Categoría: Entrevistas

  • El incalculable costo de la corrupción

    Dentro de la muy crítica herencia recibida por la nueva gestión de gobierno debe incluirse el agravamiento de la corrupción.

    En el último informe elaborado por Transparencia Internacional, la Argentina es calificada, o más bien descalificada, con solo 35 puntos sobre 100. En nuestra región están mucho mejor conceptuados Uruguay, con 74, y Chile, con 67 puntos. En 2015, en el final de la presidencia de Cristina Kirchner, la calificación de la Argentina fue de 32 puntos. Luego mejoró durante la gestión de Mauricio Macri, subiendo a 45 puntos en 2019, para volver a caer desde entonces.

    Estos valores confirman que la gran degradación ocurrió bajo la conducción del matrimonio Kirchner. Su impronta fue clarísima, no solo por las evaluaciones internacionales, sino además por las evidencias conocidas públicamente, hayan o no recibido aún condena judicial definitiva. La corrupción en la obra pública alcanzó en esos años dimensiones dantescas, y no solo fue luego identificada y comprobada por la Justicia, sino también reconocida por los empresarios involucrados. Su reaparición en la gestión de Alberto Fernández reconoce la misma matriz kirchnerista, reimpulsada por una acentuación del intervencionismo estatal.

    El control de precios y el cepo cambiario, plagado de autorizaciones y escaseces, extendieron la ocurrencia de coimas y “reintegros”. Muchas veces el poder de coerción de los funcionarios estuvo apoyado en decisiones que implicaban la paralización o la supervivencia de una empresa.

    Comprobada la relación histórica de la corrupción con el kirchnerismo, no pueden dejar de observarse dos aspectos preocupantes. Por un lado, que la corrupción involucra siempre dos actores y que una parte del empresariado local participó en los hechos. Por otro lado, que la sociedad argentina ha mostrado por momentos una marcada indiferencia ante el fenómeno. Puede incluso afirmarse que la falta de una amplia condena social derivó en una Justicia condescendiente y a veces asociada a la corrupción. Esta es la derivación que puede afectar más sensiblemente la seguridad jurídica requerida por inversores y ahorristas. Este es uno de los frentes en que deberá trabajar el gobierno de Javier Milei, con el apoyo de una ciudadanía que debe entender que la corrupción no solo degrada principios de vida, sino que afecta materialmente a todos y, en particular, a los que menos tienen.

    Entre los relevantes propósitos del nuevo presidente está el de dejar atrás una Argentina fuertemente corporativa y avanzar hacia una sociedad abierta y competitiva con libertad para trabajar, producir y comerciar. Esto incluye la apertura económica hacia el exterior, la libertad sindical y la derogación de una infinidad de regulaciones. La facilidad con que la dirigencia empresarial y sindical han aceptado la corrupción no está desvinculada del hábito corporativo de capturar al Estado en favor propio.

    El daño que ocasiona la corrupción excede holgadamente el valor nominal de los fondos mal habidos. La decisión de un funcionario movida por una coima no solo carga sobre los contribuyentes los fondos derivados al cohecho, sino que lleva a decisiones muchas veces inconvenientes o incluso perjudiciales para la comunidad. Por muchos años habrá sobrecostos o deficiencias de calidad. Además, los países afectados por la corrupción se vuelven inaceptables para la inversión por parte de empresas internacionales o fondos sujetos a leyes que se aplican estrictamente. El combate contra las prácticas corruptas se ha extendido en el mundo desarrollado y el compliance está hoy en todas las agendas corporativas. En los años 70 Estados Unidos puso foco en la actuación de sus empresas en el resto del mundo. En 1977 se dictó el Acta sobre Prácticas Corruptas en el Extranjero, que penalizaba severamente a empresas y personas que incurrieran en forma directa o indirecta en esas acciones. Desde 2016 tiene vigencia la Convención de Naciones Unidas contra la Corrupción. La OCDE tiene su convención antisobornos.

    Sin duda, la corrupción se paga con vidas. Es difícil cuantificar su costo material. Se han hecho estimaciones imprecisas basadas en un porcentaje de las contrataciones del Estado. Tal vez la más fundamentada pero de insuficiente cobertura es la realizada por el Centro de Investigación y Prevención de la Criminalidad Económica. Las 15 causas de corrupción locales más importantes, iniciadas entre 1990 y 2013, computan un perjuicio económico para el Estado de más de 6200 millones de dólares. Una extrapolación al momento actual y al universo no judicializado de casos seguramente excedería los 15.000 millones de dólares de costo directo para el Estado. Sería el dinero que pasó de los contribuyentes al bolsillo de funcionarios. Pero eso seguramente representa una suma ínfima en comparación con el costo acumulado por efecto de decisiones inadecuadas y por desistimiento de inversiones. Tal vez sea nada más y nada menos que la diferencia entre una Argentina próspera y la que tenemos hoy.

    Fuente: La Nación

  • Nunca más con la nuestra

    En lo que fue uno de los últimos actos de gobierno –coronado por su tristísimo y deslucido papel en el acto de toma de posesión del presidente Javier Milei–, Alberto Fernández modificó un decreto propio de diciembre de 2019 y amplió las funciones de la Casa Militar para que pase a cuidar a todos los exmandatarios y a sus familiares directos en todo el mundo y en forma vitalicia. Se trata de una irritante medida sobre un privilegio que hasta ahora se otorgaba solo dentro del territorio nacional, y que introdujo también un cambio de jurisdicción de quienes estén a cargo de la tarea, que ya no dependerán del Ministerio de Seguridad.

    El decreto 735/2023, publicado en el Boletín Oficial el día previo a la asunción de Milei con la firma el entonces jefe de Gabinete Agustín Rossi y de Fernández, modifica otros decretos de 2004; de diciembre de 2019, y de 2020, para cambiar algunos de los objetivos de la Casa Militar de la Secretaría General de la Presidencia de la Nación.

    El nuevo decreto señala que los efectivos de la Policía Federal Argentina (PFA) asignados a la División Custodia Presidencial, División Custodia Vicepresidencial y Unidad Custodia Ex Mandatarios actuarán bajo control operacional de la Casa Militar, a través de la Agrupación Seguridad e Inteligencia. También se establece que “en los casos de desplazamientos terrestres dentro y fuera del país, la custodia del presidente de la Nación, del vicepresidente de la Nación, de los exmandatarios y sus familiares directos estará a cargo de la División Custodia Presidencial, de la División Custodia Vicepresidencial y de la Unidad Custodia Ex Mandatarios respectivamente”. Sin límites ni condiciones específicas.

