Categoría: Opinión

  • Una salida política para el laberinto de la economía

    Una salida política para el laberinto de la economía

    El corazón del proyecto de Javier Milei es económico. Consiste en bajar la inflación. Es también un objetivo político, por el que espera una recompensa electoral. La principal estrategia para alcanzar este cometido es fiscal. Se sostiene en un dogma teórico: la raíz de la inflación hay que buscarla en la descontrolada emisión de moneda que demandó el financiamiento de un todavía más descontrolado gasto público. No hay posibilidad alguna de desacelerar la carrera de los precios si no se reduce el tamaño del Estado. Una palanca alternativa para la misma finalidad es estimular la competencia eliminando barreras comerciales. Una de las características principales de este enfoque oficial tiene que ver con el tiempo. Para alcanzar el éxito, la aplicación del remedio debe ser intensa y perentoria. Un shock.

    El experimento presenta inconvenientes. Algunos son visibles. Y hasta previsibles. Como advirtieron siempre los defensores de una terapia más gradual, si para equilibrar las cuentas públicas se elige la vía de un ajuste monetario y fiscal tan draconiano que termina paralizando la actividad económica, lo más probable es que comience a disminuir la recaudación y al Tesoro se le haga más difícil conseguir el superávit. O, peor aún, comience a producir déficit. Quiere decir que la medicina puede matar al paciente. Plantear el problema es muy sencillo. Evitarlo, no tanto. La idea de abandonar un ciclo inflacionario sin caer en recesión tiene también algo de utópico. El dilema sólo se puede resolver con la sabiduría que se espera de los grandes estadistas.

    Las limitaciones del plan económico modifican el plan político. Y provocan varias reacciones en el gabinete. Entre ellas, la de reducir el nivel de debate económico en el espacio amplio del oficialismo. Las disidencias comienzan a sentirse en el Congreso, por desencuentros de la Casa Rosada con algunos gobernadores aliados originados en el giro de recursos. En este contexto debe leerse la convocatoria de Karina Milei, a través de Diego Santilli, para que Mauricio Macri retome el diálogo con la Casa Rosada. Fuentes inmejorables aseguran que el motor de este reencuentro fue Luis “Toto” Caputo.

    El ministro necesita que el Gobierno emita señales de estar en control de la política ante las incertidumbres económicas.

    La aparición de las dificultades materiales expone a Milei y a su equipo a algo más que una trampa en el terreno que más domina. Las distintas tácticas para salir del laberinto, todas defectuosas, generan también conflictos de poder. Es inevitable. La discusión fiscal es el punto en el que con mayor claridad se cruzan la economía y la política.

    Una de las consecuencias de la lucha contra la inflación, que supone una restricción monetaria y fiscal, es la caída del consumo. Y la caída del consumo impacta sobre la recaudación de los impuestos más importantes. Sobre todo del IVA. Sin embargo, el descenso en los ingresos del Tesoro por IVA no tiene una relación exclusiva con que el público adquiera menos bienes o servicios. Aun cuando el consumo se mantenga, el IVA recaudado, en proporción, disminuye. La explicación hay que buscarla en el aumento de la evasión. La relación entre consumo privado y lo que el Estado recibía por el IVA en enero de 2024 era de 11,6%. En junio pasado fue de 9,7%.

    La justificación es evidente. Las personas que tienen dificultades salariales para cubrir sus gastos, si tienen que elegir entre pagar los servicios públicos o pagar el IVA, prefieren lo primero. Sobre todo las empresas castigadas por la parálisis de las ventas, que intentan no quebrar. Quiere decir que el repliegue del nivel de actividad se combina con la evasión impositiva para castigar las cuentas del Tesoro.

    El contrabando

    Hay otra dimensión de la política económica que pone en peligro el superávit fiscal. Es la apertura del comercio. El ejemplo más claro se presenta en el mercado de teléfonos celulares. En cifras redondas, de los 90.000 que se venden por semana, 50.000 proceden del exterior. Algunos son adquiridos afuera. Otros, comprados en plataformas de comercio electrónico. En general, pagan aranceles reducidos o no los pagan. Tampoco contribuyen con el pago de impuestos internos. En este frente también se deteriora la recaudación. Es la derivación de una estrategia de apertura comercial que tiene como objetivo de corto plazo bajar la inflación induciendo a la competencia de precios.

    A estas novedades hay que agregar otra: el aumento del contrabando. En buena medida es otra consecuencia del programa económico. Cuando existían grandes regulaciones cambiarias y, por lo tanto, una diferencia significativa entre la cotización oficial y la libre, el sueño era conseguir dólares del Banco Central. Había una tendencia a sobrefacturar las importaciones. Una vez que se liberó el cepo y la brecha cambiaria casi desapareció, el incentivo es otro: no pagar impuestos o contribuciones. Sean aranceles, tasas de estadística, percepciones, impuestos internos, entre otros.

    El fenómeno del contrabando se ha agravado en los últimos tiempos. La consultora Maplatam realizó un estudio en noviembre del año pasado, en el que consigna que la Argentina figura en el puesto 120 de un total de 158 países del ranking internacional de comercio ilícito. Los porcentajes de contrabando que presenta ese trabajo pueden ser discutibles en la medida en que algunos son suministrados por las cámaras de los sectores afectados. En el caso de teléfonos celulares es un 30% del mercado; cerveza, 40%; cigarrillos 10%; en textiles e indumentaria, 23%, sumados contrabando y subfacturación.

    Las razones de este aumento del comercio ilegal son numerosas. El estudio de Maplatam subraya la expansión del comercio electrónico, que vuelve más difíciles los controles. En América Latina ese aumento fue en 2024 de 11%. Sólo fue superado por África, con un 12,9%.

    En la Argentina el comercio on line fue del 15%. Y en el primer semestre de 2025 había aumentado el 25%. Por esta razón existe una presión creciente de las grandes marcas sobre las plataformas de venta on line con el objetivo de volver más transparente el origen de la mercadería.

    La pérdida de ingresos estatales por culpa del contrabando, según la misma investigación, fue de alrededor de 1100 millones de dólares en el caso de la cerveza, 240 en el del tabaco, 370 millones en el de agroquímicos y 190 millones en el de celulares. Este último rubro registraría una reducción del mercado local equivalente a 500 millones de dólares anuales por el efecto combinado de importaciones legales y contrabando. La recaudación que pierde el Estado por el contrabando sería, según Maplatam, de 2300 millones de dólares por año.

    Celulares, notebooks y accesorios de contrabando
    Celulares, notebooks y accesorios de contrabandoPrensa Policía Federal

    El Gobierno comenzó a percibir el problema por la caída en los ingresos. La Aduana admite el fenómeno, pero también responsabiliza al relajamiento de algunos controles por parte de las fuerzas de seguridad. Aun así, hubo medidas drásticas, como la del cambio total de autoridades en algunas sedes aduaneras, como la de Concordia.

    El efecto en Tierra del Fuego

    La liberalización de las importaciones, combinada con el incremento del contrabando, está produciendo un resultado inesperado: el colapso del régimen de Tierra del Fuego, donde un selecto conjunto de importadores se benefició durante años de generosísimas ventajas fiscales a cambio del ensamblado de electrónicos que se venden como productos de la industria nacional. Una señal: la empresa Mirgor, de Nicolás Caputo, acaba de despedir 300 empleados e ingresó en un proceso de conciliación obligatoria por exigencia de la Secretaría de Trabajo. Quién iba a imaginar que a Nicky le llegaría la guadaña en plena “caputocracia”, de primos y sobrinos. Mauricio, hermano de la vida, qué tiempos aquellos…

    Las autoridades económicas están cada vez más inquietas frente a las dificultades para revertir la parálisis de la economía. El desvelo es más intenso porque el letargo es la cara negativa del objetivo principal: que caiga la inflación. Pero, si la tasa de inflación no se derrumba y empieza a comportarse como un serrucho, ese costo tiene menos sentido todavía. Muchos economistas recomiendan revisar la política cambiaria corrigiendo la apreciación del peso. Es una receta que el Gobierno sigue rechazando.

    La devoción por un régimen que numerosos profesionales identifican con el atraso cambiario está agitando las aguas en el equipo económico. Hay una excelente noticia para el oficialismo: el sistema financiero está ante un récord de depósitos en dólares. Es una señal de confianza en el programa. El ministro Caputo la festeja y pretende servirse de esa palanca con medidas que reactiven: entre ellas, favorecer los préstamos en dólares, que tendrían como consecuencia indirecta una caída en la tasa de interés. Caputo choca contra la cautela del presidente del Banco Central, Santiago Bausilli, quien teme que una mayor demanda de dólares facilitada por el crédito termine disparando el precio de la divisa. En esa discusión están los dos socios.

    La alternativa de los que sacralizan la fijación del tipo de cambio es, como siempre, impulsar reformas que bajen los costos que impone un dólar barato. El Gobierno ya intentó con una: la reforma laboral. No están apareciendo los resultados que se soñaban. Las cámaras empresarias y los sindicatos respectivos están presentando convenios laborales ante la Secretaría de Trabajo que difieren en casi nada de las versiones anteriores a la reforma. Otra oportunidad para que Federico Sturzenegger descubra que el mundo real suele diferir del clima teórico en el que él está instalado.

    Más allá de las experiencias específicas, el oficialismo se prepara para impulsar reformas que se vienen postergando en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. En el centro del programa está la reforma previsional. Sin ella, consideran en el equipo económico, no hay plan fiscal que cierre. Los cambios en el sistema jubilatorio suelen ser, como dicen los anglosajones, “el tercer riel”. Es el riel por el cual circula, en trenes o subterráneos, la electricidad de altísimo voltaje. Es decir, es la materia que puede lograr que cualquier gobierno quede pegado.

    La Corte Suprema

    La discusión central será judicial, por la cantidad de amparos que se prevén. Esta es otra razón por la cual las dificultades fiscales engendran iniciativas políticas de gran magnitud. Una de ellas, reformar para el año próximo la composición de la Corte Suprema de Justicia. Se la ampliaría a 9 miembros y se la integraría con constitucionalistas y, sobre todo, administrativistas. También se establecería una nueva regulación para el procurador general de la Nación, que sería designado con un plazo de 7 años. ¿Hay alguna posibilidad de lograr estas innovaciones en medio de una campaña electoral? Es la pregunta que debería hacerse el ansioso Juan Bautista Mahiques, quien se postula para la Procuración.

    Los crujidos de un ajuste que, en vez de garantizar, pone en tela de juicio el equilibrio fiscal, impactan en la política en otros campos. La vinculación de la Casa Rosada con los gobernadores está de nuevo lastimada por dos noticias sobre la misma materia. Como viene publicando LA NACION, Caputo utilizó dos tercios del fondo fiduciario para el arreglo o construcción de rutas para financiar al Tesoro Nacional. Ese desvío de la misión exclusiva de ese fondo le valió una nueva denuncia penal, en este caso de la diputada Victoria Tolosa Paz, quien milita en el peronismo federal. La otra novedad desagradable para los caudillos de provincia es que esa caja se repartió con porcentajes arbitrarios. Aliados como Raúl Jalil, por ejemplo, no recibieron ni una moneda.

