Murió Guillermo Salatino, el periodista que en medio siglo cubrió casi todos los Grand Slam y se convirtió en una voz emblemática del tenis

DEPORTES Entrevista al periodista GUILLERMO SALATINO foto Guillermo Rodriguez Adami

Jugadores, entrenadores, jueces, dirigentes, colaboradores. El ambiente del tenis tiene sus personajes, muchos de ellos históricos. También, sus periodistas, por supuesto. Y para ese ambiente nombres como los de Guillermo Salatino Juan José Moro constituyen la referencia central entre nosotros. Porque fueron, junto a otros colegas, quienes acompañaron y difundieron desde mediados de los 70 lo que constituyó una verdadera revolución en este deporte, al transformarlo en una actividad masiva, al compás del fenómeno Vilas.

“Salata” -quien nos dejó este sábado a sus 80 años, víctima de un infarto momentos antes de una operación- significó un símbolo de la difusión del tenis y un inmenso periodista deportivo. Alcanzó popularidad y reconocimiento, pero significó todavía más para quiénes compartimos y disfrutamos junto a él tantas travesías, tantas coberturas, tantos festejos por las hazañas de nuestros tenistas. Porque Salatino, desde la base de sus conocimientos técnicos del tenis -había sido un jugador de primera línea hasta sus tiempos juveniles- era siempre guía y consejero para todos, especialmente para quienes recién se iniciaban en la cobertura periodística y en las giras. Generoso para compartir su sabiduría, para orientar a todos en cuestiones profesionales y humanas, para organizar los viajes y estar atentos a cada detalle, en una época en la que no se disponía de los medios técnicos actuales

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Murió el reconocido periodista deportivo Guillermo Salatino

Salatino, de chicom intentó jugar al básquet en el legendario Gimnasia de Villa del Parque, pero lo convencieron para volcarse al tenis en el Buenos Aires LTC por consejo del gran Alejo Russell. “A los 16 yo estaba entre los mejores juniors. El número 1 era Julián Ganzábal, que tenía cancha en la casa y me invita a hacer una pretemporada, con Jorge Cerdá, del CASI. Toda la semana. Y cuando llega el sábado le digo: “¿Qué hacemos esta noche?”. Julián me contesta: “Nada, acostarse temprano, porque mañana a las 6 de la mañana se hace gimnasia”. Le aclaré que iba a salir. “Si salís, no vuelvas”, me respondió. Y salí. Ese día decidí que iba a jugar al tenis, pero que no sería tenista. Ahora lo critico a Alcaraz porque se va a Ibiza… Pero yo hice un poco eso, y sin las condiciones de Alcaraz, claro…”, evocó en una nota con Claudio Cerviño en La Nación.https://f292effa9ffb586bccc52ec01ba87704.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-45/html/container.html

Decidió por estudiar periodismo deportivo en el Círculo, donde egresó a mediados de los 70. Enseguida se volcó, con una entrega conmovedora, a la pasión que abarcó toda su vida: el periodismo y el deporte (el tenis primero, pero luego se extendió a otros). Y se convirtió en un infaltable de todas las citas tenísticas: en casi medio siglo cubrió 147 torneos de Grand Slam, algo que probablemente no registra ningún otro periodista en el mundo. Su cuenta -según le confesó hace un par de años en una entrevista a nuestro periodista Nicolás Coppa- abarcaba 43 asistencias a Wimbledon, otras tantas a Roland Garros y al US Open, además de 18 viajes al Open australiano. A esto, le sumó múltiples torneos del circuito, Copa Davis o Federation Cup, entre otras. Y esa pasión no consistía solo en la formalidad de una transmisión de datos, sino que era un severo y detallado comentarista. Aquellas jornadas en los torneos eran interminables: Salatino era el primero en llegar y el último en irse del estadio, no se ocupaba solo de los “stars” sino que atendía casi todos los juegos de primera vuelta, recorría desde el court central hasta los más alejados. Y registraba hasta el mínimo detalle de cualquier jugador del circuito, hasta el más humilde.Guillermo Salatino con Maradona.Guillermo Salatino con Maradona.

