Oscurecer la luz

Platón, el filósofo que nos enseñó a salir de la caverna y a buscar la luz de la verdad, ha sido censurado por una universidad estadounidense. La noticia, aparentemente grotesca, es real: en la Universidad Texas A&M, una de las casas de estudio más grandes y antiguas de los Estados Unidos, se ha ordenado a un profesor de filosofía que elimine de su curso introductorio sobre lecturas de Platón —muerto hace 2400 años— bajo el argumento de que ciertas partes de sus diálogos abordan cuestiones de género, identidad y sexualidad que, según la administración, violarían una nueva política institucional.

No se trata aquí de un desacuerdo académico sobre la interpretación de un texto; tampoco de un debate legítimo sobre cómo enseñar a los estudiantes cuestiones sensibles. Se trata, lisa y llanamente, de un acto de censura educativa cuyo significado trasciende el incidente puntual. Es la demostración de cómo la ignorancia —esa compañera silente y habitual de la soberbia— puede corroer desde adentro las instituciones que deberían ser faros de pensamiento crítico y apertura intelectual.

Platón no es marginal ni “controvertido” según la terminología políticamente cómoda del presente: es el fundador de la filosofía occidental. Fue el discípulo de Sócrates y el maestro de Aristóteles. Escribió obras como La República y El Banquete para preguntarse por la justicia, el amor, la naturaleza humana y el conocimiento mismo. Sus Diálogos responden a preguntas universales y sus respuestas han guiado a generaciones de estudiantes a cuestionar sus suposiciones, confrontar sus prejuicios y ejercitar la razón.

Que hoy, en un país que se precia de ser un baluarte de la libertad académica, una universidad pueda decidir que ciertas partes de su obra son “demasiado problemáticas” para ser enseñadas en cursos básicos, es una ironía trágica. Peor aún es que esa decisión provenga de una política que busca evitar “promover ideologías” y que termina por imponer una ortodoxia implícita de silencio. El profesor afectado describió la orden como una “revisión de censura obligatoria” y señaló que su curso no defendía ninguna ideología sino que enseñaba a los estudiantes a estructurar y evaluar argumentos, algo que debería ser el corazón de toda educación superior.

Este episodio no es un simple malentendido burocrático. Es la cristalización de una cultura que desesperadamente teme que el pensamiento profundo e inquietante pueda desafiar las verdades cómodas del momento. Y lo más inquietante de todo es que esta cultura no florezca fuera de una academia, sino dentro de ella misma.

La alegoría de la caverna de Platón ya no parece una metáfora distante. En su diálogo homónimo, Platón describe a seres encadenados en una caverna que toman sombras proyectadas en la pared por realidades externas como si fueran la verdad misma. La educación, para Platón, consistía en liberarse de las cadenas, salir de la caverna y ver la luz del sol, aunque esa luz fuera deslumbrante o dolorosa. Ahora resulta paradójico que una institución educativa —llamada a enseñar a salir de la caverna— opte por cubrir con más sombras esos muros.


El pensamiento crítico no es un lujo, es una necesidad


El peligro no radica simplemente en qué textos se incluyen o se excluyen de un programa de estudios. El verdadero peligro está en la lógica que dice: “Si algo nos incomoda, debe ser eliminado”. Ese principio es antiplatónico por excelencia. Como todos los filósofos, Platón no nos enseñó a buscar únicamente lo que nos tranquiliza, sino lo que nos obliga a pensar más allá de nuestros prejuicios y seguridades.

La libertad académica no es un privilegio abstracto. Es el terreno donde florece la crítica, se cuestionan dogmas y se aprende a disentir y a argumentar. Cuando una universidad prohíbe discutir a Platón, no está protegiendo a los estudiantes: está privándolos de la posibilidad de pensar con profundidad, de enfrentar ideas complejas y de ejercitar ese músculo esencial que nos hace humanos: el pensamiento crítico.

Decir que Platón “no está permitido” –en lenguaje llano, prohibirlo– por tratar temas de amor, género o identidad es una muestra de soberbia ignorante: la ignorancia de creer que se puede domesticar el pensamiento para que encaje en los límites estrechos de la comodidad política; la soberbia de imaginar que hoy sabemos más que quienes construyeron los fundamentos de la filosofía occidental. Es un gesto que parece salido no de una facultad de filosofía o una escuela de humanidades, sino de un guardián de pensamiento, y eso es exactamente lo contrario de lo que una universidad debería ser.

Las instituciones educativas existen para abrir puertas, no para cerrarlas; para desafiar certezas, no para blindarlas; para hacer preguntas difíciles, no para sancionarlas. Censurar a Platón no es un acto pequeño. Es un síntoma de una enfermedad más profunda: el miedo a la luz que Platón nos invitó a buscar, el miedo a salir de nuestra propia caverna.

En un momento en que el mundo enfrenta desafíos complejos —éticos, sociales y tecnológicos—, el pensamiento crítico no es un lujo, es una necesidad. Censurar uno de los pilares de ese pensamiento es rendirse ante la ignorancia y la soberbia.

Y eso, como diría Sócrates –el maestro de Platón– en voz platónica, es más peligroso que cualquier error por el que uno pueda ser condenado en un juicio: es una condena a la propia capacidad de pensar.

Fuente: La Nación

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