    En consecuencia, el decreto determina que el servicio de custodia se ampliará a todos los países donde vivan o se trasladen quienes hayan ejercido alguna vez la presidencia y la vicepresidencia, al igual que a sus familiares directos, sin tiempo límite para su aplicación.

    La medida de Alberto Fernández refleja el nivel de irresponsabilidad de quienes dejaron su función el pasado domingo y la falta total de empatía con las preocupaciones ciudadanas

    Esta modificación, a medida de las necesidades del peor presidente de la historia –que ayer desmintió que se vaya a vivir a España y denunció una operación de prensa en su contra– y que también favorece a la exvicepresidenta Cristina Kirchner, próxima a viajar a Italia, obliga a poner la lupa sobre los costos de una medida que se extiende también a otros exmandatarios, vicepresidentes y familiares directos que decidieran viajar al exterior en el futuro.

    De acuerdo con la flamante reforma, los gastos derivados de cubrir las 24 horas del día pasajes de avión, traslados, hospedaje, alimentación y viáticos del personal de custodia, entre otros, deberán ser soportados por el Estado argentino; es decir, con el dinero de los contribuyentes, sin límite de tiempo. Otro verdadero disparate que vuelve a reflejar el nivel de irresponsabilidad de quienes dejaron su función el pasado domingo y la falta total de empatía con las preocupaciones ciudadanas.

    Anteayer, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, había anunciado la derogación de aquel vergonzoso decreto. Hasta ayer, sin embargo, tal derogación no había sido publicada en el Boletín Oficial porque estaría siendo reevaluado su alcance.

    Es de esperar que en virtud de lo expresado por el presidente Milei, en cuanto a reducir el costo de la política y el déficit fiscal que se genera por el despilfarro generalizado de gastos, se derogue sin demoras la reforma solapadamente introducida para provecho propio por el expresidente Fernández y se vuelva al criterio que hasta ahora primó y que no presentó objeciones a lo largo del tiempo.

    Fuente: La Nación

  • La venganza debe cesar

    La persecución que, con apoyo de gobiernos kirchneristas, montaron organismos de derechos humanos contra civiles y militares por hechos de los dolorosos años 70 ha continuado sembrando fragmentación y conculcando derechos y garantías de numerosos adultos mayores privados de su libertad.

    Un caso paradigmático de persecución es el del doctor Jaime Smart, exjuez de la Cámara Federal en lo Penal que procesó y condenó a numerosos miembros de Montoneros, del ERP y de otras organizaciones terroristas. Como ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires (1976), tenía prohibida su intervención en la lucha antisubversiva por normas nacionales y provinciales y expresas disposiciones de la Junta Militar y del Comando del Primer Cuerpo del Ejército. Detenido en 2008, fue condenado por los jueces Carlos Rozanski, Mario Portela y Roberto Falcone, integrantes de la facciosa agrupación Justicia Legítima, quienes lo consideraron partícipe necesario de desapariciones y torturas en una dependencia policial, con el pueril argumento de que el ministerio a su cargo tenía como función la provisión de recursos materiales a la policía de la provincia. El fundamento no podía haber sido más desacertado. Si bien es un absurdo que un funcionario sea condenado por el cumplimiento de sus obligaciones indelegables –en todo caso, su omisión sería lo que debería condenarse–, lo cierto es que la policía bonaerense fue puesta a disposición de las autoridades militares en lo atinente a la lucha antisubversiva, en virtud de la ley 8529 de 1975 y directivas del gobierno nacional, en forma previa a la asunción de Smart como ministro.

    Esa desvinculación dispuesta por las autoridades constitucionales se mantendría vigente durante el gobierno de facto. Fue ratificada por el decreto 211/77 del entonces gobernador. Tanto la policía como el Servicio Penitenciario provinciales estaban fuera de la órbita de competencia del Ministerio de Gobierno.

    En numerosas declaraciones públicas, los propios jefes militares a cargo de la policía bonaerense en aquellas épocas expresamente desligaron a las autoridades políticas provinciales de las actividades antisubversivas.

    Luego de aquella descabellada sentencia, se iniciaron causas por cada unidad policial investigada y, por los mismos argumentos, Smart resultó condenado a cadena perpetua en cinco oportunidades. En 2012, tras cinco años de detención domiciliaria, se envió a Smart y a los militares y policías que eran juzgados a una cárcel común argumentando un inexistente “peligro de fuga”. La decisión involucró también al general Ibérico Saint Jean, quien por tener 90 años y antecedentes cardíacos, desplazarse en silla de ruedas y sufrir Alzheimer, contaba con diez informes médicos del Cuerpo Médico Forense que lo declaraban incapaz para enfrentar un juicio. A cinco días de llegar a la cárcel, se descompensó y murió días después en prisión preventiva en el Hospital Militar. Fueron precisamente los votos de dos de los jueces que prorrogaron la ilegal prisión preventiva de Smart, los doctores Guillermo Yacobucci y Ángela Ledesma, los que impidieron el juzgamiento de los jueces Rozanski, Falcone y Portela por la presunta violación de la disposición de la Constitución nacional según la cual “las cárceles de la nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que la autorice”.

    Hoy, a los 87 años, Smart asiste simultáneamente a cuatro debates orales que lo tienen como acusado y soporta otros diez procesos en espera. En ninguno de los procesos hubo testigos ni indicios que permitieran relacionar al acusado con los hechos investigados. Imponiendo arbitrarias fórmulas dogmáticas, tales como “es imposible que pudiera desconocer”, se violaron elementales reglas de la autoría y participación criminales que exigen el conocimiento y la voluntad. Ninguna acusación, mucho menos una sentencia condenatoria, puede sustentarse en afirmaciones basadas en una supuesta responsabilidad por la detentación de un cargo y no en el despliegue de una acción punible concreta y reprochable. Las normas, leyes, decretos y reglamentos militares que los mismos acusadores invocan demuestran precisamente su ajenidad en la lucha antisubversiva, asumida en forma exclusiva y excluyente por un poder nacional jerárquicamente superior incluso al del gobernador, descartando planes secretos o accionares clandestinos en el combate a la subversión, como bien probaron otras sentencias.

    Resulta imprescindible recordar que el fallo rector en la sentencia contra los comandantes de 1984 también actúa decididamente en favor de Smart, ya que, en concordancia con todo lo probado, no responsabilizó a los generales Jorge Rafael Videla y Roberto Viola por los hechos acaecidos mientras ejercieron el poder administrador del gobierno como presidentes de facto, sino exclusivamente por los ocurridos durante su desempeño como comandantes en jefe del Ejército por el dictado de órdenes de servicio militares contrarias a la ley en su carácter de jefes de esa fuerza.