En aquel lapso, solamente sucesos como la guerra de Malvinas o el paréntesis por el covid impidieran que Salatino cubriera la totalidad de eventos de Grand Slam que se disputaronaron. Aunque Australia le encantaba, atendía a la solemnidad de Wimbledon (“allí se respira tenis”), un campeonato que cubrió desde la histórica edición del Centenario, en 1977, cuando triunfaron Bjorn Borg y Virginia Wade. Año tras año, y con distintas generaciones de colegas, partía temprano desde un humilde hotel junto a la estación Earl’s Court para abordar el tren que llevaba a las cercanías del All England y disfrutar junto a la multitud que caminaba por esas calles típicamente british. En ese viaje de ida se palpitaban sus sensaciones, se recibían sus pronósticos para -durante la vuelta por la noche- compartir otras vivencias, su felicidad o disgusto por los resultados, su análisis riguroso de cada juego.

Salatino también fue editor de revistas especializadas, escribió sus memorias en “El séptimo game” y columnas especiales en los principales medios de nuestro país, cada vez que se le solicitaba. Con aquella disposición, generosidad y sabiduría de siempre. Guardaba (y nos transmitía) un respeto casi solemne por los australianos de los 60 -Rod Laver a la cabeza- disfrutó luego con el gran cambio que produjo la generación de Vilas, Borg y Connors en los 70 y, más adelante, extendió aquella admiración hasta la trilogía dorada de Federer, Nadal o Djokovic. Todos aquellos nombres, y muchos más, también tenían una atención y una deferencia hacia el propio Salatino como se podía notar en cada entrevista o en cada ronda de prensa.Guillermo Salatino, en uno de los Grand Slam.Guillermo Salatino, en uno de los Grand Slam.

Por eso, resultaron tan merecidos los reconocimientos que recibió en los últimos años. Una de las cabinas del Buenos Aires Lawn Tennis lleva su nombre, al igual que otra para Juanito Moro. Lo emocionó el homenaje que le brindó la organización de Wimbledon. Vivió entre lágrimas la coronación argentina en la Copa Davis del 2016, cumpliendo su famosa promesa de atravesar -de rodillas- la cancha del Arena Zagreb a la hora del triunfo: era el punto final a tantas frustraciones acumuladas por nuestros equipos hasta que Delpo y cía. le pusieron el punto final.

Con algunos de nuestros ídolos como Vilas o Nalbandian tuvo sus idas y vueltas. “Con Guillermo fuimos amigos, jugamos juntos, lo conocí a los 10 años. El papá me pidió que lo peloteara. Y cuando vino a Buenos Aires, a los 16, compartimos el equipo de Primera por dos años, salimos campeones, entrenábamos juntos, ha dormido en mi casa. Pero después como periodista en algún momento lo critiqué: en el 80, cuando perdimos en Copa Davis contra Checoslovaquia dije ‘qué raro que Vilas ponga una excusa’ y se ofendió. Lo siento”, relató. Ese cortocircuito en su relación se resolvió veinte años después: “Estábamos en el Buenos Aires, en el Lawn Tenis, por un evento, y estaba Guillermo como invitado. Vino de atrás y me pegó un sopapo en la espada. Me dijo ‘Estamos grandes para estar peleados’. Nos dimos un abrazo, no dijimos una sola palabra y se terminó. Como si nunca hubiera pasado nada. Cuando murió mi hijo fue el tipo que más y mejor me habló”.

Gaby Sabatini era su debilidad“Es difícil manejar la relación con los tenistas. Yo siempre traté de no ser amigo. Obvio que al principio sí porque yo jugaba con ellos, con Vilas y Clerc. Después, la distancia la marcó la diferencia generacional, salvo excepciones como Gabriela Sabatini o Mercedes Paz que eran chiquitas y como viajaban solas, mi mujer y yo les estábamos encima, las llevábamos de la mano. Por eso con Gaby tengo una relación más paternal”, contó hace tres años, en Clarín. “A Gaby la acompañé desde que era muy chica. Es amiga mía. Hasta el día de hoy mantenemos una relación intachable, me llama para el cumpleaños, tiene gestos que no tiene habitualmente con nadie porque es muy introvertida y reservada, especialmente con los periodistas. Pero yo creo que ella a mí no me considera periodista, somos amigos. Y no hablo más porque mis hijas se ponen celosas”, se reía. Salatino cubrió toda la campaña de Sabatini desde su aparición cuando era una promesa infantil y en las primersa competiciones juniors hasta su coronación en los dos Masters y el US Open, y su retiro en el 96.Foto Rodriguez Adami - CLARIN Foto Rodriguez Adami – CLARIN