    Otra secuela de las crecientes dificultades fiscales es la intervención del PAMI. Esteban Leguizamo y Carlos Zamparolo, que integraban la cúpula, están desde la semana pasada, afuera del gobierno. Sólo falta trasladar la expulsión a los papeles Los motivos de la remoción son varios. El más presentable es que llevaron el déficit de ese instituto a niveles inmanejables. El PAMI se puso al borde de la cesación de pagos.

    Esteban Leguizamo, director del PAMI
    Esteban Leguizamo, director del PAMIPAMI

    Hubo, además, otra razón para la defenestración. Tiene que ver con las operaciones sospechosas de Guido Giana, encargado de coordinar la relación con los prestadores de esa mega caja. Al parecer, lo hizo con la falta de transparencia que se esperaba de él si se tienen en cuenta tareas similares que llevó adelante durante la gestión de Mauricio Macri. Giana es un soldado de Cristian Ritondo desde que era concejal en Presidente Perón. Lo caracterizaban como “un caminador”. En esa categoría revistaba también el informal Nicolás Siseles, una especie de “tiempo compartido” entre Ritondo y Santilli.

    Giana y Siseles caminaban por todos lados. No se sabe con precisión ni qué buscaban ni cómo lo traían.

    La salida de Leguizamo y Zamparolo podría haber afectado el poder de Santiago Caputo, si no fuera porque el “Mago del Kremlin” se encargó de designar a los “interventores”. A Giana lo reemplazó Rodrigo Sbarra. Un discípulo de Francisco “Pancho” Cabrera que se hizo célebre como funcionario porteño del Pro cuando dejó el cargo olvidándose en un cajón del escritorio un sobre con 10.000 dólares. Con Sbarra colabora María Florencia Zicavo, quien integró el equipo del Ministerio de Justicia en tiempos de Mariano Cúneo Libarona. La permanencia del “Mago” como responsable político del PAMI tranquiliza a muchos dirigentes ligados a esa institución. Entre ellos, a Ritondo, a quien se atribuye el control operativo de facto de varias dependencias de la obra social en el conurbano bonaerense. Habladurías.

    Las inclemencias de la economía deshilvanan la política. Por eso es relevante la invitación a Macri. Es decir, la invitación a un expresidente que acaba de postular a un economista crítico, Hernán Lacunza, para competir por Pro en las presidenciales del año próximo. Macri habló más de media hora con la señorita Milei el lunes pasado. Contra lo que esperaban en Pro, ella no puso condiciones para el acercamiento. El nexo fue Santilli, quien representa a Macri delante de Karina Milei y a Karina Milei delante de Macri. La especialidad de la casa. En las tratativas estará también Ritondo, otro anfibio, como se ve en el caso del Pami. Del listado de participantes lo más importante es una ausencia: ¿quién representará a Jorge Macri? Lo que está en juego en la negociación electoral es la candidatura del jefe de Gobierno para la reelección. Jorge Macri ganó frente a su primo una autonomía a la que no se había animado ni Horacio Rodríguez Larreta. No alcanza la mediación de Daniel Angelici para atenuar esa rebeldía. Tampoco el regreso de Edgardo Cenzón, eterno cajero del expresidente, para gestionar cajas importantes. Por eso en el horizonte se dibuja un enigma calabrés: si Mauricio Macri no espera que desde el lado de Milei veten a su primo como candidato de una alianza. ¿Diego Santilli fantasea con ocupar esa vacante? Que parezca un accidente.

    Por Carlos Pagni

    Fuente: La Nación

  • Sacudidos

    Sacudidos

    El vecindario tiembla. Y no es metáfora. Aunque también lo es. En menos de dos meses (47 días, para ser precisos) dos devastadores terremotos causaron miles de muertos (tal vez nunca sepamos cuántos) en dos países vecinos del continente. Venezuela y Colombia, que alguna vez fueron una sola nación, están desgarrados desde las vísceras. Cuando todavía siguen desvelándonos las imágenes de uno nos golpean las que siguen y seguirán llegando desde un poco más abajo en el mapa.

    Los geólogos explican que los sismos no están relacionados. Pero la ciencia nunca basta para ahuyentar los miedos. El temor a que lleguen pronto acá es inevitable. Como preguntarnos si estamos en condiciones de enfrentar catástrofes. Los paralelismos cuentan. En un caso, un Estado con sus instituciones cooptadas y destruidas expuso su incapacidad de respuesta. En el otro, un país con una guerra interna eterna y en medio de un cambio (democrático) de gobierno muestra capacidades estatales eficaces para enfrentar el desastre. Para tener en cuenta. Aunque hablar de secuencias sea ilógico. E inverosímil. Como dice Pirandello, “la vida está llena de infinitos absurdos, que, descaradamente, ni siquiera tienen necesidad de parecer verosímiles, porque son verdaderos”. La verdad siempre encuentra su hora para llegar. El dolor también. Y la solidaridad nunca es suficiente.publicidad

    Por Claudio Jacquelin

    Fuente: La Nación

  • Milei, entre el riesgo Mamdani y el teorema Mirtha

    Milei, entre el riesgo Mamdani y el teorema Mirtha

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    “Como te ven, te tratan. Si te ven mal, te maltratan”. El teorema Mirtha Legrand para la carrera laboral también vale para pensar la confrontación política entre mileísmo y oposición kirchnerista que escaló en las últimas semanas. La coreografía de la previa electoral viene respondiendo a ese ritmo legranista. Sobre el problema de la morosidad y la caída del poder de compra, el kirchnerismo ve una ventana de oportunidad electoral justo cuando creía que estaba todo perdido. Las encuestas que confirman un descenso de la imagen presidencial también les sirve como dato inspirador. El guión dice así: ante la ortodoxia mileísta en problemas, la salida es el regreso a las fuentes heterodoxas del kirchnerismo.

    Del noviembre de victoria electoral a este presente, ha corrido mucha agua bajo el puente del triunfo mileísta. Con todo para consolidar su hegemonía temporaria, el Gobierno hizo lo contrario, lo de siempre: caer en errores políticos que habilitan ensoñaciones opositoras. Otra vez la danza mileísta: un pasito para adelante, y unos cuantos más para atrás.

    En ese escenario, el kirchnerismo encuentra certezas: ve en los problemas del Gobierno una demostración de un nuevo fracaso histórico de la visión ortodoxa de la macroeconomía. Una oportunidad recargada para salir en busca de la recuperación de la legitimidad perdida. En el frente global, hay una lectura que refuerza esa pretensión: las noticias políticas que produce Zohran Mamdani, el alcalde demócrata socialista de Nueva York, le da letra al kirchnerismo para volver a creer que la heterodoxia económica es la salida. Controles de precio, intervención en mercados clave, subsidios en servicios públicos, subas impositivas anti ricos: el kirchnerismo se ve a sí mismo en la figura de Mamdani.

    ¿Alucinaciones olfativas?

    Para el kirchnerismo, hay olor a debilidad de la imagen presidencial y a fracaso del proyecto libertario. Ese iceberg tiene varias puntas. Primero, la derrota oficialista de la Ley de inviolabilidad de la propiedad privada. Empezó primero por una derrota en la cancha de la batalla cultural: que “inviolabilidad de la propiedad privada” fuera desplazado por “ley de tierras” fue el primer síntoma del éxito kirchnerista, que logró colocar en el debate público su impronta ideológica. El senador por Santa Fe, el justicialista Marcelo Lewandowski, es un buen ejemplo de esa visión: “El problema no es el gringo que nos compra sino el criollo que nos vende”, dijo en el arranque de su discurso. No se quedó ahí: abundó una batería de lugares comunes del relato peronista de tono más sepia. Su bibliografía preferida fue Arturo Jauretche y su noción de “estatuto legal del coloniaje del siglo XXI”. Todo el pasado, recargado, por delante.

    El éxito del kirchnerismo se dio no sólo en la cuestión de la extranjerización de la tierra. Tuvo otra victoria: sacó de escena de un codazo a la conversación sobre el derecho a la propiedad privada y su centralidad en una economía pujante y desarrollada. El Gramsci del kirchnerismo le ganó de lejos al neo Gramsci libertario. Las consecuencias de esa derrota no están claras todavía: por el momento, el oficialismo cajones el debate en Diputados. Un registro de su incapacidad para alinear los votos en el Congreso.

    Segundo, la ocupación de la calle frente al Congreso el día de esa votación en el Senado como otro dato clave: esa postal remite al debate parlamentario de diciembre de 2017 en la presidencia de Mauricio Macri y a las ya legendarias 14 toneladas de piedras arrojadas ese día. Retrospectivamente, ese evento fue el inicio de una sucesión de problemas de gobernabilidad que terminaron en la derrota electoral de Macri en 2019, cuando buscó la reelección. Fue justo después del triunfo en las elecciones legislativas de octubre de 2017. Aunque los paralelismos son imperfectos, alimentan la percepción de debilidad de las dos experiencias políticas liberales-libertarias. Le sirven a la oposición dura para envalentonarse.

    Tercero, se puede detectar una narrativa kirchnerista que empieza a anclarse, otra vez, en su manual político y económico histórico. Todos síntomas de una percepción de achicamiento de las posibilidades de la refundación mileísta. La percepción kirchnerista y filo kirchnerista, la de la superestructura cultural-informativa que lo apoya, detecta un agrietamiento en el proyecto mileísta. El Gobierno tiene un problema: tener poder es ser percibido como el poder.

    El kirchnerismo tiene otro problema: el riesgo de leer mal la voluntad de la mayoría, y soñar una crisis terminal del Gobierno donde en realidad hay desencanto de la gente, pero un pragmatismo decidido que lo lleva a resistir una receta kirchnerista que se probó fallida. La micro militancia generalizada del kirchnerismo es efectiva para torcer voluntades en el Congreso. También, para creer que otra vez llegó su hora. No lo ha sido tanto para oler los tiempos electorales: de ahí su sorpresa ante el éxito electoral de Milei.

    Kirchnerismo empoderado

    Hubo un tiempo, no hace mucho, en que esa posibilidad de autoestima política estuvo vedada para el kirchnerismo. Después del triunfo de Milei en 2023, el kirchnerismo entró en etapa autocrítica: por impostura o por reacción política al golpe de la derrota, el kirchnerismo atinó con alguna muestra de racionalidad macro y autocrítica a su veta deficitaria e inflacionaria. El triunfo bonaerense de Kicillof en septiembre de 2025 le puso el primer freno a esa etapa de revisión de los principios kirchneristas: en medio de una inflación otra vez al alza, el kirchnerismo tuvo su expectativa de acabose oficialista. El desconcierto de la derrota en noviembre lo puso, otra vez, en modo expectante, y de psicoanálisis político: ¿qué fenómeno oculto se les estaba escapando que la ciudadanía volvía a darles la espalda?

