón ya podía atestiguar esa «vieja enemistad». Esta separación se incrusta en la modernidad «en el sentido de emerger de un modo tan original que la poesía posee su objeto sin conocerlo y la filosofía lo conoce sin poseerlo», asegura el filósofo.
La divisoria entre poesía y filosofía, que fulge «entre un polo extático–inspirado y un polo racional consiente», donde ninguno de estos términos puede controlar o sujetar al otro, deriva en «la esquizofrenia del hombre occidental», según Aby Warburg, el historiador alemán especializado en el Renacimiento italiano y sus vínculos con el paganismo.
Y Agamben recuerda que los poetas del siglo XIII identifican el núcleo de su poesía, de la poesía trovadoresca en particular, como una «morada» o «estancia» enraizada en el jardín en el que crece su «único objeto».
La poética lírica trovadoresca–stilnovista (unida al nuevo estilo o «dulce estilo» de Dante Alighieri) declara Agamben, es el mirador central de su investigación de «una teoría del fantasma por la cual la poesía se convierte en su propia autoridad o «estancia» en la que … la poesía late en la experiencia amorosa como alegría o goce que nunca termina».
Así, todos los ensayos de la obra comentada tejen una topología o clasificación de las «estancias» por las que el ánimo poético busca apropiarse o decir algo que invariablemente emana el vaho de lo «inapropiable». Esta búsqueda que principia con la poesía que no puede balbucear y poser lo que pretende decir, es parte de una utopía, de una «topología de lo irreal». Aun así, Agamben no desiste de proponer algunos procesos ejemplares que exsudan lo inexpresable dentro de la historia de la cultura.
Esas andaduras incluyen la acidia medieval, la mecancolía y el eros, la obra de arte constrastada con la mercancía fetichizada; o la poesía medieval trovadoresca afectada y, a la vez potenciada, por «la perdida de su objeto» inasible.
«Demonio meridiano»
En la Edad Media, la acedia, la pereza, o la indiferencia ante los deberes religiosos, es «flagelo peor que la peste»; es «demonio meridiano» que obsesiona la mente. En el monje medieval por ejemplo, el objeto mismo del aletargamiento perezoso es una «forma de la negación y la carencia».
El filósofo italiano Giorgio Agamben. Foto: Gorka Lejarcegui_EL PAIS.
Sobre la melancolía, por su parte, ejerce fuerte influjo la astrología, en el llamado Renacimiento hermético o mágico en el siglo XVI. La casa zodiacal de Saturno regentea la ambigua influencia astral de lo meláncolico que impele «el recogimiento interior y el conocimiento contemplativo»; la vida activa se desplaza, entonces, en favor del deseo de «una enigmática sabiduría», lo que expresa el ángel melancólico en el célebre grabado «Melancolia I» (1513), de Alberto Durero. En esta obra, entre distintos instrumentos de geometría, el ser angelical inmerso en su meditación melancólica rebosa en «potencias que custodian lo inaccesible» y «la epifanía de lo inasible».
La cima de la meditación agambiana sobre el nexo de la palabra y el fantasma, sobre lo que se manifiesta como ausente o perdido, brilla en la poesía trovadoresca provenzal medieval y en «il dolce stil novo» de Dante de la mujer idealizada en términos de sabiduría.
El objeto del amor que canta el poeta trovador y cortesano a distintas damas medievales, señoras de los castillos en ausencia de sus esposos, los señores feudales, es «imposible objeto de amor» que, paradojalmente, solo puede ser retenido como «objeto perdido»; a pesar de esto, la poesía occidental sigue animada por la vitalidad de una «alegre e inexhausta ‘unión espiritual’ con el propio objeto del amor».
De vuelta, la poesía como atracción de lo perdido e inasible; lo ajeno al conocimiento de la filosofía asentada sobre firmes acantilados. La poesía y sus brisas esparcidas en un territorio irreal y fantasmal, pero que, a su vez, contiene las «estancias», radiantes, que lo poético explora y habita.
Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental, de Giorgio Agamben (A.hache).
Sobre la firma
Filósofo, docente y escritor. Su último libro La red de las redes, ed. Continente; su página cultural “La mirada de Linceo: (www.estebanierardo.com)”Bio completa
Fuente: Clarín.com

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