    Son demasiados los procesos en los que, viciados de parcialidad y sumisión a ideologismos, numerosos magistrados no solo violan los más elementales principios del derecho constitucional, penal y procesal penal, sino que también ignoran inexplicablemente la Convención Interamericana de Protección de los Derechos Humanos de las personas mayores, a la que se le otorgó –vanamente para estos justiciables– jerarquía constitucional.

    Condenar a Jaime Smart por delitos de lesa humanidad solo sobre la base de normas cuyo alcance y vigencia claramente lo dejan fuera de cualquier imputación, constituye otro peligroso desvío de la ciencia penal que impacta de lleno en la seguridad jurídica. La prolongación de esta flagrante injusticia resulta explicable por el tamaño del desacierto que constituyen su procesamiento y sus condenas. Cuanto más grande es la injusticia y más perdura en el tiempo, más coraje se necesita para enmendarla. Hay mucho que reparar en este nuevo tiempo. Urge restablecer el Estado de Derecho, comenzando por regularizar la situación de quienes están ilegal e injustamente privados de la libertad desde hace ya muchísimo tiempo.

    Fuente: La Nación

  • La resistencia selectiva

    El gobierno de Javier Milei deberá enfrentar numerosos desafíos no exentos de riesgos. Intentar sacar al país de la profunda crisis en la que se encuentra no será sencillo ni mucho menos rápido. Esa situación es conocida por todos: los que lo votaron y los que no. Si asegurar la gobernabilidad constituye siempre un objetivo primordial, debe serlo aún más cuando el clima social pasa por un momento tan delicado como el que atravesamos, con más del 44% de la población sumida en la pobreza, una inflación tan desproporcionada como dañina, creciente inseguridad y hartazgo ciudadano.

    En ese contexto, resultan preocupantes las amenazas de cierta dirigencia política, sindical y de organizaciones sociales dirigidas al nuevo gobierno, al punto de desearle que le vaya mal y de advertirle que “tendrá un crédito corto” –es decir que no ejercitarán la infinita paciencia que le dispensaron a la desastrosa gestión de Alberto Fernández–, augurándole una gestión efímera, como si ello no nos fuera a afectar gravemente a todos por igual.

    Desde antes de que Milei derrotara a Sergio Massa en el balotaje, varias organizaciones sociales, sindicatos y movimientos piqueteros han venido advirtiendo sobre movilizaciones y bloqueos de calles en reclamo de supuestas pérdidas de derechos en caso de imponerse el dirigente libertario. Las primeras ya tienen fecha: el 20 de este mes.

    A pesar de su catastrófica gestión, Alberto Fernández no debió enfrentar ni una sola huelga general en cuatro años de desgobierno

    No parece haber apaciguado a esos sectores, hasta el momento, que Milei haya aclarado que sostendrá la red de asistencia para los más necesitados; que la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, “tendrá la billetera abierta” para atender necesidades sociales impostergables y que no habrá conculcación de derechos. Está claro cuál es el punto que más irrita al piqueterismo vernáculo: que el nuevo gobierno se muestre decidido a controlar las partidas presupuestarias destinadas a ayuda social, a transparentar el proceso y eliminar la intermediación parasitaria en la asignación de programas con vistas a la eficiencia en el reparto de fondos asistenciales. Es decir, solo les preocupa perder el manejo del dinero con el que someten a tantas personas en situación de indignidad social mientras ellos mantienen sus privilegios, en lugar de garantizar que la ayuda llegue a la gente en tiempo y forma.

    No deberían perder de vista quienes apuestan al fracaso de la nueva gestión que si algo no se le puede achacar a Milei es que haya disimulado su intención de hacer profundos ajustes para terminar con el despilfarro y la corrupción enquistados en el poder. Lo ha dicho hasta el cansancio y esas reformas fueron apoyadas por la mayoría de un electorado. Esas voces deberían ser atendidas, entre otros muchos dirigentes, por opositores, cegetistas y piqueteros incendiarios que proclaman la resistencia al nuevo gobierno aun antes de conocer qué medidas darán carnadura a sus propuestas.

    Una reciente encuesta realizada por la Universidad Austral a partir de la evaluación de la cantidad de paros generales que se sucedieron desde 1983 confirma algo que ya se sabía: las centrales obreras han sido siempre muy condescendientes con los gobiernos de signo peronista. De 42 paros nacionales, 26 se concentraron en tres presidentes: Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa y Mauricio Macri. De los peronistas, se le hicieron 8 a Carlos Menem, a lo largo de dos mandatos; 2 a Eduardo Duhalde; 1 a Néstor Kirchner, y 5 a Cristina Kirchner en sus dos presidencias. La novedad absoluta es que, a pesar de su catastrófica gestión, Alberto Fernández no debió enfrentar ni una sola huelga general en cuatro años de desgobierno.

    Sería tan oportuno como deseable que quienes desde distintos sectores buscan sembrar el caos comprendan que no habrá salvación para unos pocos sin el trabajo y el genuino compromiso de todos.

    Fuente: La Nación

  • La hoja de ruta de Milei

    Nunca antes un mensaje presidencial que abogue por un severo ajuste fiscal cosechó tantos aplausos. No solo recogió apoyos entre los ciudadanos que se congregaron en los alrededores del Congreso de la Nación a escuchar las palabras del flamante presidente de la Nación, sino también entre representantes del empresariado y analistas económicos que valoraron la precisión y el realismo, no exentos de crudeza, con que Javier Milei describió la presente situación económica y financiera de la Argentina, frente a la cual, según explicó el primer mandatario, no hay otra alternativa que no pase por el ajuste y el shock, ni puede pensarse en gradualismos.

    Deberá valorar la sociedad argentina la franqueza con que ha hablado el nuevo jefe del Estado, convencido de que es preferible decir una verdad incómoda antes que una mentira confortable.

    El término “ajuste” fue tradicionalmente visto como una mala palabra en las últimas cuatro décadas iniciadas con la recuperación de la democracia. Basta recordar que quizás uno de los pocos mensajes presidenciales en los que se habló de un ajuste –más precisamente, de una “economía de guerra”–, como el pronunciado desde el balcón de la Casa Rosada por Raúl Alfonsín en abril de 1985, prólogo del recordado Plan Austral, fue recibido con incomodidad y desasosiego por muchos de los que en aquella oportunidad se dieron cita en la Plaza de Mayo.