Pero Salata también pasó momentos muy duros en lo personal. Casi un millar de personas le acompañaron aquella triste jornada del 2010 cuando perdió a su hijo Alejandro, productor periodístico, víctima de un cáncer en plena juventud. Y recientemente, en agosto del 2024, sufrió otro golpe con la muerte de María Angélica, su entrañable esposa, aquella que llevó adelante esta relación desde que se casaron en el 69: “Siempre me bancó. Cuando dejé el laburo de despachante de aduana me dijo que lo hiciera. Ella nunca ejerció de psicopedagoga, siempre se dedicó a la familia. Nos bancamos mutuamente. Nunca hice nada sin consultarla. Yo a ella le debo el 99% de lo que soy. Es una mujer muy reflexiva, muy inteligente”.

A través de la TV y la radio -y más recientemente en las redes- transmitió para la Argentina casi todos los hitos del tenis a lo largo de este casi medio siglo como las coronaciones de Vilas, Delpo y Gaby en el US Open, la euforia en Buenos Aires cuando Vilas, Clerc y Cano se unieron para las victorias sobre Estados Unidos en la Davis, aquellas conquistas de la misma Sabatini en el Masters, la consagración del 2016 en la Davis, la histórica final Gaudio-Coria en Roland Garros 2004, entre otros.

Fanático de Racing y últimamente del golf, su actividad periodística le permitió entrevistar y relacionarse con las grandes figuras del deporte argentino: el maestro Roberto De Vicenzo era su ídolo. Pero disfrutaba con todos, desde Fangio hasta Reutemann, desde Maradona hasta Bochini y tantos más. Su ciclo de entrevistas por TV eran amables y profundas, respetuosas, lejos de la formalidad y el protocolo, sabía llegar a la intimidad del personaje. Tanto en la radio como en la TV participó en varios de los mejores ciclos y guardaba como un recuerdo especial cuando transmitió, con récord de rating, uno de los más grandes acontecimientos de nuestra historia tenística: la victoria de Vilas sobre Connors en la final de Forest Hills 77.

En aquel 11 de septiembre -acaso la jornada más gloriosa para una gloria como Vilas- Salatino hizo vibrar a todo un país con su relato. Era una jornada que Bud Collins, su amigo y también leyenda del periodismo de tenis, había definido así en el Boston Globe: «Este Abierto ha combinado elementos de la evacuación de Saigón, el Crepúsculo de los dioses, el Día de la Langosta y una fiesta».Foto Rodriguez Adami - CLARIN Foto Rodriguez Adami – CLARIN

Se autodefinió: “Soy un tipo que hace lo que se le da la gana, respetando mucho al prójimo. Tengo una muy buena educación de padre. Soy un poquito egoísta, porque jugué mucho al tenis. Pero me gusta ayudar a la gente, siempre que puedo dar una mano lo hago, desinteresadamente. Y no me importa si me lo devuelven. Soy lo que se ve, muy calentón pero con sentido del humor. Me encantan los amigos, me divierten, me crie en un club. A pesar de los golpes de la vida encontré una mujer hace 54 años como María Angélica que me dio los cinco hijos y a quien le debo todo, es muy inteligente y lo mejor que me pasó en la vida, sin ninguna duda”.

Los periodistas que cubrimos tenis en distintas generaciones nunca dejaremos de considerarlo “maestro”. Quedarán el eco de aquellas transmisiones, los viajes compartidos por rutas de todo el mundo -desde el glamour de los grandes torneos hasta aquellos rincones casi desconocidos a los que nos llevaron otras competencias menores- los festejos y abrazos a la hora de los triunfos y la desilusión en las caídas. Quedan sus consejos y sus manías, como las de todos. Pero sobre todo, aquella pasión por el tenis, aquella entrega por su trabajo, el amor que ofreció a cada colega y a sus familias. Es la hora del adiós a un periodista de raza.


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Luis VinkerLuis Vinker

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Fuente: Clarín.com

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