    Por ahora, ese realismo de la derrota se terminó. En la primera mitad del año, el caso Adorni les permitió correr a la moral mileísta con sus propias contradicciones: señalaron los pies de barro del discurso libertario anti casta. Con el aumento de la morosidad y la caída del poder adquisitivo, el kirchnerismo cree encontrar una oportunidad política con dardos al corazón del proyecto mileísta: su plan de estabilización y de crecimiento. Hoy, la duda kirchnerista se le anima incluso a la inflación a la baja: no bajó tanto, y sigue comiendo salario, es la conclusión. Massa lo disfruta: toda una operación ideológica capaz de dejar atrás el 213 por ciento de inflación de 2023.

    Ahora el kirchnerismo y el neo kirchnerismo enhebran en un solo hilo las experiencias de Menem, de Macri y de Milei: proyecto de economía abierta, macro sin déficit y ajuste anti inflación como impopulares y condenadas al fracaso.

    Milei los ayuda. Al principal problema económico que vive la gente, el endeudamiento, responde con una frialdad propia de otros tiempos: no es lo mismo responder a una demanda social cuando recién se asume el poder y no hay legado del que hacerse cargo que responder cuando la propia gestión tiene responsabilidades en el presente de la gente.

    I love New York

    Para Milei, la falta de alternativa política es un activo clave para sus chances de reelección. Sobre todo si lo único que le puede competir es un kirchnerismo que vuelve a sus fuentes narrativas y se sobregiro ese regreso: resulta el enemigo político ideal para Milei. El miedo al legado kirchnerista une a los votantes que Milei necesita, pero que no logra seducir por sí mismo. El riesgo kuka se transforma ahora en el riesgo Mamdani: el miedo a un “vamos por todo” ahora recargado por la legitimidad Mamdani.

    En ese terreno global, el kirchnerismo se lee en el reflejo de esa otra esperanza: subirse a la ola de la “legitimidad Mamdani”. El alcalde de Nueva York es una referencia prometedora: en la cuna del capitalismo donde nunca hubo espacio para una oferta electoral de estilo kirchnerista, aparece un Mamdani kirchnerista. La promesa de supermercado controlados por el Estado para controlar precios es música para los oídos del kirchnerismo que va de Cristina y Máximo Kirchner a Axel Kicillof: los divide la puja por el poder real y las cajas, pero los hermana una narrativa y el marco de una utopía que falló mil veces durante la hegemonía kirchnerista.

    Desde las orillas oficialistas, el riesgo kuka, con el que Javier Milei y Luis Caputo azuzan la conciencia electoral del votante de centro, queda convertido ahora en riesgo Mamdani: una vuelta a todos los males del Estado presente kirchnerista, pero ahora multiplicado a la enésima potencia a partir de una autoestima rehabilitada por un eventual fracaso liberal-libertario y un éxito de izquierda en la cuna del capitalismo, Nueva York. Mientras el Gobierno se fascina con el techno anarcocapitalismo de Peter Thiel, el kirchnerismo se embelesa con el intervencionismo vintage del alcalde neoyorquino.

    Otra vez gira la calesita y el votante se encuentra con el mismo dilema: el voto por el miedo menor.

    Por Luciana Vázquez

    Fuente: La Nación

  • El Gobierno admite que usa fondos que por ley solo deben destinarse a las rutas nacionales para “lograr el equilibrio fiscal”

    El Gobierno admite que usa fondos que por ley solo deben destinarse a las rutas nacionales para “lograr el equilibrio fiscal”

    El vocero presidencial, Adrián Ravier, confirmó que el Gobierno destina a “lograr el equilibrio fiscal” un alto porcentaje del “Sistema Vial Integrado” (SisVial), un fondo fiduciario que debería solo utilizarse para la construcción y mantenimiento de rutas nacionales y obras viales, tal como reveló ayer LA NACION.

    “Lo que no te puedo decir ahora es cuánto de lo que se recauda está yendo al mantenimiento de rutas, pero sin duda una parte de esos impuestos va a Vialidad y la otra parte la dispone el Ministerio de Economía como parte de lograr el equilibrio fiscal de una situación muy compleja que heredamos”, admitió Ravier durante una visita a La Pampa, provincia de la que es oriundo.

    “Habría que ver el número ahí, ¿no? Vialidad Nacional tiene en cada provincia una representación, una oficina con profesionales, que están permanentemente dando mantenimiento de obras a todas las rutas”, indicó el vocero durante una entrevista que concedió a “El Diario de La Pampa”.https://www.youtube.com/embed/jz1_vGdPrq0?si=k3cht8_8poeUUHJq

    “Yo no diría que nada del dinero de ese impuesto va a mantenimiento de rutas. Hoy las rutas se están manteniendo, yo uso la Ruta 5 y si no hubiera mantenimiento en 2 años y medio no estaría como está, estaría peor”, argumentó, antes de participar en el lanzamiento de la Escuela de Formación Política de La Libertad Avanza (LLA), en Santa Rosa.

    La operatoria

    LA NACION reveló ayer que el gobierno de Javier Milei recaudó más de 1,5 billón de pesos en el fideicomiso creado para financiar obras viales, pero solo aplicó la cuarta parte a ese fin. Así, para fines de mayo de este año, mantenía más de $1 billón en inversiones financieras como plazos fijos y títulos públicos.

    La operatoria oficial tiene como epicentro el SisVial, un fideicomiso que capta una porción del impuesto a los combustibles líquidos con un objetivo legal específico: financiar la construcción, el mantenimiento y la rehabilitación de la red vial. El Ministerio de Economía es su autoridad de aplicación, mientras que el Banco Nación actúa como fiduciario y opera una cuenta corriente especial, donde ingresa y de donde sale cada peso para, en teoría, rutas.

    El cruce entre las rutas 40 y 9, en Santa Cruz
    El cruce entre las rutas 40 y 9, en Santa CruzHoracio Cordoba

    La obligación de solo usar lo recaudado por el SisVial en obras viales es taxativa, pero desde que Milei llegó a la Casa Rosada, la tasa de subejecución del SisVial asciende al 73,8%. Solo se ejecutó el 11,3% de lo recaudado durante 2024 ($40.668 millones de $360.238 millones), subió al 39% ($270.592 millones de $692.514 millones) durante 2025, año electoral y de máxima confrontación legislativa, y bajó otra vez al 18,5% entre enero y mayo de 2026 ($83.144 millones de $450.500 millones). En total: $1.503.252 millones recaudados, $394.406 millones ejecutados y más de $1 billón que al cierre del período analizado permanecían sin aplicarse a obras viales.

    “Si tomáramos como referencia el costo del kilómetro que surge de la licitación 14/26 de Vialidad Nacional, se podría afirmar que con el dinero que el SisVial retiene en inversiones financieras podrían haberse intervenido entre 20.000 y 25.000 kilómetros de la red vial en lo que va del gobierno de Milei; eso equivale a casi dos tercios de la red vial nacional”, estimó un economista abocado a asuntos públicos que consultó LA NACION. “Por supuesto que los números son aproximativos, pero atrás de los números hay gente que muere en las rutas”.

    El resultado contable es inequívoco, según reconstruyó este diario. El fideicomiso creado para garantizar el financiamiento de las rutas nacionales y obras viales en todo el país cerró mayo con más de $1 billón colocados en instrumentos financieros y otros $37.761 millones inmovilizados en una cuenta corriente. En total, $1.038.779 millones que no llegaron al asfalto.

    Por Hugo Alconada Mon

    Fuente: La Nación

  • Milei pierde con Milei y ni Cristina lo ayuda

    Milei pierde con Milei y ni Cristina lo ayuda

    La máxima con la que responde sobre sus posibilidades de ser reelegido busca tanto descalificar a cualquier rival político-electoral, como subrayar el vacío de adversarios competitivos que le provee la fragmentación y la crisis de liderazgos que padece la oposición. Sin embargo, el espejo le está devolviendo al Presidente la imagen menos deseada.

    La mayoría de las encuestas más serias cerradas en los últimos 10 días muestran que Milei está perdiendo contra Milei. No en la brumosa y lejana intención de voto para elegir en una góndola vacía de alternativas, sino en otros indicadores más concretos.

    El índice de aprobación del Presidente no solo sigue descendiendo. Ahora, bastante más de la mitad de los argentinos (entre el 55% y el 63%) considera que la dirección en la que va el país es incorrecta. Pocas señales de alerta podrían ser más contundentes si no fuera porque asoman otras, como la caída de expectativas positivas a futuro, o, mejor dicho, el aumento del porcentaje de consultados que consideran que el año próximo su situación personal empeorará.

    A eso se agregan las sonoras derrotas y retrocesos que sufrieron algunos de sus proyectos y medidas en apenas dos días a manos de la política, de amplios sectores de la sociedad y de intereses sectoriales.Milei, ante el peligro de la “rigidez tóxica”

    Ahí está la marcha atrás que debió aplicar el Gobierno contra su voluntad en el proyecto de ley de tierras, que el Senado no trató este jueves, y en la liberación del practicaje de barcos, que había paralizado el comercio internacional por vía fluvial y marítima, con un altísimo costo para el país.

    Son dos tropiezos que, además del costo político para el oficialismo y el impacto hacia afuera, generaron fisuras en el elenco mileísta. La imagen de Federico Sturznegger, uno de los ministros preferidos del Presidente, es usada en estas horas por varios oficialistas como blanco de su práctica diaria de tiro. “Al Coloso se le empieza a ver que tiene pies de barro”, ironizó una fuente del Senado.

    La obstinación para sostener sus proyectos y el desapego por el cálculo de riesgo y la viabilidad de sus ambiciosas iniciativas que caracterizan al ministro de Desregulación es motivo de duras críticas internas, que ya se expresan en voz alta, a pesar de la defensa que de él sigue haciendo el Presidente. A la corte de objetores se habría sumado, según altas fuentes de la Casa Rosada, la hermanísima Karina Milei, dueña del pulgar más poderoso y temido del Gobierno.

    Este contexto parece explicar la intensidad con la que el Presidente ha tratado de instalar anticipadamente el escenario electoral y su pretensión de ser reelegido en la serie de entrevistas concedidas durante los últimos días, aún cuando para las elecciones generales nacionales faltan todavía casi 15 meses. Tanto que hasta buscó adelantar la discusión sobre su futuro compañero o compañera de fórmula. El Prode, en el que fueron inscriptos en el top tres Martín Menem, Patricia Bullrich, Sandra Pettovello, en ese orden, tuvo una efímera popularidad. Su presencia en la agenda pública duró apenas algunas horas.

    La discusión pública sigue dominada por asuntos menos gratos para el Gobierno y mucho más actuales. El endeudamiento y la morosidad que padecen y en la que han incurrido millones de argentinos, la fragilidad del consumo masivo, la vuelta del aumento de la pobreza, la falta de empleo y el freno o la reversión de la tendencia bajista de la inflación compitieron en el interés social con una difundida percepción, en tiempo récord, de que el oficialismo se proponía poner en riesgo la soberanía con la ley de tierras.