    Nadie podrá reprocharle ahora al primer mandatario que, durante la prolongada campaña proselitista que precedió a su categórico triunfo electoral en el balotaje, haya ocultado lo que pensaba hacer. La sinceridad fue la característica de Milei y también una de sus mayores virtudes.

    Pocas dudas pueden quedarle a la ciudadanía –tanto a quienes votaron por La Libertad Avanza como a quienes optaron por otras alternativas– sobre la real gravedad que, desde el punto de vista socioeconómico y financiero– atraviesa el país. Uno de los aspectos más elogiables del primer discurso de Milei como presidente ha sido la meridiana claridad con que describió la pesada herencia que recibe su gobierno, fruto de décadas de crónico déficit fiscal que se profundizó por el modelo opresivo impuesto por la última gestión kirchnerista, concluida el domingo último, que buscó, bajo el manto de un relato populista, forzar la Constitución nacional para justificar sus ataques a la Justicia, a la prensa independiente, a la seguridad jurídica, a la propiedad y a la iniciativa privada.

    La política de ajuste del Estado que propicia el nuevo gobierno encontrará, sin duda, fuertes resistencias en sectores políticos y corporativos vinculados a distintos nichos parasitarios. Para dotarle del necesario apoyo ciudadano que le confiera toda la legitimidad posible, las nuevas autoridades nacionales deberán gobernar con absoluta ejemplaridad, poniendo fin a cualquier privilegio, empezando por realizar todas las auditorías indispensables para anular las irregulares o irresponsables contrataciones de personal en el Estado que han tenido lugar en los últimos meses e incluso a pocas horas de que Alberto Fernández dejara el poder.

    Deberá demostrar el flamante gobierno que el ajuste tiene que empezar por terminar con la corrupción de quienes han utilizado el Estado para servir a sus propios fines y no al bien común, y cada acción tendrá que estar sustentada en una comunicación muy eficiente.

    Milei sintetizó con coraje y diafanidad de dónde venimos y hacia dónde vamos. Resta conocerse aún la hoja de ruta, que en los próximos días deberá estar despejada, para que los argentinos puedan confiar en que, como ha dicho el Presidente, será este el último mal trago para comenzar la reconstrucción del país y que habrá luz al final del camino. Y si, como ha expresado, el horizonte es la libertad, ese sendero no podrá ser otro que el irrestricto respeto a la Constitución.

    Fuente: La Nación

  • Impunidad a cualquier precio

    Desde que una de las causas judiciales más emblemáticas de la era de corrupción kirchnerista, como la de los cuadernos de las coimas, comenzó a avanzar hasta encontrarse lista para ser tratada en un juicio oral, muchos de sus imputados pugnan por desarmar el expediente al precio que sea en procura de impunidad. Una reciente decisión del juez federal Marcelo Martínez de Giorgi, absurda por donde se la quiera analizar, va en ese sentido.

    El citado magistrado –a quien oportunamente comparamos con el tristemente recordado Norberto Oyarbide por el arbitrario modo de llevar las causas sensibles al poder político y económico– procesó días atrás a Jorge Bacigalupo, el amigo del chofer del Ministerio de Planificación Oscar Centeno por cuyas manos pasaron los referidos cuadernos en los que este último dio pormenorizadamente cuenta de todas las veces que llevó a funcionarios a retirar sobornos de empresarios que eran concesionarios de obras públicas. Si bien no se le impuso prisión preventiva, sin fundamentos que lo justifiquen se le prohibió salir del país y se le trabó un embargo de 80 millones de pesos, por encubrimiento agravado en concurso ideal con el delito de falsificación de documento público.

    La denuncia contra Bacigalupo había sido impulsada por el empresario Armando Loson, quien en su momento confesó ante la Justicia, en calidad de arrepentido, haber pagado sobornos en el marco de la causa por los cuadernos. Loson, al frente del grupo empresario Albanesi, que llegó a comercializar la décima parte del gas natural que se consume en la Argentina, aseguró en su denuncia que había encargado un peritaje privado sobre las fotocopias de los cuadernos que había detectado irregularidades en parte de los escritos en los cuales se aludía a él. Por ejemplo, que se había escrito “Armando” en reemplazo de “Marcelo”, además de otras tachaduras y enmiendas, que no parecen ser otra cosa que correcciones menores que no deberían tener impacto procesal.

    El peritaje caligráfico, que curiosamente no fue solicitado al intachable cuerpo de peritos calígrafos del Poder Judicial de la Nación, sembró sospechas sobre la posibilidad de que Bacigalupo hubiese alterado los manuscritos de Centeno. El imputado negó rotundamente haber sido el autor de esas supuestas adulteraciones y solicitó el inmediato archivo de la actuaciones, por cuanto aquellas ni siquiera configuran tipo penal alguno. Sin embargo, el juez Martínez de Giorgi rechazó esos argumentos y lo procesó, sosteniendo temerariamente que hubo “un claro objetivo de ayudar, al menos a una persona que habría respondido al nombre de Marcelo, de quien, hasta aquí, se desconocen otros datos, sin perjuicio de que el devenir del proceso permita develar su identidad”.

    Resulta inexplicable que el juez recogiera favorablemente la denuncia de Loson sobre enmiendas que en nada cambian la situación de los acusados de pagar sobornos a funcionarios kirchneristas. Ninguna de esas enmiendas alcanzaría, de cualquier modo, para alterar el resto de la prueba en una causa donde Cristina Kirchner está acusada de ser la jefa de una asociación ilícita integrada por funcionarios que recaudaban coimas entre empresarios.

    Armando Loson, uno de los empresarios que reconoció haberle hecho pagos de dinero al funcionario Roberto Baratta
    Armando Loson, uno de los empresarios que reconoció haberle hecho pagos de dinero al funcionario Roberto Baratta

    Es que, al margen de la anotaciones de Centeno, algunas de las declaraciones de los empresarios involucrados, en carácter de arrepentidos, hablan por sí solas. La declaración de Loson, registrada en 2018, es particularmente contundente, ya que reconoció que pagaba a funcionarios que siempre venían en un Toyota Corolla gris a cobrarle. Centeno, precisamente, manejaba un automóvil similar.

    “Nosotros cobrábamos por factura de Cammesa (…). Pero desde ahí pasamos a depender directamente del Ministerio de Planificación. Es decir, el ministerio tomó la batuta. Decía quién cobraba y quién no (…). Por el hecho de ser una empresa importante aunque no perteneciéramos a la obra pública, fuimos víctimas de requerimientos de dinero, sobre todo para las campañas, por eso las fechas que se me imputan son durante los años 2013 y 2015″, reconoció el citado empresario en sede judicial.

