La desaceleración de la inflación no alcanza, por sí sola, para aliviar el bolsillo de la clase media. Mientras el índice general de precios pierde velocidad, el costo de los servicios sigue escalando y gana cada vez más peso dentro del presupuesto familiar. Ese es el principal diagnóstico de un informe de Focus Market, elaborado por el economista Damián Di Pace, que pone la lupa sobre el impacto de las tarifas públicas y privadas en la vida cotidiana.
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De acuerdo con el relevamiento, la canasta de servicios para una familia tipo formada por dos adultos con empleo y dos hijos en edad escolar alcanzó en marzo de 2026 los $2.980.339 mensuales. El dato implica un aumento de 22,25% respecto de noviembre de 2025, y una suba de 57,5% frente a marzo del año pasado. Según el informe, esa dinámica supera ampliamente la inflación acumulada del período analizado.

“Si evaluamos las transformaciones macro y su incidencia en la vida diaria, lo más notorio es que la inflación se encuentra estable, pero aún en un nivel elevado. En ese marco, las tarifas de los servicios siguen en proceso de corrección gradual”, señaló Di Pace al presentar el estudio. La lectura de la consultora es que la nominalidad más baja no implica una mejora homogénea del poder adquisitivo, porque varios rubros clave continúan ajustándose por encima del promedio.
Vivienda, el ancla más pesada para los ingresos medios
Dentro de la canasta, el mayor peso sigue estando en la vivienda. El informe destaca que un alquiler promedio de un departamento de tres ambientes en el Gran Buenos Aires pasó de $760.860 en noviembre a $827.599 en marzo. Además, durante 2025 los alquileres habrían acumulado una suba cercana al 51%, impulsados por la escasez de oferta habitacional.
A ese desembolso se suman expensas, servicios públicos y otros gastos vinculados al sostenimiento del hogar. En otras palabras, la vivienda no solo sigue siendo el principal componente del gasto mensual, sino que además arrastra aumentos que son difíciles de postergar o recortar. Para la clase media, eso implica resignar margen en otros consumos o directamente cambiar hábitos para llegar a fin de mes.
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El problema de fondo es que buena parte de estos gastos son inelásticos. A diferencia de otros consumos, el alquiler, la luz, el gas, el agua o internet no pueden eliminarse del presupuesto. Por eso, incluso en un escenario de inflación más moderada, la percepción de ahogo financiero persiste en los hogares que no logran recomponer ingresos al mismo ritmo.
Salud y educación, dos rubros que amplifican la presión
El informe también marca que salud y educación están entre los capítulos que más empujan el encarecimiento de la canasta de servicios. Para marzo, una cuota mensual de colegio privado para dos hijos se ubica alrededor de $605.794, mientras que una prepaga familiar básica ronda los $647.044.
Ambos rubros aparecen como centrales en la estructura de gasto de los sectores medios urbanos.

En este contexto, aun cuando el proceso desinflacionario avanza, los servicios regulados o semirregulados y varios servicios privados siguen corrigiendo precios relativos. Es decir, recuperan terreno luego de años de rezago. En términos macro, ese reordenamiento puede ser leído como parte de la normalización de la economía. En términos micro, sin embargo, se traduce en una mayor exigencia para hogares que ya llegan con ingresos tensionados.
La conclusión es incómoda para el relato de alivio inflacionario: una inflación que baja no necesariamente se siente como alivio cuando los gastos fijos del mes suben por encima del promedio. Y ese fenómeno se vuelve más visible entre los hogares de clase media, que suelen quedar fuera de subsidios amplios pero tampoco cuentan con ingresos lo suficientemente holgados como para absorber sin costo estos aumentos.
Una clase media cada vez más ajustada por los gastos fijos
En ese marco, el trabajo de Focus Market muestra un cambio silencioso pero profundo en la composición del gasto familiar. Los servicios ganan participación dentro del presupuesto total y desplazan capacidad de consumo en bienes, salidas, ahorro o incluso recreación. La tensión ya no pasa solo por el precio de los alimentos: cada vez pesa más cuánto cuesta sostener el estándar de vida básico de una familia urbana.
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El estudio funciona además como una radiografía de época. La clase media argentina enfrenta una doble presión: por un lado, la recomposición de tarifas y precios atrasados; por otro, ingresos que todavía no recuperan plenamente el poder de compra perdido en años de alta inflación y recesión.
En esa combinación, la canasta de servicios se convierte en un indicador cada vez más sensible del deterioro o la recuperación real.
Fuente: Perfil.com

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