    La narrativa oficialista se chocó de frente con dos realidades. Por un lado, con el nervio nacionalista que activó la ola antiargentina en las postrimerías del Mundial de Fútbol y se expresó contra la ley de tierras. Poco había colaborado en esa dimensión la (muy celebrada por el Gobierno) presencia de la jefa del FMI, Kristalina Georgieva, en el yacimiento de YPF de Vaca Muerta. “Se pareció demasiado al gerente del banco yendo a ver el estado de la casa hipotecada”, fue una mordaz observación que circuló por las redes.

    Por otra lado, y más profundamente, caló la situación económica cotidiana de numerosas familias, con el agravante de que el Gobierno optó por desatender o peor aún por culpar a quienes expresaban esas preocupaciones o críticas.

    Como sal sobre heridas recién abiertas operó la descalificación del propio Presidente por supuesta ignorancia de los mínimos rudimentos financieros hacia quienes tomaron deudas que no están pudiendo pagar, sin admisión de responsabilidad alguna del impacto que han tenido algunas políticas y decisiones oficiales o el abuso incontrolado en la fijación de tasas por parte de entidades financieras y billeteras digitales.

    Otro tanto generó la provocadora frase del cada vez más provocador ministro de Economía, Luis Caputo, para desacreditar a quienes cuestionan la política económica sobre el sector productivo. Los llamó “tarados que hablan de la industria”, lo que llevó al más que prudente titular de la Unión Industrial, Martín Rapallini, a afirmar que “no son declaraciones felices”. La empatía y la sensibilidad siguen perdiendo por goleada con la arrogancia en la cúpula oficialista.

    “La idea de que ‘Milei y su Gobierno no hablan de mí ni se preocupan por mis problemas’ es un concepto cada vez más instalado, que se esparce como una mancha de aceite por muchos ámbitos sociales y geográficos”, señala un consultor al que el oficialismo suele contratar, pero no necesariamente escucha.

    En esa línea, la última encuesta de Poliarquía señala que “siete de cada diez argentinos creen que el Gobierno actúa pensando en ‘algunos sectores’ y no en ‘la mayoría de la gente’ y alcanza los niveles más altos de la serie histórica. En tanto, quienes creen que el Gobierno piensa en la mayoría caen al 25%, el mínimo de la administración de Milei, con valores similares a los que había dejado el gobierno anterior”.

    En tanto, el relevamiento de la consultora Escenarios, cerrada hace una semana, expone como primera conclusión un dato más que debería ser de máxima preocupación para la gestión mileísta: “Se quebró el principal activo del Gobierno: la expectativa. El pesimismo prospectivo (52,9% cree que la situación estará peor dentro de un año) más que duplica al optimismo (24,0%), y el rebote registrado en junio (29,9% ‘mejor’) se revirtió en un solo mes. De un malestar transaccional (‘aguanto porque viene algo mejor’) se pasó a un malestar estructural, más difícil de revertir”, señala el informe de Escenarios.

    A eso agrega que ya la herencia recibida dejó de exculpar al Gobierno, aunque el rechazo al pasado sigue vigente. Más del 70% de los consultados responsabiliza a la actual gestión por los problemas de índole económico que padecen. Así no resulta extraño que la calificación de “incorrecta” aplicada a la dirección en la que va el país haya llegado a su nivel más alto, con un 63,4, señalan en sus conclusiones los politólogos Pablo Touzón y Federico Zapata, directores de Escenarios.

    En términos político-electorales, al Gobierno no parece irle mejor. Podría decirse que a Milei no lo mejora ni Cristina Kirchner. La reinstalación que hizo de sí misma con su presentación ante el comité de Derechos Humanos de la ONU con el objetivo de que apoye su reclamo de revisión de la condena y, especialmente, la inhabilitación perpetua a ejercer cargos públicos, no cambió el panorama general, aún cuando pareció complicar los intentos de renovación de la principal fuerza opositora que sigue siendo ese archipiélago de facciones, conocido como el panperonismo.

    “La Libertad Avanza mantiene una posición de liderazgo [de cara a 2027]: reúne el 32% de las preferencias electorales medido por fuerza política, Pro alcanza el 7%, el kirchnerismo 14% y el peronismo no kirchnerista 21%”, señala Poliarquía. Sin embargo, el informe aclara: “La suma de los espacios políticos afines da 39% vs 35%, la menor diferencia desde que se iniciamos las mediciones con vistas al 2027”.

    En tanto, para Escenarios se registra en el campo opositor una “reperonización sin resolución. La autoidentificación ’peronista kirchnerista’ trepó al 23,3% (desde valores de 17–19% un año atrás), mientras los independientes caen de picos de 34–40% al 22,1% y los (que se autodefinen) libertarios se desinflan del 18% al 9,6%”.

    El fenómeno, que entusiasma o consuela al Gobierno por considerarlo divisivo del voto opositor que va del centro a la izquierda, es el crecimiento que viene registrando la dirigente de la izquierda trotskista Myriam Bregman, “la única figura del sistema político con diferencial de imagen positivo [+6,7], con 36,5% de positiva contra 29,9% de negativa”, señala Escenarios.

    Sin embargo, Touzón y Zapata advierten que el caso de Bregman “debe leerse menos como emergencia electoral propia que como síntoma doble: de la vacancia de representación juvenil que dejó el derrumbe oficialista en esa cohorte, y la demanda de figuras percibidas como íntegras. El descontento juvenil no migra hacia la moderación: busca radicalidad y autenticidad, y hoy encuentra ese atributo en una outsider de izquierda como antes lo encontró en un outsider libertario”.

    Mientras tanto, el tapón para la renovación que pareció haber reforzado Cristina Kirchner con su presentación, la reposición de una eventual candidatura suya y la difusión del rechazo a Axel Kicillof como candidato a Presidente estaría mostrando algunas fisuras.

    Los movimientos y contactos subterráneos, aún más que los muchos de superficie, que despliegan varios gobernadores (hasta los más colaboracionistas con el Gobierno), intendentes y dirigentes como Sergio Massa o el porteño Juan Manuel Olmos son producto de lo que ellos ven como una ventana de oportunidad. Las encuestas parecen validar la existencia de una demanda, tanto como la ausencia de una oferta que la canalice.

    Bajo ese prisma debe verse la coalición que se formó para impedir que el proyecto de ley de tierras fuera aprobado en el Senado, de la que participaron senadores que responden a los gobernadores que desde el peronismo más han ayudado al Gobierno. Por ahora, son solo arrestos circunstanciales.

    “El peronismo es un partido del poder que se va a terminar uniendo o dirimiendo sus diferencias para tener un candidato único. Aunque también es cierto que hoy no hay quien logre consenso. Y a muchos nos sobra actitud electoral, pero por ahora nos falta aptitud electoral”, suele responderles a sus interlocutores el siempre hiperactivo Massa, en una síntesis de optimismo y realismo. Un circunloquio para decir que voluntad para candidatearse le sobra, pero hoy no abundan las posibilidades de ser elegido.

    Y como para el peronismo la única verdad es la realidad, nada alienta más su optimismo que Milei esté perdiendo contra Milei. Aunque por ahora nadie asome con chances de ganarle. Eso también sostiene la esperanza oficialista. Y al partido le queda mucho por jugarse.

    Por Claudio Jacquelin

    Fuente: La Nación

  • Milei, ante el peligro de la “rigidez tóxica”

    Milei, ante el peligro de la “rigidez tóxica”

    Todos los gobiernos, aun los más exitosos, se encuentran con una encrucijada que los obliga a reinventarse. Es decir, a actualizar la lectura del contexto en el que operan. A recrear el compromiso con los ciudadanos, en especial con sus votantes, sobre la base de nuevas promesas. A renovar los argumentos con los que demandan ser apoyados. A diseñar nuevas estrategias de poder. Elaborar esa nueva mañana puede obligar, a veces, a modificar el equipo. La rigidez es tóxica. Sólo la inexistencia de una oposición competitiva puede disimular sus efectos corrosivos. Apenas aparece un adversario desafiante el deterioro se acelera hasta volverse peligroso.

    Javier Milei le ha llegado ese momento. Su gobierno emite señales de agotamiento en distintas dimensiones. Es un fenómeno cuyas causas no se limitan al desgaste de cualquier organización. En el caso de La Libertad Avanza (LLA) existe también un problema político. Se trata de un malentendido con el electorado. Al obtener una victoria significativa en las elecciones parlamentarias, deja la impresión de haber conquistado el poder para remover los principales problemas del país. Sin embargo, esos comicios no terminan de dotar al Poder Ejecutivo con las herramientas necesarias para despejar las piedras del camino. Ese desajuste entre el clima de triunfalismo y las limitaciones operativas agrava la frustración, en un momento en que la sociedad ya no imputa sus dificultades a la herencia de administraciones anteriores sino a la gestión del que está al mando del timón. Le pasó a Alfonsín en 1985. Le pasó a Macri en 2017.

    La imagen de un gobierno agotado aparece, en principio, en las encuestas. Se fue Manuel Adorni, sigue bajando la inflación, pero la opinión pública insiste en alejarse de Milei. El Índice de Confianza en el Gobierno de julio, publicado por la Universidad Torcuato Di Tella, registró un bajón mensual de 6,5%. La caída acumulada desde finales de 2025 fue de 21,5%. Una antigua y misteriosa correlación establece que ese índice equivale a los votos que obtendría el oficialismo en el momento de su elaboración. En este caso, Milei sacaría 38,8% y estaría obligado a un balotaje. Por supuesto, es un escenario artificial con el que sólo se pretende poner en evidencia que el experimento de LLA tocó un piso.

    Otros estudios convergen en el mismo diagnóstico. La consultora Poliarquía, que lidera Alejandro Catterberg, detectó en julio que el 66% de los consultados prefiere un cambio respecto de la situación actual, mientras que sólo 33% pide la continuidad. Hugo Haime descubre una situación parecida cuando pregunta si el modelo económico debe ser mantenido o modificado. Un 35% quiere que se mantenga y un 65% opina que sea abandonado. Cuando Haime indaga en el clima emocional advierte que 34% dice tener bronca y 39% confiesa estar triste. Sólo 20% se muestra esperanzado.

    En la encuesta de Haime hay una novedad interesante. Por primera vez en muchos meses las limitaciones del poder adquisitivo del salario preocupan más que la corrupción. Un viejo axioma de la vida pública asegura que entre las enigmáticas motivaciones que orientan el voto la más importante es el tamaño del poder adquisitivo del salario. Es imposible no pensar que las restricciones salariales están detrás del malestar preponderante que consignan los estudios de opinión.

    Otro dato importante: en la jerarquía de desvelos de los encuestados, hace rato que el principal problema del país dejó de ser la inflación. Ahora ocupa el séptimo renglón. Es más que una curiosidad. Es un mensaje frente al que Milei debería sentirse muy interpelado. La agenda pública ya no es la que regía cuando él llegó al poder. Cambió, entre otras razones, por su propia intervención en el proceso. Para sintetizar: hoy la gente habla de otras cosas. De que el sueldo queda corto, de que se comprime el consumo o cae la producción. Esta mutación pone a prueba la plasticidad del oficialismo para mantener el consenso social.

    Sobre el cuadro general de estas demandas se recorta una situación particular cada vez más acuciante: el peso que tiene sobre las familias el pago de las deudas contraídas con entidades financieras más o menos formales. Como acaba de detallar Luciana Vázquez en LA NACION, en la sociedad apareció una nueva categoría: la de los morosos.