    Loson también dio detalles, en esa declaración como arrepentido, de los requerimientos concretos de dinero que le hacían funcionarios kirchneristas. “En una de las reuniones que asiduamente teníamos en el Ministerio de Planificación por temas energéticos, (Roberto) Baratta pide verme aparte y me escribe en un papelito tipo block 1.800.000 pesos, lo que quería decir que debíamos colaborar con esa cifra. La segunda vez me lo dijo personalmente y me pidió 50.000 pesos. La verdad no estoy seguro ni me consta que ese dinero haya ido para la campaña”, afirmó.

    Las pruebas del pedido de coimas por parte de funcionarios y de su pago por empresarios son contundentes y solo estamos ante manotazos de ahogado de quienes se aferran a cualquier elemento para nulificar las anotaciones de Centeno y entorpecer o demorar la causa, pese a que lo que está escrito en los cuadernos ya ni siquiera es necesario para probar los delitos que se imputan, por cuanto eso ha sido largamente superado por múltiples evidencias posteriores.

    Fuentte: La Nación

  • El peor presidente de la historia

    Lo único para celebrar en el fin del mandato presidencial de Alberto Fernández es precisamente eso: que por fin termina.

    No ha sido un jefe de Estado real, sino formal, atado a los manejos, o mejor dicho desmanejos, de su mentora, Cristina Kirchner, quien le ha organizado el gabinete y enmendado la plana en público y en privado en infinidad de ocasiones. Cuando las crisis se profundizan –y la nuestra hace mucho que horada el fondo del precipicio–, se necesita más que nunca un mandatario fortalecido. En su lugar, asistimos a la caricatura de un lamentable “despoder”.

    Entre las tantas insensateces cometidas, ha quedado en evidencia que, a pesar de su condición de profesor de derecho e hijo de un juez –de lo que se vanagloria–, cometió los peores atropellos contra la Justicia. Ignoró la división de poderes que debe primar en una república: despreció el Estado de Derecho y abjuró de la Constitución nacional. Llegó incluso a nombrar públicamente, con nombre y apellido, a jueces y fiscales que no dictaminaron como a él le hubiera gustado para garantizar la impunidad de Cristina Kirchner.

    Demostró una mediocridad basada fuertemente en el pago de favores y sustentada en la imposición de la vicepresidenta, que no se privó de decir que había funcionarios que no funcionaban cuando, en rigor, no le respondían.

    Junto a ella, creó comisiones para atacar a la Justicia, intentó socavar la designación del procurador general de la Nación y ampliar el número de jueces de la Corte, sumándose incluso a la aberración institucional llevada adelante por el kirchnerismo en el Congreso, una verdadera caza de brujas, para enjuiciar políticamente, sin fundamento alguno, a los miembros del más alto tribunal.

    Haberse inmiscuido como ningún otro jefe del Estado en cuestiones que le están expresamente prohibidas por la Constitución nacional, como el acceso a procesos judiciales en trámite para opinar, criticar o para diseñar estrategias tendientes a deslegitimizar la acción de la Justicia es otro hilo en la telaraña de extravíos cometidos. Peores ejemplos no se podrían dar.

    Profundamente errado en el diagnóstico y más aún en el tratamiento, Alberto Fernández pasó los últimos meses de gira por el mundo pronunciando discursos tan vacuos como falaces, haciendo gala de logros que nunca fueron tales y dando consejos que nadie le pedía. La Argentina que dibujó también en el exterior, al igual que su gestión, no existe.

    La invasión rusa a Ucrania puso a muchos países a reforzar la provisión de alimentos y servicios que Ucrania proveía mientras el nuestro despreció la oportunidad en defensa solapada de la prepotencia de Vladimir Putin a quien, con absoluto desparpajo, se le ofreció que seamos la puerta de entrada de Rusia a América Latina. La Argentina del cuarto gobierno kirchnerista se alió con regímenes dictatoriales o autocráticos como la Venezuela de Maduro, la Nicaragua de Ortega y la Cuba castrista. Es decir, prefirió vincularse con tiranías del mundo, en lugar de denunciar los despotismos, las vejaciones a los derechos humanos, la emigración forzada y la persecución política.

    A pesar de su condición de profesor de derecho y de ser hijo de un juez -de lo cual se vanagloria-, cometió los peores atropellos contra la Justicia

    En el plano interno, haberse abrazado a Capitanich, a Insfrán a Zamora y a tantos otros siniestros caciques feudales provinciales dio cuenta de cuál fue el espejo donde prefirió reflejarse. Ponderó sin escrúpulos a impresentables sindicalistas que, por mucho menos, no dudaron en hacerle numerosos paros a otros gobiernos. Selló una oscura alianza con lo peor del gremialismo y calificó a Hugo Moyano como “un dirigente ejemplar”.

    Salir en defensa irrestricta de una delincuente con varias condenas como Milagro Sala, caracterizándola como presa política, constituyó otro descomunal desatino.

    Deja Fernández un país destruido en lo económico, social y moral. Una sociedad profundamente dividida. Una clase media corroída y deslizada hacia una pobreza sin precedentes que, además, tiene el caradurismo de negar. Muchos de quienes tienen un empleo registrado son pobres, con salarios que no alcanzan a cubrir la canasta básica. Muchos otros siguen viviendo en la clandestinidad laboral: trabajan en negro, sin beneficios laborales de ningún tipo ni cobertura social.

    Montado en la apología de la precarización y la demonización, su gobierno ha obturado con decisión inequívoca la movilidad social ascendente y esquilmado las posibilidades a todo aquel que ha querido progresar sobre la base de esfuerzo, estudio y trabajo. Ha contribuido a fomentar que el mérito es nefasto y que de nada vale el esmero como medio para conseguir fines honestos.

    Ha mentido groseramente e, incluso, llegado a cargar culpas sobre quienes más padecen. Aseguró que la pobreza estuvo mal medida porque, “si hubiera un 40% de pobres, la Argentina estaría estallada”. No conforme con eso, acusó a los propios encuestados de mentir, porque “tienen miedo de que le quiten el plan” asistencial. La realidad es que no solo el país está estallado. No hay 40% de pobres, sino un porcentaje mucho más alto.

    Fernández y su cohorte político-partidaria han logrado enseñorear la corrupción hasta límites impensados. Ampararon al narcotráfico, con su secuela de muertos y heridos, con jerarcas del delito que toman decisiones con total impunidad desde las cárceles.

    Han demolido la estructura y vital funcionamiento de los sistemas de salud, educación y seguridad, al tiempo que alentaron y fortalecieron el escandaloso maridaje entre Gobierno y servicios de inteligencia. Apenas asumido, en 2019, un jactancioso Fernández anunciaba que, durante su mandato, desaparecerían “los sótanos de la democracia”. Lo ocurrido fue todo lo contrario: se multiplicaron las tareas de espionaje ilegal, los carpetazos y las operaciones de agentes inorgánicos en alianza con representantes del poder. Valga como ejemplo la admisión del expolicía Ariel Zanchetta, ahora preso, respecto de la forma en que enviaba información privada al diputado Rodolfo Tailhade, quien se valió de ese insumo ilegal para arremeter contra la Justicia en general y contra la Corte en particular. Ese espionaje –se sabe hoy– se hacía tanto contra opositores como oficialistas. Contra funcionarios, legisladores, dirigentes de todo tipo y ciudadanos de a pie. Por acción o por omisión, el presidente saliente no puede desentenderse de estas sucias operaciones ni hacernos creer que él es una víctima porque –relata ahora– “el punto rojo de una mira láser invadió tres o cuatro veces la cabina del helicóptero presidencial”, y que decidió no denunciarlo oportunamente “para no hacer un problema con eso”. Es increíble el empeño que ponen algunos por intentar tomarnos por estúpidos.

    Sumó en una tan ideologizada como brutal asfixia política, institucional y económica a las Fuerzas Armadas; pergeñó una errática estrategia para el área de Defensa y llevó adelante acciones internacionales plagadas de errores que nos dejaron como el hazmerreír del mundo, producto de la designación de funcionarios sin pergaminos y, las más de las veces, sin la más mínima humildad para convocar a especialistas que los orientaran.

    Entre otras cuestiones que serán lamentablemente recordadas figuran el exponencial incremento del gasto público en burocracia pura y dura y haber usado los ingresos de los jubilados como variable constante de ajuste mientras desde el poder se dilapidaban groseramente los dineros públicos.

    La actual gestión pasará a la historia por el descarado festival de bonos, las tasas subsidiadas y muchas innecesarias asistencias con el único fin de hacer proselitismo y de seguir anteponiendo la mentira a la verdad. Del mismo modo, se inscribirá como soez antecedente el monstruoso saqueo al sector productivo, la asfixia al campo y, consecuentemente, a la generación de trabajo.

    En 2020, Fernández protestaba por “el nivel récord” de inflación del 53,8% que recibía de la gestión anterior. “Mi gobierno –decía– se va a poner al frente de la batalla contra la inflación”. Batalla perdida de manera aplastante.

    Mientras oficialmente se daban a conocer dolorosísimas cifras, Fernández se hacía un hueco en una absurda gira internacional de despedida para encabezar, junto con su ministro de Obras Públicas, una huelga, haciéndose filmar en una asamblea de obreros para denunciar el ajuste fiscal prometido por la oposición durante la campaña electoral y que el gobierno que hoy asume necesariamente deberá encarar.

    Podrían sonar a risa todas las fantochadas que pronunció el presidente saliente si no se reparara en que, durante su gobierno, los argentinos soportamos la peor presión impositiva de la que se tenga memoria. Leyes y decretos de estos últimos cuatro años han creado, subido y multiplicado impuestos, como el PAIS, a los débitos y créditos en cuentas bancarias y a los derechos de exportación; se sumaron percepciones sobre la compra de dólares y gastos con tarjetas de crédito en el extranjero; se estableció un dólar para importaciones de servicios y de bienes, para productos tecnológicos y electrónicos, entre numerosísimas nomenclaturas que llevaron a que el país se maneje con una variedad de tipos de dólar inusitada. Y, como nefasto corolario, en el tramo final de gestión, contraviniendo la ley y el sentido común, se han puesto las ya exiguas arcas públicas a absoluta disposición de la campaña electoral de Sergio Massa, el ministro-candidato del Gobierno quien, como Fernández, adelanta que evalúa irse a trabajar al exterior. El último acto de su falta total de escrúpulos quedó plasmado en el decreto firmado a pocas horas de dejar el poder, por el que dispone que todos los argentinos nos hagamos cargo del costo de su custodia policial por el mundo.

    Intenta Fernández amparar sus desgracias de gobierno en “catástrofes” como la pandemia, la guerra en Ucrania y la sequía. Si de tragedias se trata, la mayor fue la de las más de 130.000 muertes registradas en la Argentina durante la cuarentena eterna que él mismo decretó. Muchas familias perdieron a sus seres queridos sin posibilidad de despedirlos. Mientras en la quinta de Olivos se celebraban opulentas y obscenas fiestas, las escuelas permanecían cerradas, se retaceaba de manera criminal la compra de vacunas por cuestiones ideológicas y se inoculaba en primer término y a escondidas a los amigos del poder.

    Alberto Fernández pasará a la historia como ningún mandatario aspiraría que le ocurriera: será recordado como el peor de los presidentes.

    Fuente: La Nación

  • Inteligencia estatal: no caer en errores garrafales

    Hace décadas que la actual Agencia Federal de Inteligencia (AFI), la histórica ex Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), ha dejado de cumplir las funciones claves para las que fue creada. Las razones son el resultado de un conjunto de decisiones garrafales que tomaron administraciones democráticas de todos los colores políticos.

    En momentos en que está por asumir un nuevo gobierno, vemos con preocupación la tendencia a repetir esos errores que han quitado toda operatividad y prestigio a los organismos de inteligencia, generando mecanismos que atentan contra el correcto funcionamiento republicano y desarrollando acciones violatorias de las libertades individuales.

    Entre esos garrafales errores figuran los siguientes:

    * Conducción. Poner al frente de la agencia a amigos o “personas de extrema confianza” que carecen del más mínimo conocimiento en la materia ha sido una práctica muy común. Esto lleva a los máximos responsables a cometer equivocaciones graves y a rodearse de viejas figuras de “la casa” que los toman como rehenes al no comprender la mecánica. Ocurrió con el banquero Fernando de Santibañes durante la presidencia de Fernando de la Rúa; con el chofer José Francisco Larcher, de los Kirchner; con el escribano Gustavo Arribas y Silvia Majdalani, acusados de espiar ilegalmente a medio centenar de políticos oficialistas y opositores, sindicalistas y periodistas, en el gobierno de Macri, y con la fiscal Cristina Caamaño, con Alberto Fernández.