    Según la Central de Deudores del Banco Central, 20,9 millones de personas tiene algún tipo de deuda financiera. De ese universo, 5,8 millones registraban al menos una deuda con más de 90 días de atraso hacia mayo de este año. Es el 27,8% de todos los deudores. Entre mayo de 2025 y mayo pasado, los morosos aumentaron de 3,43 millones a 5,83 millones. Quiere decir que en un año aparecieron 2,39 millones nuevos.

    Este fenómeno, que ha tomado el centro del debate sobre el impacto de la economía en la vida familiar, es un banco de pruebas muy revelador de las dificultades del Gobierno para sintonizar con sectores importantes de la sociedad. Sectores en los que, es muy probable, haya antiguos votantes de LLA. El Presidente les explicó que, si no pueden pagar sus deudas, están atrapados en un problema entre privados, en el que el Estado, es decir él, no va a involucrarse.

    En principio, es una afirmación muy útil para advertir los límites de la dogmática económica a la que se abraza Milei. La suposición de que los agentes económicos toman decisiones libres, que se sostienen en una información perfecta. Para mirar el problema desde esas premisas hay que olvidar varias evidencias. Una de ellas es que ese mundo de deudores está compuesto por muchísimos individuos carentes de información, acuciados por necesidades perentorias, que tienen una relación muy rudimentaria con el sistema financiero. La morosidad se presenta, además, fuera del sistema bancario, en esa suerte de far west digital en el que las billeteras y aplicaciones operan al margen de cualquier regulación, aplicando tasas de usura y fomentando la toma de crédito de gente con poca o nula información en un contexto de baja transparencia y escasísima educación financiera.

    Pero el discurso oficial no ignora sólo esas condiciones objetivas. También resulta ajeno a la responsabilidad del Gobierno en la bola de nieve que se formó. Porque muchos de los que se endeudaron lo hicieron obedeciendo a señales emitidas por la propia política económica. Es verdad que el Banco Central no fija en la Argentina la tasa de interés. Pero toma medidas que la determinan, como el establecimiento de la cantidad de moneda y el diseño de la política de encajes. El equipo económico de Milei provocó una baja de tasas espectacular para licuar los pasivos del Banco Central. Fue uno de sus objetivos principales en los primeros meses de ejercicio del poder. Un objetivo sacralizado por Milei. Era previsible que el sector público con esa política induciría al endeudamiento, con el afán adicional de producir una reactivación.

    Esa estrategia fue revertida por la contraria: una inducción por vías indirectas a un aumento fenomenal de la tasa de interés para frenar la corrida cambiaria de mediados de 2025. Crisis que se obturó con el cheque de Scott Bessent, al que Milei ahora atribuye un papel secundario en la normalización cambiaria y crediticia.

    Estas fluctuaciones son la consecuencia de políticas públicas que condicionan muchísimo los contratos entre privados. Sin mencionar otra variable siempre presente en los programas de estabilización: la decisión de los gobiernos de poner un tope a los aumentos de salarios. Es decir, a los ingresos de los deudores. Ingresos que se han ido ajustando por otra razón que tal vez explique la caída de popularidad del gobierno libertario: el peso creciente que ha ido adquiriendo el pago de los servicios en el salario formal. Según el Observatorio de Tarifas y Subsidios que lideran Alejandro Einstoss y Julián Rojo, en julio el pago de servicios públicos se lleva un 15% del salario formal promedio. Esa participación era del 6% a finales del gobierno de Alberto Fernández, donde el reparto de subsidios era generalizado, y fluctuó entre 10 y 14% entre 2024 y 2025. Cada vez más gente debe optar entre pagar la luz o el gas o cumplir con su deuda financiera. Es obvio que la gran mayoría elige lo primero.

    Milei parece menospreciar el peso de sus decisiones económicas en el problema que se ha creado. Tal vez sea víctima de una restricción ideológica para leer el mapa completo. Esa obstinación conceptual le hace perder de vista también algunas de sus propias conductas. Por ejemplo: en el artículo 14 del proyecto de ley de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central que envió al Congreso, se conserva un párrafo que adjudica a esa institucional la facultad de “regular las condiciones del crédito en términos de riesgo, plazos, tasas de interés, comisiones y cargos de cualquier naturaleza”. En otras palabras: como reformador del Central Milei es mucho más sensato que como entrevistado televisivo. Entiende que es inconcebible reducir la actividad crediticia a una transacción en la que el sector público resulta por completo prescindente. La religión austríaca, en este tramo al menos, pistonea.

    Luis “Toto” Caputo fue más allá. No sólo se mostró insensible al generalizado problema de los morosos. Se preguntó si las víctimas de esas fluctuaciones en la tasa crediticia, que terminan condenando a innumerables familias a la angustia de una deuda que no pueden pagar, no serían especuladores que apostaron en falso a una suba del dólar que después no se produjo.

    Esta explicación de Caputo es inquietante no por razones técnicas sino políticas. Revela que el oficialismo carece de figuras que puedan conectar con los sinsabores materiales y la intimidad anímica de aquellos cuyo desasosiego hay que despejar o, por lo menos, contener con la explicación. Caputo podría informarse dentro del propio gabinete, con gente que está advirtiendo esta tormenta desde hace seis meses, que en el conurbano más pobre se han multiplicado los asesinatos de cobradores que golpean la puerta para reclamar pagos en nombre de “financistas” informales.

    Conviene retirar el foco de las cuestiones particulares y mirar una deficiencia estructural. Milei puede pensar la vida material con categorías que no incluyen inconvenientes que se pueden ir transformando en dramas. Reniega de la teoría del derrame pero, cuando debe demostrar por qué su estrategia terminará reanimando la base productiva recurre, igual que su ministro Caputo, a la teoría del derrame. El núcleo de esa explicación es problemático: resuelta la macroeconomía, todo lo demás viene por añadidura. Esa lógica implica que, en poco tiempo, el oficialismo podría decir: “Misión cumplida. Ahora a esperar los brotes verdes”. Dicho de otro modo: es también por su propia concepción teórica que el Gobierno parece un gobierno agotado.

    Pero esa percepción también se alimenta en el discurso. La respuesta a las inquietudes del público resulta cada vez más agresiva. No sólo en el tono. También en los argumentos. Llamó la atención, por ejemplo, que Milei haya sostenido en la última entrevista con Luis Majul que, cultivando supuestas teorías de Gamsci, Cristina Kirchner infiltró las universidades, la prensa y el mundo de los economistas de terroristas encubiertos. Es un terreno en el que el proyecto libertario tocó un límite. La agresividad verbal puede ser recomendable para llegar al poder. El Presidente lo demostró en su campaña contra la “casta”. Pero suele ser estéril, o contraproducente, cuando ese estilo se proyecta desde el poder.

    La Casa Rosada carece hoy de un dirigente con habilidades para que las posturas oficiales obtengan consenso. Santiago Caputo, el “Mago del Kremlin”, consumió casi toda su energía en una pelea interminable con Karina Milei y los primos Menem. A Diego Santilli se lo comió la coyuntura en dos semanas. Él, que jamás se animó a pelear con nadie, quiso dar la primera trompada de su vida de la peor manera: pidiendo la renuncia de la vicepresidente Victoria Villarruel. Le hizo de eco el canciller Pablo Quirno. Otra señal de un oficialismo que se devora a sí mismo. Milei no tiene una espada inteligente desde que se desprendió de Guillermo Francos. Tal vez sea hora de recuperarlo.

    Su propio estrecho de Ormuz

    Una señal más de extenuación es la excentricidad regulatoria. Por ignorar que a los puertos argentinos se ingresa por canales y que, por lo tanto, los prácticos son imprescindibles, el Gobierno armó su propio estrecho de Ormuz bloqueando el comercio exterior un par de días. Otra ocurrencia extraña: promover una ley que facilite la extranjerización de tierras en medio de un brote nacionalista incentivado por el propio Presidente, que denunció una campaña internacional contra la Argentina con motivo del Mundial. Volvé Francos, te perdonamos.

    Hay otro síntoma típico de los líderes fatigados. La huida hacia la política internacional. Hacia ese universo mucho más abstracto y por eso más comprensivo de extranjeros que sí saben valorar lo que se está haciendo. Milei está involucrado en una de las jugadas que más interesa a Donald Trump: lograr que en Brasil se imponga un gobierno aliado que vuelva más verosímil la doctrina “Donroe”. Sin administraciones amigables en Canadá, México y Brasil, es imposible presentar al continente como una zona de influencia norteamericana en el conflicto global con China.

    Milei se propuso prestar servicios a Trump en esa campaña. Es la razón por la cual se dirigió a San Pablo y, en el lanzamiento de la candidatura de Flavio Bolsonaro, insultó a Lula da Silva y al juez Alexandre de Moraes, que tiene su propio entredicho con el presidente de los Estados Unidos. El gobierno brasileño expresó su disgusto llamando en consulta al embajador Julio Bitelli. El canciller Quirno intentó encauzar la pelea distinguiendo la relación bilateral entre Estados de los choques ideológicos entre partidos de gobierno. Pero su jefe insistió en insultar a Lula. Brasil anunció que Bitelli permanecería en su país por tiempo indeterminado. Y reclamó al representante de la Argentina, Guillermo Raimondi, que regrese a Buenos Aires.

    Es la primera vez que la relación argentino-brasileña queda en el nivel de los encargados de negocios. El paso siguiente sería consolidar esa situación con el retiro definitivo del embajador. En los últimos tiempos la diplomacia brasileña sólo dispuso esa medida en Corea del Norte, cuando ese país amenazó con lanzar misiles nucleares, y en Sudáfrica, durante el apartheid.

    Los ataques de Milei son un movimiento del ajedrez global. Ese ajedrez se juega en las elecciones brasileñas. Un indicio de esa dimensión es que el hierático Xi Jinping emitió una declaración a favor de Lula, su socio en el club Brics. Tuvo una respuesta oblicua de Peter Lamelas, el representante de Trump en Buenos Aires: anunció que se revocaba la visa para ingresar a su país a ejecutivos de una empresa neuquina que contrataron la tecnología de Huawei para su operación en Vaca Muerta. Es posible que no sean las últimas visas que se cancelan.

    Otra señal de que se está jugando una partida de gran alcance fue el cruce entre Washington y Brasilia por la designación del embajador norteamericano en Brasil. En lo que fue una sospechosa distracción, el Departamento de Estado hizo público el nombre de ese representante sin pedir el plácet correspondiente al gobierno brasileño. Lo hizo tarde. Itamaraty, la cancillería de Brasil, todavía no contestó. Ese silencio está durando lo suficiente como para que se interprete que el embajador designado por Washington ha sido rechazado. Por eso el gobierno de los Estados Unidos retiró la visa a la embajadora de Brasil.

    Es la segunda gran intervención de Trump en la política brasileña. El año pasado subió los aranceles al comercio en represalia a la penalización a su amigo, el expresidente Jair Bolsonaro, por haber intervenido en un intento de golpe de Estado. En aquel momento la imagen de Lula mejoró en las encuestas. Y la de los Bolsonaro se deterioró. Trump aspira a contar en octubre con un triunfo de la derecha de Brasil como insumo para sus propias elecciones de noviembre. Lula quiere que se repita el efecto del año pasado. Sueña reencarnar a un genio de la América latina populista. Sueña con repetir la campaña “Braden o Perón”.

    Para el presidente de los Estados Unidos la encrucijada no es dramática. La elección brasileña es bastante pareja, con leve ventaja para Lula. Si el líder del PT reelige, habrá que reajustar el vínculo bilateral, como ya ocurrió a comienzos de año. Milei está en otra situación. Una victoria de Lula sería para él más complicada por una razón muy evidente: no cabe duda alguna de que por los próximos 10 millones de años la Argentina seguirá siendo vecina de Brasil.

    Mientras se desliza hacia abajo en las encuestas, el Presidente cuenta con un activo inestimable. Una oposición desconcertada, liderada por un peronismo incapaz de aprovechar que la opinión pública realiza demandas familiares a su sensibilidad. El PJ está en una frecuencia extravagante, como se notó en su última cumbre, donde el gobernador de La Rioja prometió dar marcha atrás con todas las reglas que favorezcan la inversión. Se llama Ricardo Quintela. Le dicen “el Gitano”. Milei tal vez no tenga urgencia en reinventarse. En el rincón menos esperado encontró a su jefe de campaña.

    Por Carlos Pagni

    Fuente: La Nación

  • El peaje de la vida

    El peaje de la vida

    Todos los prejuicios pueden quedar cortos. Toda la ficción puede ser escasa. Lo que se ve y se escucha es difícil de creer. Casi imposible de digerir. Y en tiempos de inteligencia artificial generativa, capaz de generar las falsedades más realistas, conviene dudar. Chequear su veracidad. Las imágenes parecen salidas de una parodia. Bien ácida. Corrosiva. Una caricatura ideada por enemigos dispuestos a todo para hundir a sus adversarios. Pero es la realidad. Sin editar.

    Una joven grita y corre, con poca vestimenta y menos equilibrio (de todo tipo), por la avenida de un barrio más que acomodado. Acaba de salir de una torre de departamentos de lujo. La corre un hombre. Vestido. Pero no más equilibrado. Llega la policía. Y más rápido que los corredores de la madrugada corre la noticia. Aparecen videos y detalles. Drogas. Alcohol. Excesos. Ella, voluptuosa influencer. Él, voluptuoso sindicalista, hijo y hermano de gremialistas. Exhibicionista de conquistas personales., Más que de conquistas laborales. Nunca ajeno al esçándalo. Como sus familiares. Hasta ahora sin mayor costo. Y mucho lujo disfrutado. No está solo en ese y otros ambientes donde abunda el poder y el dinero, escasean virtudes y sobran otras carencias. Pero al final, la vida cobra peaje. Precisamente.

    Fuente La Nación

  • Javier Milei, en la encrucijada entre el voto moroso y el voto “terrorista”

    Javier Milei, en la encrucijada entre el voto moroso y el voto “terrorista”

    El oficialismo mileísta busca “domarlos”, según su lenguaje. La oposición dura les pone una ficha para desbalancear la cancha electoral en contra de Javier Milei. Son los morosos, el nuevo sujeto político que en este 2026 empieza a tallar fuerte en el camino rumbo al 2027 electoral.

    El Gobierno apunta a licuar el poder político y la legitimidad de los morosos. Se vio en los últimos días cuando Milei y Luis Caputo avanzaron con una estrategia llena de desafíos: responsabilizar a los ciudadanos endeudados por sus decisiones individuales y despegar a la política macro de su papel en ese proceso. “La pregunta es: ¿le pusieron una pistola en la cabeza para endeudarse? No”, planteó Milei el domingo. “Cada uno nos tenemos que hacer cargo de nuestras decisiones”, afirmó Caputo la semana pasada.

    Se trata del inicio de un nuevo capítulo en la pedagogía macroeconómica del mileísmo: de la virtud política del ajuste del gasto público antidéficit, anti emisión y anti inflación a la virtud del ajuste de la economía doméstica y la responsabilización de los hogares como sujetos económicos libres. Es decir, sus bolsillos, su decisión.

    Toda una escalada en el carácter disruptivo de Milei: de lo que parecía una promesa electoral antipopular a otra tan impopular como la anterior, pero todavía más osada. De 2023 y 2025 y el ajuste fiscal impensado como imán en las urnas, lo que le terminó dando resultados electorales, al ajuste de las familias y la administración de sus desequilibrios como un asunto estrictamente privado.

    Las políticas del Gobierno quedan fuera de toda responsabilidad. Desde el oficialismo, no se ve todavía una tendencia a construir satisfacción ciudadana por vías económicas más directas. ¿Puede salirle el tiro por la culata al Gobierno? Es decir, ¿hay riesgo esta vez de despertar o exacerbar reacciones anti mileístas en las urnas de 2027?

    Del otro lado del río ideológico, el kirchnerismo hace ese cálculo y sueña con que los morosos se conviertan en el nuevo ordenador de la oferta electoral. En ese votante, la oposición kirchnerista cifra sus esperanzas de ganar la centralidad política en 2027. Las palabras de Kicillof el 9 de julio último fueron directo a esos oídos: “En todo el país tenemos récord absoluto no sólo de la deuda de la familia sino de gente que no puede pagar la cuota de la deuda. Tocando un botón queda endeudado y después no lo puede pagar. Pero en realidad esto es un síntoma: el endeudamiento es para vivir”, dijo.

    El Gramsci de Milei

    La coreografía mileísta en el camino electoral encontró otro componente en las últimas semanas. De los morosos a los “terroristas”, es decir, periodistas, estudiantes, profesores e investigadores que piensan distinto, todos señalados como tales por Milei el domingo en una entrevista con Luis Majul. Un kirchnerismo gramsciano que, según Milei, habría triunfado en la batalla cultural vía copamiento en la producción simbólica. Milei responde haciendo lo mismo, pero en sentido opuesto.

    Milei vuelve a reescribir el manual electoral. Por un lado, con la responsabilización de los morosos, innova en la relación entre oficialismo y votante: a los morosos, ni “plan platita” de ningún tipo, al menos hoy, y ni siquiera narrativa de comprensión. Hay peligro de que ese voto se escape por izquierda o por derecha, pero, por el momento, el Gobierno no concede. Por el otro lado, con la acusación a la disidencia intelectual, agrava el distanciamiento de una centro derecha móvil que lo votó en 2023 y no está segura de volver a hacerlo en 2027.

    El horizonte del Gobierno está tironeado entre los morosos que no ven llegar los resultados económicos y el votante republicano condicionado por el hastío de la identidad mileísta.

    El proyecto de reelección de Milei sufre hoy dos fuerzas que presionan en el mismo sentido: contra el Gobierno. Una es el kirchnerismo, por supuesto. Lo paradójico es que la otra proviene de las entrañas del oficialismo: se concentra en el endurecimiento de su discurso identitario que impacta sobre la libertad de expresión y sobre la disidencia como virtud republicana. Esa virtud puede no interesarle al mileísmo, pero sí le interesa a los votantes que no lo votaron en primera vuelta pero lo acompañaron en el balotaje de 2023.

    Desde afuera, la oposición, y desde adentro, el oficialismo, pueden llegar a converger en un resultado en la primera vuelta: la acentuación de la dispersión mileísta en un escenario electoral que se presenta, de movida, fragmentado. Es decir, el riesgo de fuga de votos insatisfechos a espacio alternativos dentro del cuadrante de centroderecha, desde Pro a Victoria Villarruel. En esa primera vuelta, cada punto porcentual vale oro para el oficialismo.

    Las encuestas son contradictorias: coinciden en una caída de imagen de Milei que no llega a los 40 puntos, pero aún así algunos encuestadores de trayectoria no ven un Milei perdedor. Sin una alternativa electoral con chances, el Gobierno la tendría bastante fácil el año que viene, pero se la complica de gusto. Por ahora insiste con el sobregiro tribal para consolidar a su votante leal, que le dio aire en la primera vuelta de 2023. La gran apuesta es sostener la inflación a la baja y una activación del PBI que empiece a generalizar sus efectos.

    De la inflación a la morosidad

    El problema para el Gobierno es el cambio de tendencia: la inflación, a la baja, ya no es percibida como el problema más urgente. Ahora preocupa la morosidad. El Banco Central dio un dato preciso en su última “Encuesta de condiciones crediticias”: de cada tres personas que se volvieron morosas en los dos últimos años, dos cayeron en atrasos por una pérdida en su capacidad de pago, y no por haberse endeudado más.

    Hay un punto central en medio de un proceso electoral: Inflación y morosidad son experiencias ciudadanas distintas. Con la inflación, el dinero y el tiempo se escurre entre las manos: la aceleración de precios acelera la percepción del paso del tiempo. El futuro adquiere velocidad y la salida es gastar el dinero ni bien toca las manos: desprenderse de la moneda antes de que pierda más valor. Con la emisión y la inflación crece la pobreza, pero la ilusión óptica es que hay agua para apagar ese fuego. Massa 2023 aprovechó ese ánimo social. El peronismo en general no ve a la inflación como un problema: el toqueteo de la macro, con la emisión, les permite sostener la ficción del consumo. Y el subidón de pobreza medida por ingresos se disimula con una batería de planes sociales clientelistas.

    Con la morosidad y la deuda impagable que aprieta, la experiencia psicológica es otra: no hay futuro y ficción de consumo a donde fugarse. Ni una baja de la inflación, con contención sostenida de esa baja, alcanza para generar esperanza: la plata alcanza cada vez menos. El llamado del prestamista informal presiona sin piedad sobre la vida familiar. La cuestión es cómo va a influir en el voto un panorama compuesto de informalidad creciente y morosidad como estilo de vida.

    Hay otro punto que diferencia la lucha contra la inflación de la lucha contra la morosidad. Milei fue capaz de hacer pedagogía con la inflación: dejó claro que es responsabilidad de la casta política. El votante quedó en el lugar de víctima. Pero la narrativa anti morosos del Gobierno se aleja de esa línea: la morosidad no es culpa de la casta política, es decir, de este Gobierno, sino del ciudadano de a pie que se endeuda. En la mirada del oficialismo, el moroso es la casta.

    Desde el regreso a la democracia, la inflación e, inclusive, la hiperinflación fue el gran problema económico y político. El ajuste fiscal en serio y sostenido era la solución, pero nadie se animaba a plantearlo: era piantavotos. Hasta que llegó Milei. Ahora el problema político es otro: desempleo formal con informalización laboral y endeudamiento

    Desde el equipo económico, la morosidad es una de las caras de la especulación modelo 2025 contra el Gobierno. Caputo explicitó esa lectura. Puso en duda el estado de necesidad del que tomó deuda, y señaló la dolarización preventiva como causa posible del endeudamiento en 2025: “Si yo te ayudo a vos porque tomaste mal un crédito, y yo no sé si vos tomaste mal el crédito porque no llegabas a fin de mes o porque alguien te había contado que Milei se iba y el dólar se iba a ir a 3.000…”.