    Diseño institucional. La mayoría de las democracias dividen la instancia política que tiene como responsabilidad la supervisión y el control del sistema de inteligencia, de las propias agencias que deben realizar esas actividades. De esa manera, quien reporta al presidente establece prioridades y controla la actuación de los responsables de esas instituciones es una persona de su confianza, y quienes dirigen las agencias operativamente son profesionales especializados. En el país, el máximo responsable de la AFI cumple ambos roles, confundiendo misiones y funciones que son del Estado con intereses de gobierno o particulares. Resulta imperioso crear una secretaría de inteligencia que dependa del presidente o del jefe de Gabinete y que la conducción de las agencias que proveen la inteligencia esté a cargo de profesionales idóneos con carreras probadamente exitosas.

    * Misiones y funciones. El objetivo fundamental de las agencias de inteligencia es producir información que sea crucial para el presidente y otros representantes claves del Estado para preservar la seguridad nacional y la integridad territorial. Cada agencia tiene su especificidad: por ejemplo, la Dirección de Inteligencia Estratégica Militar (Diniem) se focaliza en las amenazas militares; la Dirección Nacional de Inteligencia Criminal (Dinicri), en el crimen organizado, y la AFI genera vínculos internacionales que previenen actos terroristas. El problema ocurre cuando se usan esos recursos para meterse en la vida privada de las personas, intimidar a los enemigos del gobierno de turno, corromper y/o extorsionar a miembros de otras instituciones públicas.

    * Cuadros profesionales. Formar agentes de inteligencia lleva tiempo, esfuerzo y dinero. Cuando se ocupan esos puestos por favores políticos se destruyen carreras por decisiones arbitrarias, se paga mal o se quitan los incentivos para sumarse y pertenecer a estas instituciones. Se pierde así el capital más importante que tienen estas instituciones: el humano.

    * Destrucción de la confianza con agencias internacionales. Parte del éxito de las acciones de inteligencia se basa en la cooperación internacional. Para que esa confianza se sostenga son claves la reciprocidad, el secreto de las fuentes, la seriedad en el accionar, la celeridad en la reacción y la calidad de la información compartida. Cuando se carece de medios, profesionales idóneos, tecnología adecuada y analistas capaces de procesar la información, esa confianza se rompe y expone al país a mayores amenazas.

    * Uso de los instrumentos. Estos deben tener chequeos institucionales para evitar que no se desvirtúen. Para dar dos ejemplos comunes: la interceptación de información por parte de un criminal o de un terrorista puede ser crucial para evitar un atentado o un asesinato. Ello requiere de supervisión judicial para evitar el uso espurio de esa herramienta y para que cualquier restricción o intervención sobre una libertad individual sea controlada. Con ese fin se han perfeccionado en el mundo los mecanismos de control judicial y parlamentario que dan tranquilidad frente a potenciales excesos. Aquí, en cambio, no solo se hacen esas interceptaciones con el fin de extorsionar a individuos, empresas y dirigentes de todo tipo, sino que se desvirtuaron los mecanismos de control, que terminan siendo utilizados para persecuciones de opositores y ocultación. Algo parecido ocurre con los gastos reservados propios de la agencias de inteligencia: recursos que deben ser focalizados en fortalecer la acción secreta de los agentes se destinan a corromper periodistas, políticos y jueces, entre otros.

    Es clave que el nuevo gobierno seleccione autoridades idóneas, cuyo foco sea recuperar las capacidades claves de inteligencia para preservar la seguridad y los intereses de la Nación. Urge realizar las numerosas reformas estructurales que se prometen, junto a una ley de inteligencia que separe las funciones operativas o de Estado del control y dirección política; que clarifique las funciones y misiones de cada agencia; promueva la coordinación, perfeccione tanto las herramientas como los mecanismos de control, potencie la carrera profesional de sus agentes permitiéndoles llegar hasta la más alta autoridad y que vuelva a reconstruir confianza con otras agencias. Se espera, en definitiva, que el nuevo presidente tome decisiones apropiadas que nos den mayor seguridad a todos los argentinos.

    Fuente: La Nación

  • La valija de Antonini: cuando la Justicia apela al sentido común

    En ciertas ocasiones, la Justicia acerca sus dictados al sentido común y a la lógica elemental con la que nos manejamos todos los ciudadanos. El reciente fallo dictado por el Tribunal Oral en lo Penal Económico Nº 1, y en particular el voto del experimentado juez Luis Losada, constituyen un saludable ejemplo.

    Ese Tribunal, integrado además por los jueces Diego García Berro e Ignacio Fornari, de larga trayectoria en aquel fuero, tuvo a su cargo el juzgamiento de los hechos que rodearon el ingreso a nuestro país de una valija que contenía unos 800 mil dólares allá por agosto de 2007. Luego del correspondiente juicio, dictó una sentencia condenatoria respecto del exfuncionario kirchnerista Claudio Uberti y de otro pasajero del vuelo, el empresario venezolano Alejandro Antonini Wilson. Se consideró probado que los nombrados, junto con funcionarios aduaneros que también fueron condenados a penas menores, incurrieron en el delito de contrabando agravado, que quedó en grado de tentativa por la decidida acción de la entonces empleada de la Aduana María del Luján Telpuk, quien, pese a la jerarquía de los funcionarios, no dudó en revisar sus pertenencias como es de práctica para todos los casos, lo cual permitió hallar los dólares objeto del contrabando.

    El voto del juez Losada contiene interesantes reflexiones, que deberían guiar a muchos magistrados excesivamente apegados a reglas de prueba tasada, en lugar de privilegiar la sana crítica que los acerca a la realidad histórica de los hechos. Desde esa perspectiva, parece obvio concluir, como lo hizo este magistrado, que el dinero ingresado al país, más allá del intento de burlar los controles aduaneros, tenía un origen y un fin específicos. Así, el objeto del delito no se agotaba en un simple ingreso de dinero que omitía el procedimiento financiero legal. Losada vislumbra acertadamente una situación de posible lavado de dinero, teniendo en cuenta su origen espurio y su finalidad ilícita: el financiamiento de la campaña electoral de la entonces candidata presidencial Cristina Kirchner. Para llegar a estas conclusiones, puso la situación en el contexto histórico del momento, analizando las conexiones de todo tipo existentes entre los gobiernos venezolano y argentino, así como la proximidad de la campaña electoral y los pronunciamientos públicos de apoyo entre los titulares de ambos gobiernos, Hugo Chávez y Néstor Kirchner. En ese marco, Losada interpretó que la Fiscalía debió llevar adelante una acusación por lavado de dinero, sin perjuicio de entender también que lo sucedido formó parte de una más amplia maniobra de corrupción gubernamental. Y lamentó que los organismos de control del Estado no se hubieran presentado en el expediente a tomar parte de la pesquisa e impulsar el proceso, como tampoco la Dirección General de Aduanas, ni la Oficina Anticorrupción (OA), ni la Unidad de Información Financiera (UIF).