    La narrativa oficialista disciplinadora de los hogares endeudados parte de esa hipótesis. No contempla una pieza del rompecabezas: el subidón de tasas que decidió el Gobierno en medio del proceso electoral el año pasado para evitar la suba del dólar. Ese cambio en la tasa de interés es una de las causas centrales de la incobrabilidad. Se sumó una pérdida sostenida del poder de compra del salario.

    Deuda particular y Estado, ¿asuntos separados?

    ¿El Gobierno tiene respuestas políticas para darle a los morosos? Sí, el oficialismo tiene respuestas, pero no está claro si son las mejores. La argumentación del oficialismo se basa en cuatro premisas más o menos explícitas. Primero, la toma de un préstamo es un cálculo individual y libre. Segundo, no es una decisión dictada por una necesidad causada por un contexto ajeno al individuo. Tercero, un salvataje del Estado es la socialización indebida de una responsabilidad individual a terceros. Cuarto, los morosos son primos hermanos de los especuladores dolarizados.

    Todas se sintetizan en un principio que empieza a tallar en la visión política y macroeconómica del Gobierno: endeudamiento individual y Estado, asuntos separados. Es decir, para el Estado mileísta, no hay responsabilidad de la política económica en la toma de deuda de los particulares en 2025.

    Hay una línea de continuidad en la visión política y económica del mileísmo que llega desde el ajuste fiscal a la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y de ahí a una visión del mundo anti morosos. Cualquier salvataje a los endeudados es una concesión y una ruptura en su concepción del retiro del Estado en el juego económico que juegan los actores particulares, incluida la familia.

    El Gobierno apuesta a una reforma cultural macroeconómica también a escala hogareña. Es una concepción política que se auto impone una restricción en el manejo de la economía, y busca elevarlo ahora a la enésima potencia: al hogar del votante en pleno avance del proceso electoral. La gran pregunta es cómo reaccionará el voto moroso.

    Por Luciana Vázquez

    Fuente: La Nación

  • Tortícolis aguda de tanto mirar para otro lado

    Tortícolis aguda de tanto mirar para otro lado

    “Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas”, advertía el polígrafo Samuel Johnson. Se ha hecho hábito en nuestro país -está aceptado como cultura política- un conjunto de patologías: la logorrea atrabiliaria, la grosería histérica, la destemplanza insultante, la exaltación de la discordia, el egoísmo más descarado, la manipulación más flagrante y la extravagancia más ridícula. Estos malos hábitos, que hoy se despliegan casi sin freno alguno, forman callos en la degradada conciencia colectiva, que permanece bajo anestesia creciente, y derivan menos de una estrategia deliberada e importada que del temperamento personal de un líder místico y populista propenso al dislate, y a quien el aparato oficial debe salir todo el tiempo a respaldar, justificar o traducir, a veces con ciclópeo esfuerzo. Muchos republicanos tienen, a esta altura del partido, tortícolis aguda de tanto mirar para otro lado, y se percibe en ellos la convicción consciente o inconsciente de no registrar los desatinos, inepcias y crueldades del equipo de Javier Milei porque de ese modo les dolerá menos tener que votar su reelección; últimamente, han abandonado las noticias y se han refugiado en las series para no sufrir tanto: el espasmo muscular del cuello es preferible a la indigestión.


    El Gobierno parece incapaz de mejorar la economía real y el poder adquisitivo; no tiene voluntad ni herramientas intelectuales para hacerlo


    En el más reciente estudio de Poliarquía muchos de esos votantes tienen ubicación y sentimiento: “El deterioro en los niveles de optimismo de los últimos meses se explica por la fuerte caída que se registró entre los votantes antikirchneristas”, especialmente entre aquellos que solo acompañaron a Milei en el balotaje. Esa caída, en seis meses, fue del 27%. No solo no concuerdan con las formas, que son aberrantes y contrarias a su espíritu, sino con el fondo de la cuestión: el Gobierno parece incapaz de mejorar la economía real y el poder adquisitivo; no tiene voluntad ni herramientas intelectuales para hacerlo. Aun así es dable imaginar que parte de esos desencantados del institucionalismo atisben de soslayo las caripelas de la cantera kirchnerista y piensen, en su fuero interno, que tal vez al final no les quede más alternativa que volver a votar a su actual verdugo: los verdaderos republicanos son pasajeros de una pesadilla en el avión de la locura libertaria. Gente que buscaba un país normal y está normalizando, con su silencio, esta anomalía escandalosa.


    Los verdaderos republicanos son pasajeros de una pesadilla en el avión de la locura libertaria


    Los números decepcionantes de la actividad y de la imagen general de su liderazgo y de su administración, y los daños autoinfligidos durante el Mundial de Fútbol, eliminaron el bozal del Presidente: se aguantó cuanto pudo, pero ahora hay que recuperar posiciones y empalmar de nuevo el deber con el goce; la necesidad táctica de mostrarse muy estentóreo y agresivo, con la compulsión íntima por serlo. Peligrosos fuegos de artificio para retomar la iniciativa, dominar la agenda y distraer a la gilada. Y de paso jugar a ser “el gendarme de Trump en la región” (Van Der Kooy dixit) y congraciarse aún más con el Tío Sam, con quien el león es siempre y en todo lugar un inofensivo caniche, incluso cuando sus amigos norteamericanos, que son proteccionistas, le aplican aranceles a la Argentina. Viajó a Brasil a insultar a su principal socio comercial -Lula es “ladrón”, “presidiario” y “basura socialista”-, en uno de los hechos diplomáticos más desgraciados de las últimas décadas, y al regresar usó los micrófonos de la radio para, en un arrebato, vapulear y agraviar a un dirigente de la oposición y sugerir su escrache. Ejemplar. Una diputada que tiene la orden de defender lo indefendible fue a la televisión a recordarnos una máxima de las relaciones internacionales: “Que entre dos presidentes se insulten es esperable”, afirmó. Y agregó en seguida: los periodistas que dicen lo contrario, “son tontos o pagos”. La insolencia y la mala fe de los ignorantes con fuero.


    ¿Qué pensará el mundo de una sociedad que entronizó primero a una dama chavista y luego a un trumpista fuera de quicio?


    Como alguien le señaló a su jefe que el espíritu de unidad y argentinidad del Mundial y la reivindicación de Malvinas después del partido con Inglaterra habían dejado en falsa escuadra al admirador de Margaret Thatcher, Milei “descubrió el nacionalismo” (Jacquelin dixit), se subió a la indignación popular por la “ola antiargentina”, acusó sin pruebas al PT brasileño de haberla financiado y dio a luz, entre gallos y medianoche, un decreto para modificar la ley de migraciones y rechazar el ingreso de extranjeros si hablaron o escribieron alguna vez en contra del país. “Mensajes de odio” denuncia el texto firmado por uno de los mayores odiadores de América Latina, y sin duda uno los principales responsables de que nos acusen de racistas en varios países, puesto que sus fanáticos rentados fueron los primeros en escupir tuits contra los “negros” que jugaban en distintas selecciones. Recordemos, por otra parte, que el gran gurú del jefe de Estado es Murray Rothbard, y que este reivindicaba el macartismo. Y ya que nos interesa tanto la imagen del pueblo argentino, ¿qué pensará el mundo de una sociedad que entronizó primero a una dama chavista y luego a un trumpista fuera de quicio? Dos líderes extremos, desmesurados, malhablados y mesiánicos, con la obsesión por dividir y sembrar cizaña, y la autoestima personal suficiente como para impartirles grandes lecciones de gobernanza a los estadistas de las naciones más desarrolladas del planeta. ¿De verdad somos tan diferentes a quienes nos gobiernan? ¿De verdad los republicanos están de acuerdo, como dicen, con el “rumbo general”, que implica destruir el Estado y abandonar definitivamente una política activa en producción, educación e infraestructura? La mismísima Kristalina Georgieva dijo esta semana que faltaba un “crecimiento más equilibrado”, avisó que la expansión se concentra en pocos sectores de la economía (agro, petróleo, gas y minería), pidió mejorar el consumo y las condiciones de las pyme y las familias, y señaló: “Los países pobres que se transforman en países ricos necesitan de infraestructura, educación y el imperio de la ley para combatir la corrupción”. Tal vez Milei debería gritarle: “Si no te gusta andate a Cuba”. Porque, créase o no, el Fondo Monetario Internacional se ubica a su izquierda. Los anarcocapitalistas no creen en esos objetivos, que huelen a “zurdos” o a keynesianos: se trata de desregular y que el mercado acomode la vida de los que puedan. Tampoco tienen una vocación especialmente marcada por la transparencia: recordemos que todo esto sucede mientras, en las catacumbas, el oficialismo impulsa o habilita una gigantesca e inquietante reconfiguración del Poder Judicial no para oxigernarlo, como aseguran, sino para convertir la “servilleta de Corach” o “la mayoría automática menemista” en miniaturas de juguetería. Aquí funciona de nuevo el concepto de los malos hábitos de Johnson: la falta de voces críticas en el campo republicano permite que la “destrucción creativa” arrase con todo y sin transiciones prudentes ni certezas positivas, y la rana institucional se cocine definitivamente en la olla. Los republicanos no deberían responder: “Te puede gustar o no, pero el Presidente actúa con convicción” o “Milei está siendo Milei”, cuando los confrontan con estos pecados mortales. Parecen una persona golpeada justificando a su pareja violenta. Algo tétrico de lo que se arrepentirán. Cuando sea demasiado tarde.


    Por Jorge Fernández Díaz

  • Una buena ley y una mala imagen

    Una buena ley y una mala imagen

    Si las leyes se cumplieran, y si los funcionarios fueran coherentes con el espíritu de las leyes, podría decirse que el gobierno de Javier Milei será recordado por tres cambios fundamentales en la administración del país. La eliminación del déficit fiscal, el restablecimiento del orden público y el reciente proyecto de ley que, si termina siendo aprobado por el Congreso, le restablecerá la autonomía al Banco Central. No podrán incluirse en esa corta lista la política exterior, demasiado sesgada y extremadamente ideologizada ni las formas del Presidente que eliminaron el respeto en la política. En la noche del jueves pasado, Milei presentó su proyecto de ley para cambiar por tercera vez en 34 años la misión y las funciones del Banco Central. No perdió la oportunidad (nunca la pierde) de descerrajar una tormenta de críticas a los políticos que promovieron durante 91 años “saqueo, expropiación, impunidad y decadencia” desde la autoridad monetaria. El Banco Central fue creado en 1935 y por eso Milei habla de los 91 años. ¿No hubo excepciones en todos esos años? Las hubo; Milei fue otra vez injusto y arbitrario. La reforma estatutaria de 1992 que impulsó Domingo Cavallo le dio autonomía al Banco Central y le prohibió financiar al gobierno federal. Es la misma idea medular del proyecto que fue anunciado por Milei con la épica inaugural que siempre acompaña sus novedades. Tampoco mencionó como una excepción al gobierno de Mauricio Macri, aunque solo fuera porque dos de las figuras más importantes de la actual administración ocuparon el principal sillón del Banco Central. Macri les confió en su momento la titularidad del Central a los ahora ministros de Desregulación, Federico Sturzenegger, y de Economía, Luis Caputo. Ninguno de sus ministros que circularon por el macrismo parece tener pasado como consecuencia de la áspera competencia que el jefe del Estado plantea con su antecesor liberal. La historia es como es, y Milei no puede borrar de sus páginas que funcionarios suyos fueron también funcionarios de Macri, aunque este se considera liberal, no libertario. La historia indica -es cierto- que los países con más estabilidad económica son los que tienen bancos centrales autónomos y con la función esencial de cuidar el valor de la moneda. Ninguno de ellos se ocupa de financiar los despilfarros de la política. El caso más notable, y a la vez más cercano, es el de Perú, que arrastra una larguísima crisis política (casi todos sus expresidentes elegidos están presos por corruptos y uno, Alan García, se suicidó antes de ir a la cárcel), pero el titular del Banco Central es el mismo desde hace 20 años. Fue un observador privilegiado de la gloria y la ruina de muchos políticos, pero él, Julio Velarde, sigue donde está y su misión esencial es defender la estabilidad de la moneda peruana. La flamante presidenta, Keiko Fujimori, lo acaba de ratificar en el cargo. La economía de Perú crece desde el año 2000, aunque tuvo años buenos y no tan buenos, pero siempre creció durante 26 años. Su actual inflación anualizada es del 3,8 por ciento, solo comparable con las economías de los principales países del mundo, a pesar de que su Banco Central estableció que el aumento anual de precios no debe superar una franja de entre el 1 y el 3 por ciento. Velarde logró ese propósito durante muchos años en las últimas dos décadas.

    Durante la presidencia de Carlos Menem, Domingo Cavallo le dio autonomía al Banco Central y le prohibió financiar al gobierno federal
    Durante la presidencia de Carlos Menem, Domingo Cavallo le dio autonomía al Banco Central y le prohibió financiar al gobierno federalLEONARDO CAVALLO

    Si se observa ese solo ejemplo en el mundo, Milei necesita, para que su proyecto sea creíble, que el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, deje de entrar y salir de la Casa de Gobierno como si fuera el bar de la esquina o un funcionario más del gobierno federal. Ya no es normal que Bausili y el ministro de Economía, Luis Caputo, hayan sido socios (¿son socios?) en la consultora Anker, que asesoraba a empresas privadas hasta que Milei accedió al poder. La independencia del Banco Central no solo requiere de la letra de la ley, sino también de las apariencias debidamente cuidadas. De hecho, la gestión de Sturzenegger al frente del Banco Central durante la administración de Macri fue impecable hasta la famosa conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017. Participaron de ella, en la Casa de Gobierno, el jefe de Gabinete, Marcos Peña; Sturzenegger, y los ministros de Economía, Nicolás Dujovne, y de Finanzas, Luis Caputo, el mismo Caputo que ahora es ministro de Economía. Anunciaron un cambio en las metas de inflación, pero el Banco Central perdió la confianza y la credibilidad que había construido el ahora “coloso” Sturzenegger; fue el comienzo de la crisis monetaria de 2018. Aquella imagen de hace 9 años fue, sin embargo, una insignificancia imperceptible comparada con el compadreo actual entre el titular del Banco Central, Milei y el ministro de Economía. Milei es un fogoso creyente de las teorías, pero le da poco importancia a la ejecución práctica de las teorías.

    Mauricio Macri y Luis Caputo durante la reunión de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales del G-20, en 2018
    Mauricio Macri y Luis Caputo durante la reunión de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales del G-20, en 2018Presidencia

    La transgresora Argentina no pudo cumplir nunca con el precepto de respetar al Banco Central. Ninguno de sus presidentes terminó, por ejemplo, el mandato de seis años que establece la ley; esa cantidad de años aspira a evitar que cada presidente de la Nación, que tiene cuatro años de mandato, cambie al titular de la autoridad monetaria según sus preferencias políticas o ideológicas. Pedro Pou, el último titular del Central en tiempos de Menem, se fue después de que una comisión bicameral cuestionara su gestión y lo acusara de “antisemita” porque, en efecto, había culpado de todo los males del sistema financiero a bancos “con accionistas judíos”. No se necesitan pruebas cuando la confesión es tan explícita. Otro economista destacado, Mario Blejer, que luego fue asesor del Banco de Inglaterra y candidato a presidir el Banco Central de Israel, duró solo seis meses al frente de la autoridad monetaria argentina. El entonces ministro de Economía, Roberto Lavagna, que no creía en la necesidad de bancos centrales independientes, había manifestado reservadamente sus discrepancias con Blejer. El entonces presidente Eduardo Duhalde nombró a Alfonso Prat Gay al frente del Banco Central en reemplazo de Blejer, después de un breve interinato del economista peronista Aldo Pignanelli. Pero Prat Gay se fue del cargo tres años después, cuando también disintió con Lavagna por el plan de este para refinanciar la deuda pública argentina, que estaba en default desde la irresponsable algarabía de Adolfo Rodríguez Saá para anunciar que el país dejaba de pagar sus deudas. Lo peor estaba por venir. Cristina Kirchner quiso requisarle al Banco Central 6500 millones de dólares para pagar la deuda que había contraído el gobierno nacional, no el Banco. El entonces presidente de la autoridad monetaria, Martín Redrado, se negó a que desconocieran de manera tan burda la autonomía del Banco. Cristina lo echó por un decreto de necesidad y urgencia, pero una jueza le ordenó a la entonces presidenta reponer a Redrado en el cargo. Enfurecida, Cristina Kirchner llegó al extremo de llamar por teléfono a un juez de la Corte Suprema para pedirle que le ordene a la jueza que se rectifique. “Usted sabe que los jueces son independientes hasta de sus instancias superiores. Revisaremos el caso cuando llegue a nosotros”, la ubicó, corto y seco, ese juez a la entonces presidenta. Pero Redrado terminó fuera del cargo y lo sucedió Mercedes Marcó del Pont, una economista convencida de la sabiduría del kirchnerismo. Con ella, Cristina Kirchner le hizo otra reforma a la Carta Orgánica del Banco Central, que cambiaba todo el anterior sentido de esa institución. Desde entonces, según esa ley, el Banco Central debe ocuparse de promover “el empleo, el desarrollo económico y la equidad social”. Es decir, debe hacer lo que el presidente de la Nación (o la presidenta) quiera hacer. Más tarde, Luis Caputo, actual ministro de Milei, fue presidente del Banco Central con Macri durante apenas tres meses. La versión nunca desmentida ni confirmada señaló que el Fondo Monetario pidió su relevo cuando el gobierno de Macri necesitaba un auxilio inmediato del organismo multilateral. Caputo se habría negado a no utilizar el crédito del Fondo para estabilizar al entonces desestabilizado mercado cambiario. Nadie aceptó nunca que ese rumor fuera cierto, pero se sabe que la entonces directora general del Fondo, Christine Lagarde, amonestó varias veces a Caputo hasta que este decidió regresar a casa.

    Martín Redrado y Cristina Kirchner, una feroz historia política que recaló en la Justicia
    Martín Redrado y Cristina Kirchner, una feroz historia política que recaló en la JusticiaArchivo

    La Argentina transgresora no se agota con la manipulación del Banco Central, y el descuido de su moneda por lo tanto, sino también en otros sectores de la vida institucional del país. Es inadmisible que los argentinos estén esperando los avances de la justicia norteamericana sobre los turbios manejos en la AFA de Claudio “Chiqui” Tapia y de su cómplice supuesto Pablo Toviggino. La justicia argentina ni siquiera se puso de acuerdo para establecer qué juez y cuál fuero investigarán la causa abierta por la dudosa propiedad de la mega mansión de Pilar. Cuando todo indicaba que sería la jueza en lo Penal Económico Verónica Straccia, quien llevaría esa causa, una sala de la Cámara de Casación aceptó abrir un recurso de queja para revisar su competencia. Si no fuera ella, el caso le tocará al juez federal de Campana, Adrián González Charvay, a quien prefieren los dueños del fútbol argentino. Esa sala de Casación tomó tal decisión con la firma de los jueces Mariano Borinsky y Diego Barroetaveña y con la disidencia del juez Alejandro Slokar. “Es solo una queja y solo se van a escuchar a las partes”, atenuaron la sorpresa en la Cámara de Casación. El 12 de agosto se realizará esa audiencia, a la que asistirán los supuestos dueños de la imponente casona de Pilar, un monotributista y su madre jubilada. Imposible que eso sea cierto. La versión indica que el verdadero dueño es Toviggino, el alter ego de Tapia. “Hay demasiada protección a los delitos de Tapia y Toviggino”, reconoció un funcionario de la Justicia refiriéndose precisamente a sus colegas magistrados. Según esa versión, muchos jueces federales, incluidos varios de provincias, son permanentemente invitados por la AFA para eventos deportivos en el exterior con pasajes en la mejor clase de los aviones y con estadía en los mejores hoteles. Pero, ¿por qué demoran tanto en fijar qué delitos habrían cometido Tapia y Toviggino? La pregunta vale la pena porque Tapia es, junto con Hugo Moyano, dos de las personas públicas con peor imagen en la sociedad. Tapia es silbado e insultado por los simpatizantes de cualquier club cada vez que aparece en una cancha de fútbol. La demora sería un ardid. El tratado de extradición con los Estados Unidos especifica que Washington puede pedir la extradición de argentinos siempre que estos no estén siendo juzgados en su país por el mismo delito. La espera es entonces una estrategia para ver de qué delitos los juzgarán en Nueva York para abrir aquí expedientes por esos mismos delitos. En tal caso, ni Tapia ni Toviggino podrían ser extraditados a los Estados Unidos.

    El escándalo en la AFA comenzó cuando se supo que precisamente un juez de la Cámara de Casación, Carlos Mahiques, había festejado su cumpleaños en esa fastuosa residencia. Mahiques, padre del actual ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, negó al principio esa noticia, pero inmediatamente después desafió, indiferente: “Y si fuera cierto, ¿cuál sería el problema?”, preguntó y contestó, campante. No hubo tregua: en medio del fárrago, Mahiques padre debió renunciar a seguir subrogando en la sala que supervisaba el expediente del palacete de Pilar. El fuego del escándalo no se apagó. Al contrario, aumentó cuando circuló una especie según la cual la jueza Satraccia, con fama de honesta y trabajadora, sería reemplazada por una nueva magistrada que nombraría el Gobierno. Se trata de María Pérez Cárrega, secretaria del juez Alberto Lugones, con aura de kirchnerista, pero esa versión fue categóricamente desmentida por importantes funcionarios oficiales. Sucede también que la política y los tribunales atribuyen a los primos Menem (Martín y Eduardo “Lule” Menem) un interés particular en colocarles un manto de impunidad a Tapia y Toviggino. Ellos son, dicen, los que padecen en el oficialismo un apetito insaciable.

    Por Joaquín Morales Solá

    Fuente: La Nación