    Varias lecciones dejan lo sucedido y las reflexiones que realiza la sentencia. En primer lugar, como lamentablemente sucede con demasiada frecuencia, salta a la vista que en 2023 se está dictando una sentencia respecto de hechos sucedidos 16 años atrás, sin que pueda cargarse al Tribunal Oral la responsabilidad de las instancias anteriores. Como dice el viejo adagio, el tiempo que pasa es la verdad que huye, y en estos casos justamente es donde un lapso tan prolongado permite la desaparición de pruebas y la alteración de escenarios. Sobre todo, cuando gran parte de los elementos se encuentran bajo la custodia de los mismos funcionarios que serán enjuiciados, todo lo cual exige celeridad y eficiencia en los primeros momentos de la investigación.

    Como segunda reflexión surge la vergonzosa y deliberada inactividad de los organismos investigadores (Aduana, OA, UIF). Fue clara su actitud reticente cuando se trataba de investigar a funcionarios del régimen kirchnerista, que incluso los llevó a desistir expresamente de seguir actuando en casos escandalosos de corrupción, como las causas Vialidad y cuadernos.

    También debe computarse como valioso que, con las reservas del caso, el juez Losada considerara como prueba válida las manifestaciones vertidas por Antonini Wilson ante el FBI de los Estados Unidos. En esta época marcada por los fenómenos de globalización y por la delincuencia transnacional, es imprescindible contar con los resultados de la cooperación internacional y traer a nuestros tribunales las conclusiones alcanzadas por tribunales extranjeros, permitiendo así un análisis global de las maniobras de corrupción que se investigan y pueden tener reflejo en diversas jurisdicciones.

    Para terminar, volvemos a la aplicación del sentido común a casos como el que aquí se ha juzgado. Cualquier persona que analice estos hechos, usando pautas normales de experiencia y lógica elemental, entenderá que lo sucedido trasciende un mero intento de una multitud de altos funcionarios de países con estrechas vinculaciones lícitas e ilícitas, cuyos presidentes tienen vínculos de todo tipo. No podemos más que coincidir con que, desde el primer momento, esto debió ser investigado como el caso de corrupción, en lugar de parcializar la realidad considerando que era un simple caso de contrabando.

    Ojalá estos nuevos vientos que soplan se extiendan a todos nuestros fiscales y jueces, para que, en lugar de elegir estrechos criterios formales, apliquen el sentido común para juzgar hechos que no son explicables a través de figuras fragmentadas o esquemas alejados de la realidad que todos conocemos.

    Fuente: La Nación

  • Bochornoso final de la embestida contra la Corte

    Si alguien suponía que el oficialismo kirchnerista había mostrado ya su peor rostro en la Comisión de Juicio Político de la Cámara de Diputados, donde viene hostigando a la Corte Suprema de Justicia, es evidente que calculó mal. Su última y bochornosa jugada ha sido reemplazar de un plumazo a varios de sus integrantes que, por alguna razón, no estaban dispuestos a suscribir un escandaloso dictamen acusatorio por seis suplentes que no mostraron empacho alguno en firmarlo, sin siquiera leerlo.

    Estamos hablando de un proceso que lleva ya muchos meses de sustanciación, en el que por la comisión actuante desfiló una gran cantidad de testigos, y en el que a instancias del mismo cuerpo legislativo se incorporaron cuantiosas constancias de ciertos expedientes donde, sin fundamento, se sostiene que los jueces del más alto tribunal los resolvieron de una manera tan indigna como para justificar su remoción.

    Tan solo un día antes de que se reunieran para dictaminar sobre esos cargos los diputados que escucharon a los testigos, examinaron las pruebas y ponderaron los descargos ofrecidos por dos de los jueces de la Corte Suprema, el oficialismo tuvo la ocurrencia de hacer entrar a seis nuevos diputados a la Comisión, en reemplazo de otros tantos. Los recién llegados, con notorias simpatías con el kirchnerismo, sin conocer ni haber siquiera leído o ponderado nada –por la imposibilidad material de hacerlo– suscribieron el dictamen acusatorio, que fue impuesto por apenas 16 votos contra 15. De este modo, ese malhadado dictamen seguirá pendiendo sobre la cabeza del Poder Judicial de aquí en más, aun cuando se sabe –y el oficialismo que ha prohijado este engendro lo sabe mejor que nadie– que ni por asomo se logrará una mayoría de dos tercios de la Cámara baja para formular la acusación formal ante el Senado, según lo prescribe la Constitución. Incluso existen dudas de que el propio bloque peronista no se divida en el recinto del cuerpo a la hora de tratar un dictamen tan débil e insustancioso.

    El propósito del oficialismo ha sido desgastar a jueces probos y satisfacer los caprichos de ciertos funcionarios

    En estas columnas hemos explicado ya que buena parte de las acusaciones contra los jueces se deben al descontento del oficialismo por la forma en que se resolvieron ciertas causas, en general complejas, en contra de los intereses del Poder Ejecutivo Nacional. Pero sucede que, en nuestro esquema constitucional, las disputas entre las distintas ramas del gobierno o entre una provincia y otra, o aquellos casos donde las leyes del Congreso u otros actos del poder público son tachados de inconstitucionales, deben necesariamente hallar su punto final de discusión en la Corte Suprema. De allí que sea tan nefasto para la salud de ese mismo esquema republicano que el poder de turno busque remover a los jueces cuando sus fallos no coinciden con lo que los gobernantes esperan.

    Esta Comisión de Juicio Político, tanto con sus miembros oficialistas anteriores como con los que acaban de debutar, supo siempre que no obtendría la mayoría necesaria para remover a jueces probos, simplemente por haber cumplido su labor y haber dictado sentencias conforme a derecho. Pero está claro que el propósito ha sido otro. Ha sido el de montar un circo político para desgastarlos y satisfacer los caprichos de ciertos funcionarios, como la vicepresidenta Cristina Kirchner, a los que, por fortuna, no les queda demasiado tiempo en el ejercicio de su cargo.

    Fuente: La Nación